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CÍRCULO DE POESÍA

 

Okigbo vs. la historia oficial, cuento de Luis Felipe Lomelí

12 Sep 2010

Luis Felipe Lomelí

En el marco de la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea, presentamos un cuento de Luis Felipe Lomelí (Guadalajara, 1975). Lomelí es Premio Nal. San Luis Potosí y Premio Latinoamericano de cuento “Edmundo Valadés.”

 

Okigbo vs. la historia oficial[1]

Por O. Richardson ‘NDajeé, S. Van Dyke SechenhayeE, C. T. A. Bally GutiérrezT y L. F. LomelíW

 

Cuando Lincoln se fue, Okigbo se sumió en las telenovelas. Terminaron las vacaciones. Y consta en su diario que daba sus clases con desgano –Mística y literatura, de Santa Teresa a W. Burroughs y Hermenéutica del instante: Bachelard sobre Saussure—y que al terminar sus obligaciones salía de la universidad y se iba directo a su casa para prender el televisor. No lo quería aceptar, confiesa en una entrada de fecha posterior, pero ya se veía venir y, por lo mismo, Okigbo se negaba a admitir que le dolía lo obvio: a Lincoln, en plena búsqueda de muchachitas, no le agradaba que lo vieran en compañía de su tío homosexual.

            Por eso las telenovelas. Estaba sensible[2].  Y las veía a pesar de que le molestaba el cargado machismo de las producciones, sus estereotipos para presentar a los pocos personajes no-heterosexuales que aparecían en los programas: el típico vecino gay que hace unos pasteles deliciosos y sale los domingos a lavar el auto en hotpans rosas. Pero el Dr. Okigbo Richardson ‘Ndajeé trataba, a según narra en su diario, de paliar el malestar imaginando historias alternativas: uno de los personajes de la teleserie ésa del Capitolio, por ejemplo, era amante del presidente y, para ocultarlo, habían inventado el escándalo de la becaria gordita y las pastillas de menta. Cosas así.

            Entonces una noche, mientras imaginaba una relación gay en la serie de Friends entre el personaje de cara de camello y el actor de teatro, Okigbo tuvo una epifanía. Se levantó del sofá y corrió al escritorio. Escribió:

            “Apuntes para una construcción social de la historia humana”

            Luego se le habrá quedado viendo al papel y tacharía aquello de “construcción social” porque, seguramente, al ser historia humana, le pareció estúpido y redundante decir que se construía socialmente. Después habrá mirado sus libros de Toynbee, de Santayana, de Howard Zinn y, por un momento, habrá tenido en su mente la imagen de toda la historia de la historiografía: desde los cantos épicos, la historia siempre escrita por los vencedores, las pretensiones cientificistas de los archivos y el marxismo, la mal llamada “historia de los vencidos” que desde el título se autoexcluye y reafirma los sesgos dominantes –eurocéntrica, machista, militar–, los intentos de estudios coloniales, la crítica feminista y, al final, las fallidas historias populares o people’s histories. Lo habrá visto todo en conjunto, como en un huequito de una escalera argentina, y se daría cuenta de que a todas les faltaba algo.

Todos los personajes de la historia siempre parecían sobrenaturales: ángeles de libertad o demonios represores. Y luego, en la versión de “los vencidos”, los otrora ángeles se convertían en demonios y viceversa, pero siempre seguían pareciendo seres del “más allá”. Faltaba algo, y no sólo entre los personajes de la historia que están por fuera de la historia –Foucault dixit—sino en todos. Y ése algo era, precisamente, lo que le sobraba a las telenovelas.

            Okigbo escribió:

            “Las relaciones amorosas son los eventos más importantes –fuera del nacimiento y la muerte—de todo individuo. Pero las relaciones amorosas, a diferencia de lo que afirmaban los fascistas de la sociobiología, no pueden predecirse ni están determinadas. Uno se enamora cuando menos se lo espera y de quien menos se lo espera –de un repartidor de pizzas, de un ponente en un congreso, de una persona que se conocía hacía diez años y de repente, sin saber por qué, un día la vemos hermosa, etcétera–. Y si el amor no está determinado y el amor es lo más importante en la vida de toda persona, de albañiles y generales, de amas de casa y ministras, entonces, dado que las personas hacen la historia, la historia no está determinada ni es predecible”.

            A Okigbo le gustó su conclusión-premisa, habrá sonreído, y se fue a dormir pensando en todo lo que haría el día siguiente. Por supuesto, sabía que no podía “comprobar” su teoría pero, a fin de cuentas, la historia no “comprueba” nada salvo uno que otro hecho específico –qué piloto iba en el avión que arrojó la bomba sobre la aldea de pastores kurdos, y cosas por el estilo—pero, en general, sólo da versiones. Así que los siguientes meses Okigbo se dio a la tarea de documentar sus versiones de varios sucesos de la historia.

            Entre los archivos que nos ha dejado el Dr. Richardson ‘Ndajeé[3] se encuentran versiones documentadas –con fotografías, cartas, grabaciones, etcétera—que arrojan una nueva luz sobre varios hechos de la historia mundial anteriormente concebidos bajo la lupa de alguna ideología dominante –racismo, capitalismo, marxismo, machismo, etcétera. Es el resultado de un trabajo de investigación minucioso y un, no menos sorprendente, catálogo de fichas psicológicas sobre los personajes. Entre ellas está, por ejemplo, una nueva interpretación sobre la muerte del Ché.

            “Es de todos conocida la homosexualidad de Ernesto: ¿quién más se va a la romántica pampa abrazado de su pareja en una moto, con sus labios sobre el cuello del amado? La historiografía machista ha tratado de ocultarlo, pero las evidencias son claras: las fotografías, los testimonios que narran el posterior encuentro de Ernesto y Fidel en una cantina[4]a la que acudían otros ilustres homosexuales mexicanos como Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer y un jovencito apellidado Monsiváis. Fidel no era comunista, pero qué fácil es cambiar de ideología por el ser amado. Y las penurias en Sierra Maestra, que sólo pueden sobrellevarse con el cariño…”

            A Okigbo le brota su vena poética por las siguientes páginas, donde agrega como argumento la invisibilidad de las “esposas” de ambos –sobre todo la de Fidel—y extrae citas de la correspondencia que sostenían los dos revolucionarios.  Al final concluye que Fidel no pudo soportar la independencia de Ernesto –sus absurdas ganas de llevar la Revolución a cualquier sitio, como Angola–. Fidel quería que estuvieran los dos ahí, en la isla, felices entre los cañaverales a lado del mar. Y cuando Ernesto volvió de África, Fidel lo recibió, no como un héroe, sino como Penélope recibió a Ulises. Sin embargo el idilio duró poco y el Dr. Richardson ‘Ndajeé explica el distanciamiento por escenas de celos. “Me voy a Bolivia”, fue la gota que derramó el vaso. Y lo abandonó. Fidel no quiso saber más de él. Después sabría que lo iban a matar, pero no hay nada peor que un hombre despechado[5].

            Consta en el diario de Okigbo, y en los registros del sistema postal de los EE.UU., que el Dr. Richardson ‘Ndajeé envió a un amigo suyo –que fuera su compañero de cuarto en la universidad—los escritos para que éste los publicara en su editorial de San Francisco, California. Ahí habla, aparte de Fidel y Ernesto, de cómo Atila cabalgó toda la estepa asiática en busca de su amado, de cómo Elcano asesinó a Magallanes después de descubrirlo con un marinero, de cómo Juana de Arco arremetió contra Orleáns porque ahí los ingleses tenían cautiva a su amada, etcétera[6]. Cabe aclarar, en honor al riguroso trabajo del Dr. Richarson ‘Ndajeé, que no todas las historias de amor son homosexuales. A pesar de que son mayoría, también narra cómo Sandino se enamoró de la hija de un almirante de la armada de los EE.UU. y que, cuando éste les impidió el matrimonio, aquél decidió levantarse en armas, o del amor de Lumumba por la esposa de un comerciante belga que desembocó en la independencia del Congo.

            Sin duda son versiones provocadoras, pero vitales para la comprensión polifónica y pluricultural de nuestro presente.

Hoy día, disminuidas las ideologías totalizadoras, cabe preguntarse si realmente aquellas ideologías fueron el llamado “motor de la historia”. Para Okigbo la respuesta es clara: no.

Más bien son constructos a posteriori para justificar los hechos de una cuadrilla dominante, constructos que cambian de una época a otra –de ahí que Juana de Arco pasara de “iluminada” a “esquizoide”, por ejemplo. En cambio, en la teoría del Dr. Richardson ‘Ndajeé, el amor siempre será algo por lo que los seres humanos seremos capaces de realizar actos sorprendentes. Ésta es la Trascendencia de las pequeñas cosas, la que está presente más allá del instinto sanguinario en las primeras épicas, de La Iliada a El cantar de ‘Antar, la que cambia la vida y, por tanto, la historia de la humanidad.[7]

 


[1] El presente texto forma parte de una compilación diseñada para dar difusión a la obra del célebre pensador estadounidense Okigbo Richardson ‘Ndajeé, quien lamentablemente desapareciera en condiciones por demás extrañas el 22 de marzo de 2009 luego de dar una conferencia en la Universidad de Iowa sobre el proyecto M.A.P.S. (proyecto que sigue avante gracias a la UNESCO). Nota del Webmaster.

[2] Suponemos, también, que el intenso interrogatorio que sufrió el Dr. Richardson ‘Ndajeé por parte de los agentes federales en días anteriores habrá influído en su estado de ánimo. N. del Editor.

[3] El plural es sólo una cuestión de estilo: los archivos y la copia de los escritos me los confió a mí un día antes de su última conferencia en la U. de Iowa, tal vez ya presentía algo y no confiaba ni en el resguardo que pudiera darles Lincoln, ni en su amiguito el editor (que a mí, personalmente, siempre me cayó mal). N. del E.

[4] En español en el original. N. del Traductor.

[5] Mucho se ha rumorado sobre la muerte del Ché en Bolivia: si estaba involucrada la CIA –como sugirió Richard Gott en su nota del 11 de octubre de 1967 publicada en Guardian-, si el propio Fidel fue quien lo traicionó… El Dr. Richardson ‘Ndajeé no toma partido, pero sí señala dos hechos constatables: 1) que Fidel fue quien pidió al Dr. Arguedas, médico boliviano que realizó la autopsia y después terminó pidiendo asilo político en México, que le enviara tanto el Diario como las manos de Ernesto y que 2) desde la primera publicación del diario en La Habana (Diario del Ché en Bolivia, Ediciones de la Revolución, La Habana, 1968), llama la atención la ausencia de alusiones a Fidel –mismas que podemos imaginar harto emotivas en el original–, así como muchas entradas del diario que se antojan inconclusas o donde el estilo cambia ostensiblemente. A partir de estos dos hechos, Okigbo se limita a imaginar a Fidel leyendo por primera vez el diario de su amado, ¿le habrían temblado los dedos al abrirlo?, ¿habrá buscado algo en particular?; y al momento en que Fidel recibió las manos: “¿brillarían sus ojos como los cometas, empapados de lágrimas, mientras abría la caja?¿habría hablado con ellas, entre el barullo de los insectos sobre los cocotales, como si hablara con Ernesto?” N. del E.

[6] En todas éstas desmonta o deconstruye las versiones fuertemente ideologizadas de sus predecesores: Atila no era un bárbaro sanguinario como trata de mostrarlo la historiografía racista eurocéntrica, Elcano falsificó los documentos que dicen que a Magallanes lo mataron los nativos de Filipinas y, por supuesto, Juana de Arco no “oía voces celestiales” ni era “esquizofrénica”. N. del E.

[7]  A la fecha de esta publicación, no tenemos certeza de por qué su amigo editor –de quien omitimos su nombre por obvias razones—no quiso publicar los trabajos. Incluso hay dudas de que efectivamente tuviera una editorial. Cuando hablé con él hace unos meses, porque el Dr. Van Dyke se negó rotundamente a hacerlo, el supuesto editor me dijo: “de Okie no quiero hablar, no quiero volver a saber nada de ese señor”. N. del T.

 

Datos vitales

Luis Felipe Lomelí (Guadalajara, 1975). Escritor y doctor en ciencia y cultura. Premio Nacional de Literatura de Bellas Artes “San Luis Potosí” 2001 y Premio Latinoamericano de cuento “Edmundo Valadés” 2004. Ha publicado los libros de cuento Todos santos de California (Tusquets-Conaculta-Inba, 2002) y Ella sigue de viaje (Tusquets, 2005); la novela Cuaderno de flores (Tusquets, 2007) y el ensayo divulgativo El ambientalismo (Nostra, 2009). Ha publicado en diversas revistas, periódicos y antologías de México y el extranjero.

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