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CÍRCULO DE POESÍA

 

Alí Calderón sobre Contraverano

23 Ene 2009

Mijail Lamas (Culiacán, 1979) es quizá el poeta joven sinaloense más destacado de los últimos años. En el marco de su generación, los setenta, Lamas es un autor que publica relativamente tarde, alrededor de los veintiocho años. El dato es interesante, sobre todo a la luz de una comparación con otros poetas nacidos igualmente en 1979 y que publicaron con algún éxito años antes. Es el caso de Hernán Bravo, Francisco Alcaraz u Oscar de Pablo, por mencionar a algunos.

La espera, sin embargo, valió la pena. Conocí la poesía de Lamas en 2005 por medio de la antología 1979, con prólogo de Eduardo Langagne, y que recuperaba el trabajo de poetas sinaloenses como Francisco Meza, Óscar Paúl Castro, Javier Velázquez, etc. En aquel momento, su poesía me pareció fresca, muy vital, deseosa de establecer relaciones intertextuales y siempre con las variables del humor y la cultura popular como caballos de batalla. Se trataba, creo, de una especie de poética grupal en la que sobresalen los poemas “Crónica parcial de los noventa” (y hubo disparos de monedas que caían/ a la profundidad del corazón/ Fidel Fujimori Pinochet los dinosaurios/ de Spielberg y otras películas malísimas/ viagra camisetas del Che en el malecón/ todos comentaban pobre Magic Freddy Mercury/ cantará por última vez en Barcelona y nosotros tan borrachos/ aburridos seguros de que aquí no pasó nada) de Paco Alcaraz y “A Borges”, de Lamas:

a Virgilio frente al Palatino Monte
a Heráclito en su múltiple cause erguido
a Cervantes frente al sueño del Hidalgo que llaman Quijote
a ti en el laberinto, Averroes, del lenguaje
a Dante frente a los círculos del sueño
a Chesterton de bastón gastado y artilugio
a De Quincey con su opio y huestes de hashishis
a Mateo y Marcos que buscaban la primicia
al verbo de San Juan
a Shakespeare met the night mare
al horroroso espejo
al tiempo circular del Eclesiastés
al sol del tigre en la página de Blake
a los de Góngora raudos meteoros
al paraíso: Alejandría soñada
a los dones que me roba la ceguera
a ustedes os digo:
I can´t get no satisfaction.

Este tono y esta temática habrían de ser desarrollados más tarde en el Cuaderno de Tyler Durden en donde, en palabras de Mario Bojórquez, se da cuenta del “tedio de la vida contemporánea ante el monitor de la computadora” todo ello, creo, en el marco de esa mirada neobarroca o posmoderna, transmoderna, diría Enrique Dussel, que nos cruza y nos determina, esa vida en la que la relación sujeto-objeto es dominada por el objeto, esto es, el mundo abruma al hombre. Una poesía, en resumen, de la globalización y la sociedad industrial, una interesante aproximación a la sensibilidad de nuestro tiempo.

De 2005 a 2007, Mijail Lamas fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, el mayor apoyo para un poeta menor de treinta años en México. Durante su periodo de beca se escribió el poemario que nos ocupa, Contraverano, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Contraverano podría llegar a resumirse en aquella fórmula freudiana: “infancia es destino”. Pero esta reconstrucción simbólica de la infancia, de la tierra natal, lejos se halla del tema clásico del lugar idílico y magnificente, al contrario. Esta arqueología del ser raya en lo doloroso, en una sentencia cara al existencialismo: “el infierno son los otros”. Así nos parece cuando Lamas dice:

Recuerdo la primera casa de la infancia
y la segunda
y la tercera.
Todas son una,
incendiándose.

Los textos de Lamas son una especie de correlato, en la poesía, del recurrente tema del desierto en la narrativa. En este género, Daniel Sada, Herminio Martínez, Jesús Gardea o Severino Salazar, por ejemplo, se han caracterizado por desarrollar la atmósfera del calor que abruma, del sol agobiante. Lamas desarrolla el mismo tema desde la lírica y con tintes simbólicos. El sol de Culiacán, de Sinaloa, produce no la solemne transparencia de Octavio Paz sino una suerte de maldición que persigue al sujeto. Así, por ejemplo, Lamas escribe:

Mucho tiempo quisiste enumerar cada partícula de polvo, cada capa de tristeza,
enumerar también cada puñetazo de la frustración,
cada truco para engañar el mediodía que te cortaba en sombra la figura.

O

Afuera el verano dejaba correr libre su corazón de rojo carnicero
y la luz marchitaba cuerpos que antes fueron exquisitos,
que antes fueron necesarios.

Los poemas de Contraverano nos recuerdan esa redacción medicinal, esa escritura terapéutica que tras la cual opera una reflexión profunda y dolorosa en torno al yo, una anagnórisis, y la correspondiente catarsis, la superación del “trauma”, del motivo anímico, eje del poemario: la infancia, el lugar natal, los viejos fantasmas de la familia y el proceso lacerante y lento de hacerse hombre:

Ahora que todo es una moneda gastada en la miseria,
recuerdas recoger sus sombras como algo consumido por el fuego.

O

Otro día la voz de tu madre tiene algo de gladiolo y tierra,
todo porque no sabe explicarte
cómo a veces la vida es un espejo que duplica la muerte.

O

De nuevo la mañana es clara y sin nubes,
el sol nace maduro como un fruto que fuera siempre fruto
y algo de mí se incendia
(…)
y el peso de tanta realidad iluminada me es insoportable.

Y la catarsis, finalmente, cuando la experiencia sufre una transformación cualitativa y se trueca comprensión, sabiduría:

Voy a darle vuelta a la página de los incendios,
a levantar la pluma de esa hoja que la luz ha despertado,
a oscurecer con un golpe de mano esta flama que se consume así misma.

Desde el punto de vista estilístico, este poemario me parece menos “natural” que la poesía de Mijail Lamas en Cuaderno de Tyler Durden. En este título, la voz poética fluye natural, en el tono de la conversación cotidiana, en la pluralidad melódica del verso libre. En la voz poética de Contraverano se advierte, por el contrario, mayor oficio, mayor artificio. Esa naturalidad ingenua, sincera, podría decirse, se transformó en un cuidadoso canto, en poesía depurada. Echando mano del alejandrino fundamentalmente, del endecasílabo en ocasiones, Lamas edifica una música próxima a la de la silva, una conformación melódica que nos acompaña a lo largo del poemario imprimiendo a la lectura la sensación de sofisticado refinamiento:

Dicen que en estos tiempos el sol calienta más. (14)
Sólo yo sé que el único culpable es el verano (14)
que alarga a donde va su permanencia, (11)
que anda en busca de mí por todos lados (11)
y me encuentra.

En este poemario Lamas nos ofrece una escritura elegante y cadenciosa. Nos encontramos con versos extraordinarios como:

y las manos son quimeras de papel que con su filo
parten el sueño en fragmentos que se mezclan
con los de hace diez años y los de esta mañana.

En una rápida sucesión de luz todo era verano,
bajo ese sino todo se detenía.

No pretendía volver o que el verano fuese el paraíso,
ni siquiera ser la piel del sol abatida en los critales.

Puedo decir que Contraverano de Mijail Lamas me emociona por dos cosas. Uno: por su doloroso decir. Dos: por la conciencia de construcción que advierto en los poemas. Y no tengo dudas, por la calidad de su trabajo, este poeta es uno de los más trascendentes de su generación.

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