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CÍRCULO DE POESÍA

 

Pleamar (primera entrega): Iconografía del mar en tres poetas mexicanos

06 Ago 2009

Monet

Primera entrega de Pleamar, columna de Rubén Márquez. El poeta y ensayista aborda lúcidamente algunas posibilidades plásticas y simbólicas del mar en tres poetas mexicanos: José Javier Villarreal, José Luis Rivas y Fernando del Paso.

Iconografía del mar en tres poetas mexicanos

 

¡El mar, el mar!

Dentro de mí lo siento.

Ya sólo de pensar

en él, tan mío,

tiene un sabor de sal mi pensamiento.

José Gorostiza

 

 

El poema de Gorostiza que sirve como epígrafe nos da cuenta del mimetismo que siente el hombre con el mar. Si el alma existe seguramente tiene su consistencia, su calma, su agitación. Tranquilo o embravecido, su fuerza es tal, que basta sólo pensarlo para evocarlo, para que se integre a la marisma de los pensamientos y se funda con nosotros.

    El poeta  inglés W. H. Auden, en Iconografía romántica del mar, nos muestra la importancia que ha tenido éste en la historia de la literatura occidental. Obras como La Odisea o Moby Dick han conformado nuestro imaginario marítimo, enseñándonos que el mar será siempre, más que un simple espacio, un símbolo del hombre. Por tal motivo, el mar ha representado entre otras cosas lo pasional, el caos, la vida, la soledad, la catarsis, el viaje, el conocimiento divino y la poesía.

    Bajo una perspectiva social, como bien apunta Auden, antes del romanticismo predominaba una visión negativa del mar. Esto se debió a su asociación con la idea del naufragio y de la inestabilidad. Tanto en la cosmogonía hebrea como en la griega, el mar representa el caos por ser una fuerza primigenia plena de vaguedad en la que no se puede confiar. De esta manera, navegar se vuelve un castigo, un acto que no implica temeridad sino lástima y tristeza. Ya en el mito hebreo del arca de Noé, tenemos que la tierra se convirtió en un gran océano haciendo naufragar el destino del mundo. Sin embargo, no olvidemos que este hecho, también significó posteriormente purificación y salvación para los hombres.

     El giro a esta perspectiva desoladora lo dará el romanticismo. Para el hombre romántico, hacerse a la mar refleja la imagen de la individualidad, pues el sujeto abandona la tierra estable con sus leyes que regularizan y masifican. El mar se convierte entonces, en espacio de autenticidades alejadas de la trivialidad de la ciudad o el pueblo donde nunca pasa algo. Valores como la libertad, que tanto elogiarían los románticos, encarnarán en las espaldas de los marinos para que de ellas broten alas que les permitan encontrar su destino. Estos nuevos hombres, ya no viajan bajo los influjos de una necesidad o castigo sino por el simple hecho de viajar y de sentirse libres.

    Sea cual sea el mar que navegamos, demos un recorrido a manera de breves instantáneas por la poesía de tres poetas mexicanos, Villarreal (1959), Rivas (1950) y Fernando del Paso (1935), donde las palabras tienen el color azul en una gran variedad de matices.

 

El mar del alma melancólica

En Mar de norte de José Javier Villarreal el mar nos muestra su doble cara, se convierte en una especie de dualidad dionisiaca: salvación y perdición. El hombre quiere el mar, lo desea y en él ha depositado su mundo más amado, por ello, voltear a verlo siempre será símbolo de nostalgia. Por otra parte, cuando el hombre se interna en sus aguas, vive en ellas el riesgo súbito, la experiencia del abismo y del abandono. No obstante, esta puesta en el límite nos posibilita sentir la vida con mayor plenitud.

    El mar avanza y expande su presencia en todos los rincones, no hay frontera que le impida establecerse: “Has llegado a esta ciudad que no te pertenece, / (…) si no fuera por estas tardes, por tus visitas nocturnas, qué dura sería la vida –esta ciudad- que tampoco a mí me pertenece” (Villarreal 421). Su llegada por algún motivo nos trae una brisa de tranquilidad y bienestar. En este sentido, el mar es recuerdo de un paraíso perdido, de un pasado donde fuimos felices. Pero ¿por qué en el mar experimentamos dicho sentimiento? Tal vez porque nos hace recordar nuestro origen marítimo antes del nacimiento o vemos en el agua la imagen del deseo que da la vida.

     Sin embargo, el mar como recuerdo de una felicidad pasada nos lleva al sentimiento de la melancolía y nos hace pensar en ese hombre que ve por largas horas el horizonte. En el poema “Elegía frente al mar” la melancolía es contemplación, recordatorio indudable del grabado de Durero: “No, me quedo sentado a contemplar la noche, / a esperar los fantasmas que pueblan mi vida, / a cerrar las puertas, a clausurar las ventanas. / Me quedo en esta casa de habitaciones vacías.” (417). Observamos cómo la contemplación se vuelve una espera, pero en este caso, el sentimiento es más profundo pues lo que se aguarda son los fantasmas siempre inasibles y tan presentes[i]. La mera contemplación en el sentimiento melancólico nos arrastra a la inacción, sin embargo, nos permite vivir el mundo, pues se presenta como una espera, promesa latente de aquel horizonte tan querido. Por otra parte, la introspección del melancólico es evidente en el poema al cerrar las posibles aberturas al mundo exterior y se da la imagen del “deseo en soledad de que lo esperado llegue”: movilidad e inacción se funden en un paisaje interior.

     Entonces tenemos que el mar es abstracción, subjetividad, símbolo de la introspección del romanticismo: “sólo veo el gesto indiferente del mar y la roca del naufragio” (422). Es precisamente la indiferencia del mar ante el mundo la que lo hace atractivo, pues en su ocultamiento está el principio de su seducción. Parte de esa indiferencia también proviene de su origen primigenio, de su cansada inmortalidad: “tu cuerpo invade mi cuerpo como la marea cansada de mojar la misma piedra” (413). En estos versos aparece nuevamente el deseo cansado de la melancolía, el peso de la inmortalidad que se convierte en un denso movimiento constante.

      Finalmente, en este poemario de Villarreal, también el mar encarna lo sublime, la tormenta, la ira, el “thanatos”. Tenemos ahora un mar que pone en riesgo nuestra existencia, colocándonos al borde del colapso: “El mar entonces es una furia que se desparrama, / un golpe bajo a mitad de la madrugada, / un despertar de pronto cuando la soledad nos desgarra el pecho” (417). Esta imagen nos duele, nos sorprende con su fuerza destructiva, por lo tanto, la muerte adquiere su forma: “Pero es el mar quien nos entrega su tributo de cadáveres y demonios hambrientos, / (…) el asesino que recorre los cuartos de la casa.” (452). El siempre circundante mar nos ofrece la muerte como un tributo y lo sagrado se desborda en el ritual de la ofrenda. Y después viene el silencio, pues la muerte no es otra cosa que el más puro mutismo: “El mar es, en realidad, el silencio que separa nuestros cuerpos.” (453). El rugido del mar, imagen del “eros” violentado; y su silencio, inmovilidad del “thanatos”, serán en este caso, las dos caras de la muerte.

 

El mar como paraíso

José Luis Rivas en Luz de mar abierto pone a flote la vida en el mar y la convierte en el verdadero paraíso, en el edén inmediato. En este sentido va el epígrafe de Albert Camus que abre el libro de Rivas: “Crecí en la mar, y la pobreza me fue fastuosa; luego perdí la mar y entonces todos los lujos me parecieron grises, la miseria intolerable. Espero desde entonces. Espero los navíos que regresan, la casa de las aguas, el día claro.” El olor a humedad, a lejanía inmediata, la música del oleaje de los puertos, el ruido de las gaviotas y la luz sean quizá lo más cercano a la felicidad pese a la posible podredumbre.

     La tranquilidad del mar es propicia para ver esa imagen de la luz chocando contra el agua: “CONTRA LA AZUL PIZARRA / la luz en su bonanza / dibuja otro velero…” (Rivas 18). Ese destello es alusión de la visión estética y no en balde presenciamos la creación suave del dibujo acentuada por la liquidez de las “eles”. Este mar nos da también la claridad de la revelación: “Poco me acuerdo de la casa de la abuela. Tus ojos, en cambio, se abren a la mar y ven la casa de entonces. Y hay luz de mar abierto sobre el tejado (…)” (40). El mar nos trae el recuerdo, como una oleada de otro puerto, sin embargo, dicho recuerdo no parece entristecernos, simplemente nos renueva con su olor a pasado inmediato, porque el recuerdo no se presenta como un abismo, sino como un regreso. Tanta claridad azul flotando sobre el tejado, es una llama de agua que nos habla, que nos abre el tiempo, sin dejarnos esta vez el aliento de la melancolía.

     En Rivas, un hombre de mar por antonomasia, el mar es cura, purificación, salvación: “Siento que el reúma se lleva a pique mi trajinada osamenta. Sólo la espuma de la mar unta con su salada costra un poco de alivio a mis llagas.” (24). La vida se renueva en las aguas saladas, en su fuerza, en su tranquilidad, en su ímpetu indomable. Somos hombres que vamos a la mar porque la mar es nuestro único consuelo, porque la inmensidad alivia nuestra efímera figura, nuestro esporádico transitar: lo que pensamos eternos nos prolonga la vida. Y por ello, no queda otro camino que ser su amante: “Soy un hombre uncido a la mar, como un amante a la sombra de su placer fugado.” (24). Pero la mar también es la amante de los hombres, existiendo así una recíproca relación: “A un golpe de vista, el vigía en su gavia sabe que la mar es una amante y un espejo.” (27). Notemos que para Rivas es “la mar” y no “el mar”, porque estamos ante la imagen plena del marino que navega a su amada, la que da vida y engendra el deseo.

     Para cerrar este apartado, la luz de la libertad será encontrada sólo a la deriva: “Cuando yo navegaba / me decían Don Garfio. / No sabía de leyes, / pues la primera de ellas / que olvidé es la de Dios.” (25-6). El hombre lejos de tierra es un hombre libre, sin leyes, sin ataduras, sin amarras. La mar nos hace ser verdaderamente los que somos, encontrar la identidad perdida en el tumulto. La experiencia del viaje por el viaje nos regresa la inmanencia y nos da el valor que ilumina nuestras más enaltecidas hazañas: “Por elevada estrella nuestro rumbo es trazado, / nuestra meta es la vida… ¡larguemos ya la vela! (50)

 

El mar del interno desbordamiento

En Poemar de Fernando del Paso existe un amplio panorama sobre lo marítimo, sin embargo, sobresale cierta interiorización del mar en el sujeto por medio del lenguaje. En Fernando del Paso, el mar fluye a nuestro inconsciente y se revuelve con el torrente de palabras que también navegan en el pensamiento. Esta influencia marítima nos lleva a un posterior desbordamiento que a veces termina en cierto fluir de la conciencia o en recuerdo de la mítica nave de los locos. Por otra parte, sin lugar a dudas, no faltan muestras del “eros” y el “thanatos” convergiendo en la mirada azul.

     La inmensidad y la unidad del mar son expresadas por medio del propio lenguaje en  los siguientes versos: “Soñé que el mar era una sola palabra, / y que yo debía pronunciar su millón de sílabas.” (Del Paso 42). Tenemos un proceso de introspección por medio del sueño, seguido de otro de exteriorización por el acto de la pronunciación. Esta imagen es por demás representativa del andamiaje creativo. La inmensidad del mar converge en la unidad de “una sola palabra” y, por lo tanto, el lenguaje es generativo como pensara Borges, ya que una palabra contiene el universo entero. Sin embargo, esa condensación de azules, termina siendo desbordada por la pronunciación “fragmentando” su unidad. El mar es una palabra pero compuesta de un millón de sílabas.

     La imagen del mar dentro de nosotros se observa también en estos versos: “Cuando tú eres el mar, el mar a solas, / mar contenido en redes de palabras, / te navego sin velas y sin remos, / sin timones, sin proas y sin quillas (…)” (38-9). Ahora las palabras son capaces de contener al mar, mismo mar que pasa a ser la mujer amada, que se adentra en ella hasta fundirse. Después de la idea de la contención se vierte nuevamente el desbordamiento, el impulso en el momento de iniciar la navegación a la deriva, sin elementos que permitan el viaje predeterminado, el movimiento fijo. Tenemos que el mar es navegado y circundado, sin embargo, es un mar que a pesar de todo termina escurriéndose por los resquicios de las redes, y más si recordamos esa asociación del mar con la mujer. El marino que entra a la mar, pese a su pericia, se deja guiar por el capricho de las olas.

     En el desbordamiento hay un carácter religioso, un llamado, evocación poética. Al mar no se le puede cantar dentro de la cómoda estabilidad, al mar se le canta desde la experiencia del abismo: “Para cantarle al mar, me descerebro, / me despeño en mí mismo y me celebro, / me araño los deseos y me ofrendo.” (25). Obsérvese que nuevamente se da la tensión entre la interiorización y la exteriorización. Los sonidos se llaman, se asocian, tras enrolarse el poeta en la marisma del lenguaje. El carácter místico y religioso sobresale en el acto de la ofrenda, en la imagen de la muerte que se asoma. Otros momentos nos confirman esta idea tras la evocación: “Mar de mis Postrimerías, Mar de las Miradas, Mar de los Sacrificios, Mar de las Sombras, Mar de las Tenebras, Mar de los Olvidos” (100).

    Cerramos con la tensión entre vida y muerte, que también aparece en Poemar. En los siguientes versos: “El mar me dio su amor y sus albricias, / y coseché del mar, todas las flores” (101), el florecimiento es la imagen del edén, sin embargo, el devastador “thanatos” merodea, pero haciendo brotar la muerte de la forma más poética: “Los muertos del mar guardan en sus ojos esferas de agua, y sus costillares son jaulas de vidrio donde se inflan petulantes peces rojos.” (43)

 

Bibliografía

Auden, W. H. Iconografía romántica del mar. México: UNAM, 1996.

Del Paso, Fernando. Poemar. México: Fondo de Cultura Económica, 2004.

Rivas, José. “Luz de mar abierto”. Ante un cálido norte. México: Fondo de Cultura Económica, 2006.

Villarreal,  José. “Mar de norte”. Premio de Poesía Aguascalientes 30 años. México: Ed. Joaquín Mortiz, 1998


[i] (Véase el ensayo El deseo amoroso como ausencia o el fantasma en la poesía de Francisco Hernández: http://circulodepoesia.com/nueva/2009/06/el-deseo-amoroso-como-ausencia-o-el-fantasma-en-la-poesia-de-francisco-hernandez/

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