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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 068: Armando Romero

01 Sep 2009

Armando Romero

Armando Romero (Colombia, 1944) es uno de los poetas fundadores del paradigmático movimiento nadaísta. Viajero incansable y escritor profuso, recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Atenas, Grecia.

 

 

El árbol digital

 

Era un hombre al que le habían enterrado su mano

            derecha

Pasaba sus días metido en una pieza vacía

Donde se sentaba

Los pies contra el ángulo superior de la ventana

Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey

Por el cual los rinocerontes

Ensartaban su cuerno

Y hacían brillar su corteza metálica

 

Le había dado por ser poeta

Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra

De tal manera

Que había descuidado su mano derecha

Esta creció lenta y furiosamente

Y sin que él se diera cuenta

Atravesó el mundo de lado a lado

 

Cuando los niños de la parte norte de Sumatra

Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos

Corrieron espantados a llamar a sus padres

Estos vinieron con sus gruesas espadas

Y cortaron el árbol de raíz

Un líquido blanco lechoso salió de la corteza

            tronchada

 

Desde ese entonces

El hombre como un poeta

Siente un dolor terrible

Agudo

En un sitio del cuerpo que no puede determinar

 

 

 

 
 
 
 

 

Flores de uranio

 

Llegaron los tres al mismo sitio

Pidieron espumeantes bebidas

Saludaron a la amable concurrencia

 

Llegaron los tres a la misma mesa

Tomaron humeantes pociones

No conocían a nadie

No estaban incómodos

 

Y he aquí

Que cuando los tres se encaramaron

Sobre la cornisa

Sobre la ventana

Sobre el agujero

La mujer de la cantina dijo no se asusten que ellos

           eran una nueva flor traída de Oriente

 

Pero cuando descendieron y mataron a toda la

            [concurrencia

Ella dijo antes de morir que no había nada que temer

Que se había equivocado de jardín

Que se había equivocado de flor

Y que en vez de traer flores de Buda

Había traído flores de Uranio

 

 

 

 

Del aire a la mano

 

                        Cada vez que lo lanza

                        cae, justo,

                        en el centro del mundo.

                                    Octavio Paz

 

Se envolvía lentamente de manera que la cuerda

no quedara una sobre otra a cada vuelta.

 

En la mano el trompo

quedaba contra la curvatura

de los cuatro dedos largos

mientras el pulgar lo sostenía por fuera.

Un extremo de la cuerda anudado al dedo central.

 

Se miraba.

Los nervios tensos.

Y se lanzaba al aire

en tal forma que cuando iba llegando al suelo

un leve tirón a la cuerda lo hacía retroceder

de nuevo a la mano.

 

Todos los miraban y había orgullo del bueno

            en su porte.

Con él en la mano, girando.

 

Nunca lo logré. Tiré una y otra vez

pero en vano.

 

¿Podré escribir este poema?

 

Hay una solución para cada respuesta.

Es cierto.

Pero nunca pude tirarlo del aire a la mano.

Y es todo.

 

 

 
 
 Alquimia del fuego inútil

 

En el horno de piedra

donde el fuego brota

hay silencio.

 

Las figuras que surgen

tienen el idioma universal

del fuego y de la piedra.

 

Cambian sus palabras como gritos de colores.

 

Aman y desaparecen

a primera vista.

Crean y destruyen

al aleteo de los ojos.

 

Nunca se encuentra dos veces la misma forma.

 

En el fuego,

en el silencio,

en la piedra,

hay algo que llamea

que no es el fuego,

hay algo que canta

que no es el silencio,

hay algo que se endurece

que no es la piedra

 

 

 
 
Las dos palabras
 
 
Un Monte es un Monje parado sobre su cabeza.

Un Monje es un Monte sentado sobre sus pies.

 

Monte y Monje

son la misma cosa.

 

El Monte con su cabellera de fuente de lodo.

El Monje como un siluro dando coletazos al aire.

No hay un Monte que no haya cabalgado sobre un

            Monje.

No hay un Monje que no haya arrancado de raíces un

            Monte.

 

Los Monjes se dan silvestres.

Oran como relojes de péndulo,

a garrotazos.

Silvosos como una misa en la calle pelada.

 

Un Monte que grita

es un Monte que calla.

 

El Monje corta el Monte con una cuchilla.

El Monte desgarra el Monje con un serrucho.

 

Hay que hablar bien para que todo quede claro.

 

 

 

 

El aguacero edificable

 

La música cambia nuestras paredes.

Las retuerce hacia dentro

‑contracciones de luz-.

­Se desmide por las extremidades de las sillas,

y se saluda a sí misma

Dando el tiro de gracias,

                  con trompeta

 

(Sí, Armstrong, tienes razón, hizo la noche demasiado

                                                             [larga, nos dio vida con amor)

 

Trompeta que lleva la cuerda de mi cabeza,

que se desgrana en este momento

para hablar

des‑cuidadamente

con el balanceíto aquél.

 

(Ray, llévanos con tu vara ciega por la Zona Peligrosa

de la Mente y sorpréndenos otra vez)

 

‑Nena yo lo oigo por ti,

caigo como un cigarrillo en mis manos

encendidas.

Se dice que estoy en trance

como si estuviera entrando a tu guarida‑

 

(I‘m walking through heaven with you, repitió Jim­mie,

con los pies listos a danzar)

 

(Todavía predicas como un sermonero, Bubber)

 

Se la traga entera

e1 que no crea

que estoy chiflando melodía

con Thelonius Monk

y Charlie Parker,

y todos los muchachos que vinieron

esta noche  a mi habitación

con la cuenta del alumbrado

como serenata

 

What do you say?

 

Silencio

 

Ellos cantan

 

 

 

La noche regresó a mi bolsillo

 

Extrañas mañanas ha repartido el lechero.

 

Las sábanas, las cobijas, caen pesadamente por el suelo.

Los sueños y las pesadillas

huyen con sus carcajadas de aves submarinas.

Los ojos acostumbran la claridad

reconociendo huellas olvidadas por ángeles guardianes.

Alguien amanecerá limpiándose los huesos

con su larga lengua de cristal‑

 

Extrañas mañanas ha repartido el lechero

 

Los overoles, las camisas,

caen desde las altas alambradas a las calles.

La luna ya no muerde a nadie.

Han desfilado los buses, los automóviles.

Se han perdido las esquinas.

Alguien irá diciendo:

-No hay día tan peligroso que me atrape besando tus manos

 

Extrañas mañanas ha repartido el lechero

 

Las flores chupan el agua helada

con sus poderosos pitillos perfumados.

En la cama el cuchillo busca más y más

la profundidad de su pecho.

El duerme. Feliz.

La madre detuvo al recién nacido para decirle:

-Destrozarás el mundo con tus pequeños garfiecitos.

y el mundo estará todo arañado y pasará gritando:

 

Extrañas mañanas ha repartido el lechero

 

Se devoran una a una

las bocas que aburren y hastían.

Sobre la mesa

el libro azul que se abre en el sitio de las impudicias.

El duerme. Feliz.

Alguien frente al espejo dirá:

-Sabes que estoy aquí,

que tengo conciencia de lo que me pasa

y no me lo perdonas.

 

Los anteojos van a estrellarse contra la ventana.

E1 lápiz labial

que ayer se derretía sobre la acera

es hoy una mancha de sangre sobre el asfalto.

 

Extrañas mañanas ha repartido el lechero

 

 

 

 

Poemita dedicado con cariño

a la memoria del señor Isidoro Duchase (Q.E.P.D.)

 

La gente se ha sucedido en quemante procesión

contra tu rostro y tu cuerpo viejo amigo,

y han dicho:

 

Te crecerán dientes en vez de pelos

y aparecerán agujas por tus poros.

Cortarán de un solo tajo tus entrañas

y coserán tu vientre con ametralladoras.

Te lanzarán como piedra al abismo

y te caerán abismos en la cabeza.

 

Pero tú estás allá junto a El,

escuchando estas Fábulas que bien escribiste

interpretadas por Coros Angélicos

en el Cielo Izquierdo,

mientras que en el Cielo Derecho

cantan esas tus Poesías.

 

Y estarás en silencio

mientras El meditando

escuchará a sus santos que dirán:

Esto es una delicia.

Y con su sonrisa de viejo sabio

te mirará y comprenderá.

Luego, pasándote su brazo

por encima del hombro,

y mientras te conduce

por un amplio laberinto,

te irá diciendo:

Haz lo mismo que yo,

olvídate de todo cuando estés

en el Paraíso

 

Y tú, polvoroso Conde,

lanzarás entonces contra la cara de E1

tu estridente carcajada.

 

Dicen que en los Cielos

el asombro ha remplazado la cordura.

 

 

 

 

Extraños seres

Relucientes ciudades

 

Cuando las formas luminosas que se reflejaban en mis ojos

tomaban consistencia corpórea,

y cuando alargando mis manos podía tocarlas,

comenzaban a bailar en mi presencia

extraños seres y relucientes ciudades,

y era difícil escapar de la bella posibilidad de mezclarse

con ellos,

de perderse.

Las noches se sucedían ágilmente

saltando las cuerdas flojas de los relojes.

Los mares se estrellaban contra mi cuerpo

como tanques amanerados de la guerra.

El sonido del tren desatornillándose de risa

ante la presencia ineludible del descarrilamiento.

Las máscaras ocultando

los rostros desconocidos de Dios.

Los gritos de las paredes

ante la herida de los cuadros.

 

Oh extraños seres

Oh relucientes ciudades

El mundo se me está viniendo encima

con toda su algarabía.

 

‑Salteadores de autos en caminos

como caminos hurtándose lo profundo de la noche.

Muchachas de bluejeans

.como bluejeans puestos a escurrir en las alambradas.

Nadaístas desenfrenados acuchillados en las esquinas

como esquinas de una moral sin salida.

Pederastas recogidos por el viento

como instrumentos de viento solitarios dentro del humo.

Cuchillos entrando y saliendo sobre las fascias

como fascias de esqueletos fosilizados  en las pirámides

            de papelillo.

Besos prolongados sobre los parabrisas

como parabrisas que han detenido el encanto de la noche.

Médicos corrigiendo heridas

como heridas que aparecieron luego de que todo

            se hubo consumado.

Lágrimas confundiéndose con el plasma

como dolor que se ha plasmado sobre los rostros de las

            vírgenes.

Abortos en los teatros

como bellas prácticas de teatro futurista-

 

¿Y qué voy a hacer yo contra todo este mundo

que se me está cayendo encima?

 

Nada.

 

Sólo sé que estoy feliz.

Que tengo unos pocos pelos en el pecho

que bastan para aplacar todas las balas.

Y que te estoy amando

a pesar de todo.

Y que te amaré,

no importan las citas no concurridas,

ni los gritos al teléfono.

 

 

 

 

Un dios que vaga

 

Hay una ligera mitad de mundo cortada en rebanadas para la salsa de un nuevo dios que vaga. Es la inso­lencia de un dedo clavado en una fruta la que anima sus pasos. Pero él no piensa, él siente. Es un trueno que rueda por los barrancos sacándole alaridos a las ovejas, inyectándole fuego a las uñas de las fieras. Habita un reino de piedras preciosas con las que ju­guetea, comunica y destruye. Realiza el monumento de construcción a la existencia. Es eso que es, y le importa poco.

 

Nadie le presta la más mínima atención a este dios que un día descubrí en lo alto de las montañas que rodean una fría ciudad de Los Andes. No es el dios-­topo, ni el dios‑hormiga, tal vez el dios‑cóndor, o el dios‑elefante. No se lo ve, no se lo piensa. No es nin­guna de estas cosas. Infinito como una piedra está allí desde siempre.

 

Se reserva la última noticia de los teletipos para anun­ciar su aparición, pero es probable que se extinga una noche de frío para reaparecer en un desierto con los pies humeantes. Allí también lo encontraré. Será cerca de una ciudad en ruinas y una mujer con ojos de ga­rrote le besará el cuello hasta adormecerlo.

 

Oh dios que has sudado y trabajado esta aparición, ¿por qué dejas que el ocio y la belleza te la impidan ahora que es tiempo oportuno y que los astros se alinean con precisión?

 

 

 

 

From Chicago to O.G.

 

¿Quién dejó caer la campana desde la torre

y dijo aúllan los lobos cuando ya no los sepulta la nieve?

Hoy ha nevado desde mi ventana que es abril

y pri­mavera en los periódicos.

Hoy es Ike and Tina Turner

que celebran la fiesta de sus cuerpos

desde voces que tienen  para decir mucho más allá.

La carta ayer por la noche

ya casi en el delirio de los ojos rojos

que se clavan sobre los objetos como puntillas que arden.

Chicago es blanco de tormenta.

Taima, la gata, le dice sí a los fríjoles de la soledad

que comemos diariamente.

Si hoy dejo caer una mano sobre la alfombra

allí permanece hasta que mañana nuevo día la recojo,

la coloco sobre mi hombro,

o se queda varios días esperando el sonido de la máquina

que la haga saltar por sí misma

y colocarse firme sobre mis omoplatos.

Camino como ese viejo surrealista

que no creía en los sueños

porque estaba siempre muy despierto dentro de ellos.

Y digo de la vida que sí también,

que me como su sopa amarga,

que la vomito sobre todas las piernas de la belleza,

digo de chapules y saltamontes

que habitan castillos como de lana,

blandos pechos no recogen mi cabeza,

me duelo duro contra el suelo pelado.

El amor se va solo por la avenida

y todos asquean de bocas buscándolo.

Yo también asqueo de amor de fieras

que comen des­de adentro.

Yo también purulento los amaneceres

con la palabra mierda.

Chicago quema

como los dedos de la máquina en la cara.

Carl Sandburg es un edificio de apartamentos.

Yo le digo adiós a la biblia de ojos rosados

que es­trecha sus piernas  contra el mostrador.

Yo le digo hola al evangelio de las sonrisas

que se pierden dentro  del reflejo amarillo de las cervezas.

El árbol solo que camina batallas desnudo

soy.

Y quisiera encontrar todos los objetos perdidos

en una noche de cartas mágicas.

Por ejemplo encontrar el mundo

la estrella la fuerza los amantes el mago.

Hoy puede ser el 4 de octubre en Caracas

y tengo 20 bolívares en el bolsillo.

Pero hoy quemaré velas a la luz blues de Lincoln Avenue.

En el barrio Sur habrá negros incendios de todos los días

Hoy no pensaré de Latinoamérica más que para decir:

How are you?

Porque hoy es y siempre el 4 de octubre en Caracas

y tengo 20 bolívares en el bolsillo.

Hoy se cierra una puerta y se abren otras.

Hoy escribo y pienso en ti.

Hoy te veo viéndome verte.

Sale el sol por primera vez en el día.

El tren pasa mohoso de bulla sobre los rieles.

Creo que estaré en México

comiéndome de sol a los aztecas.

Pienso no pensar y se abren miles de conchas.

El viejo Cendrars me repite constantemente.

Quand tu aimes il f aut partir

Y me lo dice hoy,

Y me lo dijo el 4 de octubre de 1969.

Y yo lo comprendo al ver la fuerza de mis pelos en punta.

No lloraré más sobre los alcantarillados.

Diré okay al cielo azul y al mar.

Me iré con él y contigo

a beber bajo los techos azules de Chagall.

A crear el mundo con pantalones de vaquero.

A reír de risas mientras se voltean las ideas.

Y hoy ya no será el 4 de octubre de 1969.

Hoy será el 7 de abril de 1972,

y  desde Chicago para vos

será mi amor de siempre.

 

 

 

Constructor

 

              A Jaime García Maffla

 

Es necesario que diga cómo construí el mundo. Con la tijera mi madre había ido cortando esas trizas de verde que yo plantaba: árboles de una selva que la suerte podía desflorar de un manotazo. Hacer una cascada no era el problema sino el brillo que la consumía. Como ríos navegaba el papel de estaño de los cigarrillos y con el cartón de las cajas se levantaban cerros que el dedo hurgaba en busca de cavernas para las hormigas. Las casas tenían manos como banderas desde las ventanas. Había puesto musgo y epífitas como borrones de tinta entre los campos, y en el cielo ese sol que era el bombi­llo de la sala. Así construí el mundo que podía recorrer de un solo paso, acariciar con la mirada desde mi cuar­to. Así pude vencer el estremecimiento y dar aviso de lobo a los pastores que lo poblaban con sus ovejas de palo.

 

 

 

 

De los trenes

 

                                               A Diana

 

                                   I

 

De otra cosa no podíamos hablar sino del tren que por el cañón del Dagua nos llevaba hasta el mar. Era el tren más largo que sus pasajeros y siempre andaba como fracasando por las cuestas porque el humo era tan rápi­do que precedía a la locomotora. Sin embargo, al enfilar por el cañón de ese río profundo airaba sus ruedas con espantosos chirridos, y los pájaros que dormían sobre los durmientes espantaban la yerba con el tropel de sus alas para dar paso al meteoro. En la mañana dejábamos una y otra estación desierta por la lluvia y el calor, y nos enrumbábamos al hueco tentador del mar y su puerto. El fin del viaje era un paisaje de mujeres que desafiando el carbón encendido de la máquina, venían a imponernos silencio con el estrépito de los frutos de sus cabezas.

 

 

                                    II

 

Ya fuera en los escaños de la cocina o en la soledad del portón hablábamos interminablemente del tren y sus pasajeros. Pero la verdad era que no había más que un solo tren y era ése el de los sueños, y nadie nos iba a despertar a la realidad de piedras

encadenadas con bejucos. Si queríamos imponer el tren pitábamos con él y con toda el alma por la casa y pronto estábamos en marcha, y el tren viajaba sin tropiezos por la sala y salía del largo túnel del pasillo a la boscosa luz del patio. Viajábamos todo el día tirando carbón a la caldera o repartiendo barriles de leche fría desde el furgón del correo. Por la tarde regresábamos como de otro mundo, bañados por el sol del trópico y con los dedos ennegre­cidos por la fricción de las piedras. Habíamos abando­nado el tren con su destino al fondo del patio, donde empezaba el mar a cubrir de prisa y óxido sus olas.

 

 

 

 

De los asesinos

                                                          

                                   I

 

Los asesinos olían a vaca y tierra aunque de común via­jaban en jeeps o en automóviles negros a conciencia. En su niñez compartía con ellos un amor a los tangos que los hacía llorar de emoción cuando él se detenía al borde de sus cantinas a escuchar, perdido en la dulzura mortal de los bandoneones. Su hermano, aterrorizado, le rogaba que siguiera a casa, y ellos sonreían tiernos y cómplices con sus dientes a caballo: el brillo de sus ojos contrastaba eterno con el brillo de sus armas.

 

                                   II

 

Del pasto de las fieras también comía su rabia cuando en el desfile de la soledad oía el murmullo de los asesi­nos. Si era en la noche arrastraban sus pies como si fue­ran chamizas puestas a barrer el patio; si era en la tarde sólo el sol violento desafiaba la ira de sus armas en la mesa de la cantina. Ganas daban de sacar la cauchera y ponerlos a raya, pero a doble llave su madre lo encerra­ba cuando, antecito de la cena, el toque de queda dic­tando la soledad se quedaba.

 

                                   III

 

De los sobrevivientes hablaba con H. aquella tarde en Cincinnati y recordamos al obrero blando de algodón en la fábrica de telas, al limpiador de zapatos en la Plaza de Caycedo, a la prostituta sin dientes que se lla­maba Divina y tenía una pollera amarilla, y a otros que fueron doctores y abogados con sus tenazas. Nos que­damos en silencio cuando vino de improviso el aullido de los asesinos.

 

 

 

 

Mi infancia

 

Yo también al desaparecer mi infancia estuve presente. Con un grueso hato de oraciones y un látigo sibiloso se cortó esa calle por donde arrastraba las piedras o bus­caba escarabajos. No dijo de azules begonias ni de las otras matas en el patio, se fue como trepando por esa escalera que llevaba al abovedado. Se arrepintió de una mirada furtiva a los senos de la niña vecina y aplastó el cigarrillo contra uno de los postes del alumbrado. Mi infancia ya no estaba allí cuando vino el radiopatrulla a buscarla.

 

 

 

 

La tía Chinca

 

                        A Antonio Zibara

 

Nunca hablé de mi tía Chinca por miedo a su silencio. Recuerdo esas largas oleadas de humo que venían desde la última pieza, la que daba al patio, y que eran producto de sus cigarros baratos. Ella los fumaba allí, en lo oscuro, como quien saluda al infinito. No sé cómo era su voz porque nunca me dijo una palabra de rabia ni de cariño. Tengo memoria sí de sus vestidos negros y de sus babuchas gastadas por un caminar de no sé dónde. Nadie me dijo qué hacía mi tía Chinca los domingos o si tuvo amores secretos, pasiones violentas, encuentros fortuitos. ¿Qué hacía mi tía Chinca sentada sola en el patio? Cuando pasaba a mediodía por la sala, donde toda la familia se reunía a oír las canciones de Pedro Infante, mi tía Chinca dejaba una estela de ceni­zas y escombros

como si lentamente se estuviera desha­ciendo. Pero nadie lo notaba, o ¿era yo sólo el que

des­cifraba las manchas que dejaba en el espacio? Dicen que murió pequeñita, como una torcaza, y que con ella enterraron también su silencio.

 

 

 

 

Azúcar en los labios

 

Desde la mujer del tendero hasta Conchita la pelirro­ja, y desde Jesús el zapatero

hasta Roberto que dirigía la escuela, todos, sin excepción, amanecieron con un terrón de azúcar en la punta de los labios. Sin embargo, los úni­cos en enterarse de lo sucedido fueron los que se besaron por la mañana.

 

 

 

 

Valparaíso

                       

Tal vez tendría una falsa memoria de Valparaíso si no me hubieran sucedido cinco cosas: Primero, en la cima de uno de los cerros dos hombres cargan un piano, y su silueta recortada contra el cielo es la misma música; segundo, en el malecón un pescador se ha quedado dor­mido con varios peces atravesados en el pecho; tercero, en la plaza Echaurren una prostituta con un hueco en la frente me dice de abandonarlo todo e ir con ella hasta las alturas; cuarto, te busqué por entre los colores de las puertas y el ruido de los funiculares y no estabas; quinto, se fue la noche y vino una mañana de todos los cielos.

 

 

 

 

Quito

 

                                    A Rafael Larrea, in memoriam

 

Recuerdo que un bárbaro en Asia dijo que ésta era una ciudad con nombre de cuchillo. Algo hiriente y her­moso. Sin embargo, para mí se trata simplemente de una ciudad donde todos enredan las palabras. Las retuercen de tal manera, las envuelven, las estiran, hasta que hacen una masa como de harina blanca. Entonces la empastelan contra las puertas de madera formando extrañas volutas, semicircunferencias, espirales, estrellas, soles en círculos concéntricos, líneas rectas como paralelas de líneas cur­vas, acentos, serpientes, granos de maíz, ángeles. Luego pasan unos hombres acaballados en unos sombreros altos y negros que pintan de oro estos moldes. De otra manera no puedo imaginármela, ni más allá ni menos acá de estas formas aventadas.

 

 

 

Datos vitales

Armando Romero (Cali, Colombia 1944) perteneció al grupo inicial del nadaísmo en Cali. Viajó y residió en varios países de América, Europa y Asia, entre ellos México y Venezuela. En Grecia escribió su primera novela, Un día entre las cruces (1993) y el libro de poemas, Cuatro Líneas (2002). Entre sus libros figuran: Poesía: El poeta de vidrio (Caracas, 1976);  A rienda suelta (Buenos Aires, 1991), Hagion Oros- El Monte santo (Caracas, 2001), A vista del tiempo (Medellín, 2005); Cuentos: El demonio y su mano (Caracas, 1975); La casa de los vespertilios (Caracas,1982); La esquina del movimiento (Caracas,1992); La raíz de las bestias (México,2005); y las novelas: Un día entre las cruces (Bogotá, 1993) ; La piel por la piel (Caracas, 1997) y  La rueda de Chicago (Bogotá, 2004). Esta novela ganó el Premio a la mejor novela de aventura (Latino Book Festival, New York, 2005). Ha sido distinguido con eltítulo de Charles Phelps Taft Professor de la Universidad de Cincinnati. En el 2008 recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Atenas, Grecia.

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