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CÍRCULO DE POESÍA

 

Un cuento de… Fernando Montesdeoca

01 Jul 2009

Fernando Montes de Oca

Fernando Montesdeoca nació en la ciudad de México, el 18 de noviembre de 1952. Es narrador y poeta. Estudió arquitectura en la UNAM, cine en la Universidad de Guadalajara, la licenciatura de lingüística aplicada a la enseñanza de lenguas y la maestría en literatura mexicana en la UABJO. Ha hecho cortometraje, crítica de cine, guiones, radio, publicidad, diseño gráfico, fotografía, pintura y teatro. Su cortometraje La menor de sus hijas se presentó en la Primer Muestra de Cine Mexicano 1988, en Guadalajara, y en el Festival Internacional de Escuelas de Cine 1990, en la Cineteca Nacional. Fue becario del FOESCA Oaxaca en 1999. Premio Juan Rulfo para Primera Novela 2001 por Esta ilusión real. Premio Internacional de Novela Sergio Galindo 2003 por En los dedos de la mariposa. Premio Nacional Educación por el Arte 2004 del CENART, por el proyecto de investigación y metodología educativa La semiótica en la educación artística. Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2005 por Moscas. Ha publicado poesía, narrativa y ensayo en diversas antologías de Jalisco y Oaxaca. Su guión Encuentro nocturno forma parte del libro colectivo Guiones (Universidad de Guadalajara, 1989). Ha publicado el libro de cuentos Viaje nocturno, las novelas Esta ilusión real y En los dedos de la mariposa.

Su cuento aparece después del salto.

Ángeles

Los ángeles, al igual que las mariposas mientras liban el néctar de las flores, pliegan y despliegan las alas con un movimiento de respiración pausada mientras penetran el cuerpo de una mujer con su sexo terso y muelle.
Más que hermafroditas, son masculinos o femeninos a voluntad, según una elección momentánea y caprichosa.
No son lascivos, sino metódicos y sublimes.
Al igual que muchos dioses, se presentan a los mortales durante el sueño, lejos de las sensaciones terrenales, y hablan nada más que con la luz palpable de sus cuerpos.
Aún masculinos, son delicados y hermosos como mujeres en flor. Ningún hombre o mujer sería capaz de soportar su cercanía demasiado tiempo sin morir avasallados de puro amor por ellos. Es por eso que se aproximan cautelosamente a nosotros durante el sueño, pues sólo así nuestro espíritu puede tolerar la terrible cercanía de su belleza inexpresable.
Si se posan en un hombre, lo ungen con el perfume de su celo frotándole sus cuerpos ingrávidos como si fueran una mano. Después se montan en él apoyándose en el pecho del dormido, con la cara vuelta hacia los cielos, como muchachas adolescentes bajo la mirada de Dios.
Si se posan en una mujer aún no sé decir qué pasa, pero resulta igualmente maravilloso -o incluso aún más-, me atrevo a suponer.
Los ángeles no practican el sexo entre ellos, pues por definición dos bellezas celestiales se anulan mutuamente, sin provocarse ninguna clase de placer.
En cambio, los humanos tenemos para ellos la fascinación animal de lo tangible, el torrente vivo y corruptible de la carne.
Como si fuéramos la fuente de su inmortalidad, beben en nosotros, y tras retirarse nos dejan su polvo de hada, su rastro luminoso. Al amanecer despertamos transfigurados y en la calle los demás alcanzan a sentir, misteriosamente, un poco de esa gracia -un discreto resplandor-, que durante las primeras horas de la mañana aún permanece en quienes han sido visitados por algún ángel en secreto.

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