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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de Poesía No. 006: Encuentro Iberoamericano de Poesía (IV)

22 Ago 2008

Poetas Mayores de Iberoamérica

En esta cuarta entrega, poemas de:

  • Hildebrando Pérez Grande
  • Pablo Armando Fernández
  • David Huerta
  • Alí Chumacero
  • Roberto Sosa

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Recuerde que ya está disponible el cuarto número del suplemento definitivamente jueves para su descarga a través del blog, haga clic aquí para ingresar al minisitio. Una cordial invitación a seguir leyendo.

Hildebrando Pérez Grande
(Perú, 1955)

Canción y muerte de Hildebrando

Cementerio de automóviles

Todo en él era viejo, salvo sus ojos.
Ernest Hemingway

Corrías cara al sol en las tardes claras de un loco
Verano, seduciendo a las muchachas
Con tu chasís reluciente y la potencia de tu HP.
Muchos miraban con envidia la forma como subías
Por las lomas más empinadas, fierro
A fondo. Y más aun cuando bajabas por laderas
Iluminadas por el carmín y la sonrisa de tu gitana en flor.
Eran los prodigiosos años sesenta. Los caminos
Inciertos los recorrías cantando only you. Pero
No siempre merecemos nuestros sueños: ahora
Se te cae el pelo, el aceite, los deseos. Eres
Una chatarra inútil y estás bajo de rating. Tan sólo
Añoras un espejo retrovisor para mirar
Tardíamente las maravillas insospechadas del universo.

Sin chasís, sin jazmín, sin lubricante
Acaricias tu vieja placa: PERU. Lima.
______________________27-04-41.

Pablo Armando Fernández
(Cuba, 1930)

En este lado oscuro del espejo

Ignoro qué sentido tienen estas palabras,
qué me inhibe decirlas o gritarlas,
Tal vez es que prefiero otras ya compartidas
en este lado oscuro del espejo.
Porque los muertos, Julio, tendrán siempre
que vérselas a solas con los vivos.

Súbitamente, incorruptible, el muerto
goza de todas las virtudes:
la inocencia del santo,
la visión del profeta
o la ofrenda del mártir.

Los vivos -de esta mitad oscura del espejo-,
inventan, reconstruyen o adulteran
su relación con el ausente.
Se reparten las ruinas y cenizas
de anécdotas fugaces.
Y la trunca amistad se instala en la memoria;
a salvo de voluntad hostil o del azar:
ya nada estropeará las labores del tiempo
por juntar lo que anduvo separado.

Todos aman al muerto y él a todos amaba
(claro, entre éste y aquél hacía sus distinciones
era obvia su elección, nadie lo dude).

David Huerta
(México, 1949)

Maquinarias I (fragmento)

Para qué sirve todo eso te digo tu fiebre tu sollozo
Para qué sirve gritar o darle cabezazos a la niebla
Por qué romperse en las ramas rasguñar esos níqueles
Con qué objeto salarse mancharse darse dolor o darse ira
Te digo que uno no sabe a veces cómo salir de esta campana
Te repito que anda uno por las calles ahogándose
Y por todos lados nos preguntan el precio la obligación
Ya no nos dejan dormir tranquilos soñar tranquilos murmurar
Estamos solos amor no sabemos nada sabemos nada nada
Solamente puedo ver esos chispazos al fondo de tus ojos
Puedo sentir tu saliva en los deslizamientos nocturnos
Toco las sábanas que cubren tus hombros perfectos y me callo
Suenan maquinarias profundas en medio del azul formidable
Se rasgan las orillas dicen que estamos enfermos que somos tontos
Sé que ves en mi boca los dulces envenenamientos del beso
Comprendo cuánto vas olvidándome cuánto te voy perdiendo
Para qué sirven digo mi fiebre o mis lágrimas bajas
Pinches basureras palabras Y una vez más por qué enojarse
No hay motivo nada para nada sucede El alto cielo mexicano
Está llenándose Así el silencio va cubriendo el amor

Alí Chumacero
(México, 1918)

Poema de amorosa raíz

Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos
Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.

Roberto Sosa
(Honduras, 1930)

La eternidad y un día

Se hace tarde, cada vez más tarde.
Ni el viento pasa por aquí y hasta la Muerte es parte
del paisaje.

Bajo su estrella fija Tegucigalpa es una ratonera.

Matar podría ahora y en la hora en que ruedan sin amor las palabras.

Solo el dolor llamea
en este instante que dura ya la eternidad
y un día.

¿Qué hacer?
¿Qué hacer?

Alguien que siente y sabe de qué habla
exclama, por mejor decir, musita – hagamos algo pronto,
hermanos míos, por favor muy pronto.

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