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CÍRCULO DE POESÍA

 

Las formas de apelar a la Divinidad en los poemas religiosos de Alfredo Ramón Placencia

26 Ene 2010

Alfredo Ramón PlacenciaLa ensayista Rocío González Serrano nos ofrece, en esta oportunidad, un muy interesante texto en torno a la poesía del jaliciense Alfredo Ramón Placencia, considerado uno de los mayores poetas católicos de nuestra tradición. A continuación el texto.

 

 

Las formas de apelar a la Divinidad en los poemas religiosos de Alfredo Ramón Placencia

Los diversos usos del apóstrofe 

 

Sólo aquel que pueda decir con Pascal: el yo es aborrecible,

ha comenzado a obedecer el imperativo altruista de los Evangelios.

                                        George Steiner

 

 

 

Alfredo R. Placencia (1875-1930), poeta jalisciense, es considerado por algunos críticos como uno de los grandes poetas católicos mexicanos. Joaquín Blanco opina que es “nuestro mayor poeta católico después de Carlos Pellicer”.[1] La vida y obra de Placencia están estrechamente ligadas. Sus poemas pueden considerarse autobiográficos puesto que son la recreación y el sumario de todas sus experiencias tormentosas. Al respecto Javier Sicilia menciona: “Su vida es el itinerario de un hombre desgarrado frente al misterio de la Gracia; su obra, la confesión de ese desgarramiento”.[2]

            En Placencia tanto la visión de la vida exterior, es decir, la mundana como la de su propia existencia, el sacerdocio, confluyen en desencanto y dolor. Su actuación como ministro le provocó serios problemas con sus feligreses. A sus problemas de alcoholismo, hay que sumar los altercados con pistola en mano[3] y sus relaciones amorosas con Mercedes Martínez y después con Josefina Cortés, con quien procreó un hijo[4]. Por sus ideas heterodoxas tuvo fuertes diferencias con la iglesia, perdió el cargo de clérigo y fue desterrado en dos ocasiones;[5] es por eso que Alfonso Junco expresa: “su inspiración más honda y medular es el dolor”.[6]

            Aunque la amplia obra poética del padre Placencia presenta una diversidad de temas y tonos, los poemas más logrados de su lírica son aquellos que están dedicados a Dios; de esta manera se inserta en la tradición religiosa católica a la que pertenecen autores como Alfonso Junco, Joaquín Antonio Peñalosa, Emma Godoy, los hermanos Méndez Plancarte, Manuel Ponce y Concha Urquiza.

            El propósito del presente trabajo es analizar los diversos usos que el poeta hace del apóstrofe[7] siendo éste, a su vez, uno de los rasgos estilísticos que lo caracterizan dentro de la poesía religiosa del siglo XX en México.

            Los distintos estados de ánimo que el poeta canaliza en su obra se intensifican a través del diálogo constante que establece con Dios a quien invoca, mediante el uso del apóstrofe, de diversas maneras; ya sea como la personificación del dolor, ya como el Juez que amedrenta y castiga. En algunas ocasiones lo invoca para alabar su magnificencia y misericordia divina; en otras, llega incluso a vituperar a Dios y cuestionarlo.

            Para Placencia, Dios es la personificación del dolor cuando menciona:

 

En la espinada frente

en el costado abierto

y en sus heridas todas, ¿quién no siente

que allí está un Dios agonizante o muerto?

 

            En estos versos el poeta recurre al apóstrofe y desvía la descripción de su Cristo crucificado para demandar nuestro punto de vista acerca de los sentimientos que desencadena aquélla imagen. Por otra parte, esta idea de un “Dios agonizante o muerto” se contrapone a la idea judeocristiana de Dios visto como un ser omnipresente y omnisciente. Pero también podemos comprobar en esta frase Dios agonizante o muerto el empleo de otra forma retórica como es la antítesis.

            Otra forma de apelar a Dios mediante el uso de la apóstrofe se hace presente en aquellas ocasiones en que es necesaria una súplica. Frases como  “Dueño adorado” y “dulce Bien mío” reflejan claramente el carácter sublime del siguiente fragmento:

 

MISERERE

[…]

Dueño adorado:

ten piedad de este pobre que va extraviado,

más que por su malicia, por su flaqueza.

 

Al pensar en lo injusto de mi desvío,

siento sonrojo

y me embriago en angustia, dulce Bien mío.

Álcese tu Clemencia sobre tu enojo;

vuélvanse a mí los brazos, a que me acojo,

y lo boca blasfemia calle el impío.

[…]

 

            Por otro lado Placencia establece también por medio del apóstrofe una jerarquía entre la Divinidad y el poeta, muchas veces manifestada en poemas como “El libro de dios” y “El dueño del libro” en que la grandeza de Dios sobrepasa cualquier medida –pasando de la devoción al miedo– mientras que el poeta se mira a sí mismo como un “gusano”, o bien, presentándose como el escritor de un libro del que no quiere “sentirse su dueño” por miedo a padecer de un “insano delirio” que puede ser traducido como un pecado capital: la soberbia.

            Podemos constatar lo anterior en el poema:

 

                    LIBRO DE DIOS

 

Aquí sí que no puedo

nada, si no es temblándome la mano.

Tu nombre es inefable y soberano;

tu nombre causa devoción y miedo,

y, no puedo, no puedo.

¿Cómo voy a poder…? Soy un gusano.

[…]

 

            Otro ejemplo de enaltecimiento a Dios lo encontramos en:

 

           EL DUEÑO DEL LIBRO

 

Eres Tú el Grande único, eres Tú el Soberano.

Entreabre la boca,

desenclava tu mano

que el amor martiriza, descoyunta y disloca,

y bendice este libro que te entrego. No poca

parte en sus cantos tienes: sus cadencias son tuyas.

Al cerrarse mis ojos con el último sueño,

no quiero que me arguyas

del insano delirio de sentirme su dueño.

[…]

 

            Sin embargo, hay momentos en que se enfatiza todavía más la grandeza y superioridad de la Divinidad en versos como: “tu majestad real, tu inmensidad de Dios”.

            Placencia establece contacto con Dios por esa necesidad de resarcir sus culpas y sus angustias existenciales mediante el recogimiento espiritual y el diálogo con Dios. El padre “convierte el poema en representación de su propio drama interno”,[8] afirma María Esther Gómez Loza, quien también ha estudiado la lírica de Placencia.

            Lo que causa notoriedad en sus poemas es que son tan intensas sus crisis que otras maneras de interpelar a Dios son de tú a Tú para enfrentarse y retarlo:

 

¿Es decir que a pesar de que soy nada

no has logrado vencerme todavía…?

No siento para amarte rebeldía,

lejos de inconsecuencia tan osada

¡cómo suspira el alma desterrada

por arderse en tu amor, delicia mía…!

¡No vence…! ¡Vence ya, Jesús…! Quiero cambiarme,

que por eso me abrazo a tu madero,

sabiendo que, al querer, puedes limpiarme.

 

            En otros versos, el poeta se enfrenta a Dios y es objeto de vituperio:

 

 Tú sostienes el orbe con un dedo…?

Eso, a decir verdad, no es maravilla.

Puedo yo más que Tú. Yo soy de arcilla

Y, ya lo has visto en el altar: ¡Te puedo!

 

            También, se enfrenta a Dios para cuestionarlo a través del apóstrofe: ¿Qué logras, al herirme, si te olvidares/ de que soy en tus dedos frágil arcilla…? / ¿A quién dañas y ofendes, si perdonares…?

 

            O bien se le enfrenta para imprecar a Dios como en los siguientes versos:

 

            Ciego Dios

 

Así te ves mejor, crucificado.

Bien quisieras herir, pero no puedes.

Quien acertó ponerte en eses estado

No hizo cosa mejor. Que así te quedes.

Dices que quien tal hizo estaba ciego.

No lo digas; eso es un desatino.

¿Cómo es que hizo con el camino luego,

si los ciegos no dan con el camino…?

Convén mejor en que ni ciego era,

Ni fue la causa de tu afrenta suya.

 

¡Qué maldad, no qué error, ni que ceguera…!

Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.

¡Cuánto tiempo hace ya, ciego adorado,

Que me llamas, y corro y nunca llego…!

Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,

Ciégueme a mí también, quiero estar ciego.

 

            Por lo tanto, esas maneras de dirigirse el poeta a Dios son contrastantes, mientras que en algunas apostrofa a la Divinidad para alabarlo, enaltecerlo, invocarlo, implorarle y para exprear su amor y admiración. En otras irrumpe enfrentándose, duramente a él, para retarlo, cuestionarlo y para vituperar, imprecar y blasfemar a Dios. Por lo que los usos que el poeta realiza del apóstrofe son por supresión/adición. Es decir por sustitución de una palabra por otra para dar mayor énfasis a su discurso. El autor sustituye la palabra Dios por las siguientes frases: Dueño adorado, dulce bien mío, Ciego adorado o por Tu majestad real.

            O se interpela a Dios en tono de respeto cuando el lírico lo ve como un juez que castiga y lo expresa en segunda persona del singular: “Dueño adorado ten piedad de este pobre que va extraviado”. O bien, de manera amorosa, el poeta se maravilla ante su grandeza divina como en este ejemplo: tu majestad real, tu inmensidad de Dios. En los anteriores versos podemos observar un tono de respeto, admiración y amor por la Divinidad.

            Otros diversos empleos de apostrofar a la Divinidad evidencian el temor a Dios, que el poeta experimenta cuando expresa: tu nombre causa devoción y miedo. Frase enunciada en segunda persona del singular. Al igual que cuando observamos a un Dios frágil, humanizado y descrito en segunda persona del singular como Ciego Dios o como Dios agonizante y muerto.

            Sin embargo, en momentos de sus intensas crisis son cuando se enfrenta el poeta a Dios y el apóstrofe se torna imprecación, blasfemia o vituperio. La palabra Dios, el autor, la sustituye por estas frases: Puedo yo más que tú, Ciego Dios o ¡vence ya, Jesús! Quiero cambiarme. Frases que son enunciadas en primera y segunda persona del singular.

            Confirmo así que la lírica de Alfredo R. Placencia puede considerarse entre profana y religiosa. El padre, evidentemente lo podemos corroborar en sus textos, no logró del todo encontrar su tranquilidad espiritual ni existencial. Recordemos que vivió una doble vida: la sacerdotal y la mundana, como mencioné al principio de mi texto.

            “Y en efecto, si hay algo que caracteriza la obra de Placencia es la lucha de un hombre por saberse salvado a pesar de todo. El drama, dada la investidura del poeta, no es pequeño. Placencia era sacerdote. Sin embargo, su sacerdocio no fue, en el terreno moral, ni fácil ni placentero”[9] asegura su crítico Javier Sicilia. Tal vez sus emotivos y sentidos poemas dedicados a Dios calmaron, en cierto modo, esa personalidad tan controversial del poeta, la de un hombre convencido de su amor hacia la fe católica y, al mismo tiempo, la de un hombre a quien lo rebasó las circunstancias mundanas en las que vivió. Aunque quizás por haber sido un hombre inadaptable a su tiempo, fue incapaz de llevar una verdadera vida consagrada al sacerdocio. “La fuerza de sus pasiones y la impiedad de la jerarquía eclesiástica lo llevaron de desgarramiento en desgarramiento”.[10] No obstante, la vocación sacerdotal del padre fue de gran convencimiento, pese a sus caídas espirituales y sus enfrentamientos con la Divinidad.

            La escritura de Placencia es original, puesto que en las obras de otros líricos mexicanos religiosos no se transgreden los convencionalismos religiosos. En Placencia se presencia una poesía no ortodoxa frente a una literatura convencional regida por formas y estilos más elaborados; como es el caso de Manuel Ponce, los Méndez Plancarte, Alfonso Junco, Carlos Pellicer, Concha Urquiza, por mencionar algunos ejemplos.

            Su mayor originalidad radica en su extraña rebeldía ante Dios, una manera especial de acercársele, que en ocasiones se vuelve imprecación y en el uso de ciertos tonos coloquiales que dan fuerza a su estilo caracterizado no por un lenguaje depurado sino emotivo. Por esta razón, la poesía de Placencia es una lírica auténtica en el ámbito de la poesía mexicana religiosa del siglo veinte.

 

…cuando a juzgarme vengas

Rompe mi disfraz,

Mi horrendo disfraz de pecador.

 

 

Datos vitales

María del Rocío González es colaboradora del Diccionario de Escritores Mexicanos y forma parte del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

 

Bibliografía

 

  1. Blanco, José Joaquín, Crónica de la poesía mexicana, 3a. ed., México: Edit. Katún, 1983.
  2. Gómez Loza, María Esther, “Alfredo R. Placencia, el presbítero poeta de los Altos de Jalisco”, en Memoria. XVII Coloquio de las Literaturas Mexicanas, Hermosillo, Son.: Universidad de Sonora, 2001.
  3. Placencia, Alfredo R., El libro de Dios, México: CONACULTA, 1990.

   4. Junco, Alfonso, Gente de Méjico, México: 1932.

   5. Beristáin, Helena, Diccionario de retórica y poética,  México: Porrúa, 2003.

 


[1] Blanco, José Joaquín: Crónica de la poesía mexicana,  p. 23.

[2] Placencia, Alfredo R.: El libro de Dios, p. 10.

[3] Por haber obsequiado uno de los armonios de su vicaría en Portezuelo a la iglesia de los Guayabos en Jamay, Jalisco.

[4] Aunque he hallado alguna versión donde menciona que el padre tuvo tres hijos, habría que indagarlo con más detenimiento; ya que no hay alguna fuente fidedigna que lo confirme.

[5] A Estados Unidos (1923-1924) y República del Salvador (1928-1929) respectivamente.

[6] Alfonso Junco, Gente de Méjico, p. 31.

[7] Por apóstrofe entiendo como lo señala Helena Berinstáin en su Diccionario de retórica y poética. Ed. cit,  p. 59. Explica que es una “figura de pensamiento de las denominadas patéticas o formas propias para expresar las pasiones. Consiste en interrumpir el discurso para incrementar el énfasis con que se enuncia, explicita o se cambia, a veces, el receptor al cual se alude (naturalmente en segunda persona) o se le interpela con viveza. Este receptor puede estar presente o ausente, vivo o muerto; puede ser animado o inanimado, y puede ser un valor o un bien, o puede ser el emisor mismo”.

[8] Gómez Loza, María Esther: “Alfredo R. Placencia, el presbítero poeta de los Altos de Jalisco (1875-1930)”, en Memoria. XVII Coloquio de las Literaturas Mexicanas, p. 390.

[9] El libro de Dios, ed. cit., p. 10.

[10] Comentario que menciona Sicilia, Ibidem, pp. 10-11.

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