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CÍRCULO DE POESÍA

 

Crítica y poesía. Aspiración privada y conciencia pública

07 Jul 2009

Alfonso Reyes 

Un ensayo de Israel Ramírez, uno de los críticos jóvenes más lúcidos y rigurosos de México. 

 

 

I. ¿Para qué la crítica?

El título de este trabajo me compromete a desarrollar una serie de contenidos que en esta versión abreviada de un trabajo mayor sólo se aludirán de forma general. Profundizar en ellos requiere además de espacio, –lo confieso– mayor tiempo para sopesar sus limitaciones y alcances.

            ¿Es en verdad necesario hablar del estado de la crítica que se hace sobre la poesía mexicana?, ¿qué será, me pregunto, más provechoso para nuestra tradición literaria: dedicar algunas tardes en la preparación de un artículo sobre crítica o dedicar el tiempo necesario para escribir sobre la poesía de Jorge Fernández Granados? Si asumimos –de forma extrema– la disyuntiva que se advierte en estas preguntas podemos advertir que en realidad los dos polos no son opuestos; ambos asumen la importancia y trascendencia tanto de la reflexión crítica sobre el poema, como de la reflexión crítica sobre el propio discurso crítico. Sin embargo, también asumen que el discurso poético siempre es el origen y eje de ambas posturas. Es –no lo olvidemos– el discurso poético el que enriquece la tradición poética en México. La crítica sólo cumplirá su papel si verdaderamente enriquece la tradición de investigación, de difusión, de docencia, de análisis y de interpretación de la tradición poética.

            Y como ya este preámbulo hará decir a muchos que a pesar de todo lo anterior mejor se hable sobre la poesía y no sobre la crítica. Aquí declaro uno de los principios que originaron estas notas: dado que no se enseña en la escuela ni en los centros de investigación a hacer crítica, sólo se inicia el aprendizaje hasta que cada uno elige en la práctica a sus modelos y también con ellos se definen las guías críticas que se habrán de seguir en el ejercicio personal. En toda etapa de formación universitaria ocurre que se pide al estudiante leer determinado texto crítico o aplicar una teoría específica al poema, pero casi siempre sin una orientación de por medio, como si sólo por estos medios se construyera el discurso crítico. De ahí que dentro de las limitaciones propias de la aspiración privada y de las necesidades de la conciencia pública que reclaman un mejor ejercicio crítico, pongo a discusión algunos itinerarios de lo que considero un discurso crítico sólido, éticamente responsable, sensible e inteligente, claro y propositivo, podría contemplar.

Bien sabemos que en las universidades no se aborda decididamente la preparación en cuanto a la didáctica de la literatura, por el contrario, en general predominan los estudios desde una perspectiva historiográfica. De ahí que en estos espacios se ponga mucho énfasis en la investigación literaria, algo en el análisis del texto, casi nada en lo que toca a la difusión y, en estos tiempos recientes, casi todo en lo relativo a la interpretación. En síntesis diremos que si bien para construir crítica hay que tener conocimientos históricos, capacidad de investigación y autoridad interpretativa, es indispensable también poseer solvencia analítica por parte del lector, pero además una pluma que demuestre en la práctica escritural lo mucho que se ha leído para arriesgarse a escribir sobre las obras poéticas.

La mejor crítica debe contemplar todos esos aspectos en beneficio último no de los autores, de los funcionarios, de las instancias que otorgan becas y estímulos, de los jurados de premios, de los profesores universitarios, de los conductores de programas culturales…, sino simplemente en beneficio de aquello que denominamos poesía. Si hay obstinados que exhiben la inutilidad de la crítica, bien es cierto que en sentido último todos los otros aspectos que rodean a la poesía como fenómeno cultural –cuando son ejercidos con incapacidad (tal como aseguran que hacen la mayoría de los críticos), como cuando son realizados de mala fe o en beneficio personal– tienen como consecuencia actos nefandos que no hacen sino dañar profundamente a eso mismo que ellos y nosotros llamamos poesía. Me explico. Quienes aseguran que la crítica es inútil quizá tengan razón al señalar que muchos de estos discursos carecen de inteligencia o de precisión (en eso coincido con ellos). Sin embargo, no me sorprende que muchos de estos detractores no expresen con igual resentimiento su posición frente a esos otros personajes (algunos igualmente incapaces) que viven a expensas de la poesía desde los puestos de poder, detrás de los escritorios, en la gestión y distribución de fondos monetarios, en la elección de premios, en la selección de textos a editar…

Sin embargo, como este no es el espacio para defender la utilidad de la crítica, ni para ofender la incapacidad de aquellos otros actores relacionados con la escritura literaria, sino para poner a discusión los alcances de la crítica actual y algunas de sus tareas sustanciales, cabe preguntarnos entonces cuáles son algunas de las actitudes o posiciones –además de las extensas lecturas previas– que hay que tener en cuenta para dedicarse a este ejercicio.

 

II. Actitud del crítico

Tal como se anuncia este tema, pareciera que existen normas o lineamientos rígidos para ejercer la crítica poética; sin embargo no es así. En sentido amplio, el ejercicio de la crítica responde a motivaciones privadas o públicas que nacen de la necesidad por expresar algo sobre determinado aspecto literario. Por ello, no hay guías o caminos que se utilicen como “receta” al acercarse a la complejidad del fenómeno poético.

            Al hablar de actitud no lo hacemos desde una posición normativa; el crítico tiene total libertad en la posición o en la manera de conducirse al ejercer esta tarea, así como en lo que expresa por este medio. Lo que se quiere discutir son las respuestas o percepciones a esa actitud por parte de los lectores (estudiantes, simples interesados, investigadores, profesores, críticos, etcétera).

Por sólo poner un ejemplo al referirnos al terreno mexicano, nombres como Huberto Batis, José Joaquín Blanco, David Huerta, Jaime Labastida, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Roberto Vallarino, Gabriel Zaid, entre los más conocidos, fueron los que moldearon en México los patrones críticos durante los años de 1970. Después de esto, cabría la pena preguntar quiénes son los más congruentes, sistemáticos, audaces o constantes en su manera de leer y reflexionar sobre el fenómeno poético. Respuesta que nos puede ayudar a aclarar el estado actual de nuestras plumas. Dentro de la amplia nómina de “interesados”, a pocos se les descubren las constantes que, a la larga, construyen un pensamiento crítico articulado y sólido.

Alguno se preguntará si es tarea del crítico el asumir también este tipo de consecuencias. A lo que respondemos que sí; si bien no son su función central, de manera paralela sí son una de las que debe tener en cuenta. Hemos dicho atrás que la tarea crítica debe servir para divulgar la poesía y para moldear nuevas vías de enseñanza; la crítica, no se olvide, tiene también por funciones principales la concreción de los mecanismos para gozar, analizar e interpretar el texto. Es decir, la crítica difunde, aclara, ilumina, interpreta… el poema, pero al mismo tiempo debe mostrar claridad en el recorrido (método) que se siguió para lograr ese objetivo. La crítica, entonces, al trabajar para el texto, también trabaja para formar lectores estetas y lectores críticos. Dentro de todas las actitudes posibles, al crítico hay que pedirle que sea congruente con la actitud que refleje para lograr la formación de estos dos tipos de lectores.

Si la crítica en México –por lo menos la más difundida, la que aparece en los medios– continúa en su afán virulento, agresivo, irónico, chistoso, superficial… eso es, sin querer, se convertirá a la larga en modelo. Sobra decir que eso no es lo más deseable para el futuro de nuestras letras. Me pregunto ahora si podremos quejarnos o sentirnos satisfechos con nuestro trabajo, por ejemplo, cuando en el futuro nos reclamen que nosotros no enseñamos a leer con una actitud crítica y estética responsable…

La actividad crítica posee un fundamento individual que la sustenta y, como tal, permite y propicia el diálogo entre los demás “lectores” en aras de “releer” el fenómeno poético desde distintas perspectivas. De esto se desprende la naturaleza que origina a la crítica misma: su posibilidad de ser discutida.

Aprender que si se cuestiona una lectura crítica no se discute con el crítico o al crítico es una de las tareas que hay que aprender en México. Es común para los del medio que se reniegue de lecturas posteriores u opuestas a las propias, cuando esto debiera asumirse como un triunfo personal, y más certeramente, un triunfo de la crítica: somos enanos en hombros de gigantes. Propiciar nuevas visiones sobre el texto estudiado no representa una afrenta a toda la crítica precedente, es una muestra de lo que también todo trabajo anterior puede provocar en otro lector, sea para oponerse, continuar o profundizar en lo ya abordado.

Aceptar y entender que otros vendrán a corregir o discutir lo que se ha hecho es parte de la práctica cotidiana que se busca. Si a esto unos le llaman simple dignidad y reconocimiento, mientras que otros le nombran profesionalización; el calificativo no cambia la esencia de lo deseado por todos. Aclaro, para los que asumen una oposición entre lo útil y lo académico, que el elegir uno u otro de todas maneras valida el que la crítica debe comprender –como en los estudios científicos– que el resultado de nuestra reflexión sobre la poesía no busca la verdad, sino simplemente, trata de constituirse como un eslabón más de una cadena no progresiva, ni lineal, ni determinada por un único final; un eslabón más de la cadena que también se suele llamar aprendizaje, conocimiento, reflexión… No me refiero pues tampoco a una postura que se oriente a lo erudito o especializado para hablar sobre el poema. Sin embargo, rechazo –por dañina también–  esa posición que hoy en día no hace más que repetir florilegios verbales para referirse al poema pero que, en último sentido, son abstrusos, inútiles e insignificantes tanto para el lector que quiere acercarse por primera vez al poema como para el que quiere profundizar en las raíces del fenómeno poético (sea de manera particular en la forma o en sus sentidos, pero también para aquellos que buscan establecer un vínculo estético lo que se dice, la forma en que se dice y el que lee aquello). Me refiero más llanamente a la actitud ética y responsable frente a lo que se escribe, sea de la forma que fuere: ensayo, nota, reseña, artículo, estudio, monografía, texto de investigación o de divulgación…

 

III ¿Profesionalizar la crítica limita a la inteligencia?

Profundizar, por supuesto, al margen de los grados académicos o de las universidades, pero también de los periódicos donde se publica, de las instituciones culturales en donde se labora, de las fundaciones de las que se recibe la beca, de las instancias donde se hace promoción cultural, de los grupos de amigos, de editores, de revistas –marginales, estatales, trasnacionales o universitarias–, etcétera. Considero que profesionalizar la crítica es mantenerse al margen de todo esto que no deja de ser “paralelo” y “pasajero”, pues una beca no dura toda la vida, tampoco –nos enseña desafortunadamente la realidad– el puesto de trabajo, los editores o las revistas duran para siempre. Lo único central de nuestro objetivo es ser fieles al texto poético. Y para ello no es necesario tener una beca, una columna de periódico, un puesto en una editorial o uno en una institución cultural, un grupo literario o el blog más visitado.

Profesionalizar la crítica significa entender que el crítico mejor no necesariamente la persona más querida, pero sí de las más respetadas en el medio. Habremos de diferenciar entonces entre el hombre y el crítico. ¿Es mucho pedir que el juicio no se nuble por los avatares personales al hablar de poesía?

Hay que entender que el cirujano o el piloto es profesional sin por ello restringir su libre actuar. Cuando al piloto le sucede algo que lo afecta en su vida personal no por ello habremos de temer que se estrelle el avión en que viajamos. Todos exigen al piloto que cumpla con precisión y solvencia su tarea, al margen de las contingencias personales, laborales o históricas; eso mismo debemos pedir a la crítica literaria.

En general, hoy en día se desprecia a la crítica que se hace. Hay quien incluso habla de que es innecesaria e intenta “matar” al crítico literario, pues según esa postura todos son, en resumen: “malos” y hasta “maletas”.

            Es marca de identidad que la crítica actualmente prefiera ser irónica. Cosa que se agradece por el grado de libertad creativa que se ejerce, pero en ocasiones se olvida que la “ironía” no deja ser un recurso y no un fin. Eliot –un poeta tan valorado hoy en día, tanto como creador,  como crítico–, cuando hacía crítica supeditaba la ironía a la inteligencia. Es decir, no es que no fuera irónico (aunque debiéramos decir que más bien era muy directo), lo que sí fue es sensible e inteligente en sus ensayos. Pound no era únicamente irónico, y no por ello pierde valor ante nuestra exigencia.

            Correlativamente con esto, hay quien sostiene que el mejor crítico sólo puede ser un poeta; la noción de crítico practicante es la óptima para ellos. Sin embargo, esto descartaría –por remitir al terreno mexicano, y por sólo mencionar un caso concreto– a Anthony Stanton para hablar sobre la poesía de Octavio Paz, cosa que sería muy difícil de aceptar por el lector informado. La crítica, entienden otros, no busca ser “arte” ni tiene porque serlo para “adquirir estatus”. Su estatus es sólido, y su necesidad más que confirmada, precisamente desde el presupuesto de aceptar las diferencias entre una y otra posibilidad. Al margen de esta pugna irreductible, considero que la crítica, en su discursividad estética, se aleja del terreno ficcional que sí está presente en la obra de creación. Así como no se necesita ser artista para hacer crítica, no se necesita ser crítico para hacer poesía.

Yo acotaría además que las dos perspectivas son hermanas, con distinta cara, de un fenómeno que se articula en relación con el texto poético. Eliot no fue mejor crítico porque era buen poeta: era buen crítico porque cuando hacía crítica era tan profesional y comprometido como cuando escribía poesía. Y si de algo le sirvió ser un gran poeta, en el momento de escribir crítica, seguramente fue porque ello le enseñó que las necesidades y requerimientos para escribir un ensayo son otras muy diferentes que las que conocía para escribir un poema. Para analizar e interpretar no es indispensable saber crear el objeto estudiado (habría que ver lo que hacen los biólogos, los físicos atómicos, etcétera).

En un texto de Luis Vicente de Aguinaga titulado “Estado crítico” (Luvina, 46, primavera 2007), leemos que: “En el primer ensayo de Language and Silence, George Steiner señala tres exigencias de la crítica literaria: una, enseñarnos a releer, qué y cómo; dos, conectar las letras del pasado y del presente, una tradición con otra, una lengua con sus vecinas; y, tres, juzgar la literatura contemporánea”. A estas tres exigencias quizá se puedan sumar, como se dijo anteriormente, que está presente su carácter de didáctica y divulgación, además de que tiene que ser capaz de demostrar un análisis y descripción del texto poético, así como una interpretación y valoración del mismo.

Me refiero, a que no hay que confundir a la crítica literaria, aclaro, con los textos que hablan sólo de la biografía del autor (eso lo puede hacer un también un periodista, un historiador, un estudiante de letras…). No hay que confundir a la crítica con la exposición –amena o no– de las vivencias relacionadas con el autor (esa “anecdocrítica” bien la podría escribir la madre del poeta o aquél que le vendía el periódico en su cuadra…). No hay que caer tampoco en el exceso de las lecturas ideológicas, aquellas que utilizan al poema como pretexto para “exhibir” las pretensiones personales del lector. Lecturas que –aunque lo aspiren– no llegan tampoco a erigirse como disquisiciones teóricas, pues para estos trabajos el centro ya no es el poema ni lo poético. Abogo por todos estos trabajos sólo cuando les continúe de manera más extensa una reflexión sobre lo literario que hay en la poesía. Si no es así, no se pueden considerar como trabajos de crítica literaria: los trabajos juiciosos sobre sociología, política cultural, psicoanálisis, etcétera, bien pueden ser críticos, pero no necesariamente crítica literaria. La crítica literaria es precisamente literaria porque habla frontalmente –no únicamente– de la literatura, del texto poético donde se percibe la poesía.

Ahí está nuestra trinchera y debemos resguardarla; y más en estos tiempos, cuando debemos deslindarnos, como bien dice Armando González Torres, de la “publicidad letrada” que ocupa los medios. (“El país de la simulación. La imposibilidad de la crítica en México”, Confabulario, supl. de El Universal, febrero 2, 2008).

            Para no caer en el tono común, tampoco considero que la reflexión sobre nuestro medio tenga que ser siempre dolida. Hay que construir un espacio de cordura donde si se evidencian las fallas, también se enfoquen los aciertos. La crítica no bebe limitarse a ser despreciativa, ni tampoco cerrarse la posibilidad de ser propositiva. La crítica por naturaleza es ecléctica, de ahí que no haya “recetas” únicas e infalibles para todos los textos poéticos existentes, sino enfoques; pero a final de cuentas son enfoques escritos susceptibles de ser leídos y enmendados. Así como no es poeta el que sueña en escribir un poema o se limita a “platicar poéticamente” de lo que podría ser capaz de escribir, la crítica –entendámoslo– tampoco es platicar con los amigos, dar clase, dirigir un taller… La crítica no es, en este caso, hablar sólo con los iniciados, con los “seguidores” o “decir” proposiciones de lectura sobre las obras literarias. La crítica exige la escritura porque es algo más que “ideas” de lectura. La crítica es también el modelo de lectura, el recorrido de exposición, las estrategias discursivas para demostrar lo planteado, el estilo de escritura…, puesto tiene alcances más profundos y, sobre todo, debe estar a la vista de los demás interesados para ser discutida con la misma responsabilidad con que fue escrita.

En fin, dentro de todo lo anterior, no hay más que concluir que el trabajo que nos corresponde es, dentro de nuestro propio interés, escribir mejor, leer mejor, enseñar mejor, investigar mejor, editar mejor, difundir mejor, valorar mejor… que de la poesía, hay que exigir que se encarguen los poetas.

 

 

Datos vitales

Israel Ramírez es Maestro en Letras Mexicanas y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente es uno de los críticos jóvenes más lúcidos y rigurosos de México. 

rais74@yahoo.com.mx

 

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