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CÍRCULO DE POESÍA

 

Mar y Cielo en Color Gris, noveleta de Rolando H. Alducin

17 Oct 2010

Rolando H. Alducin

A continuación presentamos una noveleta de Rolando H. Alducin (Puebla, 1977). Estudió la Maestría en Sociología en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha publicado ensayos sociológicos en la Revista Sociedad Latinoamericana. Esta es su primera noveleta.

 

 

 

“… al menos seré partícipe de mi propia muerte…”

Para Ramiro Guillén Tapia, líder agrario, dirigente campesino.

 

 

El comandante Samir llegó a lo más alto de la montaña esperando ver algún grupo de personas, o por lo menos una sola. Jamás pudo pensar que la revuelta llegaría tan lejos y que saldría por fin de todo control. En su interior siempre se había movido un sentimiento de destrucción que lo llamaba a la muerte, sobre todo por el odio acumulado de años y por tener el corazón que le había tocado tener, pero nunca pudo imaginar hasta dónde lo llevaría ese sentimiento obsesivo por destruir. Cuando la oportunidad llegó no pudo negarse, lo que más anhelaba era ver al mundo arder… pero ahora, el comandante Samir subía hasta lo más alto de aquella montaña del norte irlandés lleno de pesar, mirando la devastación y la soledad del planeta, esperando poder ver a otra persona, la que fuera, no importaba quién.

 

         Al llegar a la cima contempló el ocaso grisáceo en el horizonte, carente de color y gracia, que lograba oprimir su antes duro corazón. Se quedó ahí un par de horas mirando atentamente a todos lados esperando poder ver algún tipo de movimiento; la guerra y la peste, pensó, habían tal vez acabado ya con todo el mundo humano. Asustado por esa revelación, se arrepintió de todos sus actos, nada podía justificar tanta devastación y soledad. Luego empezó a bajar la montaña con lentitud, no quería fatigarse; el agua de su filtrador, que purificaba casi todo tipo de agua sucia, estaba por agotarse y no estaba en condiciones de desperdiciar el más mínimo esfuerzo ni la más mínima energía. En su pronta huída de la peste, Samir se había embarcado solo desde el Reino Unido hasta la fría isla irlandesa, en la cual esperaba encontrar gente para partir juntos todavía más lejos, hasta Islandia, lugar en el que creía que el frío y la lejanía podrían haber sido un bloqueo que no dejaría pasar a la muerte.

 

          Al bajar de la montaña, el comandante Samir sacó una rata de su vieja mochila, la destripó, le atravesó una vara y la puso al fuego. Esa era su comida. Por fortuna las ratas no escaseaban, fueron sobrevivientes junto con otras alimañas y se adaptaron con celeridad al nuevo orden y le servían al solitario Samir para no morir de hambre. A pesar de la obligada habituación no dejaba de molestarle tener que hacer las cosas más elementales, como comer, prender fuego, beber y hasta dormir de la manera más rudimentaria y difícil, casi como cavernícola; Samir pensaba que efectivamente había regresado a la edad de piedra, y lo lamentaba por las personas que no tenían la más mínima preparación para un acontecimiento así, personas que a diferencia de él no tenían qué comer ni qué beber, personas acostumbradas a la modernidad y sus comodidades que seguramente morirían de inanición y cosas peores, cosas lentas, cosas dolorosas. Apesadumbrado, se preguntaba constantemente si habría más seres humanos caminando por ahí, en lugares en los que su inaccesibilidad los hubiera protegido del desastre, seres que seguramente estarían haciendo lo mismo que él en ese mismo instante para sobrevivir, deseando también saber que otros seres humanos existían; deseaba encontrar a alguien y llevarlo consigo a la seguridad de la lejanía, planeaba llegar a lo más lejano de Groenlandia y perderse en su inmensidad.

 

Tan desesperado como estaba, Samir no podía escuchar que esos hielos eternos que tanto anhelaba se derretían ya, víctimas del sobrecalentamiento terráqueo ocasionado por las nuevas armas de destrucción masiva que los árabes le habían entregado a los japoneses y sus aliados de raza para vengar una ira acallada por decenios que nació el mismo día en que Hiroshima y Nagasaki murieron, venganza realizada a la que el primer ofensor reaccionó con peor furia que la primera. Ese ir y venir de odios y venganzas acabaron por destruir el campo mismo de las batallas, las venganzas y los odios. El comandante Samir, entre otras muchas cosas, había participado en la transportación, el desembarque y la detonación de varias de esas armas. Ahora, el hielo se derretía y no había nadie que lo acompañara en su dolor, nadie que lo protegiera, su mismo Dios estaba ya muy lejos, dormido, cansado o indiferente mientras su casa en el desierto también se desmoronaba.

 

         Ya de mañana, se levantó y salió de su agujero, dobló los harapos que lo protegían del frío y se dispuso a continuar con su misión de búsqueda. Al empezar a caminar decidió ir por la zona rocosa, que aunque más difícil seguramente tendría acumulaciones de agua sucia que su filtrador pudiera tratar, su sed ya empezaba a serle desesperante y en su pequeño aparato ya sólo quedaban unas cuantas gotas suficientes apenas para remojarse la lengua. A lo lejos, lo verdoso de los pocos árboles que quedaban era una simple ilusión, ya de cerca sólo eran troncos pálidos y resecos cuya última vida era consumida con celeridad por todo tipo de animalillos de la tierra que seguramente pronto pasarían a ser parte de su dieta. Tras tres horas de caminar bajo un sol que cada día se ponía más agresivo, consumió sus últimas gotas de agua y lamentó la estupidez de no llevar reservas de agua sucia del mar, su filtrador había demostrado su eficacia con el agua contaminada del mar agonizante. Ya no había tiempo para regresar, siguió caminando. Al bajar por una ladera, recobró el aliento cuando contempló un pequeño charco rodeado por un grupo de hormigas, inmediatamente las alejó y con paciencia recolectó el agua; ya dentro de su aparato el líquido contaminado necesitaba un par de horas para poder ser consumible, entonces Samir puso su bebida a la sombra de un tronco y trató de conservar la calma, en una situación tan desesperante lo menos que se puede hacer es caer en pánico y nublarse del pensamiento. Al menos eso siempre creyó.

 

En la espera por calmar su sed cayó en el letargo y la divagación, a su mente vino el momento aquel en el que él mismo había convencido al presidente egipcio Horemheb de unirse al Oriente Unido para cercar y destruir por fin a Israel, país infiel y agresivo que era una posición estratégica del poder estadounidense en el medio oriente; Turquía, Irak y Arabia Saudita necesitaron de todo su poder y convicción para derrotar a ese país armado con el apoyo norteamericano, y para hacerlo tuvieron que prescindir de sus mejores armas, pues el objetivo era mucho más grande que la simple derrota de un país subordinado, por más odiado que éste fuera. Kuwait había logrado emanciparse de los Estados Unidos dentro de la primera revuelta, siendo a partir de ese momento uno de los principales financiadores del movimiento global, su poderío económico basado en su poder petrolero fue de inapreciable valor. A Estados Unidos no le interesó demasiado perder a Israel, lo consideró una baja mínima y no reaccionó con la suficiente responsabilidad, ignoraba que ese movimiento era sólo el principio de un ataque más grande; poco tiempo después un sinnúmero de ataques suicidas con aviones secuestrados bombardearon las principales ciudades norteamericanas al mismo tiempo que Inglaterra era devastada por una arma de destrucción masiva. El comandante Samir participó directamente en la derrota de Israel y en los ataques a los norteamericanos, empresas en las que debió morir, pues siempre estuvo al frente para inspirar a sus subordinados. Samir era un líder nato, pero un líder ahora solitario y asustado, deseoso de huir de la realidad que él mismo había contribuido a crear; por más lejos que llegara en su huída, nunca podría deshacerse de sí mismo.

 

         Samir despertó, sin sentirlo se había quedado dormido más de las dos horas que necesitaba el agua para purificarse, inmediatamente buscó su filtrador y lo abrazó con desesperanza, dio un par de enormes sorbos con los cuales acabó con la mitad del líquido y guardó la otra mitad para el camino de regreso, había decidido volver a su barco oxidado y rodear la isla irlandesa en búsqueda de sobrevivientes. El camino a la playa lo recorrió con tristeza, las ilusiones de encontrarse con alguien se iban diluyendo poco a poco a cada paso en su presurosa huida. Al ver su triste barco anclado en el sucio mar ansió subirse en él para protegerse del cruel entorno, deseó poder llamar a esa chatarra “hogar”, quería que esa palabra le hiciera sentir protección. Entonces corrió hacia el oxidado mueble huyendo de sus propios pasos, de sus propios pensamientos que lo atormentaban y no le dejaban un solo instante en paz; quiso llorar, pero un hombre de su calibre pocas veces puede permitirse tal muestra de debilidad, creía que un acto como ese le significaría el fin, pues iría totalmente en contra de sí mismo, de sus convicciones y su realidad toda, así que decidió una vez más soportar el peso sin dejarlo salir, estaba convencido de que era lo mejor para él. Respiró profundamente tratando de calmarse y visualizó su viaje alrededor de la isla, las ratas en las galeras del barco eran abundantes y el agua no le faltaría gracias a su filtrador, por lo único que tendría que preocuparse sería por el frío nocturno y porque las ratas no comenzaran a escasear, ya que estaba siendo testigo de la nueva actividad canibalezca de aquellas ante la falta de alimento, le aturdía la idea de tener que competir contra las ratas para poder comer ratas.

 

Rodear la isla sería una tarea sencilla, las aguas cercanas a tierra firme eran calmadas si no se encontraba cerca algún huracán, y en caso de que se encontrara alguno podría desembarcar y buscar refugio; el agua, a pesar de estar contaminada, era abundante y su filtrador muy eficiente en su tratamiento, pero le atemorizaba la idea de que éste se descompusiera por alguna razón, esa sería una catástrofe que pondría en riesgo su endeble existencia. El agua del mar estaba prácticamente muerta, pero todavía se levantaba furiosa arrastrada por los tifones más poderosos que jamás se habían visto, sin embargo estaba dispuesto a llegar lo más al norte posible, la muerte no le asustaba, ni las más terroríficas condiciones en las que puede llegar, lo que le asustaba era la idea de tener que morir sin la más mínima posibilidad de defenderse; si viajaba solo no podría atender los diversos comandos del barco, el viaje era largo y la posibilidad de no encontrar un solo huracán en el camino era prácticamente una fantasía… pero lo haría, aun solo se adentraría en el mar y lucharía con todas sus fuerzas contra la naturaleza herida y violenta que parecía querer acabar por fin con todos aquellos que tuvieran un vestigio de ser humanos, vengando en su furia las heridas irreparables que éstos le habían propinado para siempre. Le agradó la idea de morir con dignidad, defendiéndose, muriendo de vida, viviendo de muerte.

 

         El comandante se introdujo a su barco, el metal frío le congelaba el cuerpo, no lograba comprender cómo era posible que el sol quemara la piel al mismo tiempo que el frío calaba hasta los huesos; las rodillas le sudaban por el esfuerzo realizado pero le dolían de un frío casi insoportable, con esa combinación las coyunturas le dolían como si se las acabara de lastimar y ya no tenía más opio que masticar para apaciguar el dolor. Prendió una gran fogata y acercó las piernas a ella, el calor de la lumbre contrastaba con el aire frío, sintió el choque de lo caliente y lo frío, que es un choque capaz de levantar tornados, y decidió mejor alejarse del fuego, no quería caer enfermo y hacerse aún más débil; no quería morir sin defenderse, sin buscar opciones, sin agotar hasta la última oportunidad de encontrar compañía. Cazó otra rata y la asó, tomó un poco de agua y se fue a dormir, aunque el sol todavía no se metía no tenía ganas de seguir consciente. El barco era enorme y tenía el combustible suficiente para llegar a cualquier destino, además de que por doquier se encontraban vehículos abandonados o destrozados de los que se podía recoger los restos energéticos indispensables para su máquina. Podría llegar lejos, pero a donde fuera que se dirigiera no quería ir solo, la compañía le era ya indispensable. Bajó dos pisos hasta llegar a los cuartos de estar, en uno de ellos había acomodado trapos y ropas sobre los que dormía. Se rindió.

 

         A media noche despertó sobresaltado, las pesadillas de sangre y muerte lo atormentaban desde que había perdido todo contacto con los seres humanos. Su cuchitril apestaba a rata muerta y a hierro oxidado, los trapos sucios le daban el calor suficiente para dormir cómodo, pero el sudor por las pesadillas ya había hecho que apestaran también, llevaba varios meses sin poder bañarse, y eso era normal, pues si hubiera agua suficiente como para poder bañarse no podría desperdiciarse en esa vanidad, los recursos eran escasos y no había lugar para excentricidades. Adormilado y asqueado, el comandante Samir maldijo su infortuna, lo encolerizaba despertar a media noche, la inactividad y el silencio lo obligaban a pensar y recordar hasta ya muy avanzada la madrugada mientras la mente se le cansaba, la cabeza le sudaba y la nariz se le irritaba por la inhalación de aquella combinación de olores podridos.

 

Sin quererlo, Samir estaba a punto de llorar, la desesperación estaba en su punto máximo y tenía que explotar para que su cuerpo no se fuera a pudrir por dentro; apretó en vano los ojos tratando de contener las lágrimas que ya corrían por sus mejillas… en ese preciso momento un ruido en el aire detuvo la caída de su llanto, Samir contuvo la respiración para escuchar con claridad lo que creía acabar de escuchar, se hizo el silencio, hasta los latidos de su corazón se hicieron más lentos para permitirle escuchar con nitidez… sí, era el ruido del motor de una avioneta trastabillante que se acercaba, inmediatamente se vistió su enorme y mugrienta chamarra de cuero y salió corriendo a la oscuridad de la noche. De pronto, apareció. Era un modelo antiguo de dos motores y hélice frontal que humeaba y se ahogaba tratando de mantener su equilibrio, el artefacto pasó por encima del barco dirigiéndose a la playa, Samir desató apresurado el bote y remó con todas sus fuerzas en la misma dirección, desde lejos vio cómo la nave viraba y se enfilaba hacia la arena haciendo un aterrizaje forzoso, al tocar tierra la avioneta ya no se pudo contener, clavó la punta dramáticamente y dio un sinfín de volteretas hasta que fue a estamparse en un grupo de troncos que destrozaron la pequeña nave. De repente, la pequeña avioneta comenzó a arder

 

El comandante llegó a la playa muy excitado, por fin vería a otras personas, jaló su bote hasta un lugar seguro y corrió con celeridad el par de cientos de metros que lo separaban de su larga espera. La grisácea luz de la luna le permitía ver borrosamente la ubicación de la avioneta, que amenazaba con explotar; al llegar vio un par de cuerpos desmayados y sangrantes, al piloto las llamas ya empezaban a quemarle la piel, Samir sacó su cuchillo y cortó el cinturón de seguridad, el cuerpo cedió y lo cargó hasta alejarlo de la posible explosión; impulsado por lo excitante del momento regresó por el otro cuerpo, que estaba cubierto por unos cuantos cojines que seguramente se habría puesto para reducir la violencia del impacto, volvió a cortar el cinturón y corrió desesperado con el cuerpo en brazos temiendo la explosión a sus espaldas. Al poner el cuerpo junto al de su compañero volteó para ver la avioneta que ardía estrepitosamente, consumiéndose un excelente recurso de viaje rápido y seguro; después de unos segundos el aparato explotó alzando una humareda que contaminaría todavía más el aire. Volvió a sentir asco. Al volverse hacia los cuerpos notó que eran un hombre y una mujer de unos treinta años de edad, ella oriental y él del tipo danés o alemán; sus convicciones y su procedencia poco le importaron, aun si aquellos sabían quién era él y lo odiaban le daría mucho gusto morir en manos de un ser humano, no en manos de la circunstancia, de la suerte o de la nada, que en varios meses de soledad estaban a punto de volverlo loco justo antes de la llegada de aquella avioneta.

 

         Samir los llevó a su barco y colocó los cuerpos entre los harapos que le servían a él de protección, a pesar de sucios eran calientes; el par estaba tan apestoso como él mismo, ya nadie podía darse el lujo de bañarse. El hombre tenía un fuerte golpe en la nuca que no dejaba de sangrar, le puso un trapo quemado en ella para detener la hemorragia, por fortuna estaba inconsciente y no tuvo que sufrir el dolor de la curación, después le cubrió la cabeza con unos trapos que hacían la función de vendas que le apretaban la herida. Enseguida le esculcó el cuerpo buscando otras heridas que lo pudieran matar, no había más, sólo golpes y contusiones que al amanecer no serían más que moretones dolorosos. La mujer tenía una herida en la frente, pero no era de tanta consideración como la del otro, deteniendo la hemorragia con un trapo en llamas iba a ser más que suficiente; después buscó en su cuerpo otras heridas, no las había. Samir apreció la cara de la mujer, tras la suciedad parecía una mujer joven, del tipo oriental clásico, de tez pálida, pelo negro lacio y cuerpo pequeño pero firme; entonces rindió su cabeza en el pecho de la mujer desfallecida, no deseaba violentarla en modo alguno, sino sólo descansar bajo la calidez de un cuerpo femenino, trataba de suplir algunas cosas que no comprendió, sólo se quedó dormido al cobijo de su calor.

 

         Ya por la mañana el comandante despertó sobresaltado buscando inmediatamente a los seres que había rescatado, ahí estaban, no había sido un sueño; volvió a observar a la mujer y la envolvió en más harapos, el hombre seguía desmayado pero ya no sangraba, la mujer parecía más estar durmiendo que estar inconsciente, seguramente pronto despertaría. Samir subió apresurado buscando su filtrador, vació su contenido en un recipiente, lo selló y volvió a llenar su instrumento milagroso con agua contaminada del mar, lo dejó en la sombra y fue a cazar ratas, tras atrapar una docena de ellas prendió una fogata y comenzó a destripar a los roedores. Pasadas dos horas volvió a vaciar y a llenar su filtrador, como buen anfitrión había preparado un festín para sus invitados, que dormían apacibles, ya sin desmayo, en el interior del barco. Guardó las ratas asadas en un estante junto con un recipiente de agua de tres litros que ya estaba lleno.

 

El par tardaba en despertar y Samir se estaba impacientando, volvió al cuarto de estar y contempló los cuerpos que respiraban profundamente, su expresión era la de dos niños que descansaban después de un día arduo de juegos, sin duda que aquellos dos habían sufrido una fatiga extraordinaria para llegar a la playa en la que él los había rescatado; la escena lo conmovió, aquellos desconocidos eran la razón por la que se había mantenido con vida y por la cual no había caído en la desesperación; finalmente estaban ahí, frente a él, respirando con unos pulmones iguales a los de él, con sangre igual y con un corazón parecido al propio, poco le importaban ya las diferencias ideológicas o religiosas que habían acabado con el mundo. Samir sintió que los amaba con todo su corazón, se abrazó a sus cuerpos inermes y se dejó llorar con un llanto honesto, de redención, como si aquel par fueran las víctimas todas de sus actos, los acariciaba con ternura pidiendo perdón por su desventura. La presencia de aquellos seres, humanos como él, le conmovió la desgracia y la pena.

 

         Hacia el ocaso del sol despertó la mujer, Samir la contemplaba anhelando que se abrieran por fin sus ojos. Cuando ella se incorporó, aturdida, miró a su alrededor tratando de comprender lo sucedido, notó la presencia de Samir y dando un leve grito de sorpresa se hizo para atrás.

 

_ No temas –dijo Samir tratando de no asustarla-, aquí estás a salvo.

_ ¿Quién eres tú? –preguntó tratando de no ser grosera, era obvio que aquel árabe desconocido le había salvado la vida.

_ Soy Samir Abhal –contestó y abrió las palmas queriendo dar a entender que no le haría ningún daño.

 

         Transcurrió un momento de silencio incómodo, Samir estaba tan emocionado de ver personas vivas que casi no podía hablar, se sentía lleno de vida, feliz de confirmar que todavía había personas en el planeta tratando de sobrevivir, eso era para él una luz en la oscuridad, una voz de esperanza en un mundo perdido.

 

_ ¿Tienes sed? –preguntó el anfitrión con una ternura abrasadora.

 

         La mujer asintió y tomó el recipiente que el árabe le ofrecía, se lo empinó en la boca y bebió a largos tragos por varios segundos, pero repentinamente lo separó de sus labios avergonzada, agachó la cabeza y alzó el brazo para devolver el recipiente; Samir comprendió que la mujer se sentía apenada por beber indiscriminadamente el escaso líquido, le hizo entender que tenía más y que podía seguir bebiendo cuanto quisiera; ella, sedienta de días, aceptó el ofrecimiento y siguió bebiendo con celeridad. El anfitrión subió para prender una fogata en la que se pudieran calentar las ratas, antes de colocarlas al fuego destrozó los cuerpos para que los invitados, si acaso no sabían qué estaban comiendo, no se asquearan por la forma de las ratas y sólo comieran sin prejuicios. Al regresar al cuarto de estar, la mujer acariciaba el pelo de su compañero mojándole un poco la frente con sus labios, también él despertaría pronto.

 

_ Gracias – le dijo con una reverencia oriental- ¿Tú nos ayudaste?

_ Sí –se apresuró a contestar-, vi su avioneta caer en la playa y fui por ustedes… ¿De dónde vienen?

_ Es una historia muy larga –contestó ella con un gran pesar, iba a seguir hablando cuando él la interrumpió.

_ ¿Tienes hambre? –preguntó comprendiendo su necesidad de silencio.

_ Sí, mucha –asintió con otro tanto de pena.

_ Ven conmigo –dijo Samir y se dirigió a las escaleras.

 

         Al subir, las ratas ya estaban calientes, el anfitrión tomó una vara y se la ofreció a su invitada, ésta la tomó y comió con más desesperación que con la que había bebido el agua. Samir tomó una para sí y la comió con tranquilidad para acompañar a la mujer. En el día logró filtrar más agua, por lo que le ofreció más, mostrándole sus grandes abastos del líquido. La mujer comió y bebió en gran cantidad ya sin pena, ella sabía qué estaba comiendo, desde muchos meses atrás se había acostumbrado a su sabor, y es que en circunstancias tan desfavorables no aprender a adaptarse significa morir por causa de convencionalismos tan inadecuados como los tecnológicos, ahora totalmente ausentes. Cuando acabó de comer y beber volvió a dar las gracias, se sentía en deuda, les había salvado la vida a ella y a su compañero, le había curado las heridas y hasta le había dado de comer y de beber en abundancia, la cual ya no le era posible a nadie.

 

_ Gracias -dijo otra vez, con las palmas juntas y agachando la cabeza.

_ ¿Cómo te llamas? -preguntó el anfitrión.

_ Naomi -contestó-, y estoy en deuda contigo.

 

         Se hizo un rato de silencio, Samir no quería incomodarla con sus cuestionamientos, comprendía el cansancio de la mujer pues él mismo estaba muy cansado, sabía lo que era la búsqueda, la huida y la desesperación.

 

_ Tengo algo para ti- dijo ella llevándose la mano a la bolsa de su chaqueta, sacó una pequeña caja y se la ofreció a Samir.

_ ¡Magnifico!- exclamó Samir sorprendido, era un cigarro, un largo y oloroso cigarro que tomó con gratitud.

 

         Al comandante Samir le encantaba fumar, no podía recordar la última vez que había tenido uno en sus labios, lo prendió con la fogata de las ratas y lo aspiró con serenidad, cuando dejó salir el humo siguió en el aire las figuras que éste formaba, le parecían hermosas.

 

_ Jurgen y yo vinimos desde Rabat –habló Naomi mientras encendía su propio cigarro-, al norte de Marruecos, yo soy de la isla de Kyushu en Japón, era enfermera del ejército que perseguía a las tropas estadounidenses y británicas en todo el norte africano; Jurgen era piloto de las fuerzas aéreas alemanas, pero desertó cuando la guerra se hizo mundial.

 

         Samir guardó silencio, las palabras de Naomi le habían hecho recordar que el mundo se estaba desmoronando, hubiera preferido seguir divagando en sus ilusiones.

 

_ Estaba en Argelia cuando la peste empezó a matar por todos lados –prosiguió la invitada-, cuando ya no quedábamos muchos empezamos a huir de ella al norte; Jurgen, otras dos enfermeras y yo escapamos en la avioneta de él. En Marruecos tomamos provisiones y llegamos hasta España, que estaba desbastada y solitaria como todo lo que podíamos ver, desde su última frontera al norte llegamos hasta aquí, nuestra pretensión era llegar lo más al norte que se pudiera, a lugares lejanos y solitarios a los que la guerra y la muerte no hubieran llegado.

_ ¿Es decir que había dos personas más en la avioneta? –preguntó Samir con tristeza.

_ No tienes por qué consternarte –dijo-, ya estaban muertas.

 

         El comandante Samir guardó silencio, no quería que la mujer supiera quién era él en alguna expresión de sus ojos arrepentidos. Lágrimas acudieron a los ojos de Naomi al recordar toda aquella tragedia, seguía fumando y observaba las figuras del humo en el aire, era un buen método para ausentarse del mundo que acababa de aprender del generoso anfitrión. Compartieron los humos sin platicar más, respiraron profundo tratando de encontrar las formas más bonitas en él mientras subía al cielo opaco, ya oscuro, que dejaba ver unas cuantas estrellas tenues en medio de polvaderas. Acabaron sus cigarros, Samir estaba a punto de indagar en el pasado reciente cuando el alemán tosió y Naomi bajo presurosa para atenderlo, acababa de despertar, el golpe había sido tremendo pero sin consecuencias que se tuvieran que lamentar; el comandante tomó el balde de agua, las ratas restantes y se las llevó al piloto; la mujer le explicaba el heroísmo y bondad de su anfitrión cuando Samir entró al cuarto, el alemán aún estaba aturdido.

 

_ Gracias, amigo –dijo con cierta dificultad-, te debo la vida.

_ Gracias a ti por venir acá -contestó con sincera alegría.

 

         El alemán le agradeció muy despacio la hospitalidad, aún estaba mareado por el golpe; Samir le acercó el balde lleno de agua, el cual Jurgen miró con admiración sedienta y desesperación por tomarla.

 

_ Bebe cuanto quieras -ordenó Naomi-, el buen Samir tiene todo un galón.

 

         Jurgen no lo pensó dos veces y acabó con el balde completo en dos tandas, sin duda se estaba muriendo de sed, el agua hizo que se le quitara un poco el mareo; después el anfitrión le dio las varas de carne y comió tal y como lo que era: un desesperado. Nadie lo iba a reprochar, ya todos eran unos desesperados. El alemán acabó de comer y beber y se sintió reconfortado, se puso en pie y fue a darle un abrazo de agradecimiento a su salvador.

 

_ Un favor como este no se paga –afirmó Jurgen-, se corresponde, ¿cómo te llamas? -El anfitrión dudó un poco en contestar.

_ Samir- dijo sin agregar más, el alemán lo miro con atención, estaba sorprendido.

_ ¿Samir Abhal? ¿El hombre que…

 

         Callaron. Jurgen conocía muy bien a la persona que ahora estaba enfrente de él tratándolo con toda bondad, algo que algunos meses atrás jamás podría haber imaginado.

 

_ Como sea –prosiguió el alemán-, nadie con tu calidad de ser humano puede ser tan malo como se diga que es.

 

         Samir se incomodó, no sabía qué tanto conocía el alemán sobre él, pero era obvio que no sabía lo suficiente.

 

_ Sólo vivo al día –contestó secamente el anfitrión y subió otra vez las escaleras para no dejarse ver en su debilidad.

 

Samir alzó la mirada, las estrellas eran hermosas, pero ya nadie las podía ver con toda su luz, aquella capa de polvo que se había levantado por las bombas no las dejaba ver. El alemán le había recordado lo que era: un asesino. En su espalda cargaba el peso de cientos de miles de muertos. Pensó que tal vez no debió haber matado a aquel loco presidente americano, pues tal vez él hubiera podido detener el avance de medio oriente con sus políticas violentas e irracionales, con las que seguramente habría logrado prolongar la guerra hasta el infinito, desgastando y fatigando a todo el mundo pero sin ponerlo en riesgo. Con un solo loco el mundo pereció, con dos posiblemente se hubiera equilibrado por siempre. Era demasiado peso para Samir, el palestino religioso-fundamentalista que había logrado llevar a la libertad a su pueblo con arrojo y valor; libertad, por supuesto, que ya no alcanzó a disfrutar, ni él ni su gente ni nadie más.

 

         El comandante Samir sufría su dolor a solas en la esquina de la popa de su barco, desde la que podía ver la espesura del agua grisácea del mar. Sufría, sí, pero ya no por sí solo, sino gracias a las palabras y la presencia de otro hombre, por eso disfrutaba de algún modo su sufrimiento. Entonces recordó que aquellos visitantes tenían la intención de llegar lo más al norte que pudieran y se preguntó el por qué, él tenía la misma pretensión, pero era por simple deseo, no por algún conocimiento específico, probablemente ellos tenían la certeza de que allá la tierra todavía era habitable, que era un lugar seguro por alguna razón que él desconocía totalmente. Ya tendría tiempo para preguntárselos, de momento se concentró en no recordar.

 

_ No era mi intención incomodarte –dijo serenamente Jurgen cuando llegó a su lado- me salvaste la vida y te debo gratitud, además has demostrado tener un buen corazón, no me importa lo que hayas hecho en el pasado, ya nada de él se puede cambiar, este planeta no necesita más odio, ¿no crees? Ya quedamos muy pocos como para seguir odiándonos, ni las ratas son tan estúpidas como para desaparecer en su furia a su propia especie.

_ ¿Por qué querían llegar lo más al norte que pudieran? –preguntó Samir, que se había reconfortado con las palabras del alemán, quien a pesar de su apariencia intolerable y dura, como clásico alemán, era un tipo apacible; no quiso decirle aún que las ratas ya estaban empezando a matarse entre sí

 

         Jurgen dudó un poco para contestar, no era fácil de decir lo que iba a revelarle a su anfitrión, al que ya había podido apreciar como un ser oprimido por el pesar de su soledad prolongada.

 

_ Porque… las tierras centrales se están hundiendo, pronto desaparecerán.

_ ¿Cómo lo sabes? –preguntó Samir angustiado por la revelación.

_ La peste nos hizo correr –prosiguió-, pero las altas mareas nos hicieron huir por los aires. Un pequeño grupo de ex-soldados y enfermeras estábamos en Rabat cuando unas olas de más de quince metros azotaron las costas inundando gran parte de la ciudad, afortunadamente ya habíamos tomado las provisiones suficientes para volar a España y logramos salvar la vida, en el camino nos hemos venido haciendo menos hasta quedar sólo Naomi y yo.

_ ¿Y qué seguridad hay en el norte? –siguió preguntando atónito.

_ Esperamos que haya hielo firme en el cual se pueda vivir –contestó con resignación-, cualquier cosa es mejor que la peste o las inundaciones, escuché de más gente que está yendo hacia el norte.

_ ¿Quiénes?

_ Un par de meses antes de emprender la huida un barco brasileño atracó en Senegal en el puerto de Dakar, de una tripulación de ochenta marineros sólo tres lograron desembarcar con vida, dijeron que toda América Central había desaparecido victima de las inundaciones y que eso estaba pasando en todos los países latinoamericanos; desde Estados Unidos, ya situado, les comunicaron el hundimiento de las costas varios kilómetros tierra adentro, les ordenaron dirigirse al norte, a donde no había posibilidades de inundación; los costeros se vieron en la necesidad de elegir entre internarse en Sudamérica hacia la llanura amazónica y morir en una tierra invadida por la peste, o aventurarse en el mar del norte totalmente embravecido.

_ ¡Qué terrible! –exclamó Samir con terror en los ojos, ya no le dio vergüenza mostrarse así.

_ Era un buen plan –prosiguió-, pero había dos problemas.

_ ¿Cuáles? –preguntó Samir mecánicamente.

_ El océano pacífico está infestado de huracanes, la corriente los llevó a donde quiso, afortunadamente llegaron a suelos africanos, la peste o la inundación debió de haberlos matado de todos modos.

 

         Jurgen se había enterado de esa historia a través de unos colegas alemanes que también trataban de huir al norte. Tras un poco de silencio, el alemán tragó saliva para poder continuar.

 

_ El otro problema es que los contactos en los Estados Unidos no informaron correctamente.

_ ¿A qué te refieres? –inquirió Samir.

_ Piensa en el mapa –respondió-, desde Norteamérica tienes varias vías para poder acceder al norte, incluso caminando, pero es prácticamente imposible hacerlo por mar.

_ ¿Por qué? –Samir se exaltó.

_ Es simple, si los hielos se derrumban tienen que deambular por su mar más cercano, ningún barco tiene la capacidad de driblar los enormes bloques ni de salvar las enormes olas que éstos levantan. Desde Norteamérica no se tiene ese problema.

 

         Era cierto. Samir cayó en una desilusión tremenda, la revelación del alemán lo había dejado con todavía menos esperanzas y con más desesperación.

 

_ ¿Viste explotar la avioneta? –preguntó Jurgen.

_ Sí, está totalmente perdida, por desgracia –respondió apenas con aliento.

_ Entonces no hay nada ya que hacer –sentenció el alemán-, creo que hasta aquí hemos llegado -suspiró y guardó silencio.

 

         La pretensión de llegar al polo norte por aire, aunque muy arriesgada, era la mejor vía para lograrlo, se podía calcular los tiempos, los temporales y, sobre todo, se podía avanzar con rapidez sin la amenaza constante del choque con un bloque de hielo del tamaño de una montaña. El reconocimiento de su imposibilidad, y la verificación de su impotencia como ser humano, hizo claudicar el ánimo del anteriormente inquebrantable comandante Samir, ejemplo de valor y fuerza para todos los Ejércitos Unidos de Oriente.

 

_ Hasta aquí hemos llegado –sentenció también Samir, suspiró y guardó silencio.

 

La noche transcurrió en medio de la desesperanza, el anfitrión escuchaba los leves ronquidos de Naomi y el profundo respirar de Jurgen mientras trataba desesperadamente de dormir, no quería pensar, no quería recordar, el peso en su espalda era demasiado para un solo ser humano. Toda la noche estuvo escuchando, inconsciente, el tronar de las olas del mar ya muerto en las duras láminas del barco; barco que había cargado de ilusiones, de esperanza, redención y salvamento. A lo lejos las ratas chillaban correteándose unas a otras desgarrándose la piel, Samir gimió por la desgracia que había llegado absolutamente a todo, incluso a aquella especie inocente que no tenía ya otra salida para sobrevivir que el canibalismo interno. Escuchando aquella danza roedora de muerte, el comandante pensaba en cuál sería su propia salida para la supervivencia, cuál era su propia opción dentro de un mundo devastado y en agonía.

 

¿Qué hacer? ¿A dónde ir? ¿A quién recurrir? Samir comprendió entonces el significado de la soledad. Si alguna opción había, él la tenía que descubrir; si alguna salida existía, él la tenía que encontrar. Desde el vacío y la nada en donde se encontraba, él, como ser humano, era el encargado de empezar a crear otra vez el mundo; mundo que él mismo había destruido. El hombre, como tal, es el encargado de la creación de todo, y sin él no significaría nada. Contra eso no hay soledad que valga ni debilidad que justifique, el hombre es el creador, ese es su trabajo. Entonces la desesperación y la soledad acudieron a Samir en su momento de mayor debilidad, el peso en su espalda lo oprimía como nada lo había oprimido antes, se sentía responsable de la desgracia del mundo y se sentía pequeño para remediarlo él solo.

 

_ Dios me tiene que ayudar –dijo Samir para sus adentros-, es su trabajo.

 

         Cuando el comandante volvió a abrir los ojos el día estaba ya muy avanzado, Jurgen y Naomi asaban unas ratas y recolectaban agua en el filtrador, no parecían tener tanta tristeza y desesperación como él; la desgracia sí era enorme, pero sobre su conciencia no pesaba la muerte de millones de personas, no tenían nada que pagar, y además se tenían el uno al otro, sólo se dedicaban a sufrir sus mundos internos, sin escuchar las voces de ultratumba reclamando venganza a su nombre.

 

         Samir quería marcharse, huir de esas voces, su mente de soldado temerario y religioso fundamentalista le impedían quedarse en aquel lugar esperando al destino anticipado de muerte lenta y vergonzosa. Sentía la imperiosa necesidad de arriesgarlo todo por una oportunidad aunque fuera mínima para la supervivencia, por una oportunidad de vivir mejor la vida, por un momento de tranquilidad. Pero más que a otra cosa le tenía miedo a la indefensión y al silencio que lo obligaba a platicar consigo mismo y a reprocharse los actos indeseados y las imposibilidades y las impotencias, porque en esos momentos precisos de debilidad la conciencia se doblegaba y el miedo a la soledad y al infinito invadían su mente y no había otra salida que la desesperación y la tristeza, que acompañada de las miles de almas que clamaban su sangre lo hacían verse ante sí mismo como el más repugnante de los seres que hayan existido en el mundo. No, él no quería esperar, recibir, escuchar, aceptar; él quería proponer, dar, ir, imponer, crear. Era un hombre, y como tal tenía que comportarse todos y cada uno de los días de su vida.

 

_ Debemos prepararnos para partir –dijo a sus invitados con tono indiferente.

 

         Jurgen y Naomi se desconcertaron al escuchar las palabras de Samir, el alemán había dejado bien en claro que era imposible llegar al norte por barco.

 

_ ¿Cómo? ¿A dónde? –preguntó Jurgen.

_ Al norte –contestó Samir en tono serio, carente de toda emotividad.

_ Es imposible –terció Naomi alterada, pero siempre con tono apacible.

 

         Samir no sabía bien qué era lo que planeaba hacer, pensó que era una decisión de su natural ánimo suicida que lo había acompañado fiel desde el mismo día de su nacimiento; sin comprender sus sentimientos sabía que no podía quedarse a esperar la muerte en forma serena e indefensa, tenía que inconformarse, tenía que sublevarse ante las barreras que la vida se empeñaba en poner en el camino de los desfavorecidos, como él, que desde sus primeros pasos empiezan el andar por un sendero de piedras y espinas por el que tienen que caminar descalzos y al que tienen que acostumbrarse los pies y ponerse calludos lo más pronto posible para no dejar de caminar y morir de indefensión. No, ese camino seguramente no lo conocían un alemán desertor y una japonesa sentimental, aquel camino sólo lo conocían hombres como él, hombres educados a sangre y fuego que desprecian el pequeño sufrimiento de la gente débil, hombres que no pueden sentarse a esperar el destino, y mucho menos la muerte, eso es indigno. Esa era la educación que había recibido y la tenía que respetar a costa de todo, la llevaba en la sangre.

 

_ No es imposible –contestó finalmente Samir sin autoridad, sin reproche, simplemente contestó.

_ ¿Qué planeas hacer? –inquirió Jurgen con la misma simpleza.

_ Vuelve a pensar en el mapa –pidió-, estamos en la punta noroeste de Irlanda, podemos viajar por mar en dirección este y protegernos de las montañas de hielo que deambulan desde el mar de Groenlandia navegando tras Islandia, que es lo suficientemente grande como para servirnos de bloqueo, como en el fútbol de los americanos, es una defensa enorme que desvía los hielos hacia fuera, podemos utilizar ese bloqueo y llegar hasta Islandia. El riesgo vale, no podemos quedarnos a esperar nuestra muerte en la inundación, o que nos alcance la peste, que nos coman las ratas o que nos mate el frío…

_ O bajo tu fuego –dijo repentinamente Naomi, luego se tapó la boca apenada.

_ No tengo intención de matar a nadie más –argumentó Samir agachando la cabeza, las palabras de la japonesa le habían llegado al fondo del alma.

 

         El comandante era un alma en pena, con un peso terrible en su espalda y con una mente demasiado violenta como para poder pacificar el remolino de sentimientos que desde la soledad y el vacío atormentaban su cuerpo. Nadie podía ignorar quién era Samir Abhal, el palestino fundamentalista liberador de su pueblo, que en su lucha había acabado con el mundo entero. Él mismo no lo podía ignorar.

 

_ Ya en Islandia sólo falta un pequeño tramo para llegar hasta la zona de Groenlandia –prosiguió Samir-, hay combustible de sobra para llegar hasta allá, sólo tendríamos que preocuparnos de la comida y de los huracanes en el camino, podemos llevar enormes reservas de madera para procurarnos calor, no me parece una empresa imposible.

 

         Jurgen y Naomi se quedaron pensando, la propuesta no parecía descabellada, ni siquiera desesperada, era una propuesta razonable, con riesgos aceptables dadas las circunstancias.

 

_ Está bien –dijo el alemán notoriamente emocionado, Naomi siempre lo seguiría a donde quiera que fuera.

 

         Inmediatamente comenzaron a trabajar, sería necesario capturar el mayor número de ratas posible, separarlas en colonias racionadas y llevar un criadero controlado, Samir había podido descubrir que el hambre ya las estaba llevando al canibalismo, lo cual no era nada conveniente; hacer el criadero sería imprescindible, el mar estaba muerto, ya ningún animal vivía en él, sus aguas estaban totalmente contaminadas. El trabajo más sencillo sería el de la recolección de la madera, a causa de la devastación el verde de los bosques irlandeses se había perdido para siempre, por todas partes se podía encontrar madera seca, descolorida y sin vida, que sería muy útil para hacer fuego durante el viaje. Las bodegas del buque de carga, que el comandante había encontrado varado en el puerto de Bristol en su huida por el Reino Unido, eran lo suficientemente grandes para almacenar la madera y para hacer los criaderos. Fuera de eso no podrían controlar nada más, el clima era ya muy caprichoso y agresivo, pensar en un trayecto tranquilo y sin contratiempos era pensar en una utopía, en una más.

 

         El trabajo, como siempre lo hace con el ser humano, mantuvo los sufrimientos de Samir distraídos en las responsabilidades; lejos de los pensamientos pesarosos y ausente de sí, el comandante pudo volver a sentir un poco de paz sin darse cuenta de ello. Una noche de calma llegó por fin a su vida gracias al cansancio y a la esperanza del mañana, Samir no tuvo que luchar contra sus pensamientos para poder descansar, sólo llegó a su cuchitril andrajoso y se puso a dormir, tal cual lo hacen las personas normales, las naturales, a las que no les pesa la existencia. Jurgen, por su parte, sí tuvo que luchar, el dolor de cabeza no lo había abandonado desde la caída estrepitosa de la avioneta, pero no lo había molestado tanto como en aquella noche. Involuntariamente estuvo pensando en la historia de Samir Abhal, su curiosidad pronto le haría preguntarle su versión de los hechos, le intrigaba el conocimiento de la verdad alrededor del desastre. Naomi era una mujer práctica, no desperdiciaba la más mínima palabra o esfuerzo, la recriminación al fuego del comandante había sido una excentricidad innecesaria de la cual se arrepentía sinceramente, aunque jamás pediría disculpas.

 

         Los siguientes ocho días fueron de trabajo y cansancio, tener una meta que representaba una luz de esperanza animaba los esfuerzos de los tres sobrevivientes, compartían la desgracia, el trabajo y el cuarto de dormir, eran una sociedad con medios y fines claros y fijos, funcionaban sin la necesidad siquiera de dialogar, eran como una colonia de hormigas en la que el individuo y su peligroso egoísmo desaparecen por el bien de la comunidad. Jurgen, el alemán; Naomi, la japonesa; y Samir, el árabe, eran una sociedad exótica unida por la desgracia, pero eso ya no le importaba a nadie.

 

_ Mañana por la mañana partimos –dijo Samir al llegar el noveno día.

 

         Jurgen estaba consciente de la peligrosidad de la empresa, las posibilidades de morir en el mar eran enormes, tal vez ya nunca más tendría la oportunidad de saciar su curiosidad; entonces, al calor de la fogata, comenzó su interrogatorio.

 

_ Cuéntame cómo pasó todo –pidió finalmente Jurgen tratando de no parecer demasiado indiscreto, aunque no había manera de que no fuera así.

 

         El comandante sacó una rata del fuego y comenzó a masticarla, había escuchado la petición del alemán y dudaba en empezar, Naomi se encontraba a su lado y temía que al hablar se molestara con sus palabras, era obvio que la japonesa guardaba un profundo resentimiento contra los causantes de la desgracia; el comandante no lo reprochaba, entendía que no podría ser de otra forma.

 

_ No fue culpa mía –afirmó Samir tratando de justificarse ante ambos.

_ Sólo cuenta cómo pasó –se apresuró a decir Naomi, tratando con ello de calmar la postura defensiva  de su anfitrión. No lo logró.

_ No voy a juzgarte o mucho menos a recriminarte –continuó Jurgen-, nada de lo que pasó puede cambiarse ahora, yo sólo quiero saber.

_ Sí, sólo queremos saber –dijo Naomi agachando la cabeza.

 

         Samir continuó mascando su rata, finalmente decidió que no perdía nada al contar su historia, se acomodó junto al fuego y perdiendo la mirada en el sucio horizonte comenzó a rememorar.

 

_ Yo pude haber sido un “don-nadie”, la diferencia es que he sobrevivido. Cuando el líder para la liberación de Palestina fue asesinado por Ibn-Khaldun, mi amigo, el movimiento se empezó a agitar de manera muy violenta, en ese momento empezaron a pasar las cosas que nos han traído hoy hasta aquí. Khaldun era un político religioso muy hábil, supo ganar influencia y lealtades para suplantar al líder palestino sin que su muerte se tradujera en un caos incontrolable y contraproducente, para ello ayudó mucho que aquel fuera tan displicente en sus obligaciones para con su pueblo. Ya con el mando utilizó el nuevo poder para fundar sólidas relaciones con las principales potencias del medio oriente y, cuando se hizo más poderoso, sus relaciones de lealtad llegaron hasta el lejano oriente. Era un líder increíblemente carismático, en las reuniones secretas con los jefes de estado sus discursos se llenaban de pasión y salían con elocuencia por sus labios, y es que cualquiera puede gritar palabras o ser un apasionado en el discurso, pero él tenía elocuencia, su pasión contagiaba, era un verdadero líder. La base de su argumento para la unión de Oriente era el odio… y yo siempre estuve a su lado, fuimos amigos desde niños, desde entonces era su mano derecha. Cuando planeamos la muerte del débil líder palestino todos los consejeros estuvieron de acuerdo, él mismo jaló el gatillo que le destrozó la cabeza, yo estaba ahí, a su lado. Irakíes y japoneses pronto comenzaron a dialogar con Khaldun, que dejaba ver tras el brillo de sus ojos la realización de la utopía liberadora y vengativa, veía la destrucción occidental completa y el surgimiento de una nueva hegemonía global con base árabe-oriental… y yo siempre estuve a su lado, yo estaba ahí.

El comandante Samir fijó la mirada en el vacío nocturno, imaginando aquella ilusión perdida de la victoria y la restauración, respiraba profundo mientras se perdía en el espacio infinito de su alma.

 

_ Estuvimos cerca… muy cerca –exclamó.

 

         Naomi y Jurgen guardaron silencio respetando la alucinación de su salvador, por un momento creyeron que saldrían lágrimas de sus ojos, el propio Samir pensó que así sería, pero cuando reaccionó ya no pudieron brotarle, para su fortuna.

 

_ Los compromisos estaban hechos –continuó-, es curioso ver cómo la casualidad, o la causalidad, como quiera que se le llame a lo que pasó, hizo que los líderes árabes y orientales estuvieran sintonizados en la misma frecuencia histórica; los líderes de Japón e Irak, en particular, eran tan radicales y revolucionarios como el propio Ibn-Khaldun, la ira por décadas de sometimiento e invasión por parte de occidente unificaba sus criterios, los líderes nunca habían estado tan de acuerdo. Arabia Saudita y China se unieron por intereses exclusivamente económicos, y fue esa precisamente su mayor aportación al movimiento. Irak odiaba profundamente a los norteamericanos, eso no podía ser de otra manera. Japón por su parte había estado esperando el momento para vengar la crueldad desatada sobre él en la segunda guerra mundial, sólo necesitaban un líder.

_ Eso no fue así –afirmó Naomi-, el presidente Katsumoto era un loco maniático que llevó a la ruina a su país.

_ Si no fuera como lo digo –contestó Samir-, tu pueblo no se habría unido al ataque, yo estuve ahí también, vi al pueblo japonés festejar la derrota norteamericana, vi sus risas y su alegría por la venganza, yo fui testigo.

_ No es necesario discutir –intermedió Jurgen-, nada se puede cambiar, sólo queríamos enterarnos de cómo pasó todo, ¿no es así Naomi?

 

         La japonesa asintió con humildad, Samir le echó una mirada como pidiéndole su consentimiento para poder continuar. Ella era una mujer práctica, no desperdiciaba nada, era la segunda vez que se permitía una excentricidad.

 

_ Con las bases bien cimentadas –prosiguió-, comenzó la organización de proyectos más grandes. Ibn-Khaldun me mandó a Egipto a negociar con el presidente Horemheb su filiación al movimiento, necesitábamos cercar a Israel, que sería el primer paso en la empresa; Khaldun me ordenó poner a Horemheb al tanto del movimiento que se estaba organizando contra el occidente… y que si no aceptaba lo matara ahí mismo. Yo no necesitaba de armas para matar a alguien de manera rápida, desde niño me entrenaron para matar.

 

         Al decir esas palabras, Samir notó que sus invitados se incomodaron, entonces suavizó su voz tratando de calmar con su tono la agresividad de las palabras anteriores.

 

_ Pero de haberlo matado hubiera muerto yo también, afortunadamente aceptó; sus intereses también eran económicos, aunque su importancia era más bien geográfica. Horemheb es otro ejemplo de lo sintonizados que estaban los líderes en ese momento de la historia, guardó lealtad con firmeza y convicción. Al igual que Egipto, las lealtades de Turquía, Irán, Siria y Pakistán estaban aseguradas. Tras la toma de Israel se liberó Kuwait con todo su poderío petrolero y se unió al movimiento. La alineación de las Coreas y Rusia terminó por unificar a todo el Oriente, tanto el lejano como el cercano y el medio. Éramos ya una gran potencia, cuyos proyectos, y de hecho su unión, se trabajaban en la clandestinidad. Al principio del movimiento las potencias occidentales pensaron que la liberación de Palestina era un fenómeno aislado que no representaba mayor dificultad y simplemente lo dejaron ser. Sospecharon de apoyo irakí y egipcio, pero no lo pudieron comprobar y ya después no les importó. Con la liberación de Palestina se dio comienzo a la revuelta global, aquella fue la punta de la lanza que se clavó en occidente.

 

         Samir volvió a perderse en el vacío, los invitados volvieron a respetar su silencio, pero Naomi ardía en deseos de reproche y protesta; nada justificaba la devastación mundial, que se debía en gran parte a las acciones del hombre que ahora estaba justo a su lado perdiéndose en la oscuridad de sus pensamientos.

 

_ Japón e Irak poseían armas de destrucción masiva; Kuwait, Arabia Saudita, Turquía, Rusia y China fabricaban sin parar armas para los Ejércitos Unidos de Oriente. La revuelta estaba cerca y ya nadie iba a poder detenerla. Las policías internacionales sospechaban cosas, pero sólo eran eso, sospechas. Todo estaba en la clandestinidad. Tras la liberación de Palestina siguió la invasión a Israel, yo ya no estuve cuando esos infieles y sumisos traidores cayeron. Fui mandado a los Estados Unidos para hacer actos terroristas junto con otros cincuenta hombres entrenados para entregar la vida  por la causa. Israel era financiado por los norteamericanos, quienes al ser dueños de los territorios israelíes poseían una ubicación estratégica privilegiada para expandir sus dominios y vigilar sus intereses sobre el petróleo en Kuwait y todo el territorio, el cual pronto perderían. Los actos terroristas perpetrados por mí fueron planeados con años de anticipación, fueron financiados principalmente con oro irakí y dinero japonés; el objetivo del ataque terrorista era distraer la atención norteamericana mientras se invadía Israel con ejércitos exclusivamente árabes. Cuando Ibn-Khaldun nos mandó a Norteamérica, no contaba con el regreso de ninguno de los hombres enviados a cumplir con la empresa, éramos terroristas suicidas que no regresarían. Yo pude haber sido un “don-nadie”, pero sobreviví.

 

El comandante seguía perdiéndose mientras hablaba, se sentía de repente como transportado a cada uno de los acontecimientos que estaba narrando, que de alguna forma lo liberaban de un poco de su peso.

 

_ El día del ataque conjunto a Israel y Estados Unidos, yo ya tenía una estrategia de huida, pero sin descuidar mi objetivo destructivo. Los cincuenta hombres que estábamos en la empresa coordinamos nuestros tiempos, calculamos las probabilidades y estructuramos nuestros movimientos, estábamos divididos en cinco comandos distribuidos en San Francisco, Los Ángeles, Nueva York, Washington y Texas, ahí secuestraríamos aviones y los haríamos explotar en los edificios más importantes de Norteamérica con explosivos plásticos y sintéticos de enorme alcance a pesar de su reducido tamaño, que los laboratorios japoneses habían manufacturado en años de investigación destructiva. Además habíamos instalado bombas a control remoto por todo el territorio americano: Seattle, Portland, Chicago, Detroit, Boston, Filadelfia, Kansas y Atlanta estaban invadidos de éstas bombas dentro de los edificios más grandes y lujosos. El arsenal terrorista se instaló en Egipto y cruzó por aire y tierra todo el territorio africano pasando por Chad, Nigeria y Ghana hasta llegar al puerto de Monrovia en Liberia, de ahí cruzó el Atlántico en barcos hasta llegar al puerto de Paramaribo en Surinam, y de ahí se fue surcando mares y tierras centroamericanas hasta llegar al norte de México. Todos estos movimientos se hicieron para despistar a los posibles espías de la inteligencia occidental, aunque las lealtades eran firmes nunca se podrían descartar traiciones, no se podía correr riesgos innecesarios. Por el desierto que une el norte de México con el sur de los Estados Unidos pasamos todo el arsenal por un túnel que era propiedad del narcotraficante más poderoso del territorio; el túnel estaba previamente contratado, pero el sujeto que era su dueño no me dio ninguna confianza, parecía un usurero ileal que vendía todo lo que se pudiera vender; él no sabía qué clase de carga llevábamos, antes de entrar al túnel lo miré a los ojos y le dije que si hubiera algún tipo de problema en el túnel haría explotar todas las bombas que llevábamos, el tipo se quedó sorprendido por la amenaza y por escucharme hablar en español. Pero en el túnel no pasó nada, a veces he pensado que soy más desconfiado que precavido, pero eso no era ningún defecto considerando mi oficio. Pues bien, ya con el armamento listo, instalamos las bombas y tomamos nuestros aviones. Las cosas no fueron fáciles, pero sin duda pudieron haber sido más difíciles. Teníamos un financiamiento prácticamente ilimitado, yo estaba al mando de la empresa por ser la mano derecha de Ibn-Khaldun y por hablar seis idiomas, lo cual era muy conveniente dadas las circunstancias; los otros hombres sólo hablaban inglés fuera de nuestra lengua original. Al ser el jefe de la misión pude darme cuenta de que las “compras” tenían altos costos: avionetas, barcos, “permisos” de transporte y hasta un túnel del narcotráfico. Los explosivos no eran enormes, la tecnología japonesa había avanzado mucho sin duda; entre menos se llamara la atención era mejor, sólo ocho hombres hicimos la travesía con el arsenal, todos íbamos además con una maleta llena de dólares para “comprar” lo que hiciera falta en el camino, además de que una simple llamada pondría a nuestra disposición los recursos económicos que pudieran hacer falta. El dinero de los Ejércitos Unidos de Oriente era ilimitado, eso facilitó las cosas en considerable medida.

_ Eso ahora ya no puede servir de nada –dijo Naomi con tristeza y seriedad en tono discreto para no molestar.

_ Cierto –siguió Jurgen en el mismo tono.

 

         Sin quererlo, los invitados habían añorado el poder del lenguaje monetario, ese viejo y olvidado lenguaje que los llevaba de compras como si eso fuera la mayor felicidad del mundo. Sólo añoranzas. Nadie pudo haber previsto que las cosas hubieran podido cambiar tan radicalmente y de manera tan precipitada. Ese lenguaje, a Samir, nunca le había importado en lo más mínimo.

 

_ El plan proyectado estaba en marcha –continuó con tono histórico-, pero yo no planeaba morir. Muchos años atrás, en mi etapa de adolescencia, ya había tenido una misión suicida, un líder me mandó junto con otros envuelto en dinamita a hacerme explotar en una celebración religiosa en Israel, pero yo no quería morir, me quité las tiras explosivas, fabriqué una mecha y por la noche la instalé con cuidado bajo un banco en el interior de la pequeña construcción, al día siguiente robé unas ropas y me mezclé entre la gente, me paseaba ansioso alrededor del templo esperando que hicieran el ruido suficiente para que no escucharan el arder de la mecha; había colocado la dinamita cerca de un muro para que el humo no alertara a la gente. Cuando acabaron su celebración y comenzaron a cantar juntos me deslicé a la parte posterior del muro, al cual le había hecho un pequeño orificio en la noche para sacar por él la punta que encendería, la prendí y salí corriendo con todas mis fuerzas, tras unos diez segundos el lugar voló en mil pedazos, matando a los casi cuarenta cuerpos que se encontraban en él. Cuando regresé con el líder me reprendió a golpes, había desobedecido sus órdenes y estaba furioso; Khaldun, tres años mayor que yo, comenzó a odiarlo desde aquel día que me golpeó, pues bajo su criterio yo debí de haber sido condecorado por mi acción, jamás reprendido.

 

         Jurgen sacó un cigarrillo de su chamarra y se lo ofreció a Samir, que lo tomó gustoso, al fumarlo volvió a divagar observando atentamente las figuras que el humo formaba en el aire, esa costumbre ya le fascinaba, era como tratar de descifrar la existencia en las caprichosas formas de lo inaprensible, era como soñar en lo imposible.

 

_ No tenía pensado morir –continuó-, ni siquiera por una causa tan grande, yo quería saber qué pasaría más allá y la muerte no me lo permitiría. Sin decírselo a mis compañeros tracé un plan para sobrevivir una vez más, temía que mi ejemplo hiciera que descuidaran sus obligaciones, por eso no lo hablé. Mi tarea era estrellar un avión secuestrado en medio de la zona de casinos de Las Vegas, mientras al mismo tiempo los demás estrellaban aviones en las zonas predeterminadas. Contraté a un par de narcotraficantes, de los que me habían acompañado por el camino del túnel, con una camioneta común pero veloz en la cual escaparía después del atentado. Llegado el día todo salió según lo planeado, abordamos cada uno por separado los aviones elegidos, a la hora elegida, en el lugar elegido; ya a bordo esperamos el momento y lugar precisos para actuar, amagamos a las azafatas y a los pasajeros, matamos a los pilotos y dirigimos las naves a los edificios.  Yo dirigía el avión hacia los casinos, eran aproximadamente las seis de la tarde y el sol alumbraba todavía con su luz a la gran ciudad, el corazón me explotaba en el pecho y sudaba frío mientras me acercaba a los edificios, al estar a una distancia prudente puse el piloto automático yendo ya en picada, salí corriendo hacia la puerta principal, la abrí a balazos y salté con el pequeño paracaídas de emergencia que había comprado algunas semanas antes. La mochila amarrada a mi espalda no había llamado la atención de mis compañeros, la excitación de un momento así pocas cosas te pueden permitir pensar, sólo reaccionar y moverte impulsado por el instinto. La distancia entre el suelo y el avión era muy poca, por eso compré un paracaídas de emergencia y no uno completo pues no hubiera podido abrirse a tanta velocidad y a tan poca distancia. Al caer me golpeé duramente la cadera, no sabía maniobrar el artefacto y mi caída fue muy precipitada, pero no fue algo que no pudiera soportar.

 

Samir se tomó otro tiempo para seguir fumando, el humo en los pulmones lograban relajar algo de lo que se le oprimía por dentro cuando recordaba las cosas que habían sucedido.

 

_ Justo puse los pies en el suelo cuando el avión se estrelló en medio de la ciudad detonando al mismo tiempo los explosivos plásticos escondidos en las suelas de los zapatos y en las gruesas ropas de mis compañeros; me encontraba en las afueras de la ciudad al comenzar el desierto, desde ahí pude escuchar el tremendo ruido de la explosión conjunta, rápidamente volteé a todos lados buscando la camioneta que había contratado, ésta estaba como a cien metros a mi izquierda, los dos tipos se habían salido de ella para contemplar asustados el espectáculo de fuego; entonces me quité el paracaídas, apreté mi mochila con dinero y corrí a su encuentro. Llegué gritando y dando órdenes, me metí presuroso a la camioneta y partimos, los narcotraficantes aterrados preguntaban “¿qué hiciste?” Yo seguía gritando que nos largáramos de ahí, uno de ellos sacó su pistola y me ordenó bajar, de la bolsa de mi chamarra saqué un fajo grande de billetes de cien dólares y se los di prometiéndoles otro igual cuando me dejaran en la frontera con México. Sin Mucho tiempo para pensar se subieron a la camioneta y partimos,  cuando ya estábamos en marcha les dije en español que en la mochila todavía llevaba muchos explosivos y que si algo raro pasaba ahí nos moriríamos todos. Los mexicanos acariciaron sus pistolas, volvieron la cara al camino y continuamos la marcha. No tenía armas, pero mis zapatos estaban llenos de explosivo plástico que estaba decidido a usar ante la más mínima muestra de violencia de aquellos tipos, afortunadamente no intentaron nada contra mí, supongo que la amenaza de hacernos estallar había causado su efecto y más al ver cómo ardían los casinos tras de nosotros. Cuando nos acercábamos a nuestro destino saqué otro fajo de billetes de la chamarra, la mochila no la quise abrir para no despertarles la codicia, me bajé de la camioneta, vi el paisaje oscuro y me ubiqué mentalmente, había memorizado correctamente el lugar, les di el dinero y me marché en la oscuridad.

 

         Jurgen y Naomi parecían admirados, era una historia increíble, a pesar de los defectos de aquel árabe común y corriente no pudieron dejar de reconocer que era valiente como pocos, justo el tipo de hombre que puede hacer que cambie el rumbo de la historia de manera drástica, tal cual había sucedido.

 

_ ¿Qué pasó después? –preguntó Naomi tan intrigada como una niña.

_ Ya en México tomé los transportes públicos hacia el sur, ya había estudiado ampliamente las rutas y los lugares adecuados para huir, mi conocimiento del lenguaje español ayudó para ello; con mi mochila de dinero pude llegar hasta la última frontera mexicana, trasbordando frecuentemente, para después perderme en Centroamérica. En un pequeño hotel de Nicaragua me enteré por el televisor que en uno de los ataques el presidente de los Estados Unidos había perecido, por el acento del español nicaragüense no me pude enterar de los detalles, pero la noticia me llenó de satisfacción y me propuse llegar lo antes posible a mis tierras. No quise comunicarme con Khaldun ni con nadie del movimiento, los satélites serían en ese momento como perros de caza buscando cualquier pista de los culpables, no quise tomar el más mínimo riesgo. Tomando aviones en rutas cortas y contratando avionetas para apresurar el camino llegué otra vez a Surinam. Me embarqué en un buque pesquero que se dirigió a Brasil y luego a África; pagué mucho dinero para poder ir como pasajero. Tras un mes de todo este trayecto desde Las Vegas llegué otra vez al puerto de Monrovia en Liberia, desde ahí tuve que pasar por otro proceso parecido al que sufrí por el continente americano. Ya en Egipto, prácticamente no tenía dinero, pero ya estaba cerca de casa, un viejo jeep me llevó a la frontera con mi territorio para finalmente volver a pisar mi amado suelo palestino. Estaba cerca el ocaso del sol, caminaba entre la gente sin llamar la atención, nadie me conocía, caminé por un buen rato respirando el confortable aire caliente de mi tierra, volteaba constantemente buscando a alguien conocido y pronto me di cuenta de que me estaban siguiendo, cuando decidí echarme a correr dos hombres altos y fuertes me sujetaron de los brazos y me subieron a una pequeña camioneta, tomaron el rumbo de las montañas y nos perdimos en ellas. Cuando la camioneta paró salimos todos corriendo hacia una cueva, los hombres ya no me sujetaban y pensé en huir, pero al avanzar un poco más pude ver a mi amigo Ibn-Khaldun esperándome con una gran sonrisa y con los brazos abiertos, yo corrí con más fuerza a su encuentro y nos abrazamos con felicidad. En tono irónico me dijo: “tal vez debería abofetearte yo también por desobediente”. En ese momento me sentí gigante por su reconocimiento.

 

Samir adoptó una expresión de contento, parecía sentirse orgulloso de su valor en la guerra, lo cual a sus invitados no incomodó, pues a pesar de todo la suya era una historia impresionante en sus detalles.

 

_ Al día siguiente me llevó a la plaza principal presumiéndome como el hombre que había matado al presidente estadounidense, yo no lo había matado, pero la gente no lo sabía y gritaban de júbilo al verme pasar, de cualquier forma me sentí orgulloso y alegre. En el transcurso de la tarde Khaldun me puso al tanto de los logros de los Ejércitos Unidos de Oriente, la cueva a la que había entrado por la noche era apenas la “estancia” de una gran construcción subterránea que era el centro de operaciones del movimiento. Nadie nunca sospechó que Khaldun era el principal líder de la revuelta, ni que él había unificado al Oriente, nadie lo supo nunca. Para entonces Israel ya estaba tomado y saqueado, el nuevo gobierno norteamericano estaba confundido y, más bien, parecía atemorizado; tres misiles de destrucción masiva japoneses se habían mandado sobre Inglaterra, Alemania y Francia, seguidos de ataques por aire, mar y tierra. Aviones y barcos de guerra japoneses, rusos y chinos bombardearon por dos semanas a los norteamericanos, mientras todos los árabes invadían los territorios europeos. Al unirse todos los países oprimidos, según Khaldun, Europa y los Estados Unidos se dieron cuenta de lo frágiles que eran; entonces africanos y centroamericanos se unieron a la revuelta al ver el inminente derrocamiento de las grandes potencias. Pero todavía había batallas en muchos frentes, los ingleses en particular se estaban defendiendo con valentía con sus últimas fuerzas y eran la nación que más se estaba resistiendo. Los estadounidenses habían flaqueado, estaban tan acostumbrados a hacer la guerra en territorios ajenos que no supieron cómo comportarse con la guerra en su propio territorio, ahí los ejércitos latinoamericanos se unieron a rusos, chinos y japoneses para invadir totalmente a los estadounidenses. Yo me alisté inmediatamente en una flota de aviones que se dirigían al Reino Unido para acabar de una vez por todas con ellos. Khaldun se sintió agradecido con mi determinación y lealtad a la causa. No pensé que nunca más lo volvería a ver… ¿Qué habrá sido de él?

 

         Samir volvió a divagar, hizo la última inhalación a su cigarro y lo apagó, parecía abatido, su expresión ya no era la de orgullo que tenía antes, pero a pesar de todo continuó.

 

_ Éramos una flota de cincuenta aviones, sin duda suficientes para acabar con la resistencia, los soldados se sentían emocionados por la inminente victoria, eso era ya irreversible. Estábamos apenas entrando al espacio aéreo de Turquía cuando por las ventanillas vimos una luz cegadora proveniente del cielo como un rayo lineal que se fue a impactar como a dos cientos kilómetros de nosotros, sentimos cómo el aire hizo vibrar la aeronave al momento del impacto, desde ahí pudimos ver la forma en la que el rayo de luz se expandió por una enorme zona, quemando todo a su paso. Por un momento creímos que el impacto nos alcanzaría, el fuego cegador del rayo había sido tremendo. De repente los aviones comenzaron a fallar, se fundían las luces y los controles no respondían, todos y cada uno de ellos tuvieron que hacer aterrizajes forzosos en zonas inadecuadas, la gran mayoría explotó al impactarse en el suelo; el avión en el que yo viajaba logró aterrizar, aunque luego explotó, nosotros logramos salvar la vida pero no encontramos más sobrevivientes, estábamos cerca de una ciudad y nos dirigimos hacia ella. Muy a lo lejos vimos otro par de rayos como el que pasó cerca del avión, seguidos del destello quemante del primero; pronto supimos que se trataba del contraataque satelital estadounidense. Durante la guerra fría siempre se sospechó de ese tipo de armas instaladas en el espacio, pero nunca se pudo haber imaginado el poder destructivo de esta tecnología tan avanzada, las armas de destrucción masiva de los japoneses se quedaron atrás ante el poder de aquellas. Mientras caminábamos a la ciudad el piloto pudo hacer contacto con nuestra base, desde la cual una voz alterada lo ponía al tanto de lo que ya todos sospechábamos: los norteamericanos estaban atacando a todos sus enemigos desde el espacio con sus satélites, habían acabado ya con Japón y Rusia en dos horas, y mientras todo el Oriente Medio era acribillado con las llamas expansivas de los rayos provenientes del cielo que habíamos podido ver. Al escuchar aquellas palabras todos nos quedamos fríos, era un desastre, ¡malditos americanos! En un instante decayó toda la vitalidad de los guerreros que caminaban a mi lado, así como la de todos los Ejércitos Unidos de Oriente. Abatidos y confundidos, llegamos a la desolada ciudad, no sabíamos qué hacer ni a dónde ir; a lo lejos se podían ver más destellos cayendo sobre la tierra.

_ Así que el desastre final fue obra de los propios americanos –susurró Jurgen para sus adentros.

_ Fue obra de todos –afirmó Samir con pesar.

_ No de todos –aclaró Naomi- la gran mayoría no tuvimos nada que ver, éramos inocentes.

_ “Inocentes” –dijo Samir con ironía- ¿Inocentes de qué? ¿Inocentes por no hacer nada? ¿Inocentes por dejar que las cosas pasaran mientras contemplaban cómo se deshacía el mundo? Y no me refiero al mundo en guerra, me refiero al mundo feliz en el que vive la mayoría de ustedes, ignorantes e indiferentes del dolor ajeno, del dolor del mundo agonizante, que ya se estaba haciendo pedazos mucho antes de la guerra que nos trajo hasta aquí… la inocencia no tiene matiz de quietismo.

 

         Naomi no quiso contestar, prefirió el silencio pues entendió que aquella sería una discusión interminable en la que seguramente no habría un consenso, era una mujer práctica. Jurgen, por su parte, no había atendido el reproche de su compañera, se encontraba aturdido tratando de entender el comportamiento de los estadounidenses y el por qué de su destructiva decisión, era una duda que lo acompañaría hasta el último de sus días, pues sin la entrevista con las personas indicadas nunca se enteraría de la verdad total, y si no se hubiera topado circunstancialmente con Samir, ni siquiera dudas tan avanzadas hubiera podido plantearse jamás, pero a pesar de sus imposibilidades siguió haciendo cálculos de todo insistiendo en dar con una respuesta lógica que apaciguara un poco sus dudas ineludibles.

 

_ Disculpen mi actitud –dijo Samir sin levantar la vista-, la tristeza no me deja hacer nada mejor de mí.

 

         El trío se quedó callado e incómodo en medio de la noche solitaria, el silencio volvió a ser fastidioso para todos. Naomi, ansiosa por llorar, se retiró al cuarto de dormir con la garganta anudada por reproches y gritos reprimidos. Samir volvió a sentirse culpable. A Jurgen ya poco le importaba el mundo, pero en un sentido real, no odiándolo, no esperando algo de él, no amándolo, la suya era una indiferencia auténtica, no como aquella de los jóvenes irreverentes que se alejan del mundo desde la comodidad de la modernidad y el consumo, que tanto había odiado en las épocas tranquilas del continente europeo.

 

_ Después de eso –continuó Samir ya sin ánimo-, todos volvimos a la barbarie, la radiación nos dejó sin comunicaciones, los transportes estaban destruidos, la comida escaseaba, los gobiernos y su organización estaban aniquilados y, lo peor de todo, la peste apareció para acabar con los pocos seres humanos que habían quedado. En aquella ciudad desconocida caminamos horas por inercia, divagando sin saber qué hacer ni a dónde ir, no había un mandato y nadie se atrevía a tomarlo, yo pude haberlo tomado, tal vez debí hacerlo, era mi deber, pero me encontraba abatido y desanimado por completo; al tercer día por la mañana aparecieron ciento y cientos de ratas muertas en las calles, por doquiera se les podía ver corriendo como locas hasta morir sobre el pavimento. Era la señal de que la peste había comenzado. Eso no pasaba en las ciudades organizadas y modernas, ¿o sí? Sufrir una epidemia era cosa de países incivilizados y sumergidos en la miseria, aunque para ese entonces ya todos lo éramos. En ese momento los sobrevivientes comenzaron a morir aceleradamente, los soldados tuvimos que huir rápidamente de la ciudad para no ser contagiados, para algunos fue demasiado tarde, después nos daríamos cuenta de que no importaba a dónde fuéramos la peste estaba instalada ya esperando a sus víctimas. Todos mis compañeros murieron, por alguna razón yo he sobrevivido, supongo que el creador quiere que sufra mi pesar al permitirme contemplar el infierno que yo mismo ayudé a crear y que mientras viva me va a aterrar. Como fuera, había muchos vehículos en buenas condiciones abandonados en las calles solitarias, tomé un viejo jeep, llené varios galones de gasolina que recolecté de los autos abandonados y me dirigí a Europa, en el camino encontré más peste y destrucción. Al salir de Turquía, empezando Bulgaria, hallé un pequeño avión abollado, revisé su motor, sentí su potencia y al verificar su buen funcionamiento lo abordé y me dirigí a mi destino. Desde el cielo pude seguir viendo lo desolador del panorama, a pesar de volar bajo no pude ver a nadie con vida, todo era un desastre. Con paradas frecuentes, el avión me ayudó a cruzar toda Europa, la cual estaba desierta. Llegué a la frontera entre Francia y Alemania y el avión ya no pudo más, entonces comencé a caminar, desolación encontré por todas partes, ahí comencé a creer que ya no había nadie más en el mundo entero. Para ese momento los cambios en el clima eran ya notables, Francia ardía de calor, pero el sol no se podía ver, tal como hasta ahora es borroso al igual que la luna, no comprendo del todo por qué. Si alguna vez he estado perdido no ha habido otra ocasión más que aquella, no tenía rumbo, ni objetivo, ni qué hacer, ni qué esperar. Abordando los vehículos que ocasionalmente me encontraba con combustible en el camino me dirigí cada vez más al norte sin saber por qué, fastidiado por el intenso calor decidí ir lo más al norte que pudiera, pensé que la intensidad del calor algo tendría que disminuir en el frío del norte, y así lo hice. En el puerto de Le Havre, en Francia, tomé un bote, que fue suficiente para llegar al Reino Unido, el cual recorrí sabiendo que no encontraría a nadie, al llegar al puerto de Bristol di con este buque de carga con el que llegué a Irlanda y la recorrí buscando sobrevivientes hasta llegar aquí, ya planeaba partir hacia Islandia cuando su avioneta se estrelló en esta playa.

 

         Samir terminó su relato con un gran pesar, al acabarlo parecía un hombre más pequeño de lo que Jurgen ya se había acostumbrado a observar, era obvio que su historia le causaba un gran remordimiento.

 

_ ¿Te arrepientes de vivir tu vida, Samir? –preguntó el alemán tratando de ser solidario con el hombre que le había salvado la vida.

_ No –contestó firmemente el comandante-, y mañana salimos.

 

         En el cuarto de dormir el silencio volvió a ser incómodo. Las noches ya no eran importantes, simplemente existían carentes de todo sentido. El comandante había anhelado la compañía humana por mucho tiempo y al tenerla pudo verse a sí mismo reflejado en las miradas de aquellos como un ser completamente solo. Pensó que las compañías eran meramente simbólicas, que a fin de cuentas se esfumaban al cerrar los ojos y quedarse consigo mismo. Samir, más que compañía, necesitaba unificarse con otro ser humano, requería de entregarse a la voluntad de otra conciencia, identificarse y rendirse a ella para compartirle su dolor y perderse en la inmensidad de la entrega total e irreversible, necesitaba ser niño otra vez para refugiarse en los enormes brazos de su madre, entre los cuales el miedo y la oscuridad desaparecían al son del ritmo cardiaco del pecho protector.

 

         Jurgen llegó y se postró al lado de Samir, que trataba con todas sus fuerzas de reprimir el llanto. Naomi dormía ya con leves ronquidos. El cuarto apestaba a humedad y leña seca, el excremento de las ratas alcanzaba a percibirse con fuerza a pesar de estar a dos cuartos de distancia. Jurgen extendió la mano hasta la nuca de su salvador y acariciándole su espeso cabello le dijo: “no fue tu culpa”. El alemán era un tipo raro, salía totalmente del común de las personas de su país, que con siglos de historia dura y retadora había conformado en los germanos un carácter frío y amenazador. Samir se había sentido confundido con su actitud desde el mismo día que lo escuchó pronunciar sus primeras palabras; en su actitud no demostraba ser diferente al resto de los alemanes, sus palabras eran lo que lo diferenciaba, era un hombre apacible. El comandante, duro, pero ahora abatido, pensó que simplemente se trataba de un hombre, como él, ablandado por lo entristecedor de las circunstancias. De todos modos, y sin contestar, se sintió un tanto reconfortado por la voz del alemán, que estando muy lejos de significar tanto como la de su madre, logró apaciguar en buena medida su pesar.

 

         Por la mañana, Naomi y Jurgen se despertaron por el rugir estruendoso del barco, rápidamente apretaron sus zapatos y corrieron al camarote de comandos. Samir había adoptado la actitud dura e inexpresiva de un soldado en combate, Jurgen pensó que eso era benéfico, la empresa en mar abierto requeriría de toda la concentración posible, al verlo trató de endurecerse él también. Naomi comenzó a temer, miró al mar y presintió su muerte, tragó saliva para enjugarse la boca reseca, metió las manos en los bolsillos de su chaqueta  y trató de no demostrar lo miedosa que estaba. El barco comenzó a moverse, Samir no pudo evitar sentirse nervioso, el futuro lo esperaba y ahora él tenía que ir en su búsqueda.

 

         Las primeras millas no implicaron mayor problema, en dirección este llegaron más adentro en un océano Atlántico grisáceo y sucio, en el que era común ver cuerpos de ballenas, tiburones y todo tipo de peces muertos, víctimas impotentes de la devastación ecológica. Una semana completa pasó sin gran complicación. Al comienzo de la segunda semana las aguas empezaron a embravecerse. El viaje tomaría de cuatro a cinco semanas con suerte, pero a Samir eso no le importaba, desde hace mucho tiempo había decidido que su vida terminaría en medio de la defensa más ardua y duradera que su cuerpo le pudiera permitir, era un hombre valeroso que agradecía al destino la oportunidad de poder morir defendiéndose con toda su fuerza; inconscientemente iba al comando del barco buscando la muerte, sentía, sin comprenderlo, que ya no quería vivir, pero no haría el más mínimo intento por morir en paz, moriría luchando, revelándose, inconformándose ante los mandatos del destino, de la naturaleza, de Dios o del Diablo y de quien fuera que se pusiera en su camino. Samir, el palestino fundamentalista, no podía hacerlo de otra manera. Mecánicamente manipulaba el timón perdiendo la mirada en la inmensidad desolada y solitaria, esperando poder ver pronto algo con qué luchar.

 

Por la mañana del noveno día la marea comenzó a subir su intensidad, el barco subía y bajaba balanceado por la fuerza del agua, Naomi trataba de controlar su angustia, pues entre más se internaban en el mar más crecía su temor y sentía más cercano el colapso nervioso en el que acabaría gritando y llorando por el miedo y la desesperación, apretaba los dientes y los puños mientras cerraba los ojos para pensar en algo diferente de aquel evento desastroso, la mayor parte del viaje la había pasado encerrada en el cuarto de dormir enredada en los harapos sintiendo el ir y venir, el subir y bajar del barco que estaba a merced de la fuerza del agua, cosa que atemorizaba todavía más a su mente asustada de mujer-enfermera que tantas desgracias había visto ya en su vida.

 

         Jurgen se mantenía en pie siempre acompañando la seriedad del comandante Samir, trataba de infundirle valor con su presencia, el alemán sabía que su salvador requería de esas muestras de compañerismo y fraternidad para llenarse de motivación. De pronto, a lo lejos, entre el subir y bajar de las olas, Jurgen pudo ver una gran estructura aparecer y desaparecer en el vaivén de las aguas, abrió cuanto pudo los ojos para poder descubrir el objeto, tras concentrarse profundamente en su vista pudo constatar lo que temía: una gran montaña de hielo se acercaba por estribor amenazando su pequeña existencia. Inmediatamente avisó a Samir, que abriendo los ojos tan grandes como pudo confirmó la presencia de la gran mole de hielo, que aunque todavía estaba lejos, era lo suficientemente grande como para no poder librarla si se seguía de frente, al instante cambió el curso hacia el norte para poder virar al oeste y tratar de driblar la gran montaña. El frió se había intensificado y las olas se habían elevado, eso sin duda se debía a la presencia de esa enorme masa de hielo flotante.

 

La montaña se iba acercando cada vez más, Samir calculaba su longitud como en cinco kilómetros y su altura entre doscientos o trescientos metros; ahora la veían por babor y tanto Jurgen como Samir se creían librados de una colisión. Viajaban a toda marcha hacia el este librando el peligro cuando un fuerte sonido surcó los cielos, la montaña se estaba quebrando, los tripulantes guardaron silencio tratando confirmar el origen del sonido que se confundía con el choque las olas en las laminas del barco; tras un breve instante volvieron a escuchar el crujido del hielo y dirigieron inmediatamente sus miradas a la gran mole, que ante sus ojos se partió en dos levantando una enorme ola que pronto chocaría contra el barco que Samir había llevado a encontrar la muerte. Jurgen gritó aterrado por la inmensidad de la evidencia. Naomi llegó corriendo al camarote de comandos preguntando la razón del estruendoso ruido, temerosa dirigió la mirada hacia lo que Jurgen observaba con terror, y al ver la enorme ola acercándose estalló en gritos de pánico. Samir abandonó el camarote jalando a Naomi de la mano, bajaron a las mamparas, cerró la escotilla y se aferró con todas sus fuerzas a los tubos de las escaleras para no salir volando hacia las paredes en el momento del impacto, los otros dos imitaron su postura, Jurgen se apretaba junto con Naomi a los tubos de otras escaleras tratando de no tener miedo, para la japonesa eso era ya imposible, estaba invadida del mayor temor jamás antes sentido, ni siquiera en el momento aquel en el que había visto caer del cielo un rayo luminoso y cegador en la ciudad Marroquí de Tata, tras el cual la ciudad se llenó de fuego y destrucción del que fue testigo directo.

 

Samir estaba encolerizado, no le gustaba perder. La ola llegó devastadora al barco, volcándolo una y otra vez, golpeándolo con la firme intención de acabar con él para siempre. Cuando el impacto hubo acabado Samir corrió a abrir la escotilla, ya en la borda pudo constatar que aún se encontraba flotando, instintivamente comenzó a reír a carcajadas sorprendido por su fortuna, sus risas eran desgarradas, no llenas de alegría sino de locura, finalmente corrieron lagrimas por sus mejillas sangrantes mientras las risas ahogaban en sus oídos el ruido de las olas que seguían chocando incesantes contra el barco. La desesperación había llegado a su punto máximo, Jurgen trató de pensar qué hacer pero no habían opciones, el barco había quedado totalmente inservible: sin cuarto de comandos, sin timón y sin dirección. No había nada que hacer. Por el resto del día el barco navegó a la deriva, Jurgen, ensangrentado, no se atrevía a interrumpir el desquiciamiento de sus compañeros de desgracia, las olas movían el barco sin dirección balanceándolo de un lado para otro a su caprichosa voluntad. A la mañana siguiente Samir, repuesto, fue a la sentina para vaciar las aguas que podían hundir el barco, Jurgen fue a su encuentro tratando de ayudar al comandante, aunque era un total ignorante de los trabajos en un barco su fuerza fue de gran ayuda, sin embargo parecía que todo estaba perdido, todos los instrumentos estaban echados a perder y nada había a bordo que pudiera augurar una sola esperanza.

 

_ La línea de flotación fue rebasada –explicó Samir-, por eso vine aquí para desalojar el agua que nos azotó ayer, no quiero morir en el mar, quiero morir en tierra.

_ ¿Y cómo lo lograrás? –preguntó Jurgen.

_ No lo sé –contestó Samir secamente y subió a las mamparas.

 

         La actitud del comandante ahora era reflexiva, estaba totalmente repuesto de la crisis posterior a la desavenencia de la ruptura del hielo, claro estaba que nunca querría hablar al respecto. Jurgen respetó su silencio. Samir se movía de un lado a otro como tratando de encontrar una respuesta escondida en una de las esquinas del barco, lejos de la desesperación pensaba en cómo resolver el problema, o en todo caso cuál era la mejor opción dentro de la desgracia. Llenó unos galones grandes de gasolina, tomó una caja de metal y ordenó a Jurgen que lo siguiera cargando otro par de galones. En el cuarto de máquinas Samir trabajó todo el día con el eje del propulsor ayudado por Jurgen, quien no entendía los movimientos del comandante pero obedecía con destreza sus mandatos, estaba totalmente concentrado en su objetivo. En toda la mañana y parte de la tarde limpiaron los engranajes, los engrasaron y los volvieron a limpiar, Samir trataba de librar cada parte del motor del agua sucia y de destrabar los ejes atorados unos contra otros por el impacto de las olas.

 

Sin cansancio pasaron un día y una noche enteros trabajando con trapos y grasa para hacer funcionar el barco. Naomi se había refugiado en el sueño tratando de huir de las catástrofes externa e interna, ya no quería ver el mar, ya no quería sentir su movimiento, dormía y dormía refugiándose en sus sueños para vivir en un mundo mejor, uno que los hombres no pudieran destruir otra vez. A la siguiente mañana Samir hizo un gran esfuerzo para volver a armar las piezas ya bien engrasadas y limpias, Jurgen estaba tan cansado como él pero no se quejaba, conservaba la convicción inquebrantable de los viejos alemanes. Tras reestructurar los motores y los ejes del propulsor, llenaron de combustible los tanques de marcha y almacenaron el resto cerca de ellos; después de un rato, en el que ambos rogaban que los motores respondieran, Samir juntó los cables que conectaban la energía con las maquinas y entre ambas hicieron rugir los ejes, que pronto propulsaron el barco hacia el frente. Jurgen y Samir brincaron de alegría abrazados por su pequeña victoria, que no era cualquier cosa a pesar de ser desesperada, una luz en el túnel siempre haría seguir caminando a cualquiera.

 

_ A donde sea que vayamos -dijo Samir-, ahora llegaremos más rápido.

 

         El comandante trató de ubicarse, al salir de Irlanda habían tomado dirección noreste tratando de usar a Islandia como bloqueo de las enormes montañas de hielo, objetivo que había fracasado, al encontrar aquella mole de hielo habían cambiado el curso completamente, según sus cálculos, hacia el noroeste, y suponiendo algunas desviaciones causadas por la enorme ola que los había volcado, se encontraban en dirección oeste. Las direcciones del barco estaban descompuestas y no había manera de saberlo con certeza, sólo tenía ese método de cálculo imaginado que el comandante se esforzaba en descifrar.

 

_ Creo que vamos hacia el norte del Reino Unido –comentó el alemán, que divagaba en sus propios cálculos.

_ No –afirmó Samir-, vamos más al norte

 

No había más que hacer, después de la victoria de hacer funcionar los motores del buque la incertidumbre volvió a inquietar el ánimo del par de sobrevivientes. La mayor parte del barco había quedado inservible, no había timón ni camarote de comandos, las ratas habían muerto ahogadas casi en su totalidad y la leña almacenada estaba mojada por completo; navegaban de frente, a la deriva, sujetos en absoluto a la suerte. Samir volvió a caer en la desesperación, no le gustaba vivir la vida a expensas de la voluntad ajena, sus ojos se volvieron a llenar de desesperación, ojos que tuvo que cerrar inmediatamente por el ardor de la sal mojada que le quemaba la vista.

 

_ ¿Y qué haremos ahora? –preguntó Jurgen apenas con fuerza.

_ Vamos a sobrevivir –contestó Samir para sí mismo.

 

         El comandante subió a la borda, caminó hasta la popa y perdió la mirada en el horizonte; a lo lejos, más montañas de hielo deambulaban por el contaminado y gris océano, el aire helado le calaba hasta lo más hondo de la piel mientras contemplaba furioso el lento deambular de los hielos que habían truncado sus planes de llegar al polo norte. Ahora ellos deambulaban también, perdidos en la inmensidad del mar. En ese instante la vida volvió a hacerse monótona. Naomi parecía nunca querer despertar y Jurgen trataba de no caer en la desesperación manteniéndose ocupado día y noche en el buen funcionamiento de los motores, vigilaba que estuvieran limpios, bien engrasados, exentos de toda suciedad. Samir cada vez se perdía más en la contemplación de la inmensidad sin esperar ya nada bueno de ella, por toda una semana anheló encontrar por fin otra montaña de hielo que hiciera reaccionar su cuerpo bajo el abrazo del miedo, pero ésta no llegó; las olas eran grandes y el frío aumentaba cada vez más pero no había nada negativo que sobrepasara al aburrimiento, que se prolongó todavía otra semana. Samir calculaba que ya habrían recorrido lo suficiente como para haber llegado al norte del Reino Unido; sin brújulas, y sin el mapa estelar bloqueado por el cielo grisáceo, era imposible saber si los cálculos del alemán habían sido más acertados que los suyos. Pasada una semana más pudo convencerse de que el alemán había errado, se dirigían más al norte.

 

         A esas alturas Jurgen estaba obsesionado ya con la observación del buen funcionamiento de los motores y el llenado permanente de los tanques de combustible, que ya estaba por agotarse; Naomi no se levantaba de su sucio lecho, cada vez adquiría más un tono pálido que se acentuaba todavía con la expresión desesperanzada de sus facciones. Samir era el único al que le preocupaba la escasez de ratas para comer, cada vez era más difícil recuperar a las que habían sobrevivido y escapado de la inundación causada por la montaña de hielo; el comandante odiaba la idea de morir de hambre, eso le causaría una enorme vergüenza. En ocasiones Samir le llevaba un poco de comida a Naomi, que apenas la mordisqueaba y volvía a sumergirse en su letargo; a Jurgen poco le importaba ya la comida, su obsesión lo había consumido por completo, los ofrecimientos de comida del comandante eran apenas aceptados con la misma indiferencia que la japonesa.

 

         A medida que aumentaba el frío el pequeño grupo se fue replegando sobre sí cada vez más hasta rendirse a la necesidad de dormir juntos para procurarse un poco de calor. En esos momentos críticos de frío y soledad, ya sólo al comandante Samir le quedaban fuerzas para abandonar el cuarto y verificar el funcionamiento de los motores, el llenado del combustible y la caza de las últimas ratas; el mar se había puesto en calma, pero a cambio habían llegado tormentas de nieve, que tenían la cubierta repleta, que se había convertido en hielo y que había sellado la escotilla impidiendo por completo cualquier intento de salir a la superficie. Debido al frío los motores comenzaron a atascarse, hasta que una mañana dejaron de funcionar. Desde el cuchitril donde dormían temblando, Samir y Jurgen pudieron escuchar la marcha del buque ahogarse para siempre, su gemido desahuciado llenó de terror los corazones congelados de ambos, que ya no tuvieron fuerzas para ir hasta allá y tratar de revivirlo.

 

En poco tiempo, tirado y sin vitalidad, Jurgen volvió a sufrir su intenso dolor de cabeza, se quejaba levemente durante todo el día, impotente, confortado a ratos por los pequeños dedos de su compañera que le rascaban el cabello tratando de hacerle saber con ese frágil movimiento que ella aún estaba ahí, con él, como siempre, y que no lo abandonaría. Samir ocupó sus últimas fuerzas para hacer el último almacenamiento de energía, recogió los últimos trozos de madera seca, recolectó los últimos chorros de combustible, mató a las últimas ratas y compartió todo con sus moribundos invitados, quienes apenas tenían aliento para moverse y comer. Entonces Jurgen ya no se quejaba del dolor, ya no tenía fuerzas para ello; Naomi había pasado de la palidez a un tono morado que le daba la expresión de un cadáver; Samir ya no tenía fuerza en el cuerpo para ir en busca de más leña. El frío los había paralizado por completo, la muerte rondaba ya por las mamparas del buque de carga que el comandante había encontrado en el puerto de Bristol.

 

         Pronto el fuego se extinguió, ya nadie se quejaba, incluso el dolor y los pensamientos habían desaparecido. La soledad era total. No había nadie que viviera la vida y le diera significado al mundo. Samir abría los ojos de vez en cuando y trataba de incorporarse, para ese entonces le era totalmente imposible, el hierro congelado de las paredes le había atrofiado cada uno de los músculos del cuerpo y cada una de las neuronas del cerebro. En la quietud total, todavía se incomodó por morir tal como no hubiera querido morir nunca: quieto, indefenso. A su lado Jurgen y Naomi yacían abrazados, completamente inmóviles, tal vez muertos. Sintiéndose más solo que nunca, una vez más, se resignó a la muerte, pero no sin pena por aceptar el destino, no sin vergüenza por no tener la fuerza para seguir luchando. Llevado por ese sentimiento intentó moverse, le fue imposible; un último lamento invadió de repente su furioso y congelado rostro, lamento que lo llevó a la sensación de la muerte, que decidió esperar todavía un poco más.

 

En ese instante la quilla del buque comenzó a rechinar haciendo retumbar las láminas de la bodega y las mamparas, tras un breve instante rechinó más fuerte y se fue a estampar contra algo, haciendo volar y chocar los débiles cuerpos del trío de sobrevivientes, que quedaron tan inermes como lo estaban antes del choque. Samir supuso que habían chocado contra una montaña de hielo, pero pronto empezó a escuchar voces lejanas, gritos, órdenes en varios idiomas, trataba de convencerse de que eran sólo alucinaciones cuando escuchó muchos pasos desplazarse por el techo junto con unas voces; luego la escotilla comenzó a ser forzada y entonces supo que no estaba alucinando, habían hombres ahí tratando de entrar al cuarto donde ellos yacían indefensos. Cuando la escotilla por fin cedió una cabeza humana cubierta con un gorro de lana se asomó al gran cuarto, Samir trató de incorporarse, pero no pudo, trató de hablar, pero le fue imposible, sólo pudo observar el movimiento de cuerpos humanos entrando a inspeccionar el lugar. El comandante se sintió aliviado, por lo menos no moriría de soledad. Reconfortado, cerró los ojos y se dispuso a morir. Mientras, sentía cómo los desconocidos salvadores movían su endurecido cuerpo, casi inconsciente pudo escuchar a uno de ellos gritar eufórico cosas que de repente le dieron miedo por el porvenir.

 

_ ¡Es Samir, es Samir!

 

         El comandante volvió a abrir los ojos tres días después en medio de un cálido fuego y cobijas suaves que tenían aroma de jabón, a su lado Jurgen volvía a acariciarle el cabello como aquella vez en la que lo había reconfortado, Samir ahora sabía de dónde había aprendido ese movimiento: de aquella japonesa que lo amaba tanto. El alemán lucía demacrado, pero en sus ojos se podía ver el brillo de la esperanza, en su mirada podía ver que todo estaría bien. El comandante miró a su alrededor, estaba en un cuarto de concreto con dos chimeneas a los lados, amueblado con maderas que dejaban escapar un agradable olor a casa vieja.

 

_ ¿En dónde estamos? –preguntó Samir, que inmediatamente sintió la debilidad de su cuerpo.

_ No te muevas, descansa –contestó un fatigado Jurgen.

 

         Después de un rato de silencio Naomi entró en el cuarto con un plato de sopa caliente con trozos de pollo y algunas verduras, Samir lo tomó sorprendido y comenzó a comer. Tras un par de años de comer sólo ratas, aquel platillo era un auténtico manjar.

 

_ ¿De dónde sacaron el pollo…. y las verduras? –inquirió intrigado- ¿En dónde estamos?

_ En un buen lugar –contestó Naomi, que no lucía tan mal como su compañero.

_ No hagas esfuerzos, come –pidió Jurgen-, necesitas reponerte.

 

         El tono del alemán había sido un tanto triste, Samir tenía muchas preguntas, pero era un hombre prudente, se entregó con gusto a comer; mientras lo hacía trataba de descifrar lo obvio: habían llegado a una comunidad bien organizada, tal vez numerosa, cuyos integrantes los habían rescatado del buque congelado. Al acabar con su caldo de pollo Naomi le dio una taza de leche caliente y un pequeño trozo de pan, Samir estaba sorprendido, creía que todas esas cosas habían desaparecido ya del mundo.

 

_ Leche… pan… ¿En dónde estamos? ¿Es que no todo el mundo está totalmente perdido? –preguntó el comandante con melancolía.

_ Come –insistió Jurgen-, ya habrá tiempo para hablar, recupera tus fuerzas.

 

         Samir obedeció y continuó comiendo despacio, contemplando su comida antes de llevarla a su boca; cuando acabó su taza de leche apareció en el cuarto un hombre alto, blanco, de pelo rojo y barbado, su pesada mirada denotaba autoridad.

 

_ No tienes derecho a disfrutar nada de lo que aquí se te ha dado –dijo-, sólo se te dio  para que tengas fuerzas para sufrir la pena que se te va a imponer, considéralo tu último deseo.

_ Por favor Harald –rogó Naomi-, ya habrá tiempo para eso.

 

         El hombre se marchó, su profundo respirar hacía notorio el odio que le tenía al comandante, que ya sólo lo vio partir sin atreverse a decir palabra alguna, no tenía fuerzas ni ánimo para nada de eso.

 

_ Gracias Naomi –dijo Samir

_ Estoy en deuda contigo – le contestó.

_ ¿Qué pasa aquí? –continuó el comandante dirigiéndose al alemán.

_ Llegamos a la parte más elevada de Noruega –explicó Jurgen mientras Naomi abandonaba el cuarto-, a las mesetas de Finmark, en una de las montañas de Jotunheimen, las costas se inundaron y la gente huyó a lo más alto de estas montañas nevadas, son alrededor de trescientas personas, y todas saben ya quién eres.

_ ¿Por eso las amenazas de aquel tipo? –preguntó Samir con tranquilidad.

_ Sí, ellos quieren liquidarte por creerte el responsable de los Ejércitos de Oriente y por considerarte el actor principal de la catástrofe, el propio Harald te reconoció al sacar tu cuerpo del buque.

_ Así que me van a matar –dijo el comandante sólo para sí.

_ Harald Harfagre era un soldado noruego –continuó explicando Jurgen-, que dirigió la resistencia contra los Ejércitos Unidos de Oriente en el norte europeo, quiere enjuiciarte y matarte tan pronto como sea posible; he estado hablando con él y con las personas, ya no quieren más violencia, pero tu presencia los ofende.

_ Según su perspectiva –dijo Samir-, eso me parece justo… pero no quisiera morir pasivamente.

_ ¿Qué piensas hacer? –preguntó alterado el alemán.

_ No temas –lo tranquilizó el comandante-, no hay más violencia en mí.

 

Guardaron silencio por un rato. Samir pensaba en sus opciones, según la justicia occidental debía morir al ser uno de los responsables de la desgracia, pero no había necesidad de recurrir a demasiada lógica, de lo que se trataba en realidad era de deshacerse de un despreciable y repugnante ser humano, sólo de eso, con nada personal de por medio.

 

_ Es bueno saber que algunos seres humanos han sobrevivido –dijo Samir con parsimonia-, es muy bueno saberlo.

 

         Jurgen vio en Samir aquella mirada divagante a la que ya se había acostumbrado: ausente y perdida, que se retiraba a deambular en medio de aquella utopía tan cercana a la que nunca más podría volver a aspirar.

 

_ ¿Y qué más hay de nuevo Jurgen? –preguntó el comandante- Cuéntame las historias que no conozco antes de que muera.

_ Esta comunidad –dijo con pesar-, mantiene comunicación con otra en Ellesmere, que está muy al norte de Canadá y que vive más o menos en las mismas condiciones que ésta, hace algún tiempo tenían comunicación con otra de la meseta de Anadir, cerca del estrecho de Bering, fuera de estas tres comunidades que se comunican por radio no parece haber más sobrevivientes, al menos no lo suficientemente organizados como para poder comunicarse. Estas comunidades ratifican el hundimiento de las costas del planeta causado por el derretimiento de los polos, esto por el incremento estrepitoso del hoyo en la capa de ozono causado por esos rayos luminosos que viste caer desde el cielo, los cuales efectivamente fueron lanzados por los satélites estadounidenses, eso le hizo más daño al planeta que toda la guerra en conjunto.

_ En realidad que fue un desastre –se lamentó Samir.

_ Sí –asintió Jurgen-, fue devastador; por deducciones afirman que sesenta de esos rayos fueron lanzados sobre los principales centros de combate y sobre las principales capitales de oriente, a lo cual éstas respondieron lanzando todo su arsenal de destrucción masiva sobre los norteamericanos y las principales ciudades europeas.

_ ¿Y qué pasó después?

_ A algunos les pasó lo que a ti, deambularon por Europa en busca de sobrevivientes, pero comenzaron a huir cuando se desató la peste y a buscar lugares elevados cuando vinieron las inundaciones.

_ ¡Qué desastre! – se lamentó Samir con renovado dolor.

_ Tenías razón –afirmó Jurgen-, regresamos a la barbarie, no había quién organizara la protección contra la peste, pues no habían estados, instituciones ni dirigentes de control que frenaran los embates de una enfermedad propia de los lugares no organizados alrededor de un centro.

_ Finalmente lo logramos –dijo Samir-, y las consecuencias nos rebasaron… ¿Sabes cuánto anhelamos el momento de dejar inservibles a los estados? ¿Sabes cuánto dolor y sufrimiento nos llevó a tomar nuestra causa fundamentalista? Y ya que lo habíamos logrado, ya que estuvimos ahí, las consecuencias nos rebasaron…

 

         El alemán guardó silencio, el árabe había vuelto a perder la mirada en sus divagaciones. Tras un breve instante Jurgen sacó un cigarrillo y se lo dio a Samir con la intención de que divagara más a gusto. El comandante aspiró la primera bocanada, se paró con dificultad y se dirigió a la pequeña ventana descalzo dejando escapar a su paso las figuras del humo. Ya en la ventana, dejó salir una leve sonrisa seguida de una cálida lágrima, ante sus ojos se presentaba un paisaje hermoso, con árboles verdes salpicados con el blanco de la nieve, tras de ellos un par de caballos montados por dos orgullosos jinetes y tras de ellos una manada de perros que dirigían al rebaño de ovejas hacia sus cuartos. Samir, ya sin pena, se dejó llorar.

 

_ Antes de salir a alta mar –susurró Samir-, te dije que no me arrepentía de mis actos… hoy sí me arrepiento… yo no quería que esto llegara tan lejos.

_ Te equivocas –dijo Jurgen con autoridad-, el hombre no nació para ser esclavo, tú eres un ejemplo de ello, lo que hiciste era una necesidad de tu pueblo.

_ ¿Y crees que valió la pena? ¿Crees que tenía el derecho de acabar con el mundo?

_ Tú no acabaste con él, fuimos todos, aun los indiferentes, tú mismo lo dijiste.

_ Sus errores no justifican los míos –afirmó Samir-, por mucho tiempo creí que hombres como nosotros éramos el equilibrio de los excesos occidentales, creí que el mundo nos necesitaba para restarles poder a los ambiciosos capitalistas, pero… nada justifica esto… nada…

_ No fue tu culpa Samir –susurró Jurgen tratando de controlar el pesar de su amigo y salvador.

_ Sí, todo era terrible para nosotros, pero yo ayudé a construir algo peor, y nada lo justifica; occidente saqueaba, invadía y violaba, pero yo ayudé a construir algo peor que todo eso.

 

         La voz del comandante se cortaba, pero sus lágrimas seguían siendo serenas. Volvió a fumar del cigarro para perderse en sus figuras. Jurgen lo dejaba hacer, comprendía que el comandante se sentía más vivo que nunca, él mismo tampoco había podido reprimir las lágrimas al volver a ver árboles, animales y, sobre todo, personas sobreviviendo y luchando contra la desgracia, pensó que de haberle tocado estar en el lugar de Samir hubiera actuado de la misma manera reprochante, era demasiado peso para un solo hombre.

 

_ Le he explicado a Harald tu posición en los Ejércitos Unidos de Oriente y tu ausencia durante la batalla en Europa y he omitido algunas cosas, espero que entre en razón y te perdone la vida… le dije que Khaldun fue el artífice de todo esto.

_ ¿Porqué habría él de perdonarme la vida? ¿Acaso le pertenece? Él no tiene que perdonarme nada, mi vida no le pertenece ni le debo nada a él, y aunque tiene el poder para matarme mi voluntad no le pertenece, ni mis sentimientos tampoco, así que ni temor ni agradecimiento le debo a él, ni a nadie.

_ La gente no quiere más violencia –insistió Jurgen-, tal vez los pueda convencer…

_ ¡No! -ordenó Samir- No tienes por qué hacer nada… yo no soy de nadie, soy de mí y nada más.

 

         Ambos guardaron silencio, Samir agachó la cabeza como pidiendo perdón por haber levantado la voz hacia una persona a la que ya había aprendido a respetar por el trabajo compartido y por las palabras explicadas que ambos comprendían. De pronto Samir se encontró a sí mismo pensando en las cosas que fueron y en las que debieron de ser y jamás sucedieron, entonces entendió que el destino tiene un matiz grisáceo si las piedras del camino no dejan nunca de lastimar los pies.

 

_ Ya no quiero estar aquí –agregó-, el peso que cargo es demasiado para un solo hombre…

 

         Jurgen ya no insistió, trató de comprender la determinación de su amigo y de respetarla. Samir volteó la cabeza para seguir admirando el pequeño pero inmenso panorama que se abría ante sus ojos, lejos del pesar se dejó llevar por la belleza de los pequeños detalles de la naturaleza, perdiéndose en las figuras que el humo formaba ante él, divagantes y caprichosas, justo como él mismo era. Una pequeña lluvia de nieve comenzó entonces a caer sobre la nevada terraza de los caballos y las ovejas, los hombres corrieron a protegerse bajo sus chozas de concreto y a lo lejos se podían escuchar los gritos de un grupo de niños jugando a la vida. Samir seguía dejándose llorar, era demasiada belleza. En ese momento llegó Harald Harfagre, que había sido el dirigente de la defensa contra los Ejércitos Unidos de Oriente en el norte europeo, tomó a Samir del brazo y se lo llevó con los pies descalzos, las mejillas mojadas y los labios sonrientes a cumplir con la pena que le había sido impuesta desde muchos años atrás.

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