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CÍRCULO DE POESÍA

 

3 cuentos de José Sánchez Carbó

21 Oct 2010

José Sánchez Carbó A continuación presentamos tres cuentos breves de José Sánchez Carbó (DF, 1970) es doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros de cuentos El maldito amor de mi abuelita (2000 y 2003), En realidad no es una historia de amor (2005) y La reunión de los patéticos (2010).

 

 

Imborrable

 

Faustino, mi vecino comercial, se suicidó. Su mamá piensa que por cuestiones económicas; sus pocos amigos por culpa de su mamá; el sacerdote por una posesión demoniaca y la policía por fanatismo religioso. Su lamentable vida justificaría tales hipótesis. Yo pienso que fue por su relación, vertiginosa y etérea, con una mujer famosa. Resulta improbable pero cierto. Sus ojos me lo dijeron.

Un día estábamos mirando, desde el umbral de nuestros respectivos negocios, el alboroto provocado por la alfombra roja del teatro de enfrente. Faustino se volvió hacia mí y dijo: “Esa es la mujer de mis sueños”. Claro que lo sé, pensé, como la de muchos otros. Se refería a la actriz de moda que desea llegar virgen al matrimonio: inalcanzable belleza telenovelera de verbo recatado y ropa indiscreta, una seductora de vitrina que anualmente le canta a la virgen de Guadalupe. En cambio, mi mujer de ensueño trabaja en un prostíbulo. Le gusta la cera caliente, las pinzas en los pezones, la ropa de cuero y el heavy metal. Sin embargo le dije: “Faustino cruza la calle para estar junto a ella. Voltea el letrero y ve”. Como autómata cerró la puerta de su iglesia seglar, un negocio de artículos religiosos. En un rectángulo de plástico podía verse la palabra “Cerrado”, cargada por dos querubines. Antes de cruzar la calle me advirtió que no le fuera a decir nada a su mamá. Yo no la trataba, si acaso la había saludado pocas veces cuando venía a supervisar a su “niño”, un solterón próximo a la media centena de años. Por un momento me dieron ganas de llamarle por teléfono a la señora para contarle el atrevimiento de su hijo pero creí que precisamente eso era lo que quería: un pretexto para darse media vuelta y regresar a sacudir veladoras. Así que desistí, quería ayudarlo a vencer su eterna cobardía.

Faustino, como dije, vendía artículos religiosos y yo discos. Hace treinta años se había hecho cargo del negocio. Quería estudiar derecho pero su madre se lo impidió. “Ese mundo de masones corruptos no es para ti”. Además, le recordó que ya era tiempo de hacerse cargo del patrimonio de la familia. Sí, familia, decía familia cuando hablaba de ella y Faustino. La anciana necesitaba ayuda. Apeló a su longeva debilidad. Estaba cansada y no podía darse abasto para atender a los “feligreses” que abarrotaban su “santuario”, sobre todo, los días “santos”, “guadalupanos” y “navideños”. El servicio-negocio de la fe era agotador. El chantaje funcionó y a Faustino no le quedó más que cumplir el mandato de su santa madre. Lejos de sembrar su juventud con sueños irrealizables, con resignada dedicación administró la tradición familiar.

Por mi parte, decidí instalar mi tienda junto a la suya, por la ubicación y la renta accesible pero, sobre todo, para aprovechar el nombre del negocio de Faustino: “777 Artículos Religiosos”, llamado así por corresponderle justamente ese número a su local y por las obvias connotaciones. Para sacarle provecho a su ingeniosa idea le puse a mi tienda “666 Records”. La estrategia publicitaria funcionó. En varios medios impresos publicaron la foto de ambas fachadas, algunas agregando pies de fotos como “Cielo e infierno” y “Convivencia sagrada”. Por esta razón, Faustino me maldijo con la mirada varias veces cuando nos encontrábamos en las mañanas abriendo el local o barriendo la banqueta. Su madre no se conformó con las expresiones de su hijo. Ella fue más allá, así que inspirada en la divina trinidad y las cruzadas movilizó a una ociosa y beligerante feligresía para cerrar mi negocio. Varias veces me aventaron huevos y amenazaron de muerte. Después un séquito de roqueros e intelectuales liberales, que no necesitó guía, llegó con pancartas y groserías para demandar respeto por la libertad de expresión. Faustino y yo nos reímos; desde entonces nos hicimos amigos. 

Parado sobre la banqueta me confesó: “Quiero invitarla a tomar un café, ¿aceptaría? ¿Te imaginas si acepta? Voy a ser la envidia del país”. Guardé mi sermón y sincera opinión para otro momento, en su lugar le animé: “Por qué no habría de hacerlo, pregúntale”. Faustino necesitaba estímulos, siempre actuaba como perro traumado escondiendo la cola entre las patas. De pequeño había perdido a su padre. Creo que los abandonó. Tal vez fue un curita que rompió el celibato. No lo sé, hablaba poco del tema. Hace dos décadas se había casado pero al año mandó a su esposa a comprar unas veladoras eléctricas para el negocio y nunca regresó. Imagino que la pobre no quería compartir la casa con la suegra ni mucho menos consumir su vida en una tienda de artículos religiosos. Esperó quince años a su mujer y a las veladoras. Faustino me dijo que entonces sufrió mucho. Cinco años después llegué con un arsenal de blasfemias musicales. Al principio temió tal vecindad pero con el tiempo me convertí en su mejor confidente. Aunque nunca se le quitó la idea de que adoraba al diablo como lo demuestra con sus últimas palabras.

“Saldremos por fin juntos”, dijo con una seguridad envidiable, “Dios mío, ayúdame. No quiero quedarme a vestir santos”, agregó mirando las nubes. La ilusión y la fe en Dios le permitieron cruzar la calle con determinación, con tanta que no miró el coche que frenó violentamente para no embestirlo. “¡Iniciaré una nueva vida dedicada a ella!”,  gritó sin percatarse de las civilizadas recomendaciones del conductor: “¡Hijo de tu puta madre, fíjate!”.

Para entonces yo estaba francamente confundido entre entretenido, sorprendido y medianamente asustado. Sus propósitos eran desmesurados pero sentí la obligación de seguir animándolo. Quizá Dios, quizá el diablo, quizá la mala leche o el aburrimiento dictaron mis ganas de apoyarlo.

            Mientras cruzaba la calle, el devoto amante de la celebridad aceleró el paso. Empujó a curiosos transeúntes para abrir un camino imposible. Avanzó y como Moisés al mar rojo, Faustino abrió una brecha entre la amorfa muchedumbre de seguidores. Muy cerca de la actriz, tropezó violentamente con su ejército egipcio: un hombre de traje negro, dos metros de altura e intimidantes gafas oscuras. El diabólico sujeto del poder le impidió aproximarse a la divinidad para invitarla a tomar un café. “Quítate”, le ordenó. Faustino insistió y frenético gritó el nombre de la diva tan fuerte como pudo. Ésta sorprendida por tan categórico llamado fue hacia él, bajó la escalinata del teatro y lo saludó de mano. Cuando Faustino soltó su mano, la mujer se alejó. Desde la parte alta de la escalera saludó, mandó besos para todos lados, sonrió para los flashes y se introdujo a su templo espectacular.  

            Cuando Faustino regresó lo vi más viejo y demacrado, su cuerpo se había encorvado. Dijo que había visto una triste realidad. No me dijo cuál pero debió ser muy triste. Sus ojos revelaron una funesta historia. Su voz desolada musitó un adiós que hasta ahora comprendo como definitivo. 

En sus ojos vi que después de tomar el café ella aceptaba ser su novia. Mensualmente le compraba flores y caminaba agarrado de su mano. Faustino miraba su cuerpo con un suspiro, acariciaba su piel con el corazón y grababa cada rincón de su cuerpo en la mente. Era feliz. Con el tiempo aceptaba ser su esposa. Organizaban una fiesta inolvidable: enorme carpa blanca, pasto verde, manteles largos, centros de mesa, música en vivo, bebidas de lujo y menú exquisito. Su vida se resumía en disfrutar reuniones con sofisticados directores, actores, pintores, escritores, empresarios y políticos. Risas, chistes, habanos, coñac y comida exótica. Al poco tiempo su princesa empezaba a cansarse de la mediocre personalidad de Faustino. Ella empezaba a llegar tarde a casa. La panza de Faustino crecía dos tallas y su cabello se tornaba gris. Ella empezaba a odiarlo. Desayunaban en silencio, hablaban sólo para informarse sobre pagos pendientes. Ella quería divorciarse. La mujer de sus sueños entonces era un recuerdo, una bella anécdota. Ella tenía un amante. Un día salía de la casa, cansada de Faustino con un portazo firmaba el fin que resonaría por años. Ella lo olvidaba pronto. Él, en cambio, siempre la recordaba cada día más borracho. Sin ella la vida no tenía sentido. Finalmente se suicidaba. Ella no asistía al funeral. Esa posibilidad lo aterró.

No le di ninguna importancia al asunto. Creí que era una jugarreta de mi calenturienta imaginación, de la música y de los excesos en los reventones.

Al otro día llegó borracho. Traía una bolsa con cervezas. Me invitó a  tomar con él y como me negué me dijo cobarde. Prendió un cigarro. Se ahogaba con cada bocanada. Nunca había fumado. Entró a mi negocio para romper los pósters, las fotos de revistas y los discos de su venerada actriz, que ahí escondía de su mamá. Luego me regaló una caja de veladoras. “Úsalas para ambientar tus misas negras”, dijo. Salió tambaleándose y se encerró en su negocio. En la noche, después de hacer corte de caja lo busqué para ver cómo estaba. Nunca abrió.

En la mañana varios policías estaban afuera de su negocio. Me interrogaron y les dije lo que había pasado y visto en sus ojos pero nadie me creyó. Un comandante me dijo: “Ya no fumes tanta mota”. 

El cuerpo de Faustino lo habían encontrado tendido en el piso. Estaba cubierto con un taparrabos, se había puesto una corona de espinas de plástico, sus brazos estaban extendidos y la pierna derecha montada sobre la izquierda. “Como santo Cristo”, precisó el comandante. Se había cortado las venas y dejado un recado: “Absurdos sueños cavaron mi vacío sentimental. Lo imborrable es filo de navaja que corta mis venas. Mi sangre revelará mi abismal desdicha. No se culpe a nadie, ni siquiera a mi satánico vecino.”

                                                                                                                                            

 

 

Edipo El Predicador

 

La Resurrección es una cantina llena de anécdotas silenciosas. Me gusta porque está llena de gente comprensiva, pacífica. Entramos exclusivamente a tomar y no a escuchar estupideces de ebrios tales como aventuras sexuales, interminables discusiones o absurdas quejas. Llegas, te sientas en la barra y le pides a Raúl lo que más te apetece. Por eso nos sentimos felices, a gusto.

            La consideramos un monasterio. En silencio cada quien levanta su copa para beberse su conversación. Nuestras tonterías caen al estómago, después se almacenan en la vejiga y finalmente las depositamos en la coladera que está en la parte inferior de la barra. La Resurrección tiene sus encantos y éste es uno. No caminamos para ir al baño constantemente. Esta idea genial de Raúl tiene su razón. Si vas al baño se te ocurren “interesantes” ideas las cuales inmediatamente quieres comunicar. Por eso Raúl instaló el mingitorio justo debajo de donde bebes. Es un gran canal. Sólo te paras del banco, bajas la bragueta y le dices adiós a las palabras. Aquí no hay un letrero de “baño” sino uno que dice “Desagüe para la intrascendente palabra etílica”. Es una bendición.

            El silencio no es una regla escrita; es un secreto a voces. No dice en la entrada: “No se puede hablar en este lugar”, “Prohibido hablar”, “Cualquier palabra puede ser utilizada en su contra” o “Todo aquel que hable será consignado a las autoridades correspondientes”. Los clientes consideramos el silencio como nuestra paz. Sin embargo, en ocasiones entran tipos queriendo romper la armonía de La Resurrección. Hablan, blasfeman, gritan, retan, toman poco y se retiran. De ellos, el más recordado es Edipo.

             Edipo era un ciego, fanático religioso, profeta del Apocalipsis y sus revelaciones. Un visionario, según él. Tenía una frondosa barba llena de pelos negros y chinos, como vello púbico. Cuando entraba era imposible detener su sermón. Al principio fue difícil soportarlo pero con el tiempo llegamos a tolerarlo porque al terminar su reflexión se sentaba y bebía en silencio como todos los demás. Es lo poco que conocí de su vida.

            Edipo, un día entró y se paró, como siempre, justo en medio de la cantina. Todos esperamos una predicción más. Pero se quedó callado. Sólo se acomodó sus gafas oscuras con la punta de su bastón. Con la mano izquierda cargaba una garrafa. José uno de los parroquianos más jóvenes me miró y levantó las cejas tratando de averiguar algo, a punto de abrir la boca. Sólo levanté los hombros, también estaba a la expectativa.

En un momento determinado tuvimos curiosidad de preguntarle qué le pasaba porque enseguida uno por uno nos bajamos el cierre y depositamos nuestras dudas líquidas en el canal. Valerosamente nos rehusamos a hablar.

            —Hoy asesiné a mi madre —se animó a decir pero nadie le hizo caso— ¡Hoy asesiné a mí madre! —gritó.

            Agarramos nuestros vasos y bebimos todo de un trago. Raúl le sirvió una cerveza y se la puso en el suelo frente a él.

            —No lo pude evitar —le dijo a nadie, al viento, lloriqueando—, se creía una santa, una virgen. Ayer en la noche escuché a una señora, una enviada. Dijo que estamos cerca del juicio final, del fin de nuestros días. Hay señales suficientes. Los mensajeros del mal están entre nosotros provocando guerras, transmitiendo epidemias, asesinando inocentes, engendrando hijos bastardos, es la depravación como en la mítica Sodoma y Gamorra…

            —Gomorra —le corregí imprudentemente.

            —… nuevos anticristos van a aparecer como hijos de Dios nuestro señor. Las santas nos engañarán con falsos milagros, nuevas deidades se presentarán ante nosotros tocando las trompetas del cielo. “El final está cerca” repitió una y otra vez la señora. Los escépticos cometen un grave error. La Profecía está escrita en el Pentateuco, en los Cinco Libros de Moisés. Lo han legado Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel y Juan. El sol se tornará negro y la luna será sangre, las estrellas se caerán. El anticristo reinará al final de los tiempos…

            Hizo un dramático silencio. Respiró profundamente y siguió:

—¡Juro por mi madre que el anticristo estaba en mi casa! Luché contra él, no en contra de mi madre. La policía no lo entenderá.

Tanteando con el bastón encontró el vaso de cerveza. Se agachó y tomó el líquido. Estuve a punto de aplaudir. Pero luego abrió la garrafa y empezó a vaciarse gasolina sobre su cuerpo. Exigió un encendedor. Antes de dárselo prendí un cigarro. Lo agarró y se incendió. Ardió sin moverse, sin quejarse. Fiel a las costumbres de La Resurrección no abrió la boca ni siquiera para quejarse, había hablado lo suficiente. Su barba se enchinó más. Los lentes se fundieron en su rostro. Dejó un terrible olor. José me miró y yo sólo levanté los hombros. Nadie quiso comentar algo sobre el incidente.

Vimos en el bonzo un sacrificio para la purificación de la raza humana. Desde entonces se han parado en La Resurrección cientos de curiosos para conocer un poco más de Edipo El Predicador. Pero ninguno de los testigos hemos dicho palabra alguna. Una noche entró una señora, quien dijo ser su madre, para exigirnos una explicación. Raúl sólo le sirvió un trago y todos nos bajamos la bragueta. La señora aterrada al ver nuestra sincronía, salió corriendo sin decir una palabra más.

 

 

 

El maldito amor de mi abuelita

 

Mi abuela es una señora gorda, de piel arrugada y con manchas. Siempre está sentada sobre la mecedora, abrigada con un vetusto sarape. Mañana, tarde y noche. Parece una pintura. Casi no se mueve salvo en ocasiones muy especiales. No lee, no escucha música, sólo permanece contemplativa, tal vez imaginando las terribles historias en las cuales siempre soy el personaje antagónico. El malvado y estúpido coyote, el lobo que nunca logra comerse a la abuelita incólume.

—Hola hijito, ¿por qué llegas tan tarde? —pregunta sin cesar con su débil y pastosa voz, sin importar la hora.

            Cuando me despierto temprano para ir al baño, ella sentada sobre su mecedora no sabe preguntar otra cosa. Tal vez no duerme porque siempre está pendiente de mis movimientos: qué hago, a qué hora salgo y a qué hora entro. Tiene cuatro años de vivir conmigo y el mismo tiempo de pedir primero la pastilla roja, después la verde y, por último, la rosa para contrarrestar los efectos de las dos anteriores. Con un vaso de agua las pequeñas píldoras caen en su estropeado estómago y luego recorren los intestinos para efervescer. Imagino que así es. Sus tripas ya no sirven, sólo son un gaseoducto. Con cualquier movimiento el alma de las pastillas sale constantemente, sin control. Se levanta y sale, se sienta y sale, se acomoda y sale. No tiene remedio. Para dejar de hacerlo, dice, le tienen que cambiar los intestinos. Tan sencillo como cambiarle el sistema de escape a un auto. Ya no habla con el geriatra, simplemente se autorreceta y diagnostica. Su aparato digestivo parece la cañería de una vieja vecindad. Su problema es incontrolable pero puede soportarse. 

                Mi mayor temor nace cuando abre su maliciosa boca para contarle a las visitas, mis invitados, lo más vil de mí. Inventa historias escalofriantes. Las convence de que soy el nieto salvaje que sólo quiere matar a su débil abuela para apoderarse de una herencia inexistente. Cualquier persona si escucha la palabra herencia imagina una riqueza, sobre todo, cuando viene de una casi centenaria viejecita. Lo único que voy a recibir es una mecedora y un sarape. Tiene un contradictorio odio hacia mí. Igual al de la mayoría de las mujeres de edad avanzada que se quedan a vivir con el simple obrero de su nieto porque no tienen a nadie que las cuide; además detestan los asilos y los domingos de danzón para la tercera edad. Se queja con las visitas cada vez que tiene oportunidad. “Malvado” tiene una carga muy negativa y oír esto de una viejecita es grave. La gente cree en su farsa. No se imaginan cuan mentirosa es y sólo lo hace para llamar la atención.

            Muchos ya no me hablan. En la empresa donde trabajo mis compañeros rumoran que la golpeo. En tres o cuatro ocasiones la policía ha llegado a la casa; explican que una fuente anónima les llamó para informarles que cacheteo a la indefensa y los gritos de dolor despiertan a los vecinos. Por si fuera poco, la señora se queja constantemente de que no le doy de comer. Gracias a las fuentes anónimas una vez fui a dormir a los separos de la procuraduría de justicia. En la mañana muy temprano, llegó mi abuela arrastrando su osteoporosis para pagar la fianza con los ahorros que guardo en una lata vacía de chocolate en polvo “Mi abuelita”. Por supuesto, los policías no la entienden. Hasta cierto punto yo tampoco. Qué dulce, la abuela pagó pero no movió su dentadura postiza para evitar los cargos en mi contra. Estoy fichado.

            Es la palabra de una tierna viejecita contra la de un obrero. Es el sentimiento contra la lógica. Es la imagen del chocolate “Mi abuelita” contra la del macho mexicano. Provocó que los policías me amenazaran de muerte. Por favor, si sólo es el juego senil de una señora que exige toda mi atención y no puedo dársela porque trabajo nueve horas al día y atiendo a una novia cuatro horas los fines de semana. Todo lo demás se lo dedico. Veo junto a ella las telenovelas y se las explico porque olvida la trama. Le doy masajes con agua tibia salada a sus pies. Preparo sus papillas con verduras y consomé de pollo. Le ayudo a bañar, a vestir… todo mi tiempo libre. Y ella cómo paga, mintiéndole a la policía:

— Qué bueno que llegaron señores, mi nieto ya está harto de mí, me trata muy mal. A veces no me da de comer por días. Ay Dios mío, no sé por qué me trata así. Yo siempre he sido muy buena con él. Yo lo eduqué. Yo no sé más que quererlo. ¿Saben?, cuando llegan sus amigos me encierra en el clóset y hasta lo cierra con llave. Me deja salir hasta el otro día para que le prepare la comida. No saben cómo sufro. Pero por favor no lo maltraten, se los pido, comprendan que aunque es un malvado sigue siendo mi nieto, el único.

Antes de esposarme los policías me retaron. Me preguntaron si podía ser igual de “cabrón” con un hombre. Traté de explicarles la mentira, pero no me dieron oportunidad. Inmediatamente me dieron un golpe en la mandíbula y otro en el estómago, me doblé hasta caer de rodillas. Así los tres policías, siempre van tres, me patearon.

—Es mentira, oficial. No es la primera vez que vienen, todo es un malentendido… —le expliqué escupiendo sangre.

—Hasta cínico me saliste —dijo el oficial y enseguida su bota negra se encajó en mi estómago. Me levantaron entre los tres y esposado me introdujeron en la patrulla frente a todos los vecinos. En el camino se la pasaron gritándome y pegándome.

—Pegarle a tu abuelita, hijo de la chingada, qué poco hombre —dijo el policía sentado a mi lado.

En la mañana, después de otra sesión de ablandamiento corporal, se acercó el custodio a la reja del pequeño cuarto lleno de borrachos y maleantes para avisarme que estaba libre.

—Alguien pagó su fianza. Puede salir —agregó seco.

            No me regresaron el cinturón, ni las agujetas de los zapatos. En mi cartera sólo traía mi credencial del seguro social. No tenía un peso. Caminé más de 50 calles para llegar a mi casa para encontrarme con esa gorda de piel arrugada y con manchas, sentada en la mecedora cubierta con su viejo sarape y que sólo reprocha:

—¿Por qué llegas tan tarde hijo? —con una voz tan frágil y llena de amor que me hace derramar lágrimas. Así es mi abuelita.

 

 

 

Datos vitales

José Sánchez Carbó (DF, 1970) es doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros de cuentos El maldito amor de mi abuelita (2000 y 2003), En realidad no es una historia de amor (2005) y La reunión de los patéticos (2010). Ha colaborado en diversas revistas y suplementos literarios. Becario del FONCA-Secretaría de Cultura de Puebla (2002) y del CONACYT para estudios de doctorado en el extranjero (2004-2008). Premio Universitario de Literatura por el cuento “Epílogo” (2003). Sus textos han sido publicados en varias antologías de cuento y crítica literaria. Actualmente coordina la licenciatura en Literatura y Filosofía y la maestría en Letras Iberoamericanas en la Universidad Iberoamericana Puebla.

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