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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No 215: Jorgenrique Adoum

11 Jul 2010

Jorge Enrique Adoum 2A continuación una mirada a la poesía de Jorge Enrique Adoum, uno de los mayores poetas latinoamericanos de los últimos años. Recibió, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Poesía de Ecuador en 1952; premio “Casa de las Américas”  1960, “Premio Xavier Villaurrutia” de México en 1976, y el “Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo” en 1989, la más alta presea cultural del gobierno ecuatoriano.

EL AMOR DESENTERRADO

  

 

 

 

Te hubiera amado diez años antes del diluvio

Andrew Marvell

Para hablar del alma

despierto temprano. No es fácil dormir en verano.

Peter Levi

…monumento más de América que la fortaleza de Machu Picchu

o las pirámides del Sol y de la Luna.

Eduardo Galeano

 

 

 

La Dra. Karen E. Stothert, profesora de la Universidad de Fordham, en Bronx, Nueva York, acompañada de Paula Rogasner, de la Universidad de Guayaquil, y de Eugenia Rodríguez, Marcelo Villalba e Iván Cruz, de la Universidad Católica de Quito, con los auspicios del Museo Arqueológico del Banco Central del Ecuador, descubrió en la península de Santa Elena, provincia del Guayas, un cementerio paleoindio -el más antiguo del Ecuador y uno de los primeros de América (8.000 a. C.)- con varias clases de entierros y de ofrendas. Un excepcional hallazgo fue el de los llamados “amantes de Sumpa”: dos esqueletos ligados en actitud amorosa sobre los cuales se han colocado algunas piedras, al parecer después de su muerte.

 

 

De los periódicos

 

…porque en el paleolítico debo haber sido muy niño todavía,

preguntón, curioso y lleno de presagios del ser tercero que forman dos

personas mayores

cuando se encierran con llave o con la noche

y la tierra hubiera esperado diez mil años hasta que yo crezca y comprenda

para mostrarme ahora a la intemperie esto:

la primera pareja como dos palabras juntas

con un breve vacío donde estuvo un día el guión varonil

(hembra la conjunción copulativa),

anudados hasta hoy, amor fosilizado, estatua viva encajonada,

mientras nosotros, voyeurs del siglo xx, viejos a cualquier edad, con nuestro

muerto amor a cuestas,

removiendo tablones, telas de nylon, piedras que las sostienen,

y acostándonos junto a ellos para atisbar la inmodesta y duradera amarra

que no acaba jamás en estallido,

nos hundimos el corazón para que no se avergüence

frente a ese amor que existe todavía

en estos esqueletos de anteayer en los que yace

igual que la ternura que cayó de la caricia al hueso.

 

 

 

 

*

 

Como si corriera hacia atrás, cayendo y tropezando, o también hacia abajo,

en busca del primer gesto con que empezó la interminable sucesión de cuerpos

que arracima el delirio

y me encontrara con esta lección de barroca arquitectura ósea que echó a

perder la historia

o, psicoanalista de la tierra, indagando en qué capa, a qué profundidad del

tiempo

vinieron a incrustarse estas conchas llenas de arena

como la oreja de una bañista acostada en la playa.

Quizás la mar (ya sólo olor distante de mujer la mar),

ahora penetrada por una lengua de arenoso territorio,

alargaba entonces sus brazos para tocar esta axila de ceniza

(hace siglos tal vez bajo estas dunas de espinas y petróleo

hubo una tierra verde donde llovió como iba a llover en el Antiguo Testamento

y no volvió a llover jamás vaciado para siempre el cielo)

y aquí se lavaba la mujer apegada al varón antes del gozo y después del

sueño. 

 

 

 

*

 

Huesos de recién nacido o de recién muerto hace tiempo:

con esto puedo imaginar qué poco basta

para formar dos cuerpos y hacer visible su sentido,

qué poco también para dos muertes juntas.

Yo he sufrido semanas de diez días y años de catorce meses

pero estos siglos fueron cortos:

aún nos quedan pétalos de las costillas, juncos los de las piernas,

-lo que nos resta de la tempestad corpórea

cuando el viento junta lo que dispersó el viento-,

reprochándonos nuestra culpabilidad de seguir vivos

estos amorosos caídos juntos en la refriega contra el deseo,

como si el frotamiento de la piel con la piel les hubiera desnudado,

pedazos de una luna creciente y otra menguante

ensamblados por una complicidad secreta de su movimiento,

radiografía de lo que fuimos y debimos seguir siendo.

Por esa perennidad del cuerpo, perennidad del acto,

¿era ya el amor que desaprendimos con el tiempo y que hoy ya no es o no es

todavía?

¿qué pasó entre el amor y nosotros, qué río agrio o fuego frío?

¿se era entonces hombre y mujer para ser ser completo

cuando aun no era cacería la pareja?

¿se escogía (“quiero morir contigo”) a la persona

con la que uno iba a vivir toda la muerte,

náufragos intrusos en el subsuelo para ver desde abajo

cómo anda el pobrecito amor fugaz en el país de arriba,

y quedarse así embisagrados,

oyéndose para siempre el último parpadeo,

viéndose para siempre el último latido,

condenados a morir a amor lento

sin los tristes despueses del desacoplamiento?

 

 

 

*

 

Echado a perder por los siglos de mi época y los años de mi culpa

¿debo imaginar encuentros de una inocencia clandestina

contra propietarios de mujeres antes que de ganado,

o una conspiración de ángeles jóvenes contra hechiceros, caciques, policías?

o en la geometría de la pasión ¿sólo una lujuria marginal y loca

(porque antes de nosotros la cópula era secreta)

y en lugar de la lenta y torpe carpintería conyugal de apuntalamiento

(cuando uno se desviste y por vez primera se observa

cada noche en la piel la vejez que envejece

para amanecer a la decrepitud del día),

caricias borrascosas para ganarle tiempo al orden?

(y la venganza de esa unión viene durando

más que el orden que los mató y que este otro orden

que nos mata todavía)

¿o era ya subversiva la ternura? ¿era ya ahora,

desde siempre como siempre,

siempre contra el amor la tribu

(y nosotros formando parte de la tribu)

porque siempre la pareja es minoría?

 

 

 

*

 

Cuál de los dos murió primero

callando ante la verdad de los cuerpos que dialogan

en esta antigua tragedia anterior a la tragedia antigua,

porque cómo se hace -avisen, habría que decírselo a todospara

morir juntos sin desclavarse,

interminable hazaña nupcial no repetida

porque desde entonces ya no supimos cómo.

Cuál pudo ver en el otro, espiándole por partes, la agonía,

en qué momento se truncó el arco que describe el deseo

antes de terminar con el vencedor besando agradecido la ingle en despedida

y quedarse así con la pierna detenida para siempre en el viaje a la

entrepierna

(lentitud de quienes adueñándose del gozo se adueñaron del tiempo)

por donde pasa el viento áspero de la península con sus toallas de arena

cada mañana después de cada noche de ese ensayo general de los actos del

acto.

(¿O fue un acto inacabado,

palabra que la muerte detuvo en la primera sílaba,

tantas veces repetida por nosotros hasta ahora y tartamuda,

creyendo cada vez que es una muerte pequeñita,

contentos como quienes bailan esas danzas

cuyo origen ritual han olvidado?)

Amaos por favor, seguid amándoos

vorazmente insatisfechos por los siglos de los siglos de los siglos,

no desateis la inicial inmemorial amarra

porque qué nos restaría de esta amorosa e insolente estatua,

ni cómo iríamos a comprobar que álguienes se amaron

si de pronto estos huesos polvo fueran,

deshaciéndose en la tardía sacudida del espasmo

cien siglos después de haber comenzado apenas a tocarse con los dedos los

labios

y nos quedáramos así sin pruebas

de que existió la eternidad un día.

 

 

 

 

*

 

Quién era, se llamaba cómo

esta pequeña embarazada de muerte y no de esperma

en la feroz ecuación alucinada: hacerle el amor = hacerla morir,

joven que amamantó al adolescente de la costa,

cuando el deseo la hacía desearse

abrazada a su sueño como en un adulterio,

sin que ninguno de los dos hubiera tenido tiempo

de amontonar rencor u olvido para otro día.

Yo nunca había amado a una paleoindia

(entonces era difícil y ahora es demasiado tarde,

siempre es demasiado tarde, porque sí o por destino,

cuando nos damos cuenta de que moriremos viejos

porque no fuimos amados por los dioses)

y, sin embargo,

hoy es como si la hubiera querido diez años antes del diluvio*

y quisiera escucharle de cuerpo entero esas palabras

que en la gramática de la anatomía se dicen desnudos y acostados,

volviendo cotidiano lo imposible, desarreglando reglas

a fin de que dos puedan morir uno dentro de otro,

haciendo angosta la cópula para que la tumba ocupe poco espacio,

y no como morimos los demás, los todos que morimos solos

como si nos acostáramos largamente a masturbarnos.

 

 

 

*

 

Y como hubo un tiempo en que no había palabras

vendrá un tiempo en que no habrá palabras:

nos quedarán sólo letras de mano, fonemas de saliva

y una lenta sintaxis para ordenar los miembros

que los demás asuntos desordenan,

por ejemplo la libertad de estar por las piernas a otro encadenado

o retener entre las piernas al que podría liberarse para ir a rodar

bo-cabajo en el sueño.

Pero ¿era ya la poesía?

¿Con qué palabras -separadas del objeto que designanencajaba

la lengua del varón en sus tres quiebras

cuando la madurez del beso le condujo a otras entradas que ignoró su

inocencia?

Y en ese viaje irrenunciable, cuando se desliza o cae al bajovientre

a saludar al día,

o a preguntarle boca a boca a la otra boca como a una virgen

¿te dolió mucho? ¿te moriste?

¿pudo él haberle dicho “acostada te quiero/ horizonte te quiero/

de pie me parece que te irías”?

¿Con qué palabras (“sentí tu corazón/ único hijo/

latir abajo en el velludo territorio”)

acompañaba la mujer temerosa y sabia, con lágrimas de sonido,

el gesto final a que llegó su estatuaria

tras haber ensayado todas las acomodaciones:

los muslos ya amansados, abriéndose para dejar entrar al hombre

-bibulbo en la bivalva vulva-,

sin agua entre la quilla de los vientres

o sin aire entre vientre y grupa,

o para arponeada de semen dejar salir al hijo,

como si cóncava y litúrgica se abandonara a la ola,

desdoncellada por el mar que entonces

levantaba su voz de patriarca no aplacado?

¿Con palabras de qué lengua -sirvienta despertada antes del albasoñaban

monosílabos?

¿Y cómo se decía, si se decía, lengua en esa lengua

para significarse que ambos están atados por la lengua?

¿En qué soñaban el varón al lado de su barca junto al remero

revol-cada

y en qué la mujer junto al remo del varón adormecida?

¿Sueña él acaso cuando la lame y la ama?

(Polvo de un lenguaje que vino a dejar aquí sus restos,

ceremonia ritual de la lengua en el subterráneo sonoro de la nada,

silencio que sacrílego rompo con esta palabrería.)

 

 

 

 

*

 

Cuando ciegos o en la sombra la caricia presiente el hueso

al pasar la mano como un pañuelo que enjugara

el movimiento de rotación del hombro,

o en el acto del amor la columna acostada de la nuca al calcañar,

es posible ir encontrando el relieve absoluto

-negación duradera de lo fugaz a que nos aferramos-,

besar las costillas que ignoramos a causa de los pechos,

buscar al fondo de la sagrada convexidad de la cadera

el hueso plano, espejo donde me reconozco,

morder el fémur en donde estuvo el muslo,

tocar al fin por dentro la maquinaria humana

que trepida y no sólo la que suda,

con la misma ternura, el mismo miedo

con que en la desesperada lujuria

uno toca a la mujer, con miedo a que se desvanezca

(mujer siempre de paso),

orgulloso de haberle añadido lentitud al instinto

y, como los descubridores, vamos nombrando regiones, miembros,

diciendo: planicies, hondonadas, colinas, afluentes,

valles, montañas, lago entre dos ramales:

términos sustantivos de una fácil geografía de retórica pereza

porque no conocemos el esqueleto de la mujer sino el paisaje.

 

 

 

*

 

Arena dije y nada dije sino las cinco letras de su nombre,

nada sino sus sílabas errantes que la brisa mueve

como peces muertos un mar seco que el mar a secas le quitara a dentelladas,

y arrastrada por corrientes de viento o de agua, girando a veces como un

trompo ciego,

la arena se va del mundo, se va al mundo, la llevan y la traen

y regresa concubina a acostarse bajo el polvo,

tapa siempre mal clavada del ataúd del suelo,

y la tierra la traga haciéndola rodar a su tiniebla

donde los que se aman esperan abrazados

bajo esa gris piel ajena que un soplo desharía.

Y cuando el que sabe de estas cosas ha limpiado

con un pincel más liviano que el aliento

tierra, polvo de semen y huesos confundidos

en una sola harina turbia,

nos llevamos en recuerdo del lugar donde yace el amoroso monumento vivo,

algo tangible, por ejemplo valvas donde la arena

se acomodó a descansar anteanoche en otro siglo,

por ejemplo un puñado de esa arena.

Mejor así,

así se nos irá por entre los dedos, caerá a tierra,

volverá a irse a dónde y triste,

dejándonos nuevamente libres para perdonarnos

otra vez nuestro remordimiento.

 

 

 

 

 

*

 

El hombre dejó su palma pronta sobre la voraz tierna hendedura

como para impedir que de allí saliera el alarido

o como quien arranca un ramo de flores por el tallo,

más bien vellos que de tan acariciados

le borraron las líneas de la mano

(quiromancia superflua, infructuosa profecía al revés

porque el destino que vaticinaba -prohibido envejecer- es pasado cumplido)

y nos quedamos viendo con espanto conmovido, más bien envidia,

esa caricia fundamental,

eternamente larga,

sin intervalos de números, lágrimas, reproches, adjetivos,

de quienes no juraron amarse hasta la llegada del buitre y después del gusano

(era muy pronto todavía,

no se había degradado el lenguaje todavía

en la erosión de la torpe promesa teatral y embaucadora,

ni el vertiginoso amor se prolongaba en la boba mentira

como el sonido en el silencio),

ni le brindó uno al otro su suicidio sagradamente inútil,

sino que siguen muriendo hasta amarse de veras para siempre.

Qué ganas de empezar de nuevo, de volver a la inicial de la ternura,

diciéndonos que quizás de aquí a diez mil años

seremos tal vez otra vez inocentes,

otra vez humanos, capaces de inventar cada vez la caricia primera,

y hay ganas de convocar a las madres también para que aprendan aunque sea

a deshora

(a las nuestras, las pobres, que tuvieron solamente marido,

que se confesaban, como una culpa, haberse afiebrado por la noche con el

grito vaginal de la vecina,

aquellas a las que cónyuge y cura convencieron de que en ellas

era abertura sólo para que de allí saliera el hijo

lo que en la otra era grieta en que bebía el caminante).

Que venga pues aquí mi madre a quemar sus paños de sangre

viendo por vez primera la caricia que aun arde como zarza ritual.

 

 

 

 

 

*

 

Para hablar de la muerte me levanto temprano,

como un sordomudo al que estorba el silencio.

Para hablar, digamos, del hombre que almacena sus muertos en la tierra,

conductor de exiliados que regresan tenaces al país vertical.

Pero esta vez quién fue -justiciero colérico o asesino envidiosoel

sepulturero alcahuete de que hablan los huesólogos

(“Estimo que estas personas no recibieron la muerte en ese lugar y en esa

posición, sino más bien que sus cuerpos fueron arreglados en esa pose

evocativa después de la muerte […]. El brazo derecho del primer individuo está

extendido sobre el cuerpo del otro y una pierna está alzada sobre las del otro,

cubriéndolas.”*),

insolente escultor lascivo que concibió el vendaval de dos cuerpos

(de príncipes, sacerdotes o jefes, digo,

porque nadie les regalaría -inventándola- una cópula póstuma a los amantes

pobres).

Me levanto temprano para preguntar, por ejemplo, quién

-¿la tribu, siempre la tribu, otra vez la tribu?-

trajo las siete piedras, de dónde las hizo rodar para ponerlas

en un orden estéril, infructuoso,

puesto que no pudieron impedir que la cabeza del varón pensara en la mujer

después de muerto,

ni que el pecho de la mujer siguiera amándolo con el corazón, como se dice,

y sobre cada sexo piedra

(piedra junto a cada sexo),

castigo por el tabú ya sin candado o cerradura para que el mal, apenas

descubierto, no escape hacia afuera contagioso

(grave el mal, porque de sexo a sexo era entonces la ternura).

Que no venga acá el que nunca pudo anudarse por dentro a otro,

porque esto es santuario y oración del deseo,

no videocasete pornográfico ni escena de burdel

espiada a través de mirillas por los fornicadores los sábados de noche.

 

 

 

 

*

 

(He aquí la vejez amargamente lúcida, tristemente impasible

al paso de las ancas que en el caderamen del verano

antes podían arrastrarte deslumbrado hasta el infierno.

He aquí la vejez que se estira la vida un día cada día,

como si el cuerpo fuera el mismo de anteayer

y se mira sin compasión ni odio las bielas ya gastadas

y la carne presa en cárceles de sueño y de camisa.

A qué querer vivir sólo para sobrevivirse,

ni como obstruir las fisuras de nuestra propia estatua

trizada al trasladarla desde el paraíso donde, desnuda, duplicada,

era su orgullo someterse a los códigos carnales.

Pero la proximidad de la última grieta acogedora,

esta conciencia de precadáver, que es lo mismo,

nos hace envidiar, porque no resucitamos a tiempo,

el amor apegado a la muerte,

condecorándose uno al otro,

y ambos mereciéndose.)

 

 

 

 

*

 

Entendámonos:

vivo en un mundo de viejas con sombrero en automóviles sucesivos,

mientras al que espera el autobús a la lluvia otros empujan,

vivo cerca de un ciego que va con su perro a la carnicería,

soy tributante y ciudadano, estoy gastado

y eso se ve en la fatiga con que entran mis ojos cada día en mis zapa-tos;

vivo en una época de píldoras para dormir y adelgazar, para tranquilizarse y

morir a domicilio,

de plásticos y de pieles, de corbatas y conservas

y de una basura mundial que vaga de ola en ola en ola errante,

época en que se puede morir del corazón sin haber amado

y en que ya nadie muere amando en la literatura,

época de maridos como policías, puntuales como cobradores.

Por eso, cuando digo amor en cualquier idioma,

es como si hablara una lengua diferente

y no saben y buscan y me indican,

en la ciudad que llevan doblada en el bolsillo, para cuando se ofrezca,

dentro de un círculo rojo un banco donde hay un espectáculo obsceno

automático,

con crédito y cajero diferido.

Entonces vengo a la península como a un océano de lija

y aquí me resucita la ternura

(“Aparentemente un individuo protegía al otro, cubriéndole la cabeza con su

brazo. El otro individuo yace con la cara un poco hacia abajo y virada hacia el

primer individuo.”* )

la cabeza hasta hace poco besada, hueso de lo que fue labio y sonrisa,

la mano detenida en un gesto de pavor (¿intuición del cuchillo?)

o en camino a la caricia, ya con nostalgia

del dulce dolor irrepetible del despetalamiento.

Pero no hay peligro de que cambiemos:

los restos de lo que fueron nalgas sagradas y sacrílegas

están de nuevo sepultados bajo una basura traída por visitantes y curiosos,

y donde admiramos el antiguo monumento de hueso a la carne

hay arañas y cucarachas pegajosas de hoy arrastradas por las inundaciones,

y en torno a la tumba, en vez de sábanas,

papeles de sandwichs, botellas de cerveza, escupitajos, chicle

-es posible que pronto venga también un perro y confunda

los escombros de esta batalla de esponsales

con las restos de un festín ritual cuyos huesos

los comensales hubieran escupido al suelo-,

para que no olvidemos que esto somos y en esto nos convertiremos.

O sea que mañana volveremos a ser nosotros mismos:

otra vez ciudadanos,

contribuyentes,

pornográficos

pragmáticos,

escépticos.

Difuntos.

 

 

 

CITA:

*.- Cita sobre la colocación de los cuerpos, en Karen E. Stother, Informe

preliminar, traducción de Julio Estrada Ycaza, Guayaquil, Museo Antropológico

de la Sucursal Mayor del Banco Central, 1977, p. 18.

 

 

Datos vitales

Jorge Enrique Adoum (Ambato, 29 de junio de 1926 – Quito, 3 de julio de 2009) fue un escritor, político, ensayista y diplomático ecuatoriano. Hijo del también escritor de temas ocultistas y esotéricos Jorge Adoum (Mago Jefa), nacido en el Libano y emigrado a América Latina. Entre sus mayores y más conocidos éxitos se encuentra la novela Entre Marx y una mujer desnuda, publicada en 1976. Dicha novela fue llevada al cine en 1996 por el realizador ecuatoriano Camilo Luzuriaga. Su obra siempre ha tratado temas sociales y por ella fue nominado al Premio Cervantes. Sus estudios secundarios los realizó en el Instituto Nacional Mejía de la ciudad de Quito. Hizo sus estudios de Derecho y Filosofía en la Universidad Central del Ecuador y los terminó en la Universidad de Santiago, Chile. En esa ciudad fue, durante cerca de dos años, secretario privado de Pablo Neruda, quien aseguró alguna vez que Ecuador tenía al mejor poeta de América Latina, refiriéndose a Adoum, que entonces tenía apenas 26 años. A su regreso a Ecuador en 1948, ocupó cargos diversos en la Casa de la Cultura Ecuatoriana. En 1949 publicó su primer libro Ecuador amargo, que fue comentado por Neruda y Carlos Drummond de Andrade. En 1952, con los dos primeros volúmenes de Los cuadernos de la tierra obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Ecuador. Fue redactor cultural del “Diario del Ecuador”, de Quito, colaborador de numerosas revistas latinoamericanas de cultura y profesor de literatura en diversas instituciones. Publicó otros libros de poesía, entre ellos Notas del hijo pródigo (1953) y Relato del extranjero (1955), y uno de ensayos críticos Poesía del siglo XX, que abarca estudios sobre Paul Valery, Rainer María Rilke, César Vallejo, entre otros. En 1960 obtuvo con su Dios trajo la sombra, tercer volumen de los cuadernos de la tierra, el premio de poesía en el primer Concurso de la Casa de las Américas de la Habana. Luego publicó el cuarto volumen, El dorado y las ocupaciones nocturnas. En noviembre de 1961 fue nombrado Director Nacional de Cultura, cargo que ocupó hasta 1963, en el marco del Programa Principal de la Unesco para el conocimiento de los valores culturales de Oriente y Occidente. Viajó a Egipto, India, Japón e Israel. Luego de un golpe militar en Ecuador se instaló en París, donde fue, sucesivamente, lector de literatura en español, portugués y catalán para las ediciones Gallimard, periodista de la Radio y Televisión de Francia y traductor de la ONU y la OIT en Ginebra –donde en 1969 estrenó en francés, su obra de teatro El sol bajo las patas de los caballos, traducida a seis lenguas y representada en numerosos países de Europa y América. Volvió a París como miembro del comité de redacción del Correo de la Unesco hasta junio de 1987. En 1973 publicó en Madrid, Informe personal sobre la situación, en México, en 1976 la novela Entre Marx y una mujer desnuda –que ese año obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, otorgado por primera vez a un escritor extranjero no residente en ese país. En 1979 publica en Barcelona su libro de poesía No son todos los que están. Ese mismo año apareció una nueva obra de teatro La subida a los infiernos, publicada en alemán antes que en español. Regresó a su país en 1987. Dos años después se le concedió el Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo, la más alta recompensa cultural del gobierno ecuatoriano, por el conjunto de su obra. Otras publicaciones suyas son: Sin ambages –textos y contextos (Ensayo, 1989), El tiempo y las palabras (1992), El amor desenterrado y otros poemas (1993), una nueva novela Ciudad sin ángel (México, 1995) –que ese año fue finalista del Premio Rómulo Gallegos de Venezuela-, Los amores fugaces (Memorias imaginarias) (Quito 1998); Ecuador: Señas particulares (Quito 1998); un monumental estudio Guayasamín, el hombre, la obra, la crítica, publicado en Nuremberg en 1998 y una antología de su obra poética …ni están todos los que son (Quito 1999). En 1996 se estrenó con éxito en Ecuador la película Entre Marx y una mujer desnuda, basada en su novela homónima. En 1994 fue nombrado Profesor Honorario de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana). Posteriormente publicó De cerca y de memoria, recuerdos de lecturas, autores y lugares, recogiendo anécdotas sobre diversos escritores, pintores, políticos y otras figuras de la cultura latinoamericana. Tradujo al español la poesía de T.S. Elliot, Langston Hughes, Jacques Prévert, Yannis Ritsos, Vinícius de Moraes, Nazım Hikmet, Fernando Pessoa, Joseph Brodsky, y Seamus Heaney. En julio del 2005 fue jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en Venezuela. También, en el 2005 fue postulado al premio Cervantes, considerado como el galardón más importante para un escritor de habla hispana. Por otro lado, Adoum se desempeñó como traductor en la Unesco, en París. El viernes 3 de julio de 2009 falleció a la edad de 83 años por un paro cardiorespiratorio. Sus restos fueron enterrados junto a la tumba del artista plástico ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, en el Árbol de la Vida ubicado en la Capilla del Hombre, en Quito.

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