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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de Poesía No. 002: Álvaro Solís

30 Jun 2008

Álvaro Solís

Álvaro Solís nació en Villahermosa, Tabasco en 1974. Su poesía aparece en diferentes antologías, así como en diferentes revistas nacionales y del extranjero como Tierra Adentro, La estafeta del viento, Sibila, Oráculo y Biblioteca de México, entre otras.

Ha publicado los libros de poesía Los ríos de la noche oscura (Gobierno del estado de Nayarit, 2008), Los días y sus designios (Educación y Cultura/El errante editores/Profética, Puebla, 2007), Cantalao (Universidad de Guanajuato, 2007), Solisón (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2005), También soy un fantasma (Gobierno del Estado de Tabasco, 2003), y el libro infantil Querido Balthus, yo también perdí a mi gato (Gobierno del Estado de Tlaxcala/Alas y raíces/CONACULTA, 2007). Es coautor de La luz que va dando nombre: Veinte años de la poesía última en México 1965-1985 (Gobierno del Estado de Puebla).

Ha obtenido los siguientes reconocimientos: el Premio Tabasco de Poesía José Carlos Becerra 2003, el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2006, el Premio Nacional Clemencia Isaura de Poesía 2007 y el Premio Nacional de Poesía Joven Gutiérre de Cetina 2007. Ha sido becario en dos ocasiones de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la categoría de Jóvenes Creadores en la emisión 2005-2006 y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tabasco. Director Adjunto del Encuentro Iberoamericano de Poesía de la Ciudad de México 2006. Actualmente es catedrático de la Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

Los dejamos, con la poesía de Álvaro Solís.

Finalmente

Persiste, no en la flama,
sino en la desnuda luz que no calienta.
No en la luz de las antorchas
que incendia la mano que la porta.
Es otra luz que no enceniza
ni transforma lo sólido en etéreo.
Persiste, en la luz de la vela que está lejos,
que no puede apagarse ya con el aliento.
Persiste, no en el vaso,
ni en la arisca gota de la lluvia,
no en el río.
Es otra el agua que llena estos depósitos ocultos en el cuerpo.
Persiste, en el mar que se oculta a la mirada.

Ningún reclamo

A Jorge Kuri, in memoriam

Morirnos todos fue la consigna,
no importa si en grandes cruces (y con renombre),
pero morirnos, cerrar la puerta al salir
y con cerrojo.
Morirnos todos
de uno en uno o por montones,
pero ausentarnos de nuestras casas,
de la oficina y de los bares,
ausentarnos de las esquinas donde el semáforo
detiene los pasos nuestros hacia la tumba.

Morirnos todos y para siempre,
fue la consigna, que algunos cumplen
antes de tiempo.

Otro reino

Me deslumbro en mis manos cuando logran
la efímera certeza de tocarte.

Rubén Bonifaz Nuño

Bailar, besarnos,
variar el nuestro abrazo al ritmo de la música,
al ritmo de la noche la primera.
Bailar como en esos días en que de pronto no dueles
y es posible salir a la calle
sin recordar tu nombre,
sin encontrarlo mal escrito en las pequeñas sastrerías,
en las tiendas de abarrotes, en las angostas fondas
donde se come mal, pero se come siempre.
Cuando es posible deambular en la calle
como cualquiera de los que ahí andan,
esos que ya, desde hace tiempo,
evitan los encuentros, se miran sin mirarse porque no hace falta,
porque reconocen el paso,
el ritmo llorón de la viuda,
de la muchacha del departamento de abajo,
la que por muerte ha sido destinada a la soledad.

Aún es tiempo de bailar ebrios de júbilo y alcohol,
bailar a media noche afuera de un bar
donde el ruido es tanto,
que sólo nos queda besarnos, y bailar,
bailar besándonos, las lenguas bailando también,
y toda esa gente sin mirarnos,
como si no fuéramos nadie,
como si no estuviéramos ahí,
cada vez más ebrios y menos noche,
amaneciendo casi la ciudad y nosotros bailando.
Luego el amor. El sueño y un par de miradas.

Bailar aunque las sillas ya estén sobre las mesas,
¿te irás, subirás a un autobús?
Antes deberemos besarnos como novios y no como amantes.
Luego fingir, y desde lejos, oculto entre la gente,
mirar la ventanilla donde sabré que estás sentada,
luego las luces rojas alejarse del autobús,
contigo adentro y tú sin caminar,
pero más y más lejos cada vez,
lejos, lejísimos…caminar sin prisa, sabiéndote ya inalcanzable.

Sin recordar tu nombre, amanezco con un paso en el sueño
y el otro en cualquier parte, pero lejos,
sin ganas de salir, pero poniendo el seguro a la puerta,
para que nadie pueda robar
lo que aún de ti quedó en la casa.
Sin encontrarlo mal escrito
en las pequeñas sastrerías,
aun más silencioso tu nombre
que el silencio de la ciudad de madrugada.

Bailar, besarnos,
variar el nuestro abrazo al ritmo de la música,
al ritmo de esta noche última donde no dueles todavía
y es posible salir a la calle,
sin encontrar tu nombre mal escrito en las pequeñas sastrerías,
en las tiendas de abarrotes,
en las angostas fondas donde se come mal pero se come siempre.

El agua y los sueños

… Luego todas esas aguas calmas son de leche
Y todo lo que se derrama en las blandas soledades de la mañana.

Saint-John Perse

Siempre quiso ser un pez.
Caían rayos y nadaba sin parar, se negaba al cansancio,
buscaba el rostro de mi abuela en las aguas del río que le vio nacer,
nadaba por horas y extrañas aletas se le emparejaban,
lo miraban como si fuera un pez
y mi padre dormía bajo el río, pero despertaba antes de ahogarse,
soñaba que un inmenso cuerpo de agua lo tomaba por el cuello,
lo sacudía una y otra vez,
entonces despertaba y seguía nadando contra la corriente,
siempre contra el río a quien nunca pudo vencer.

Mi padre, solo por el mundo de las idolatrías,
esperaba la vuelta de mi abuelo que se embarcaba en el Carmen
y se dormía al esperar,
soñaba que un inmenso cuerpo de agua,
que lo sacudía por el cuello,
lo injuriaba.
Y mi padre se despertaba entonces,
subía al mástil de los barcos,
se lanzaba al río
queriendo ser un pez que sabía volar,
nadaba por horas contra la corriente
hasta el cansancio, hasta el sueño
donde un inmenso cuerpo de agua lo sacudía por el cuello
y le cantaba las canciones que mi abuela no pudo.

Mi padre pasaba horas enteras sentado en las bancas del parque
creyendo que Dios era una mierda,
se quedaba dormido y sudaba las aguas del aire,
soñaba que un inmenso cuerpo de agua lo abrazaba de pronto
con cariño maternal,
y se reconocía en el sueño, sin querer despertarse
recordaba los bailes alrededor de mi abuela
y nadando de frío por las calles silenciosas de la ciudad,
se emparejaba a furibundas aletas describiendo diminutas eses en el agua.

Mi padre encontró la felicidad en el nado,
en la imagen femenina del agua, diría por esos mismos años Gaston Bachelard,
quien trabajaba en lo mismo,
quien soñaba con inmensos cuerpos de agua que lo tomaban
por el cuello queriéndolo injuriar,
y muy temprano con el canto de las aves, mi padre y Gaston
salían a las rutas que el servicio postal les asignaba,
repartían las cartas mientras ambos pensaban en el agua,
en los sueños femeninos, en la imagen ausente de la madre
y nadaban,
uno por el agua de los sueños,
mi padre contra el agua lunar.

Elogio de la infancia

A Úrsula García de Gante

Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la lámpara, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “ya duermo”.
Marcel Proust

¡Palmeras…!
en constante movimiento.
El patio de la casa, el camino hacia la casa
y la tormenta que agita la dureza de los frutos,
los troncos que se doblan sin quebrarse.

¡Palmeras…!
con el tiempo amarillas dando frutos secos
que se caen, que se tiran previniendo el desastre
y flores de gardenia brotando de las matas,
flores y más flores y palmeras sedientas,
lejos todavía del mar y de la arena que hierve a mediodía.

Palmeras altas y otras pequeñas al alcance de las manos,
del machete acapulqueño de mi padre
rebanando los frutos, tomando la sangre transparente de los cocos
que la tormenta precipita a la catástrofe.

El viento lanza sobre el techo de la casa
pasos indecisos de gigantes sobre el techo de lámina,
sobre el sueño que tarda en llegar cuando hay tormenta
y los cocos, las palmeras, sus brazos volando por los aires,
por los aires las hojas de la palma
cada vez más lejos hasta el patio de algún vecino

¡Palmeras…!
que resisten las tormentas pero no los rayos

¡Palmeras…!
que resisten la inclemencia del sol pero no el recuerdo

¡Palmeras! tirando cocos
____________________
aquí y allá
invisibles, silenciosas, meciéndose en el aire.

Las palmeras de la infancia aún dan frutos
que ya no alivian mi sed.

Distancia

Fuimos bajando hasta el fondo
por las calles del puerto. La noche
remaba en el abismo de los ojos.

Jorge Fernández Granados

Habíamos encontrado muchas luces en la selva,
pero perdimos el camino de regreso a casa.
Oscuridad por todas partes, sólo luces ululantes, voladoras,
algunas encerradas en nuestros frascos de mayonesa.

La noche se fue cerrando sobre nosotros
ocultándonos unos de otros. Las luces atrapadas languidecieron,
avanzada la noche nuestra casa estaba más lejos cada vez que respirábamos.
Parados en medio de la selva oscura, dijera el florentino,
esperábamos el amanecer que estaba a diez horas de distancia,
y la selva rujia mientras tanto,
y quebradizos aleteos de lechuzas coronaban nuestro miedo.
-No se alejen demasiado, advirtió mi padre,
pero seguimos nuestra vocación de nunca hacerle caso.
No había camino de vuelta, estábamos ahí para noche,
sus negras raíces fecundaban la tierra.

¿Cómo pudo la luz emboscarnos en la nada?
Habíamos encontrado muchas luces en la selva,
pero perdimos el camino de regreso a casa.

La noche entera

Fuensanta:
¿tú conoces el mar?
dicen que es menos grande y menos hondo
que el pesar.

Ramón López Velarde

I
Nunca miramos el mar,
nunca nos detuvimos a mirarlo inalcanzable.
su furia contenida por años ruge sin parar y las palmeras inmóviles,
oleadas de sofocación, cortinas, entrecerradas ventanas.
Tanto calor como para fundar diez mil infiernos;
arden las paredes y mi cabeza arde en las brazas de este tiempo.

Nunca miramos el mar, nunca entrecerramos los ojos para mirar el mar de abril.

II
Apoyado en la ventana te esperé la noche entera.
La noche era un camino que no se podía recorrer con calma,
extendía sus fronteras hacia donde no era posible esperar.
Porque el corazón no puede soportar las heridas que produce la esperanza,
la noche era un sesgo que nunca aprendí a tomar con sigilo.

Tú me atormentabas diciendo que llegarías más tarde
con la indiferencia que se da la hora a algún desconocido.
Mi corazón era un volcán extinto que de repente exhala pequeñas fumarolas recordando el tiempo de erupción.
Pero aquel día mi paso fue más lento, y llegué tarde,
me esperabas con los jeans color rosa y tu cinta para el cabello y tus zapatos,
y tu bolso de mano y tu llavero y los rasgos de tu blusa y tu indiferencia del mismo color.
Parecías no advertir que te miraba, y pensé que estabas sola, que no esperabas,
que estabas muy lejos de casa, de los sabores resecos del invierno,
que no pertenecías a nadie, ni a ti misma,
mientras te maquillabas sin prisa mirándote al espejo y agachabas la cabeza como avergonzada.
Ese día llegué tarde pero hicimos el amor con toda calma,
luego te pusiste mi camisa color vino
y pedimos comida china, relucían tus blancas piernas donde yo recostaba mi cabeza para recordar tu gesto entristecido de la espera.

Porque la noche extiende sus dominios sobre todos los que anhelan el retorno de alguien que nunca volverá,
mi corazón contiene aun las furias de aquel mar que siempre nos fue inalcanzable.

Nunca miramos el mar,
nunca entrecerramos los ojos para mirar el mar de abril.

Conversión

Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte…

Virgilio Piñera

Una mañana en la mañana
mi cuerpo comenzó a languidecer.
Se volvieron mis huesos quebradizos,
polvo, lodo en el tiempo breve de un instante.
Los huesos de mis manos, de mis brazos,
mis hombros lánguidos sin fuerza para sostenerse
y mis ojos sustrayéndose en sus cuencas.
Cada vez más lejana la tensión del músculo,
la terza rima de las vértebras,
más liquidas mis venas que mi sangre.

Una mañana en la mañana, sencillamente,
fui el río que extravió su cauce.

A la manera de Virgilio, el de Matanzas, me quejo

A Waldo Leyva

I
Si mi reino fuera de este mundo
y no del otro, donde podré algún día conocer la esperanza.
Si mi reino no flaqueara por lo lejos que me queda,
si no tuviera que morir
para conocer el amor correspondido
y la gracia.

Si mi reino de este mundo fuera,
ahora mismo abdicaría por caminar sin rumbo
sabiendo,
que no es fácil morir,
no es fácil renunciar a la caricia de quien más se ama.

Si fuera de este mundo mi reino,
qué poderes, por Dios, qué poderes,
si de este mundo fuera mi reino
alargaría la noche por decreto
y el sol con los dedos unidos de todos mis lacayos taparía.

Si mi reino de este mundo fuera
¿Dime rey, so fuera in este mundo?
Si fuera de este mundo mi rey… No.

II
Si fuera de este mundo mi reino,
tal vez en la cruz no moriría,
extendería mis manos hacia las cosas de siempre
y no curaría enfermos,
ni vino del agua, ni agua de las piedras,
ni mis pasos sobre el río
porque son grandes mis pies
y se hundieron hace tiempo,
y se pudrieron hace tiempo.

Si mi reino fuera
de este mundo quizás yo no sería.

III
La muerte anda en secreto y ronda
los rincones de la ciudad donde nadie espera a nadie.
La muerte ronda el aire, el agua,
el reflejo de las hojas que el otoño arranca a los amantes
que mañana llorarán por no estar juntos.
La muerte
____________
ronda
sin saberlo nadie por el río, por la sangre, adentro,
y hace migas con los sauces,
con las manchas del jaguar que pronto oscurecerán la tierra.
Sin saberla ronda la muerte nuestros pasos,
sin ganas de salir corriendo a donde ronda ronca la soledad de otras gentes,
donde la muerte ha saciado sus ganas de fermentar la tierra de los sauces,
de la tumba, del jardín, la de las manchas de jaguar, oscurecidas.

Como la muerte ronda los secretos de la vida
y nos alcanza,
es mejor navegar
hacia donde el río rebasa su horizonte.

La espera

Para Antoni Marí

Siempre estamos solos, el mundo no existe allá afuera,
ni la apretujada multitud, ni los campos, ni los bosques,
ni las playas propicias para el sosiego.

Cuando asecha el sueño o la esperanza o el dolor,
estamos solos, nadie nos espera de vuelta,
nadie recuerda nuestros mejores momentos;
(nuestra fugaz parcela de felicidad.)

Cuando asecha el insomnio o la incumplida promesa o la fe,
cerramos los parpados como para dormir
y la memoria repasa con precisión los despojos del día,
porque estamos inquietos y reinicia la mañana en sus vendimias ásperas,
su duermevela en todo lo que está al alcance
entre los sueños infantiles y la reumas de la vejez.

Cuando estamos en medio, miramos hacia atrás sin remordimiento
el paso del recuerdo que no produce temor,
reconocemos el odio,
negamos abrir los ojos porque ha sido insuficiente la noche
y escuchamos el mundo que nos llama,
su ayuna indiferencia, sus trajeadas prisas,
los desocupados asientos de la fortuna que se han alejado del todo
aunque sigamos tan solos, aunque sigamos tan solos,
aunque sigamos tan solos y solos y solos, como para morir.

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