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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de Poesía No. 113: César Eduardo Carrión

19 Dic 2009

César Eduardo Carrión

César Eduardo Carrión (1976) es un poeta ecuatoriano con un registro lírico interesante. Entre otras cosas, ha publicado los libros de poesía Pirografías (2007, finalista del III Premio Internacional de Poesía Joven “La Garúa”) y Revés de luz (2006, Mención de Honor en el concurso de Jorge Carrera Andrade del Municipio de Quito de 2007).

 

 

 

Limalla babélica

 

 

2009

¿Captatio benevonlentiae?

 

 

El poeta no pide benevolencia, sino atención

Federico García Lorca

 

Antes de cualquier invocación, en este mínimo pedazo de desierto,

encuentro todo el territorio necesario, para aprender a callar. Sin embargo,

caravanas febriles lo invaden, repentinos oasis lo inundan.

 

Pronuncio las palabras permitidas por los nuevos anfitriones.

Son las oraciones privativas del que toma por sorpresa todo yermo

y pretende sembrar y aguardar la cosecha

y conjura entre las rocas nuevas yerbas.

 

Es así que renuncio a la herencia de todas las dunas,

atrapado en estos nudos vegetales concebidos de la nada.

Es así que con la gracia de estos dioses lenguaraces

profiero los vocablos del que asalta los caminos,

grano de arena, por grano de arena, por grano de arena…

 

¡Que beban de las fuentes victoriosas los intrusos improbables del futuro!

 

 

 

 

Primera didascalia

 

¿Dónde fuiste a buscar las palabras cuando eras un niño?

Ignorabas los sonidos que la abuela medio loca recitaba en la ventana,

mirando el jardín y la huerta que habías ayudado a sembrar.

Era un cielo tumultuoso aquella tarde en que pudiste violentar la cerradura.

De un bocado tragaste la flor de los sueños sangrientos.

El veneno no cedió ni con melaza que te dieron de beber.

¡Maldito antídoto!

Pero tu vómito corrió los picaportes del dilema:

Balbuceabas.

 

Las palabras no han llegado todavía. En verdad, nunca han venido:

Has tenido que arrancarlas de raíz.

La hierba mala en infusión no llegaría a ser más dulce y adictiva.

 

Han derruido aquella casa de tu infancia.

En su lugar han construido una botica

y una cantina. En la primera has comprado

aspirinas y condones muchas veces.

Pero ahora amaneciste decidido:

Esta noche brindarás por las canciones que escuchabas en la cuna.

 

 

 

 

1

Anti-exordio

 

Y llega la musa: El talar empapado en alcohol, furibunda,

porque nadie la ha llamado ni siquiera para darle esta noticia:

Somos vástagos de vates más promiscuos y hedonistas.

No regreses con tus cuentos, parusías, rosicleres,     ¡ya rezamos!

y entregamos devoción en las veladas eleusinas, ¿lo recuerdas?

Conocemos desde entonces el abismo de la ciencia, tu ignorancia,

los principios de lo vano. No buscamos recompensa en la escritura.

Pronunciamos cada nombre como el último designio de los tiempos.

No anhelamos al final de cada noche llegue el día verdadero.

 

¿Qué han resuelto tus razones musicales, epigramas y sentencias?

¿Qué recuerda tu memoria solidaria como manos abortistas?

Apenas has probado la amargura de la piel de los ciruelos y nosotros

empachados con los jugos y la carne de esos frutos te decimos:

“Regrésate a beber en la cantina del Olimpo. No interesan

tus ganas de arder para siempre en las llamas azules.

¡Los arqueólogos descubren entre el Éufrates y el Tigris, cada año,

nuevas ruinas sumergidas del principio de los tiempos!”

 

 

 

 

2

Súplica del nómada

 

Tu meteoro dispersó desde su cráter una extraña nube negra.

Aprendí de la catástrofe que el tálamo retoña solamente con el fuego.

Entendí que la voz de la estrella

no articula, balbucea,

porque he sido la bestia primera en cortarse la cola, en bajarse del árbol

y deambular sobre estas dos extremidades por los feudos del vacío.

 

Aunque digan que fui como aceite nocturno que hierve en secreto

el postrero animal que se había bordado en la piel el hogar,

aunque digan en mi nombre desde ahora que el lenguaje del camino es la blasfemia,

yo te invoco, Babel, Babilonia, Bizancio, Babieca.

¡Ayúdame a callar mientras camino

y procúrame el exilio de tu reino!

 

 

 

 

Segunda didascalia

 

¡Qué angustia resistirme a este concurso de los vientos con mi peso!

¡Quién sabe cuánto duren estas suaves convulsiones!

¡Quisiera arrojarme hacia el pasado, enloquecido de ternura y ambición!

Rechazamos tantas veces la alegría merecida, que una más

no hará la diferencia entre el amor y los enigmas.

Les pido, compañeros, que alarguemos el sonido de las llamas:

¡A rugir de pena, caballeros infelices!

¡A maullar de rabia, sufridas damas!

Todos padecemos el ahogo de las grutas silenciosas inundadas por la culpa.

Nuestro esfuerzo por salir de este bochorno justifica el nacimiento:

¡Abran los ojos, preparen el lecho!

Este trazo vertical del horizonte nos convierte en familiares de otro mundo. 

 

 

 

 

3

Descripción del desembarco 

  

Nuestros padres decretaron que sería el nacimiento de la voz un sobresalto

parecido a la llegada de los barcos de Cortés al mar Caribe,

no al primer decapitado en la comuna de París o a la desdicha

de un Estado independiente consagrándose a la Santa Trinidad.

Nunca vieron los indicios de los ácidos sulfúricos que caen sobre este mármol.

No percibieron algo más que convidados a la cena preparada por el Dante:

Niños que morían ya de viejos, de sabios, de santos

y ancianos viviendo las múltiples vidas

de los héroes y sus caballos.

Debido a sus palabras, otro lote de mutismo fue cedido a los gentiles,

colonos venéreos que sellan con besos los pactos.

Es verdad que nuestros barcos recalaron en remotas ensenadas,

pero es cierto también que los adelantados y conquistadores

han llegado desde siempre bautizados con ceniza de los puertos que saquean.

 

 

 

 

4

Nostalgia del hierofante

 

En la noche me queda tan solo cumplir reverencias.

Su manto me obliga a inclinar la cabeza en el agua:

Pedernales en la carne del sigilo. Se atropellan sin sentido en la garganta,

como nómadas suicidas en el margen del abismo, estibadores,

marineros, capitanes…

 

El sonido lejano de orgías en torno de hogueras sagradas

me recuerda la embriaguez del kykeon, la dignidad

de aquellos cuerpos asequibles a cualquier humillación.

Atrás se quedó la aridez de aquel reino perfecto,

beodo, ingenuo:

Han castrado a los corsarios. Nuestras madres

ya no invocan ni a la virgen cazadora.

 

Este atracadero es el

glaciar de otro deshielo:

En la punta del témpano arde el

carromato en que abandono el campamento.

 

 

 

 

Tercera didascalia

 

Aves desplumadas en la punta de la lengua:

Confesiones reservadas para el lecho de la muerte.

Los mejores instantes escapan:

Un mirlo muy oscuro, frente a la ventana y a la medianoche.

Invisibles el plumaje, los ovarios, los testículos, el falo, la matriz,

nuestros sueños más erectos, absolutamente negros.

El ave pasa sin comer estos alpistes de carbón, estos licores de cianuro.

Vuela alto el emplumado solitario. Sin embargo,

nuestra atávica desidia nos impide admirarlo.

Los mejores momentos atoran intestinos, pervierten digestiones.

Escondemos nuestra dicha como madres que maceran avaricia

en sus fetos tumefactos. Destrozamos cada nido del alféizar con la boca:

Mil veces inhóspitos,

mil veces pertinaces las palabras del acecho.

 

¿Cómo volveremos a juntar nuestra limalla dispersada sobre el campo?

Sobre los cuerpos acribillados de aquellos mirlos,

nuestro amor se compadece de su carga. Cometemos las masacres

agarrotados de embelesos. Nos dijimos que era el clima que mostraba su inclemencia.

¡Cómo sostener fragilidades tan pesadas!

El hombre esparcido en un cieno profundo.

El mirlo del instante extraviado en el cielo.

¡Que un relámpago divida en la mitad nuestro tiempo!

 

 

 

 5

 

Queja de invierno

 

A quemar sobre las rocas los harapos de la infancia invita el frío.

Y ya que había guardado en los bolsillos un puñado de la sal de aquel desierto,

con ella me baño y celebro el asombro de ser como el pez cuando sale del agua:

¡Sacúdete, constríñete, alimaña,

que tu cárcel pedagógica se quema!,

porque así gesticularon los profetas:

Epilépticos, escatológicos;

porque el color de nuestra sombra decidieron cuando hablaron de la luz

sin saber apenas nada de cromática, de óptica, de estética;

porque así hemos observado por su culpa las galaxias:

Mitómanos, megalómanos.

Y en gran medida por su culpa seguiremos esperando

el día en que regresen de los mares esos dioses primitivos:

Neptunos, viracochas, mercaderes,

pontífices, poetas y quimeras.

 

 

 

 

6

El máximo conjuro

 

Y debido a que la cola del cometa ya anunciaba la inminencia de la huida,

pretendíamos la plena floración de los silicios, de los cuarzos;

pero los restos de su polvo se decantan de mis manos

y forman alfabetos silenciosos.

Y mientras digo desaparecer,

 

 

                                            ni siquiera puedo desaparecer.

 

 

 

 

Cuarta didascalia

 

La profusión de estas horas no cabe en las venas fibrosas del árbol.

Hemos ido olvidando sus nombres: Arupos, cholanes y molles

ya casi no existen. Sus dedos artríticos

se retuercen sobre este pavimento.

 

Los ciudadanos se apresuran a su sombra.

Algunos de ellos nunca vieron desnudarse estos lenguajes:

Caprichos de los genes del primate,

jorobas ponzoñosas de sus almas darwinianas.

 

Es difícil ser fiel como un árbol.

Los hombres nos vestimos de preguntas para vernos

más humanos: Imposible divisar con nuestros ojos la mudez

de ese pensamiento. Solamente aquellos muertos

abrazan la carne con tanto arrebato. ¡Y abramos los brazos!

¡Cobijemos la semilla de la artrosis remitente!

 

Estos últimos pájaros

deshojan elegías del follaje. Ya no cantan.

¡Enloquezcamos a solas,

ráfagas de ira rumbo al sueño,

entre las ramas callosas!

 

 

 

 

7

Consuelo de peregrinos

 

Lo sabe el caminante cuando empeña hasta la vida: Todo viaje

culmina con el mapa de un tesoro dibujado en las arrugas de la cara.

Léelo y camina sobre el borde del espejo,

que el azogue tras del vidrio no es tu piel.

¡Dale de pedradas a tu estampa!

Mientras rompas los cristales,

las ciudades que visites se hundirán,

se hincarán a tus pies las bacantes,

se erguirán entre tus piernas nuevos sables.

 

 

 

 

8

Parada en el abrevadero

 

Imagina que este río del que bebes es la calle o el zaguán que tanto añoras.

Haz de cuenta que estas barcas que transportan penitentes

son los autobuses que nos llevan a la escuela…

 

¿Qué habrá en el paraíso en vez de infancia?

¿Quién habita en el averno en vez de ancianos?

¡Dónde estará aquella niña

que te besó el primer día de clases!

 

Llegará tu niñez remozada, sus señales serán aguarrás

y tus puños serán el formón que conduzca sus tintas

por canales profundos. Será este poema otra quilla.

 

Ya vendrá un recién nacido, como el hijo de otra estrella,

completamente tierno, completamente roto,

y hastiado de la muerte sin haberla conocido.

 

¡Apéate del barco mientras llega tu mesías,

apéate del mundo mientras gires sobre el sueño!

 

 

 

 

Quinta didascalia

 

La tierra engulle lentamente los humores del canalla,

tan amargos como la senectud de los profetas,

tan ajenos como el sopor de los elegidos.

No queda un reducto de altivez cualquiera:

Se contorsionan los lomos secretos de este planeta.

La ley indefectible de las alternancias

declina un momento para disipar su justicia:

Son los amigos que han muerto.

 

Menos mal, un dios piadoso se retuerce en el cerebro del que olvida.

Se escabullen las caricias del creyente por los diques de las horas.

A cambio de algún fruto sedicioso de memoria, conspiramos

entre las piernas de rameras, entre los jugos de la lascivia.

Deberíamos saber que toma tiempo murmurar los resplandores.

 

No lograríamos cegar los manantiales ni el murmullo de las fuentes de la noche.

Podemos recorrer un mundo entero de palacios y banquetes,

pero el rumor de los gusanos crecerá hasta lo estentóreo.

De nada vale mancharnos los dedos de aceite,

ungirnos con respuestas.

En cada entierro, el polvo lucha

por levantarse

de su propia resignación…

 

Y en silencio, un latido obstinado reinicia y prolonga la vida hacia afuera.

 

 

 

 

9

Otra gran disertación

 

En el ágora han hablado sobre el ácido del tiempo:

Que el viento no perdona ni a la entraña del volcán,

que la huella del petróleo nos anuncia más hambrunas

y los días se acumulan como huesos en el nido del rapaz…

¿No ves que los decanos hoy discurren sobre ciencias de limón?

 

Entre tanto tú has sido la única herida severa y amada

que no he podido restañar, pero por eso te bautizo

como el que espera deshacerse del fantasma maldiciendo y escupiendo

en las lápidas del padre, del abuelo,  de los mitos.

 

Te nombro temor, aunque sé que te llamas cansancio,

fatiga, consumo, pequeño polluelo que sale del huevo

con un ala cremada y la otra

como leña remojada en alquitranes y codicia.

 

 

 

 

10

Meditación del legatario

 

La pregunta se ha vuelto muy grave: ¿Mejoro,

podría mejorar nuestro mundo con un hijo

o apenas incremento la distancia que me aparta del hogar?

La respuesta no la tienen las mujeres ni los hombres

desde el día en que salimos de las aguas. Ya han pasado mil ciudades.

No termina de llegar ese desierto prometido

por los santos sacerdotes del camino. Me detengo:

Ni siquiera me responden con sus burlas. Los amigos

son todos estatuas de sal que regresan a ver

aquellos infinitos arenales que perdimos.

 

 

 

Sexta didascalia

 

Proviene la aridez de aquella luz, no del desierto.

Existe el reino de lo nunca nominado,

la ley del movimiento inaprensible:

Vastos dominios de lo mudo,

de lo insuperablemente soterrado:

Lepra de las ansiedades,

herrumbre colosal de la esperanza,

obsesiva como la cigarra,

la punzante soberanía de los vacíos,

el sosiego exasperante de todos los solsticios.

Pero algo animalesco vuelve diáfano el silencio:

La turba reseca del caballo planetario,

los pasos sigilosos de cangrejos estelares,

toda la fauna de misterios cosmográficos.

 

Ignoramos el color de la espalda del desorden:

Nada de lo vivido llega a ser tan ciego

como aquello que duerme la resaca del recuerdo.

Inventos sin rumbo

como ropas colgadas en alambres oxidados por el dios de los vientos.

Idiotez sagrada, su alferecía.

Vapores y sales, su rudo aliento.

 

La ciencia ya ha resuelto estos problemas.

No deberíamos andar con la cuerda del misterio de bozal.

¡Amarremos los perros, soltemos las ratas!

La infinita fe en los cálculos nos devolverá la abundancia.

Dejemos de orar, respiremos con calma.

La astrofísica ya ha conseguido que las sondas espaciales

nos permitan especular sobre la vida en Marte.

Proviene la aridez de aquella luz, no del desierto.

El sol podría ser nuestro próximo lugar.

 

 

Datos vitales

César Eduardo Carrión (Quito, 1976) Es poeta, ensayista y docente universitario. Estudió Comunicación y Literatura en Quito y Filología Hispánica en Madrid. Fue miembro del Comité editorial de la revista de poesía y ensayo País secreto. Sus ensayos y trabajos críticos han aparecido en revistas nacionales y extranjeras. Sus poemas constan en antologías ecuatorianas y latinoamericanas. Ha publicado los libros de ensayo ´Habitada ausencia´: Historia y poética en la poesía de Javier Ponce (2008) y ‘La diminuta flecha envenenada’: en torno de la poesía hermética de César Dávila Andrade (2007). Editó junto a Fernando Albán el libro de ensayos titulado Fulgor del instante. Aproximación a la poesía de Iván Carvajal (2008). Ha publicado los libros de poesía Pirografías (2007, finalista del III Premio Internacional de Poesía Joven “La Garúa”) y Revés de luz (2006, Mención de Honor en el concurso “Jorge Carrera Andrade” del Municipio de Quito de 2007) y Limalla babélica (Mención de Honor en el VI Concurso Nacional de poesía “César Dávila Andrade”). Actualmente, es Director de la Escuela de Lengua y Literatura de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

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