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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de Poesía No. 038: Dalí Corona

01 Jun 2009

Dalí Corona

Dalí Corona ha publicado los libros Voltario (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007) y Desfiladero (Chihuahua Arde, 2007). Ha sido incluido en el Anuario de poesía Mexicana 2006, FCE. Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y diarios del país. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.

Su poesía aparece después del salto.

Zurdo

Y hubiera querido que Dios existiera y
no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el
dolor que le tenia reservado.Eduardo Galeano

I

Viejo e inacabable es el dolor que me transita
y me derrumba
como un golpe militar bien orquestado.
Magro dolor que se agolpa cuando cruje
cielo envuelto en gotas
de sangre, de polvo;
Viejo e inacabable es mi grito;
coagular de miedo, viento gris,
en veredas, en hospitales y comercios, en casas;
incendiario viento.
Mansamente vivo, viejo e inacabable, zurdo.
Repito: viejo e inacabable es el dolor que me transita,
que me puebla, que me exprime
más durazno que cereza, más torcaza que gorrión,
más dolor que furia.
Ráfagas biliares de mi amor que poco a poco muere

II
Está mano, Soledad, tiene el tacto de un león embravecido,
la sangre de un reptil;
mares de culebras que acercan tempestades.
Soledad: debió ser la madrugada la que quiso
incrementar mi llanto hasta perderte, debió ser la voz del moribundo,
la dolencia del ahogado, debió ser el cuerpo inexistente del delito.
Traigo el corazón bien puesto
todo hecho manglar gramo por gramo.
Traigo también mi voz de acero, la guadaña;
mi mano izquierda hecha tridente.

III


Tocan a la puerta, mujer…
Es hora de los allanamientos.

Juan Bañuelos
.

Tortura
¿ Quién de aquí
toca la voz simulando un alarido,
quién oscuro deletrea la carne con cuchillos,
quién ya no respira ?
Silencio: roto el cristal con tanta luz
alguien con las uñas intenta tocar un viento gris
azotando sal en mi ventana,
alguien tira dientes, huesos, brazos rotos
a mitad de la avenida, Silencio palpitando
palpitando, palpitando.
¿ Quién de aquí se apresta a disolverse,
quién ahoga su grito en pura sangre, en pura angustia,
quién de aquí lo ignora ?
Tocan a la puerta, mujer…
Es hora de los allanamientos,
de sacar los ojos, de perder las uñas,
de mirar solamente con las yemas.
Es hora ya de asistir a la tortura,
y congelar el grito.

IV

“Alguien toca el Dolor como si tocara un violín”

Ulises Córdova

Me he olvidado de mi nombre; la sangre que gotea de este verso
recuerda el extravío.
Aquí yace la sombra de mi vena
una mínima fracción dejada a la intemperie;
el llanto de la voz, la caricia postergada, Sombra
y nada más que sombra.
“Alguien toca el Dolor como si tocara un violín ”
lo desmedusa, lo corroe. Sangre iluminando,
sangre regada en todas partes.
Algo cruje, roe
mar hecho de lava, mar hecho de polvo;
cementerio cicatriz que abre y no coagula
que quiebra el sonido
y me revienta.
Aquí yace la voz y la mirada; lo que muerde,
mi nombre ardiendo en tanta lluvia, en gaviota.
Aquí vuelvo a decir que soy izquierdo,
zurdo de voz y de quejido; como un hilo de acero del que pende
el llanto ya difunto.

V

Fuertemente armado, mi corazón sale a la calle ardiendo muertos,
se incrusta alrededor de las paredes
como hojas que caen de los almendros.
Toda bruma, todo canto, todo cielo
es poca cosa comparado con mi sangre de limón y de hojarasca;
es mentira.

Enfebrecido hasta las botas, musito una voz que ya no es mía,
una palabra que lentamente se olvida en el paisaje;
comisura de labio, juglar de ombligo,
frías balas que atragantan mi voz marea adentro. Triste catarata,
tristísima caída.

Llueves
y al caer así de líquida
parece que no hay delfín amable o jirafa ultramarina
que pueda detener tu rumbo.
Llueves,
y la sombra cae así de plomo,
así de cobre, así de rompeolas;
y todo cuanto miro es un naufragio,
un colapso de olas en mitad del río Támesis.
Pero de nada serviría quemar las naves
al intuir que anegarás incluso el cuarto.
Sería inútil pensar que quedaré varado arriba del ropero,
o que sin importar la dimensión de la llovizna,
un cajón, algún librero,
la mesa de la esquina, podría salir a flote.
De nada serviría asirme a las cortinas;
apilar los restos de barcos naufragados para hacer una escalera.
No hay refugio que escape a ser tocado por tus olas.

Y sucede, amigos, que ya no puedo ver las tardes como antes,
que me cuesta trabajo asirme de la lluvia
como si fuera un crisantemo.
Sucede que de pronto, ingenuamente,
se me vino a instalar en la mirada
un séquito de pardos ojos
-figuras galopantes propias
de climas más extremos-
Y sucede que también así, como por arte de magia,
la idea que tenía del mar
ha tomado otro cauce; ha llegado a residir
colina abajo,
donde la noche parece ser
una bestia escalofriante a punto de parir incendios.
Sucede que he cambiado dirección
y número de usuario para el banco;
que mi licencia para manejar
se ha quedado de rehén detrás de una cortina,
entre muros.
Que la fe,
aquella que me hacia robar el mar
y alojarlo igual que Enrique
ya no da ni para colectar granos de lluvia,
ya no da para enfrentar gaviotas.
Y es que sucede amigos,
que ayer la pude ver horizontal
por la mañana.

Susana de la mañana
tienes escritos hasta en la tarde…”
Rodrigo González

Aquí se trenza el corazón; viaja
en camisa de once varas.
Se trenza la tripa; se rompe
y crea ríos,
mares que disuelven mi voz emponzoñada.
Aquí la agrura, la memoria cayendo a pedacitos;
lo grave de la sangre a fin de mes.
Aquí, Susana de mi boca.
Aquí, Susana envergadura de la tarde
se cae contigo el cielo;
se fragmenta.

Malaria
Para Claudia Herrmann

I

Si de pronto, lo radiactivo de esta guerra
fuera a caer en la recámara,
y hubiera que coser el alma de una sombra vieja
casi antaña. La alcantarilla
sería el mejor refugio para un perro asesinado.
Si de pronto el cielo fuera agigantándose
hasta más allá de mis oídos
y las nubes dieran de comer toda su lluvia;
la tarde buscaría en su bolsillo una moneda,
algún reflejo, para poder cubrir así
su cuota de inquilina.
Y si el final de la masacre
se viera venir sólo en la indolencia de la tierra
y tuviera que apuntar mi arma
contra un muro de silencio,
– la nuca adversaria de la muerte-
terminaría por desechar la última bala
destinada para mí.
¡Ah! si la leucemia de este verso
llegara a poblar todas las calles…

II

…Y si después de tanto trazo,
tanto giro, tanto tacto,
toco
el ciliar sueño de un cetáceo,
y viajo corcovado, seminífero,
tarantuleando el aire como un escarabajo
que vuela arriba hacia el suicidio, no sería yo
el que prófugo escribe estas palabras,
el que sin más preámbulo
socava las entrañas del poema.
Soledad, “voy a poner tu nombre a un día del año”
llamaré Marcíl a esta tarde
para ver si así despisto un poco al tiempo
y el clima, las horas, los meses
dejan de parecerse tanto a una comedia.
Estructurado este vertebro, acantilado corazón
malaria sea mi verso.

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