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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de Poesía No. 089: Marco Martos

29 Oct 2009

Martos

Marco Martos (Perú, 1942) es uno de los poetas más trascendentes de la generación de los sesenta en Perú. Es Doctor en Literatura y actualmente Presidente de la Academia Peruana de la Lengua. En 2008 publicó el poemario Dante y Virgilio. Iban oscuros en la profunda noche. A continuación, una muestra de su trabajo.

 

 

El vidrio es un líquido
 

 

                        Tus ojos son de agua.

                        Gotea el día y se hace noche,

                        humo tu mirada.

                        En dos siglos cae el vidrio

                        y se espesa en lo bajo.

                        Estás ahí en lo oscuro,

                        oculta de los catalejos,

                        en las zonas blandas.

                        Por el vidrio lenta baja mi lava,

                        la vida breve que no alcanza

                        para entrar en tu neblina.

                        El vidrio es un líquido,

                        añicos de gotas de agua.

                        Llega el sol y seca

                        los vitrales. Sólo quedan colores puros,

                        una iglesia de palabras.

 

 

Hafitz compara el amor con la Vía Láctea

 

Quédate con tu bombasí de encajes,

para iniciar el rito del amor, la locura, el nacimiento y la muerte,

quédate con tu bombasí de encajes.

Déjame palparte con los ojos

en esa transparencia que muestra

y esconde la tersura de tu piel

en esta noche de estrellas encendidas tan distantes.

Bajo el incierto resplandor lunar

guía mi mano al nudo de tu cintura

y desata conmigo nuestras respectivas tranquilidades,

y quédate, ahora sí, desnuda para que te vea

antes de extraviarme en el laberinto eterno

donde seré Nadie y todos los hombres.

Escucha el respirar animal que me habita,

siente mi galope en tu corazón,

el latir del mar, la marejada,

el camino luminoso de las estrellas,

la Vía Láctea en el oscuro oleaje

de millones de años.

 

 

 

 

Hafitz compara el amor con la Vía Láctea

 

Quítate pronto tus hermosos trajes,

quítate los adornados sostenes,

las amarillas sortijas que tienes,

quédate con tu bombasí de encajes.

Quiero palparte con mis lentos ojos

o desatar el nudo de tu calma,

ingresar cuidadoso en tu propia alma,

satisfacer, prudente, tus antojos.

Deseo ser Nadie y todos los hombres,

galopar sobre ti por las estrellas

y soldarnos felices sin querellas,

lo que tú quieras para que te asombres,

siendo contigo en lejanos parajes

Vía Láctea, blancos oleajes. 

 

 

 

 

El mar de las tinieblas

Carta Moral a Lucilio

Escribe Séneca (40 d.C.)

 

Solitario y débil,

el buey viejo

quiere pasto tierno

y los hombres,

no muy diferentes,

somos alimento

diario de la muerte.

Nuestros cocineros

circulando entre los fuegos

preparan manjares para muchos

y los labriegos en Sicilia

y en África, y acaso más allá

del mar de las tinieblas, siembran

hierbas aromáticas, hortalizas y frutales

para alimentar a Roma y a las ciudades

de los cuatro confines

en cada uno de los imperios.

Cada quien defiende con los dientes

su verdad en el foro.

Con discursos y denuestos

los antagonistas se acompañan.

La mujer discute con el marido.

Ambos escuchan el eco

de dos voces y como eso no les basta

engendran al hijo entre sollozos.

Condición del hombre es estar solo,

vivir lo breve en la incertidumbre.

En cualquier cosa que hagas, Lucilio,

pon tus ojos en la muerte.

Consérvate bueno.

 

 

 

 

Zarza

 

Aquí cabrillea el oro.

Con las olas del estío

va y retrocede.

Esta es la zarza,

la espada que corta

las aguas

aguzando su filo

cuando llega

a la playa.

Una bola de olvido,

un olvido de fuego,

un fuego de fuego

nace del agua.

 

 

 

 

Última hora de Abderramán III

(Córdoba, año 961)

 

Muere el sol en la mezquita de Córdoba

y nace la noche en mi corazón. Y nunca más.

Mañana el astro volverá a su rito

y  no habrá corazón en la oscuridad definitiva.

Astrolabios, relojes de arena, arrugas de mi rostro,

calendarios del Nilo, memoria de los creyentes,

soldados de mi espada, todos saben

y comentan cómo han goteado

cincuenta años de emirato y califato.

Tesoros, honores, placeres,

todo lo he tenido, todo

lo he desperdigado.

Mis rivales, los más grandes,

me estiman, me temen, me envidian,

besan protocolariamente el suelo sagrado

y suben arrastrándose hasta mi trono.

Todo aquello que los hombres desean

me ha sido donado por el cielo.

La noche viene. Cantan los pájaros.

En este tiempo largo de aparente

contentamiento he guerreado en Toledo,

en Mérida, en Zaragoza, he vencido

en todas las batallas, todas

las perfidias del reino las he dominado.

Las más hermosas mujeres de al-Andalus

me han sonreído en mi lecho, cada alborada.

La noche viene. Ya callan los pájaros.

Antes de irme quiero contar

los días en que fui feliz. Mi memoria

escudriña el pasado: sólo son catorce.

Creyentes, mortales, aprecien conmigo

la grandeza del mundo y de la vida.

La noche llega. Me llamaba Abderramán III.

Ésta es mi última palabra.

 

En el puente de las vacilaciones al borde de una mañana eterna

Yasunari Kawabata conoce a la danzarina de Izu. (1923)

 

 

A lo lejos, es conmovedor el puente de madera,

suspendido sobre la curva del río.

Parece un adorno inextricable

entre las dos riberas. Algo amarillo hecho

como un lazo entre lo verde de los árboles.

Sólo llegando a pisar sus tablones

se percibe el deterioro como marca de guerra

y oscuro sello del tiempo:

diminutas incisiones, quemaduras,

picaduras de viruela de un cuerpo desesperado

o heridas a tajo hechas por un rápido cuchillo.

¿Está viva o muerta la madera o acaso está

agonizando por encima del agua? Nadie lo sabe.

A nadie le importa mientras sirva.

La llaman, según dicen,

el puente de las vacilaciones.

Avanzan los hombres hasta la mitad del río

y dudan entre irse al barrio del placer

o regresar a cumplir con sus deberes conyugales.

Eso ocurre cuando la noche toma su nombre.

Me gusta venir a la hora del ocaso,

cuando el sol tiñe de rosa

las copas de los árboles. Cada vez

me sorprende esta belleza natural

que el hombre no ha dañado con el puente

de madera. Pero hoy vi a una muchacha

en un momento diferente:

con la cara lavada bajo el sol de la mañana,

radiante, como si el tiempo no existiera

o fuera un presente eterno, cruzando

el puente de las vacilaciones,

tan resplandeciente como la madera del primer día,

como un árbol caminando y ofreciendo sombra

a todos los hombres.

Me quedé confuso, contemplé el agua largo rato,

horas de horas, y me hice extrañas preguntas

sobre el objeto de la vida

hasta que llegaron los viandantes

con sus perplejidades, tal fantasmas bailarines

a la luz de la luna llena.

Me pareció entonces eterno el puente,

y sin heridas. Un Dios otorgando serenidad

a los alucinados de este remoto lugar del mundo.

 

   Brindis de Yasunari Kawabata

por la danzarina de Izu (1945)

 

 Por la luz intensa que arriba a tu ventana

en el centro de la noche y te deja

ligeramente azul cuando te baña,

por tu piel que semeja a las espigas

de cebada bajo el sol del mediodía,

por tus ojos del color de la miel

de las abejas zumbando al pie de la montaña,

por tu permanente gracia de mujer

que ya tuvo aquella que alegró la vida

del primer hombre, cuando hablaban,

por la serena belleza de tu voz

que llega precipitándose hasta el mar

desde lo más alto, por tus manos que ofrecen

ríos de ternura, llueve o truene,

haya sol o nube o nada,

por tu sonrisa que hace de cada día,

con sus instantes, un lugar de palmeras y agua,

y alienta a continuar el camino de la vida,

levanto mi vaso de vino y brindo

por ti y por tus sueños,

y mientras lo amarillo helado

baja por nuestras gargantas

tocan timbres a lo lejos,

turbinas se alistan, alas,

y un pacto de fuego queda sellado

en nuestras miradas.

 

 

 

 

El mar escribe

Yasunari Kawabata se despide

de la danzarina de Izu. (1972)

 

Toda poesía es una despedida,

una línea blanca de espuma

en el ancho mar que se lo lleva todo.

¡Con qué indiferencia se mueve el mundo

a todo lo que planeamos y queremos!

¡No hay olvido!

¡Grito que no hay olvido en la memoria!

En la cresta de la ola

o en la sima más oscura

con todo lo vivido o flotamos

o nos sumergimos.

Así, braceo un rato y luego me hundo

balbuceando tu nombre sagrado

en la noche de agua eterna.

Nadie sabe si soy un fantasma

o un buen nadador

que será niebla mañana,

que ya es cielo encapotado,

o una línea de espuma blanquísima,

vena del mismo mar que acaso escribe.

 

 

 

 

El Perú

 

No es éste tu país

porque conozcas sus linderos,

ni por el idioma común,

ni por los nombres de los muertos.

Es éste tu país

porque si tuvieras que hacerlo,

lo elegirías de nuevo

para construir aquí

todos tus sueños.

 

 

 

 

Perú de metal y melancolía

 

Hablamos del Perú.

De la necesidad de quererlo

diciendo pocas palabras,

susurramos algo de sus ríos cristalinos

y de sus ciénegas, de sus parajes

más remotos donde habita

la gente sencilla.

Tomamos nuestra taza de café

en el centro de lo más oscuro

y cuando el aroma va elevándose,

se disipa el desasosiego

y advertimos que en la misma noche

hay un lugar querido

para la sonrisa

de la libertad,

incluso cuando parece

una pequeña sombra vana

difuminándose en el futuro.

 

 

 

 

San Miguel de Piura

 

Encendí el corazón sobre los médanos,

en los soledosos algarrobos que continúan

la ciudad más allá de la postrera bandera blanca,

bordeando el camino de Los Ejidos, regado

por las cagarrutas de las cabras. El cielo era azul

con sus nubes pintadas y había un viejo caballo

y un burro blanco entre los grises.

He olvidado a qué íbamos a Los Ejidos

pero puedo adivinarlo mientras aspiro todavía

el aire luminoso de la infancia.

Los Ejidos: el olor de las cabras, la leche

de cabra, el queso de cabra que jamás

he encontrado después en la tierra.

A la hora del regreso el sol reverberaba

sobre los médanos y en llegando al recodo

del camino que divisa a la cruz del Norte,

bajo la sombra benéfica de los sauces,

los pequeños pudimos sumergirnos

en el río suavísimo y verdoso.

¡Han pasado años de años!, ¡me he mezclado

en tantas cosas!, y ahora que el sol

reverbera sobre el asfalto, no extraño

a esa patria, distante y diminuta.

O tal vez la extraño y por eso escribo.

 

 

 

 

Telésforo León bajo la luz de una vela

 

En lo más alto del acantilado,

en medio de la noche tan serena,

bajo la luz de una vela jugué

ajedrez con Telésforo León,

en Yasila. Hasta el tablero llegaban

rumorosos mensajes del mar con su garra.

A veces era una lámpara

como una estrella marina

la que ardía sobre nuestras cabezas

y el zumbido del moscardón que apenas

escuchábamos y el acompasado respirar

del mar lamiendo las rocas, abajo.

Pero eso era el mundo de afuera,

adentro las fichas cobraban vida propia

y libraban ancestrales batallas,

indiferentes a la luz de la luna,

a la suave quietud del aire marino,

al propio corazón con sus reclamos.

Ese combate no termina, ni acabará

nunca, cristalizado como está

en la memoria. Lo que ha crecido

con el paso del tiempo es mi afecto

por Telésforo León Vilela,

el notario de Piura, con su estudio

repleto de trofeos, de tableros de madera

y de fichas de toda laya.

Todavía estoy yendo a buscarlo,

todavía partimos para Yasila

en una noche encantada,

encendemos las lámparas, todavía

acomodamos las fichas

y todavía siento, en la habitación de al lado,

el respirar del mar como un murmullo

que me ilumina

toda la vida.        

 

 

 

 

Gonzalo Rojas y Braulio Arenas

 

Desde Chillán Gonzalo Rojas llegó a Santiago

para hablar con su amigo Braulio Arenas

“Perdí mi juventud en los burdeles”,

dijo Rojas, “perdí mis mocedades en los clubes de ajedrez”,

contestó Arenas.

– Los burdeles dan miedo y también alegría.

– Los clubes de ajedrez son un pánico en la vida.

– ¿Cómo se puede preferir la dama

inventada del juego de ajedrez

a la mujer verdadera del prostíbulo?

– No lo sé, ambas no se entregan nunca.

– Miente el que diga que disfruta en un club de ajedrez.

– Miente el que se refocila con la puta en un burdel.

– Miente el que acaricia el rostro de la dama.

– Miente el que juega ajedrez en el bulín.

– Nosotros somos ángeles y no mentimos nunca.

 

 

 

 

Otoño

                    

                            Leve vuela al viento una hoja.

                            Hoja no: roja mariposa.

 

 

 

 

Leve reino

 

En una burbuja permanece

la infancia con su luz enceguecedora.

Ahí donde pulula la vida, en el centro del patio

con su óvalo de geranios púrpuras, blancos,

ausculto el cielo azul añil

apenas con una nube fija, inmaculada,

y la fila de hormigas rojas,

y la fila de hormigas negras,

con migajas de pan,

con terrones de azúcar,

con ramitas claras y oscuras

y con ópalos de fuego.

Respiro a mis anchas

en el centro de ese leve reino.

 

 

Escucho un rumor a lo lejos:

en el laberinto de su habitación,

barajando naipes, estampas religiosas

y cartas de amor en paquetitos

amarrados por cintas de colores,

los ojos brillantes de la abuela,

noche negra, ávidas pupilas,

luciérnagas en la oscuridad de los siglos,

acarician lo prohibido, el zumo de lo ignoto,

la inminencia del placer,

el filo hirsuto de los machos,

lo raro de cada mediodía,

la vileza de los encuentros

y el susurro de la soledad

como un dondoneo inacabable

que zumba en la espalda del tiempo.

 

 

No del hastío de estos días,

de esa piel enjuta viene la escritura,

de esos ojos de ébano,

de esa gana de poner orden en el laberinto

del mundo sabiendo que es tarea inútil,

de esa voluntad férrea, de otra galaxia,

de hacer muchísimo en el laberinto de las horas,

para después salir al fresco,

mirar el cielo azul añil,

dar un suspiro, ofrecer una sonrisa.

Ahí permanece la abuela

en la nube inmaculada

del cielo despejado de San Miguel de Piura,

intocada por los calendarios, mujer,

eterno desafío de la carne

contra la muerte y sus fúnebres ramos. 

 

 

 

 

Horóscopo

 

                             Este niño, que la vida

                            trae en su torrente,

                            tiene tus genes, Carmen,

                            y los míos,

                            reunidos en la gentil

                            Nausícaa que engendramos,

                            y tiene los genes

                            de Ulrich

                            y los de su padre

                            y de su madre, tan amables,

                            y como es fruto de un amor intenso,

                            querrá a todo lo que lo rodea,

                            y a sus dos patrias, Alemania y Perú,

                            tan diferentes.

                            Thomas crecerá luego,

                            aprenderá de la ciencia y de la experiencia,

                            tendrá una muchacha a su tiempo

                            y será un hombre bueno entre los buenos.

                            ¡Que lo bendigan los Dioses del Olimpo

                            y el Dios de los cristianos y los otros Dioses

                            porque en un niño nace el universo!

                             

 

 

 

Conversación con Thomas Pilgrim

 

¿Cuándo empezó el tiempo?

¿De dónde salió el agua?

¿Qué había en el reino de lo líquido

en el principio del principio?

Nada sabemos. Sólo que ahí está el sonido

del mar con su trabajo inacabable.

Manantial de música y agua

que sube a la alta montaña

y habita en el caracol que lleva a la oreja

quien nace como un relámpago

como seña de amor en medio de la noche.

Eternidad yendo y viniendo

en la espuma de las olas,

temprana agua perpetua

que va haciéndose incansable

trepada en las alas del tiempo.

Deseo que el rumor del mar te acompañe   

como la voz de Dios

en el centro de la más oscura tiniebla,

que arrase con el pozo negro

del sufrimiento,

que sea un tintineo del sol

que tiña de alegría cada una de tus horas.

Que mañana el mar te proteja y te bendiga como ahora

que escucha tu primera risa de hombre pacífico.

 

 

 

 

El aroma de las casas

 

Huelo mis casas.

Me dicen que fui feliz

en la primera y ése es mi recuerdo:

el de los otros.

Había un corredor

repleto de macetas, jazmines de la noche,

fantasmas del olor y del silencio

y un ejército de tías armadas

con sonrisas, flores secas

y cartas de amor desvaídas

en sus libros de oraciones.

La segunda casa es la que amo.

Me cuentan que derribaron un árbol

en el patio y ese dolor me acompaña

cada día.

Por ahí deambula todavía

en las noches mi hermano muerto

tan, tan niño.

Permanece ahí en los altos

mi abuelo materno, aventurero,

y mi abuela paterna, en los bajos, con sus ojos

negrísimos dando luz en lo más oscuro.

Pero ambos también murieron.

Me acuerdo del dolor y de la pompa

de sus entierros.

Conozco sus manos

y sus palabras de memoria.

Tengo

una reserva de afecto secreta

en lo ignoto y desaparecido

ahora que son sólo un nombre

que repito.

Mi padre iba y venía sin cansarse.

Mi madre hacía lo mismo

y más todavía, como se sabe.

Es horrible que muera tu madre,

es horrible que muera tu padre,

nadie puede contártelo.

Podría escribir la historia

de otras casas, pero la pena

sería muy grande.

Prefiero

callarme, ahora que no tengo casa

ni lenguaje inteligible

y atravieso Babel

para lamer tu mano

como un perro fiel

que te bendice.

Hueles a jazmín,

como el que había

en mi primera casa.

 

 

 

Rosa Carrera

 

Negros cabellos de agua y mar.

Náufraga en la isla de los lobos.

Alegría de respirar en la desdicha.

Es olvido esa espuma, ese barco, esa sima.

Y hay un hombre que espera

en tierra firme, entre brumas.

Una vida se inicia plena, rápida,

un verano fértil.

Efímera verdad, río de pena,

pobres palabras.

Así lo quisieron los dioses:

no tendrás cabellos blancos,

hermosísima Rosa

que llamea en el centro

de la poesía.

 

 

 

 

El sol negro de la melancolía

 

Miro el mundo

con el vidrio opaco

que me ha dado

la muerte.

La rosa es bella,

pero ¡tan extraña!

¡tan efímera!

No sé qué hacer con ella.

Y tú ¿qué haces con nosotros?

oh Dios,

¿con qué vidrio nos miras?

¿cómo nos juzgas?

Tú eres mi Dios,

tú que todo lo aniquilas.

 

Elsbeth Pilgrim

 

Una música delicada de Stuttgart

se esparce desde el campanario

por todo el valle. En medio

de los cantos de los pájaros

esas notas

llevan la alabanza de Dios

a todos los rincones de la tierra.

¡Qué fortuna nacer

en la tierra de Hölderlin, Schiller

y Mörike!

y hablar todos los días

el lenguaje con el que ellos

expresaron los sueños

de los hombres.

Elsbeth Pilgrim,

mujer buena,

nacida de la estirpe

de la roca de Stuttgart,

tú que has juntado

en tu trabajo

la lengua de Lutero

con la de Shakespeare

y con la muy antigua de Virgilio,

tan hermosas,

ahora escuchas cantarina

la lengua castellana

de Cervantes

en las infantiles cuerdas vocales

de Thomas Pilgrim

que dicen el nombre

del Perú con alegría

y luego el de Gœthe

en tu propia lengua.

 

 

 

 

Ur, la voz de Wagner

 

En el sueño, abajo,

amenazas susurrantes

de la oscuridad primordial,

cavernas, aguas perpetuas

circulando entre las fogatas

y los hielos eternos.

 

¿Qué monstruos encontramos,

cuáles arrastramos por el fango

o viven en nuestros ojos ciegos?

Nadie lo sabe.

 

Oteamos una catástrofe al principio,

la enemistad entre los hombres,

el odio, los asesinatos,

las desdichas de los niños.

¿Para esto somos hombres?

 

Vivimos el crepúsculo,

la historia de los futuros

que no fueron:

muros silenciosos,

en medio de la meseta, feroces,

como en Sillustani,

donde silban todos los vientos,

como Hernán Cortés,

estudiando en Salamanca,

aspirando a sabio

o a ser un santo

muriendo de frío.

 

¿Acaso tú sabes,

George Steiner,

qué quiso decir

Schopenhauer cuando escribió:

 “Perezca el mundo,

la música permanecerá”?

¿A qué se refería Kafka

cuando le dijo a Milena:

“Nadie canta con tanta pureza

como los que están

en el más profundo infierno;

su canto es lo que creemos

el canto de los ángeles”?

 

La belleza

que es sólo sonido,

es terrible

por los siglos de los siglos.

Suena y suena y suena

en la soledad del universo.

 

 

 Datos vitales

El poeta y crítico Marco Martos Carrera (Piura, 1942) estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Se graduó como bachiller en Letras en 1972 con la tesis “Darío y Machado: del modernismo a la literatura comprometida” y como doctor en Letras en 1974 con la tesis: “la poesía amorosa de César Vallejo en Los heraldos negros y trilce”. Obtuvo en 1960 el Premio Nacional de Poesía del Perú y fue ganador de los Juegos Florales de San Marcos, Jurado de la Casa de las Américas (1984). Fue profesor en el Instituto Nacional de Arte Dramático de Lima (/1965-1967), en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga de Ayacucho (1968-1969); Universidad Nacional de Ingeniería de Lima (1970); Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1970-2001) y Profesor visitante en la Universidad de Stendhal de Grenoble (1987-1989). En la Universidad de San Marcos ocupó distintos cargos Director de los programas académicos de Literatura, Lingüística, Comunicación Social y Bibliotecología (1980-1984), Director del Instituto de Investigaciones Humanísticas (1995-2000), Miembro del Consejo Superior de Investigaciones (1998-1999), Miembro de la Oficina General de Admisión (1998-2000), Decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas (2000). Actualmente ocupa el cargo de presidente de la Academia Peruana de la Lengua, y uno de los poetas más prolíficos y alabados del Perú, tanto por la crítica especializada como por sus lectores en general. Sus poemas han sido publicados en alemán, francés, húngaro, italiano e inglés.

 

 

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