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CÍRCULO DE POESÍA

 

Herminio Martínez: Diario maldito de Nuño de Guzmán (II)

04 Dic 2008

Segundo y último extracto de esta “desbordada creación lingüística”, como la calificó Seymour Menton. Estupenda novela publicada por editorial Diana en 1990 y que pronto estará nuevamente en circulación, gracias a la serie Booket de Planeta Agostini.

A la ciudad de México llegamos la tarde del diecinueve de octubre de mil quinientos treinta y ocho, y al día siguiente le pedí a Pérez de la Torre que me permitiera o me acompañara a recorrer las calles, las plazas, los conventos, pero principalmente el mercado, que, para mi sorpresa, ya funciona allí.

Lo que más nos escandalizó a ambos en aquel edificio donde se comercia de todo, hasta misas de córpore insepulto, fueron sus beques o letrinas, los cuales derramaban una hedendita innenarrable, sin que al parecer a nadie le importara un comino tan pérfido lugar. Pero lo peor era que siendo secretos ninguno tenía puerta, de ahí que resultara imposible no mirar a los hombres y las mujeres -los unos a la derecha y las otras a la izquierda- haciendo sus necesidades en cuclillas y con toda la ropa levantada, con lo que sin ninguna compostura ni recato ponían a los ojos el horroroso espectáculo de unas vergüenzas de más peludo follaje que si de partes de mono se tratara, las cuales -ya familiarizándose con ellas- se confundían con las verduras y las frutas que en cada puesto y a cada paso uno se encontraba. Dichos cagaderos contrastaban notablemente con los cajones donde se exhibían las sedas de alto precio, lociones del Oriente, perfumes y joyas del Perú, afeites y otras prendas llegadas a México en las naves que frecuentemente van y vienen de nuestra madre España. Aquéllo, para nosotros, más que un escándalo, fue un horror. Pero no dijimos nada, simplemente lo pensamos, aplicándole los peores adjetivos, pues dio la casualidad -o el diablo así lo maquinó- que en tan precisos instantes había en el lado izquierdo unas diez damas, no de tan malos pelos, y en el derecho como treinta muchachos mozalbetes pellizcándose las hinchazones allí mismo, frente a todos, sin pena, aunque sí con bastante gloria entre ellos, a los cuales hasta parecía que les gustaba que los vieran. No así a ellas quienes, en su mayoría, nada más callaban, sin cubrirse el bulto, el cual exponían al mundo como si se tratara de una zalea de burro o un ramillete de amapolas negras.

Dicho zoco se halla ubicado en el corazón de la gran plaza, frente al palacio donde el virrey gobierna las vastas provincias de la Nueva España. Realmente es un espacio en el que pudiera caber, con todo y su renombrada catedral, toda Sevilla. Por donde quiera uno se va hallando en medio de las sorpresas, ya sea adentro, donde están los múltiples cajones, o afuera, donde el pueblo se las ingenia para montar sus tenderetes de fayuca y puestos de otras mercancías. Pero entre tantas criaturas y personajes con que uno allí se puede entretener, cabe destacar las turbas de perros callejeros que hurgan en los montones de basura, disputándose un sabroso hueso o riñendo por los favores de alguna perra libertina. Y alguno que otro alabardero de vistoso y muy galoneado traje, yendo y viniendo entre los tendajos y las sombras hechas de mantas grises, a paso lento y ojo avizor por si llegasen a sorprender a alguno de tantos tramposos de manos habilísimas, haciendo de las suyas detrás de un visitante distinguido o junto a una señora distraída frente a los montones de la ropa, las bisuterías o los puestos de libros en los que se pueden encontrar desde chanfainas mandadas poner en prensa por recomendaciones amistosas, hasta verdaderas obras de arte, como las que tanto solía narrar Diego Martínez. En fin, son tales los laberintos y tantas las cáscaras corrompidas en el suelo de semejante sitio, que primero cae uno allí que en tentación, según opinión de los Juaninos del Hospital de Pobres, a quienes encontramos de pleito con Zumárraga, por no sé qué cuestiones relacionadas con la Virgen que hace ya casi diez años se le apareció a Juan Diego.

Igualmente vimos una pila de agua donde los matanceros lavaban los estómagos, exhibiéndolos en sangrantes cuartos pendientes de sus perchas. Pero aquella fuente no sólo era útil para lavar las tripas, sino además para que algunas mujeres metieran a bañar allí a sus hijos, enjuagaran la ropa y hasta tiraran restos de comidas echadas a perder o algún cadáver de las muchas ratas o víboras que por doquier se arrastran y que no pocas veces mueren aplastadas por la multitud que allí camina, sobre todo los lunes, en copia tal que es como si se hubiera corrido la voz de que los comerciantes lo estuviesen regalando todo, o a fray Juan de Zumárraga se lo raptó un carro de fuego.

En esa ocasión, el Pérez de la Torre y yo recibimos el más duro golpe de asombro que decirse pueda, pues, para empezar, nos tropezamos -cual obra de Luzbel- con las tremendas escatologías ya mencionadas, con las personas en cuclillas sobre los tablones de los beques, pujando al descubierto hasta aventar el fruto de una sola o de las dos necesidades, en un ambiente que subía hasta los balcones del virrey, pasando con su nube de moscas sobre las mesas de pescados, los colgaderos de la carne, las pailas, las asaduras, las patas y los cerdos. Sobre las cajas de aguacates y naranjas, los canastos de tortillas de maíz, los fogones donde se cocinaban los arroces y los guisos de flor de calabaza y la pedacería de guajolote, el cocido español o el caldo blanco que bastantes transeúntes iban a consumir al filo de las doce. Pasaba aquel aroma nauseabundo por encima de los limones de la tierra, igual que por los pasillos donde se intercambiaban innumerables flores y miradas de amor los unos con las otras y aun los unos con los unos, que para toda suerte de tratos sirve el dicho lugar.

A continuación, seguimos descubriendo todas las demás maravillas entre una masa humana que no tenía reposo y de la cual costaba tanto trabajo salir como nacer, según decires errantes de la plebe. Los gritos aturdían al anunciar en lengua de indios o en habla de Castilla cuanto produce en el uno y el otro extremo el orbe: desde patos hasta pudrición de hojas de encino; perfumes de Filipinas y espejos de Granada, peines, peinetas, fistoles de Marruecos, alfombras, muebles rústicos, lacas de Marsella y mil pregones más, tan ingeniosos, que, si te hallabas distraído, podían enredarte y hasta venderte al mejor postor. Y es que, de verdad, allí nos tropezamos con la novedad de quien ofrecía un trocito del prepucio de Jesús (¿verdad Zumárraga?). Y dos astillas de su Santa Cruz, polvo del último atardecer del siglo V, dos gotas de leche de María -¡pero no de mi María Engracia de los Santos!-, guardadas en una ampolleta de cristal, dizque el hacha con la que mataron al Mar Muerto, más otras liviandades, que más a risa que a asombro nos movían… Poco faltó para que anunciaran allí una agujeta para el zapato del pie de la montaña, la otra mitad de la Edad Media o la partitura para el concierto de los astros.

Pero eso, en comparación de lo que viene era una fiesta, pues hay que decir que también abundan los haraganes y los de mano larga, de esos que en un dos por tres te dejan más desnudo que un árbol de durazno en el invierno, y aún los muy hijos de puta te piden una caridad por el amor de Dios. Estos se mueven a lo que salga, prestos aquí y allá: unos, fingiéndose rezadores de endechas curativas; otros, nada más desvergonzados vagabundos, los cuales son sueltos peones para el hurto, pues mientras te saludan “cortésmente”, con la zalamería de quien estoy pensando, te cortan la bolsa y aún tú les agradeces las celebraciones hechas. Es un revuelo de mancos, ciegos, tullidos, cantadores de coplas, cojos, mudos, contrahechos y demás fenómenos que en un santiamén te dejan limpio.

Había música de dulzainas, chirimías, adufes y tamborinos con que la banda errante de una madrota anunciaba racimos de niñas tiernas, vestidas para el banquete del amor. Y era de ver la cara que les hacían las monjas que allí andaban surtiéndose al ojo embaucador de malandrines, amén de las comadres, de uno y otro sexo, que nunca han de faltar, ya sea vendiendo rosas o comprando nabos para el buen aire del vientre. Escuchamos también a los contadores de leyendas, que en ocasiones como ésta tampoco están ausentes, echando fuera de sí el ejemplo de la desdichada mujer que, por haberse bañado en Viernes Santo, se convirtió en tarántula. Y vimos actuar en vivo y a todo color al que ofrecía ágatas multicolores que no eran sino piedras falsas; y a los actores de la universidad mientras representaban asuntos inventados, en el que latía el corazón de una prosa subida de color por el grueso calibre de sus tonos. Ese día vimos ocho muchachos de esos, que enseñaban más de lo permitido a través de los jirones de unos calzoncitos desgarrados. Y a cinco niñas, casi sin vestir, en brazos de unos capitanes déspotas que seguramente también eran actores, acaso los que nos recibieron en la playa, cuando nuestros navíos finalmente pudieron fondear en Vera Cruz. Y a la peligrosa raza de los que tan sólo por un mal ver te dan una cuchillada de la cual tú no te das cuenta sino hasta que sientes correr la sangre por el pecho.

Caminábamos haciendo mil cuentas de lo visto en semejante turba con la mano larga y el chiste pronto, pero muy formales, si se lo proponían, para meterte en un chisme o apoderarse de tus cosas, así las trajeras cosidas al alma con cuerda de velero. Eran de ver las barberías con sus clientes allí sentados, esperando su turno o abriendo ya la boca para que el barbero les metiera un limón y así poder hacer bien su trabajo. Y a las damas de alcurnia, que con el pecho muy alto, más por trapos embusteros que por méritos, veían los tenderetes de joyas y vestidos, con una cauda de criados y de criadas más digna de una emperatriz que de la mujer de un funcionario menor o un rico prestamista. Toda la flor del pueblo allí andaba, metida en pantanos de pies que iban y venían remoliendo el tiempo y la tierra mezclada con orines, jugos de frutas, hierbas y la sangre de una que otra rata. Sujetos de rostro más inocente que el Cordero, pero que no eran sino unos cacos capaces de venderte el prepucio del propio Padre Eterno, así como los jueces, dejándose comprar en tratándose de resolver una disputa.

Era tal el barullo de las algazaras mercantiles, que hubo un momento en que nos cansó tanto oficio de ver lo nunca visto y tomamos asiento junto a una hilera de mujeres sentadas en actitud de duelo, que no eran otra cosa que indias pidiendo caridad, y al meter mano para entregarles aunque fuera un real de nuestro ahorro, descubrimos que andábamos sin haberes desde hacía por lo menos una hora, que era cuando habíamos ingresado a aquel mundo de aromas, rostros y personajes diferentes.

***

No hay un recuerdo que se parezca a otro. Todos llevan en sí algo diferente. En uno es lo desatinado y en otro la entereza. Así lo advierto yo en esta umbrácula, oyendo una suerte de vihuela que alguien rasga a lo lejos, en mi sombra, ayer, hoy y mañana. Digo que comparto mi cárcel con fantasmas: Colón, por ejemplo, de repente me sale con que una de sus carabelas chocó contra la base de un arco iris, en Haití; Fernando de Aragón suele venir a jugar cañas conmigo y el conde Lucanor me trae a su consejero Petronio para que me dé consejos acerca de cómo alejar de mí a Juana la Loca cuando en los sueños se me enfrenta en carnes vivas, ordenándome que le rasque el pubis y que le bese los labios desabridos y que me asome a ver si no se han despertado las niñas de sus ojos; y yo que no te rasco, y ella que sí me rascas o te denuncio ante el inquisidor, quien, para tu conocimiento, ahora es un terrible perro con el rabo en llamas, sin quedarme otra alternativa que hacer lo que ella pide. Una vez llegó con un penacho de plumas que, según ella, le regaló Malinche, y se puso a danzar sobre este suelo que era un pánico, un suplicio, una condenación. Lanzaba líquidos y heces por todas las salidas de su cuerpo; gemía y rezaba a cada salto de sus piernas; otrosí cantaba con espantosa voz:

¡Mal me quieren en Castilla
los que me habían de guardar!

Y al último me pidió nuevamente que le regresara todo lo que le robé cuando anduve en conquistas: sus diamantes, sus oros, sus platas, sus esclavos. Como yo no respondí, ella se fue por unos licenciados, que no eran otros que Hernán Cortés y fray Juan de Zumárraga, los cuales de inmediato expusieron la negra historia de mi vida, que traían escrita con sangre en cincuenta y ocho mil folios opacos. Yo los escuché hasta que me cansé de verlos, pues aquella lectura era cansada, y cansado ya estaba yo con Doña Lurias, por lo que les dije que me dejaran solo y ellos me dejaron, mas tal vez no porque yo lo haya pedido, sino antes bien porque a Doña Juana la habían arrullado mis acciones, y ruidosa roncaba en un rincón. Así, con todo y plumas de colores, se la llevaron a donde las monjas del convento. Otra vez me visitó trayendo su rostro descarnado, la pura calavera; entonces me previno muy amorosamente: “El canciller de Valladolid, fray Juan, fray Martín, el marqués y la marquesa, la Virgen de Guadalupe, todos los novicios de la Orden Franciscana, todas las mujeres de Michoacán que no han sido violadas, el rey Calzoncin, Andrés de Tapia, a quien le falta el cojón que tú te comiste en Tlaltelolco, Francisco de los Cobos y su cuñada Francisca de Mendoza que se ha muerto de amor por el marqués del Valle, Pilar de Avilés y treinta mil cabezas sin cuerpo, que llevan en la frente la G al rojo vivo de tu nombre, ellos te acusan, cuídate, Nuño de Guzmán”. Me dijo y dejó caer su cráneo que se abrió con el golpe, dejando escapar un enjambre de arañas y otro de prímulas voladoras que se posaron sobre mí en forma de vistoso abrigo: las arañas no me picaban; las florecillas eran tibios besos en las mugres y pústulas ardientes.

En otra ocasión, me dijo que al Rey le había nacido un heredero con cara de alemán, y otro que, al igual que ella, hablaba con Dios y con las moscas; que ambos eran varones, nada más que uno en su corazón tenía una rosa y el otro un buque. También me contó que los ingleses criaban intenciones de convertirla en estatua de oro sobre el peñón de Gibraltar, para que desde allí, con sus ojos rubios, viera pasar todos los navíos hacia las ciudades donde los moros venden soles. Me ha dicho que los territorios del Nayar, Colima y Jalisco ya están bajo el control de aquellos españoles que ni siquiera se tomaron la molestia de doblar el lomo para alzar un guijarro, mientras que nosotros los ganamos largando nuestras sangres y corriendo mil leguas. También sabe que me van a matar arrojándome de cabeza y que descuartizarán mi cuerpo para que se lo coman los obispos. Vivo entre el sueño y la vigilia. Con otras muchas imágenes que me cuentan que ya el virrey Antonio de Mendoza fundó una Valladolid en Guayangareo. Esto me lo ha dicho Martínez, quien de vez en cuando a mí se acerca con el propósito y la actitud de un vencedor de todas las batallas y se posa en mi pensamiento a relatarme que las tierras que ganamos juntos la Nueva Galicia ya se nombra. Allá donde iba a ser Guzmania, en la que tantas veces me vi apersonado en camón de oro, o asomándome por beldeveres de jaspe y platas de singulares hermosuras. Todo el recuerdo de aquella ciudad tan mía se me viene a la poca mente que aún me queda: sus domos dozavados, sus cañerías de mármoles, sus jardines y sus plazas llenas de gente en día domingo.

Describir estas representaciones me apronta las ganas de matarme; de irme de estas posturas en que ya perdí la cuenta de mis años. De escapar de esto insoportable en que no sé ni cuántos ni quiénes me pusieron. Deambulo y callo al oír a mi celador; poco duermo y mucho monologo mirando caer los instantes de mis horas, que no son sino puntos refulgentes que se mezclan con la humedad que ahora es verde y ayer fue anaranjada. Todo adentro de mí se descompone. Veo dos donde hay uno y azules donde son blancos. Pienso en los que me malquisieron y pugnaron para que Su Majestad me retirara su apoyo y no hubiera recompensas. Yo que fui y que vine. Que estuve en el Sur y en el Norte. Que llevé y traje aventuras jamás vividas por nadie ni hechas por ningún otro hombre de Castilla. ¡Heme aquí sin gloria y sobajado a vilezas crueles! Un don Nadie. Llamo a Godoy, llamo a Ortega, llamo a Oñate, llamo a Pilar, llamo a Diego Martínez, mi amigo y confidente principal, llamo a Cleo, llamo a Dominga, ¿y qué? ¡Nada! No pasa nada ni nadie viene aquí. Ninguno de aquellos valerosos acude a mi llamado. Ni el capitancillo Andrade me trae una sonrisa en sus talegas; ni una tarde en sus ojos; ni la luna creciente de la mano de su alma. Me responde la nada; me respondo yo mismo, no sé si vivo o muero; si soy Juana la Loca o el Rey Carlos de Gante; si el indio Marcos Cípac o un león con la melena de basura. ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Qué hago? Me responde la nada o me responde el miedo; las mujeres que quise o los hombres que odié. Tal vez esos aullidos provengan de las llamas de los pueblos que aún arden; de los niños castrados, de las indias colgadas. ¿Qué soy aquí? Silencio, ratas, chinches, pulgas y húmeda oscuridad. Jánikua y su Juan Sánchez me golpean con su hijo que es una flor con llagas, y yo no me defiendo porque no sé quién soy ni sé si tengo manos o pies o fuerzas. Los dejo que me azoten con la flor de su sangre, y que me llamen víbora y que me den con todo su dolor adentro.

El amor, el recuerdo, los sueños, ¡ah! Anoche tuve uno que era un viento. Me trajo entre sus alas a la Loca, quien se escapó de su retiro sólo por mostrarme su vientre embarazado. “¡Preñaste mis entrañas!”, suspiró. Y yo le dije que si era varón le pusiera mi nombre, y que si mujer María Engracia de los Santos, pero ella replicó que iba a ser hombre y que se llamaría Luzbel, para que imperara sobre todas las potencias de la tierra. Fue un sueño de miel; de cosas rotas y gritos más allá de la vihuela, el puerto de Sanlúcar y la Audiencia. Alaridos de espanto; golpes en las paredes de mi pecho; olas en los caudales de mis venas. Ya no quiero dormirme por no soñar ni hablar con tantos muertos que forman hacia mí sus batallones. Pero estoy muy cansado, muy triste y asaz pobre, aún con la ilusión de que venga Martínez a hablarme de los libros que él sabía y del mar de Jalisco que cantaba. Que venga Cleo, que venga Dominga, que venga el Rey Don Carlos a apagarme este ojo que me llora y este otro que me mira, postrado, sin saber lo que soy ni qué hacer en la última sombra de mi vida. Loco como la Loca. Perdido como el sueño. Coronado de nubes y sin canas ni dientes. Así me encontrarán cuando nazca mi niño, me ha dicho Doña Juana, y yo le creo, porque ella sabe lo que yo no sé y viene de donde yo no vengo. Eso me dijo anoche cuando palpé su panza: “Te lo advertí mil veces: morirás en Madrid. Y quebrarás el mundo del porrazo. Así te encontrarán, pero no en la Giralda, sino en esta prisión, entre sus ratas y sus pulgas; sus mugres y sus pedos”.

Siento la sed eriza de mi lengua. Las nieblas me levantan. Esta celda, este sótano, esta cárcel, las nubes, estas canas… ¡Que vengan todos: Andrade, Tapia, Avilés, el marqués, la marquesa, Zumárraga y los indios! Que entren ya para darles mis perlas y el oro que aquí hemos encontrado, antes de que las naves de la Corona se lo lleven.

Anoche supe que ya vienen, a las órdenes de Su Santidad el Papa, quien, disfrazado del arcángel San Miguel, observa desde el castillo de la nao, el río que le recuerda el Jordán, y el cielo combo del más acá, por donde ha de entrar con la flota, para anclarse frente a este torrejón y vaciar sus entrañas y también las mías, en las que escondo las cinco piedras verdes que perdió Cortés en el mar de África, y que Juana la Loca -que ya me volvió loco- descubrió en mí un día mientras me amaba. ¡Que vengan ya mis hombres y mis víctimas a llevarse la plata y tantas perlas! Que entren primero que la armada papal, pero sin espantar el aire, ahora que no hay razones en mí de seguir fingiendo una existencia que no tiene sentido. ¡Sí! Antes de que me suban a la punta del dedo de la Giralda de Sevilla, cortaré yo mis venas principales: las dos de las canillas y la que une al corazón con la cabeza. Muerto me encontrarán con el libro de esta memoria deshojado; sin fantasmas ni imágenes. Y tal vez, quizás, el romano Pontífice tan sólo por dejar constancia de su encono, aún escriba sobre mi tumba estas palabras:

Nuño Beltrán de Guzmán,
caso el más cruel que decirse pueda.

ANNUS DEI MDXLIV

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