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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de Poesía No. 034: Luis Paniagua

21 May 2009

Luis Paniagua

Luis Paniagua (San Pablo Pejo, Gto., 1979) es poeta y ensayista. Estudió literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México. En el año 2000 obtuvo el primer lugar en el género de poesía del concurso José Emilio Pacheco y en 2004 el premio en el mismo género en el concurso Punto de Partida. Ha sido incluido en las antologías Crimen confeso (Daga, 2003), Un orbe más ancho. Cuarenta poetas jóvenes de México (Punto de partida / UNAM, 2005), Los mejores poemas mexicanos, edición 2006 (Joaquín Mortiz / FLM, 2006), Anuario de poesía (FCE, 2007) y La luz que va dando nombre. Veinte años de poesía última en México: 1965-1985 (Secretaría de Cultura de Puebla, 2007). Es coautor de los libros colectivos Espacio en disidencia (Praxis / Velamen, 2005) y Al frío de los cuatro vientos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006). Su primer libro individual lleva por título Los pasos del visitante (Punto de partida / UNAM, 2006).

Su poesía después del salto.

Chicas chicas

Para Alberto Trejo

Pon tu mano de estrella en mi bragueta
siente latir por ti mi corazón.
Francisco Hernández

La verdad es que tengo un dolor de aguja en cada pupila,
que la tristeza no me duele en el corazón
sino en los testículos.
No me apena confesar que es allí donde radica mi alma.
Ricardo Castillo

El día pintaba bien:
Yo había dormido varias horas de un tirón
y tenía todavía el regusto de un sueño placentero.
El amor aún dormía a mi lado y mi mujer
que solía ser complaciente, a veces,
me había llevado el desayuno a la cama.

Había sido invitado a un festival de poesía en Manzanillo,
viaje todo pagado con estancia en un hotel de lujo.

Y heme allí, haciendo fila en Clic de Mexicana,
charlando con Iván Cruz y Alberto Trejo;
este último lucía compungido:
cosas de la vida, que es un ciclo, me dijo,
polvo eres y al polvo regresarás.

Ya en el pacífico corrieron las cervezas
y la tristeza de mi amigo era notoria:
qué sigue, preguntaba, vámonos al téibol, proponía.
La imagen era casi la de un niño apedreando
a una bandada de perros que comenzaba a huir.
Yo comprendí el concepto de solidaridad hasta ese entonces
y le dije vamos pues, andando.

Una vez ahí, la música nos golpeó
como un viento huracanado,
como un zape del hermano mayor,
como un no jodas, no me gustas;
así de dolorosa era la noche aquella.

La cerveza era fría, por fortuna,
las mujeres, feas, por desgracia
y la vista del local, impresionante.
Luego vino la revelación: tuvimos, pues,
la imagen de un lago apacible
y de una joven mujer que remaba,
en medio de las aguas, con ahínco.

Dejamos el lugar de madrugada,
un poco borrachos.
Yo entendí esa noche el dolor
que desgarraba a mi amigo, y él,
tal vez, que siempre hay lugares,
llámense iglesias, hospitales o cantinas,
donde puedes resguardarte de la muerte.

Hábitos nocturnos

Para Leticia Escareño y Carlos Vieyra

Dispuesto a echar el ancla
al otro lado de los párpados,
es decir, parado en la calle Vigilia s ∕ n,
alargando ligeramente el cuello
para mirar al otro lado
de la esquina,
buscando el timbre
de la casa de Morfeo,
en medio de la noche silenciosa
se detonó un ruido sugestivamente ambiguo:

podría haber sido algún vecino
soplándose enérgicamente la nariz
(constipado quizá) y el ruido el aire pasando,
ligeramente atrompetado,
por las cavidades nasales;

podría haber sido algún vecino
acusando con el hálito enérgico
una mala posición, el cuerpo
a cada respiro reclamando su acomodo
y el ruido el aire,
ligeramente rasgueante,
atravesando la garganta;

o podrían haber sido no uno sino dos vecinos
(hembra y macho quizá, o quizá no)
afanados en el oficio de bordarse el amor
a ante bajo con contra de desde en entre etcétera, los cuerpos,
sudorosos y elásticos, vibrando iluminados
como teléfono celular, juguete sexual
o muchacha desnuda en medio de la nieve,
y el ruido, ligeramente inyectado de dolor,
el aire deslizándose, trémulo y entrecortado,
por las cuerdas vocales.

Nunca antes había reparado en la proximidad sonora
de estas tres expresiones humanas,
ni siquiera sé cuál de las tres opciones es la correcta.
Mis únicas certezas son:

1) que ese ruido sugerente me inspiró estas líneas,

2) que ese ruido sugerente era aire saliendo de un cuerpo hacia lo oscuro

y 3) que la noche sigue allí, inamovible.

Entrando al sueño

Como todas las noches, me pongo la pijama,
me calzo las pantuflas y veo televisión
a muy bajo volumen, para no despertar
a los que duermen.

Siempre los mismos programas, sentado siempre
en la misma plaza del sofá. Series policiacas.
Siempre tras la pista, me digo,
y pienso que mi día pudo ser algo más interesante.

Buscar el rastro de otra cosa, me digo,
fatigar la escena del crimen, me digo,
tener un arma y quebrar el cielo a balazos, me digo.

A medida que avanza la historia de la tele,
que crecen los rumores que levantan el muro
de ese ruido gris, manchado,
que es el silencio de los multifamiliares,
me digo qué noche la de ayer, la de ese ayer,
y qué día el de mañana:

seguro habré de encontrar el rastro de otra cosa,
seguro habré de hallar pista en la escena del crimen
y seguro habré de quebrar el cielo a balazos
(esto último a muy bajo volumen
para no despertar a los que duermen).

Predestinación

A veces imagino conversaciones
que la noche silencia
con el brutal rumor
de días que quizá
jamás habrán de llegar.

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