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CÍRCULO DE POESÍA

 

La prosa de Carlos Drummond de Andrade

21 Oct 2009

Carlos Drummond de Andrade

En la nueva entrega de “En línea recta”, Mijail Lamas presenta el trabajo prosístico de un poeta brasileño imprescindible del siglo XX, Carlos Drummond de Andrade (1902-1987) a través de la traducción de”Opiniones de Robinson”.

 

 

“El que quiso ser apenas periodista terminará poeta fundamental…”  Así describe Pablo del Barco a Carlos Drummond de Andrade en su introducción a la antología que éste hace del poeta brasileño en la Colección Visor de Poesía.

     Y es que si conocemos a Carlos Drummond de Andrade como un poeta fundamental, ya que los lectores de habla castellana tenemos acceso a diversas traducciones de su poesía,  pero no hemos tenido muchas noticias de su trabajo como cronista, cuentista y articulista periodístico, facetas a las que el autor dedicó aproximadamente cincuenta años de su vida.

     Drummond de Andrade nació en la población minera de Itabira en 1902 y fue un periodista prolífico desde sus inicios como escritor; de hecho, en esa actividad fue ubicado al inicio de su carrera literaria. Posteriormente, y gracias a su trabajo poético, se vio relacionado con el movimiento modernista brasileño en su segunda etapa, es decir, con los llamados poetas de la generación del 45, escritores marcados por el fin de la Segunda Guerra Mundial y de la dictadura de Getúlio Dornelles Vargas.

     El mismo Drummond se asume como un narrador entusiasta, siempre irónico hasta consigo mismo. El texto «Auto-Retrato», que escribe para la revista Leitura, nos muestra  ese talante irónico:

 

Dice el espejo:

El señor Carlos Drummond de Andrade es un prosista modesto que se juzga buen poeta; en eso se engaña. Como prosista ha elaborado algunas crónicas y cuentos que revelan cierto conocimiento de formas adecuadas de expresión, cierto humor y malicia.

Como poeta le falta todo eso y le sobran los siguientes defectos: es desparpajado, nada eufónico, falto de conceptos, arbitrario, grotesco y titubeante.

 

     El ejercicio prosístico de Carlos Drummond de Andrade dialoga en muchos sentidos con su trabajo poético, ya que la mirada siempre atenta del cronista se encuentra de manera frecuente en la del poeta, así como la sensibilidad lírica del poeta se hace presente en la mirada del cronista. Aquí un ejemplo: «¿Cómo puedo referir en escala métrica las proporciones de una escultura de luz afilada y estelar que resplandece sobre la infancia entera?»  este fragmento forma parte de la crónica «Fim do mundo» donde el poeta de Itabira relata el avistamiento de un cometa.

     La mayoría de los artículos y crónicas de Carlos Drummond de Andrade hacen evidente su inmediatez contextual y cronológica, lo que no es sino resultado de la naturaleza del género y el medio para el que fueron escritas. Lo dicho anteriormente puede restarles el interés que no sea el del mero investigador literario. Sin embargo, no son pocos los textos que conservan una gran frescura y actualidad: muchos de los temas tratados siguen siendo cercanos a nuestras preocupaciones tanto intelectuales como cotidianas. Así, el paisaje brasileño, la problemática social, el quehacer cultural y la intrincada naturaleza del hombre son algunos de los temas que el poeta brasileño retrató en sus crónicas; algunos de estos temas —sobre todo los de problemática social— son todavía vigentes ya que no están resueltos en la mayoría nuestras sociedades latinoamericanas.

     El texto aquí presentado proviene del libro Auto-Retrato e otras crônicas, recopilación póstuma de sus prosas y plantea un encuentro del autor de O sentimento do Mundo con el personaje emblemático de Daniel Defoe.

 

 

Opiniones de Robinson

 

Carlos Drummond de Andrade

 

Robinsón se aproxima cautelosamente. Se ve que es un hombre dispuesto a defender su isla desierta.

     —Naturalmente, usted vino aquí para entrevistarme. Quiere conocer mis opiniones sobre el mundo de la posguerra, la mejor manera de domesticar a los alemanes, las posibilidades de dar alimento a toda la gente y otras tantas utopías. Pero yo soy un hombre sin opiniones. Yo apenas tengo mi hacha y mi cabaña. ¿Entiende?

      —No, viejo Robinsón. No vine a preguntarle sobre ninguna de esas cosas. Ta sólo me ocupo en hacer un número de una revista dedicado a la literatura infantil, y se me ocurrió buscarlo a usted, personaje típico de los libros infantiles, para oírlo discurrir sobre materia tan compleja.

      —No soy personaje de cuentos infantiles. Mi historia no fue escrita para niños.

      —Precisamente por eso lo escogí, mi querido amigo. ¿De qué manera se explica el hecho de que un libro para adultos llegara a tocar el difícil nicho de los niños y pasara a ser considerado un libro para ellos, y también, mucho más comprendido por ellos que por la gente grande?

     Robinsón se rasca la barba, que es de una exuberancia vegetal. Se muestra perturbado, pero ante todo soberbio.

     —¿Entonces en Brasil también?

     —También en Brasil, por qué no. Al principio su aventura fue contada a los niños brasileños en las bellas e ingenuas series de cuadros coloridos del Tico Tico. (Lloré mis lágrimas la semana en la que usted dejó la isla). Después vinieron otras adaptaciones y resúmenes, anticipando la técnica moderna de la condensación. Posteriormente usted fue presentado a nuestros infantes por el escritor Monteiro Lobato, uno de los hombres que más hizo por la niñez brasileña, contándoles historias entre fantásticas y realistas, en las que enseñaba de manera pintoresca la ciencia, la historia, la geografía, los fenómenos de la naturaleza.

     —¿Le cortaron mucho a mis peripecias?

     —Mucho. Pero era necesario y todo escritor ya está acostumbrado a esas operaciones. Lo importante era que el personaje perdurara. Y el personaje está vivo. Hicieron lo mismo con el Quijote…

     —Ese caballero es diferente —interrumpió Robinsón enfadado—. Nada tenemos en común. Se trata de un soñador, de un lunático, yo siempre fui un honrado comerciante (tal vez más comerciante que honrado) y sobre todo un espíritu práctico. Mi larga estadía en la isla, que cultivé y colonicé, no es una aventura romántica. No perdí el tiempo construyendo una torre, sino que lo aproveché haciendo una cabaña fortificada; y no perdí el tiempo escribiendo versos a la manera de los jóvenes poetas puros; en materia de escritura me limitaba a hacer marcas en la madera para contar los días y controlar el paso del tiempo. En fin, mi vida puede ser todo un ejemplo de vida práctica, laboriosa y constructiva; en ella se funden capacidad inventiva, fuerza de voluntad y poder de adaptación.

     —Lo sé, preciado Robinsón, y disculpe si recordé acaso el nombre de un ser tan diferente como el Quijote. Lo cierto es que los niños gustan de usted, hombre de vista culta y segura (esto no es burla), como del hidalgo manchego que era la propia imaginación desenfrenada. A los niños les gusta de todo, el apetito infantil en materia de historias y caracteres es infinito.

     —Más allá de mi caso, ¿qué es lo que ellos leen últimamente por allá?

     —Todo, y muchos leen a Robinsón sin saberlo. Porque usted tiene mil nombres. ¿Está consiente de esto? Los escritores e ilustradores norteamericanos no pecan de tener exceso de espíritu creador y muchas veces, con formas y rótulos diversos, hacen de usted o de otros personajes clásicos el objeto de sus historias aparentemente nuevas. Esas historias, como otras tantas mercancías estandarizadas, son despachadas por el mundo entero y aparecen simultáneamente en periódicos y revistas de todas partes. Su receta de vivir en una isla desierta ha sido muy explotada.

     —Sé de eso. Recibo el Selecciones y oigo el aviso de los navegantes… Hoy en día eso de isla desierta es cosa muy dicha.

     —Es igual, viejo Robinsón, y los niños también lo saben. Los niños han envejecido mucho en los últimos años. El cine les trajo una suma brutal de conocimiento. La radio también. No hablo de los niños que viven en países donde se realizan operaciones militares; ésos aprenderán de más. Me refiero a los niños de los países no invadidos ni bombardeados, los niños más felices y protegidos. Maduran mucho. Igual hay quien sospecha que los cuentos maravillosos ya no seducen a los niñitos más tiernos, a menos que esos cuentos se renueven y, por ejemplo, exhiban una moralidad más directa y cortante. En opinión de esas personas, las fábulas están desmoralizadas.La figura del lobo no interesa; un fascista impresiona mucho más. Y las hadas han perdido el prestigio después de que surgieron los paracaidistas.

     —Bueno, ¿usted está entrevistando o está siendo entrevistado? —se extrañó Robinsón.

     —Tiene razón. Vine aquí para pedirle que me ayude a comprender el misterio de la lectura o un aspecto de él. Los niños leen historias para gente grande. Los hombres leen cuentos de Andersen y Perrault. Un cuento como «El príncipe feliz», de Oscar Wilde, no se sabe si fue compuesto para hombres o niños, todos lo adoran. ¿Qué es al final la literatura infantil?

     —Hijo mío —respondió Robinsón, gravemente, después de un minuto de reflexión— el problema es extraño a mis meditaciones habituales, pero es posible examinarlo a la luz de la naturaleza humana.

     La literatura infantil es tal vez una invención de los libreros. ¿Quién sabe?

     —Pero los especialistas…

     —Deje en paz a los especialistas. No es fuera de la historia del comercio o de la sociedad que un gusto o una tendencia son impuestos por el productor. El uso de la corbata en los países occidentales tal vez no tenga otra explicación sino la de que fue establecido por los fabricantes de corbatas. La literatura es una sola y no parece razonable que se divida en secciones correspondientes a fases del crecimiento físico y mental del hombre.

     —Pero —arriesgué—, cierta manera de contar…

     —¿Quiere decir que se dirige de preferencia al público infantil? Pero esa manera no basta para construir una nueva forma de literatura, ni tampoco un nuevo género. Dentro de la «literatura adulta», si es que ustedes le llaman así, caben todas las maneras, formas y géneros. Y la reducción microscópica de un género es aún el mismo género. Infantil, generalmente es el autor de la historia, no la historia en sí. Lo que hay de seriedad y conciencia de las cosas en el espíritu del niño, escapa generalmente a esos escritores especializados en libros infantiles. Como si los niños fueran un ser aparte, que se transforma visceralmente al crecer.

     Y el hombre práctico continuó:

     —No hay escritores para hombres y escritores para niños. Hay solamente buenos y malos escritores. Dentro de la categoría de los buenos, unos son particularmente dotados para la representación de personas, cosas y vestuarios, reales e imaginarios. Esos crearon historias y personajes que darán la vuelta al mundo, fascinarán a viejos y jóvenes, mujeres y hombres de todas las profesiones y serán inmortales. No tienen la preocupación de una clientela, de una clase o una zona de influencia. Son los escritores propiamente dichos. Los otros son malos, no interesan.

     Y después:

     —Al final y sumariamente la llamada literatura infantil tiene su principal depósito en el folclore. ¿Pero no es el folclore universal un proveedor de motivos para toda la literatura? El folclore, simplemente, sería insuficiente para individualizar esa pretendida literatura pre-púber. Otro elemento de caracterización sería su doble objetivo de recreación y educación (no hablo de propaganda, que ya es un desvío). Ahora, aquellos son objetivos que pueden coincidir con los de la literatura, pero no son los de la literatura. Es preciso divertir a los niños, como también es preciso enseñarles matemática elemental, pero no veo que esto envuelva una preocupación literaria, como no hay literatura en el acto de cantar para que el niño se duerma o en el de cambiarle los pañales mojados…

     —¡Pero la vida, ilustre Robinsón, hay vida!

     —¿Y la vida no es una sola, no obstante las diferencias biológicas?

     Huí. ¿Será que Robinsón es un conferencista reprimido?

 

 

Litura, noviembre de 1944.

 

 

Traducción de Mijail Lamas

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  • Juan Alejandro Contreras

    He leído por primera vez a Carlos Drummond de Andrade y confirmo de nuevo aquello, que pienso, cada nueve de diez veces que leo poesía: “hay demasiada producción y la mayoría no es buena”. No siempre el que publica es un buen poeta. O como diría Abelardo Linares, editor de Renacimiento: en la poesía hay “catalogos biodegradables”.

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