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CÍRCULO DE POESÍA

 

Reseña a “El jardín de las delicias” de Jorge Vázquez Ángeles

23 Jul 2010

Jorge Vázquez

Osiris Cuamatzin Guzmán reseña la novela de Jorge Vázquez Ángeles, “El jardín de las delicias”, editado en 2009 por IUS. Se trata de una hilarante novela política que parodia la tragicomedia mexicana.

 

UN ACERCAMIENTO A LA NOVELA EL JARDIN DE LAS DELICIAS DE JORGE VÁZQUEZ ÁNGELES.

 

 

“Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.”

Aldous Huxley.

 

 

Cuando el potentado presidente de la republica Alfonso Ramírez, ordena al Gordo Castillo, gobernador del Estado de México, que los sistemas Lerma y Cuztamala dejen de bombear agua a la ciudad de México, con la finalidad de sacar de la carrera por la presidencia al Jefe de Gobierno del D.F., Jorge Cortina, iniciando así la Guerra del Agua, comienza el preludio de una sonata patéticamente posible. Es México en el futuro próximo, y es factible imaginarlo. Jorge Vázquez Ángeles, el autor de la novela asombrosa, El jardín de las delicias, nos conduce a través de un viaje pasmoso que, vertiginosamente, nos dispara imágenes del ulterior entorno del país. Un país en su totalidad, deteriorado progresivamente. 

Desde este pasado, antes del Año Impronunciable, en decir, nuestro presente, la violencia estructural del Estado hacia la sociedad es un acto cotidiano. Esta sociedad, estrecha en desarrollar ideologías concretas, permite que el corpus gubernamental, la tenga sometida, facilitando su duermevela contestataria. Ya Louis Althusser, basado en Marx,  afirmaba que los individuos, representados como sujetos, subordinados por el Aparato Ideológico de Estado, crearán una ideología propia, que surge del reconocimiento de las condiciones similares en que viven otros sujetos, que nace de la lucha de clases y que dará forma a una actitud que enfrente al orden oficial. En el Jardín de las delicias esto fluye como rio por la rambla a punto del desborde. El caos que enfrentan los sujetos, es un reflejo del enmarañado sucio de las políticas de la clase gobernante. La historia, un sinsentido, advierte un nietzscheano retorno que remarca la supervivencia darwinista.

            El presidente Alfonso Ramírez representa lo siniestro, el poder apabullante del Estado, cabecilla de los agentes del mal, que busca a toda costa apoderarse del Tesoro de Moctezuma, que proviene del narcotráfico. Su talante oscuro y su dislalia irrisoria, le transforman en una fiera vil que busca nutrirse cuanto antes para seguir morando en la inmundicia del placer al que está acostumbrado.  La institución macabra que representa, recurre a la moral cotidiana de nuestros tiempos, una moral que está alejada del juicio enteramente filosófico. Compromete todo su quehacer al cumplimiento de su tarea, llevando al exterminio a gente inocente durante sus cometidos. Aliado con el ejército, encabezado por el general Gonzalo Vargas, lleva todas sus acciones a la locura sedienta de fortuna. El encadenamiento histórico preciso que condujo a esta locura que nos hace indiferentes al dolor del otro, se sustenta en la guerra de todos contra todos, generadora de bestias comprometidas a sobrevivir.  Esta explosión, fundamento de la novela, esparce violencia y pánico multitudinario, pero también crea heroísmo y santidad, dos elementos ligados a la muerte, que se encarnan en los personajes excepcionales que provienen de la clase subyugada.

            Todo aquello cuanto hace el poder, conduce a los personajes al abismo enjugado del terror. Arturo F. Segovia y León Braojos acceden al protagonismo de la mano del azar, una coincidencia que los convierte en figuras pop, de la que cualquiera puede salir para cobrarse un lugar en la historia. Los sucesos que habrán de colocarlos en el pináculo de la sociedad, no están determinados por el A.I.E., sino por la reacción ante este. Segovia es un oasis de honestidad en el desierto de la impudicia, Braojos, el clasemediero estudiante de arte, rockero frustrado que logra escapar triúnfate del brazo terminante del poder. Estos dos personajes, complejos, innegables piezas de esta humanidad ajedrecística, son el resultado de una intimidación que ataca por igual a todas las clases sociales.

            El narrador, Juan Alberto Medina, periodista, describe la aventura desde el 23 de abril del A.I., en pos de que las siguientes generaciones encuentren asidero en estas líneas y continúen con la labor de investigación (p. 270). Intelectual orgánico (Gramsci), promueve desde las páginas de La Tribuna, una labor critica, que no se deja apresar por los tentáculos del Estado. Es él quien aborda las circunstancias históricas ceñidas que hacen de la trama un nudo rígido de desavenencias políticas. En este sentido, la historia pareciera equilibrarse a favor de los intemperies, que ninguna asistencia arbitrada los guarece. Cuenta como voz omnipresente, los detalles de la confabulación, alejado de la consigna pero provocando en el lector un entendimiento puntual que absuelve a los virtuosos y castiga a los calamitosos. La ética crociana que lo embulle, advierte que no está enteramente incapacitado para elegir. Es, ante todo, el guardián de la verdad.

            La ciudad funge como un personaje moribundo que está seco, el cochambre, el hedor, la suciedad, la hacen agonizar, está podrida en medio de la podredumbre del sistema, y cargada de esta mugre, se hunde en un infierno de pestilencia insoportable, cielo gris y animas purgando entre las calles desoladas por la devastación. Hay una alegoría entre la ciudad desahuciada y la nación. ¿Cómo se llegó a todo esto?, ¿Quién lo permitió?. Mirando hacia atrás, mucho antes del A.I., las situaciones más inverosímiles eran ya habituales, las ilegalidades en todos los grados de la sociedad, el crimen organizado en su máxima expresión, las alianzas entre narcotraficantes y políticos, el deterioro de la educación pública, la inexistente seguridad social, la perversión creciente en la juventud, la desorientación administrativa, el fraude electoral, la incapacidad de las instituciones; violencia acumulada por siglos, revienta posteriormente en unas condiciones apocalípticas. Todo aquello que se entreteje en El jardín de las Delicias no parece tan ficticio, mejor aún, es un probable futuro cercano, casi palpable. Los dictados suenan comunes, las prácticas son lo acostumbrado, las dependencias son reales, los organismos, la lógica. Matanzas, new deals, interinatos, rostros iluminados por los flashes de las cámaras, sonrisas perversas, persecuciones detrás de un peculio exorbitante, asesinatos, carroña, conquistas, como antes, como siempre.

            La narrativa es fresca y familiarmente cercana, avisa en la contingencia un auguro visible. ¿Es posible tal situación?, lo es a ciencia cierta, y los mecanismos literarios que brinda el autor para que los acontecimientos sean creíbles son los de la novela policiaca y la novela negra. Alfonso Ramírez, El gordo Castillo, Gonzalo Vega y Francisco Monzón, desde lo alto del poder, buscan distintas cosas pero una sola a la vez, el poder descomunal que les dará el dinero, el comandante Arturo F. Segovia, rastrea la justicia imperecedera, León Braojos va al encuentro de Georgina La Loca, La ciudad entera espera un diluvio, los habitantes de esta, la última gota de agua que les inhiba la deshidratación; todos tienen sed, sed que les oprime el alma, ahítos de soledad.

            El jardín de las delicias, obra maestra de El Bosco es un tríptico de tres elementos, el paraíso, la lujuria y el infierno, aquí, esta floresta armoniza con El jardín de las delicias de Vázquez Ángeles y su tríptico de historias protagónicas, que después se mutan en un espectáculo de sucesos soberbiamente orgiásticos, y que inmediatamente, aterrizaran en el infierno, sometidos a un juicio por sus incontestables pecados, los excesos, que miran de frente, clavado en el muro de la incredulidad, el emblema de la justicia mas divina, que llega desde el cielo en forma de lluvia, para llevarse toda la porquería que estuvo amontonada tanto tiempo y que necesita ser llevada a lo más profundo de la Historia. En la pintura está la combinación del gran tesoro, que por avatares del destino cayó en manos de Braojos, en ella recae la exuberancia, y la codicia, la tentación inevitable, el liquido en el arenal, y todo lo que se mueva tras su asedio, será sin duda peligroso y mortal.

            Durante el desarrollo del argumento, se cuajan visiones de sensaciones extrañas, hoscas, que revisten las historias con la cultura pop, Los  protagonistas existen en la superficialidad del México diario; alegatos políticos, conciertos de rock, televisión monstruo del entretenimiento, discurso parasitario, autos aleatorios, ropa casual, corporaciones inservibles, asociaciones ilegales eficientes, mercado negro, turbas, manifestaciones, peleas callejeras, bancos extranjeros, decomisaciones, alianzas, herrumbre acumulada. El ciberespacio concurre en la novela como algo arcaicamente instituido, las claves, llaves que abren las puertas de la riqueza, son indispensables; números, códigos, hackers, acertijos. La novela está embutida de identidad nacional, el mainstream y el underground pululan en cada ocurrencia, la atmosfera es asfixiante, las pasiones son fatigosas, el deterioro ético va acompañado de un fatuo trajinar por las vías del crimen.

El pasado es solo un resquicio del futuro, la novela integra pasado y futuro en un pomposo devenir caótico, sin dirección certera, todo es incertidumbre, como en la realidad. La lucha de clases y la violencia constituida pasean por todos los pasajes, los personajes grotescos no sucumben ante la adversidad, se regeneran. Existe un morbo por tropezar con las pericias del poder, sembrado en un terreno baldío que no da frutos sino para sí mismo. La sociedad asoma en un grito, en las marchas y en los disturbios, en la corredera tras el horror que genera un helicóptero azabache planeando sobre una campiña irredenta. El asco, risa y expectación que genera la novela El jardín de las delicias, es sin duda producto del detrimento con que se mueve el México de estos días, antes del A.I., reflejado instantáneamente como en una fotografía del futuro, donde nadie nos puede afirmar que esto no pasará nunca.

La tragedia con que se refuerza es asunto de la Historia, que camina irradiando absurdos. La violencia ha hecho su nido desde el principio, la “moral de rebaño” de la que nos habla Nietzsche es su balanza, y, por si fuera poco, el tormento oneroso de errar constantemente viviendo al día y no como sugiere Goethe, echando un vistazo atrás en la Historia, es el precio que debemos pagar todos, contemplando bajo la sombra de un nopal, cómo un águila rapaz devora una inerme serpiente.

 

Vázquez Ángeles, Jorge, El jardín de las delicias. Ed. Jus, S.A. de S.V. México, 2009.

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  • Jorge Vázquez Ángeles

    A través de esta reseña se me han develado escenarios y perspectivas que como autor no hubiera imaginado. Esa es la función de las reseñas. Si El jardín de las delicias permite este tipo de análisis, me deja tranquilo que como historia no se quede en una mera anécdota o cadena de peripecias. Agradezco la seriedad de Osiris Cuamatzin Guzmán.

    saludos al Círculo de Poesía.
    con afecto
    JVA

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