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CÍRCULO DE POESÍA

 

Melancólico, cuento de Nadia Villafuerte

18 Oct 2010

Nadia Villafuerte

Como parte de la “Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea”, ofrecemos un cuento de Nadia Villafuerte (Chiapas, 1978). Doble el interés que despierta este relato: por tratarse de una de las narradoras jóvenes más sólidas de los últimos años y por abordar la realidad de los maras en el sur del país.

 

 

Melancólico

 

Toma la fusca y se mira en el espejo. Por eso odia y mata. Por melancólico. No necesita poses. ¿Para qué? A él no le gusta tanto eso de exhibirse. Piensa que sus hommies tienen una terrible necesidad de mostrar la cara al flash, de aterrar a la gente, de burlarse de la municipal y él no. Por eso calla. Sólo ríe con esa mueca cuyo trazo está entre la paz y el ahogo. Sólo apunta hacia el horizonte que arde. Sólo observa los alrededores del barrio y el corto trayecto que hacen las balsas de Tecún a Hidalgo. A veces detesta un poco el ruido que se encargan de hacer los otros. Llegó cuando se quedó sin nada y la banda se convirtió en lo único que ha tenido de este perro mundo. Cuando piensa en el olor amargo de la tierra siente un gran alivio. El mundo perro, repite una y otra vez. La envoltura temporal del universo es una bolsa de plástico llena de porquerías. Posee de la vida sólo su esencia y, como tiene de la vida todo lo que le hace falta, tiene estrictamente lo que la vida es: una ristra de mierda.

             Ya no irá al norte pero aún piensa mucho en aquel paraíso del que se le expulsó. No sabe por qué, si en cualquier lado la peste lo invade todo con su capa de escoria. Incluso en ese anhelado país: a mitad de sus limpísimas calles, en las paredes de sus bancos, o en el culo celulítico de una rubia que patina a orillas de la playa. Confiesa para sus adentros, ahí donde nadie lo espía que, no obstante, extraña aquel aire oscuro cuya fuerza hacía mover el hedor industrial de una esquina a otra. Y los barrios y el hip-hop y la ciudad entera, prohibida pero entera para ellos, una vez acabado el trabajo. Es época de tomates en Arkansas. En las Carolinas, las hojas de tabaco ya están tupidas y acetosas, casi a la altura de un hombre, y en Kentucky, las sandías pronto estarán maduras, haciendo un ruido seco mientras caen.

            Todo por una bicicleta. Una roja que alimentó su esperanza y desesperación. Es mentira eso de que se convirtió en mara porque su madre era puta y desde que él tiene memoria lo único que había visto antes de haber llegado a California fue una interminable línea de burdeles en la soledad del morro. El odio es un acto de optimismo, lo único que nos mantiene con vida, quien carece de maldad no puede vivir de manera serena. El odio de él surgió por melancolía: a fuerza de ser cobarde y servil por fuera, se volvió terco y triste por dentro, y se dijo, ¿por qué no puedo atravesar el cielo del color del vodka, en una bicla de montaña con brillante aluminio y frenos de mano aunque no sea necesario frenar?

            Arrepentirse de los crímenes sería poco elegante. Golpeando, golpeando, aun sin motivos, al menos ha ejercido su derecho a la lujuria. Hasta el momento lleva cuatro, pero, a diferencia de sus hommies (el  hambre de ellos, sentada como un perro delante del plato, es voraz), no es tan diestro y la violencia sólo es un rictus, uno más en su papel de hombre. Eso, lo sabe, no lo convierte en un güilo delicado: le ha tocado cortar la cerviz de otros no por generosidad sino por indolencia. El campo fronterizo es un mundo práctico: no pueden permitirse sentir horror, sino que se actúa con una abulia estable, quizá satisfactoriamente acobardados. Detrás de la rutina de asaltar migrantes como él lo fue, hay un deseo de redención sobre su propio fracaso: no quiere que los demás inicien una travesía inútil. Los regresarán, como lo deportaron a él, poniéndoles la cabeza dentro de la maleta, rompiéndoles el nido en el cráneo. La peor trampa del cruce es el de volverse resistentes.

            La vio primero en una calle de Guatemala, rodando las llantas en un lodazal. Es una lástima, pensó. Una injusticia. Un acto de crueldad. Halló después una parecida detrás de un aparador modesto pero de todos modos infranqueable. Objetos que, según él, sobraban en el mundo hostil, y adquirían una fuerza monstruosa.

            No podía valer más de lo que ya había acumulado en la cartera. ¿Cómo pudo haberse sometido el capricho de un lujo hasta ahora incumplido? El deseo es el peor traidor. Iba a empujar la puerta de la tienda cuya musiquita de bienvenida sería insoportablemente cursi, y a decir “Me la llevo”, no en inglés sino con los dólares pulsando entre las manos. Iba a hacerlo de no ser porque la mujer aquella lo echó mientras su boca gesticulaba frases para él incomprensibles. No fue el inglés que entró como una masa blanca a sus oídos. Es que la jeva habló demasiado rápido. Volvió al aparador para observar las cadenas metálicas de la bicicleta, las mismas que pudieron prolongar los golpes ya lanzados, en un acto de libertad, a la empleada y su maldita piel sin estrías. Imbécil: trajeada con los mismos harapos de la servidumbre mundial. Todo por la armadura de una bicicleta cuyo barniz rojo ofrecía con descaro su risa de hojalata.

            Tanto riesgo por cruzar y, en un momento de incontenible ira, arrojar meses de trabajo en la cara y el cuerpo de una criada. No era gringa. Debió ser paquistaní o árabe, daba igual. 

            Los demás se burlan. De los diez maras, él es el que menos aguanta. Aspira el pegamento de una bolsa y no saben ellos si realmente existió el relato de la bicicleta o es sólo un delirio del thiner el que le permite recrear episodios donde lo chingan y se chinga a sus enemigos. También por eso los hommies le hicieron un tatuaje extendiéndole un triciclo en la carne de su abdomen. Se quita la camisa por efecto de los cuarenta grados: el calor se extiende por debajo como si el cuerpo fuera una chapa a la intemperie, sí, pero lo hace para dejar lucir las llantas y los manubrios. Hace poco le regalaron una de verdad. Fea y oxidada pero al fin bicicleta (se montó y pudo por fin sentir el ritmo de pedalear sobre el terraplén, el polvo azotando en su rostro, la sensación bélica de dejar atrás a los perros cuyos hocicos babeantes siempre asedian en la carrera).

            No quiere ser ingrato. Complace a la banda con esa apatía melancólica que se afana en admitir el sentimentalismo de sus finos integrantes. Sigue con ellos: la bajeza de la dicha de vengarse por nada, porque sí, todavía lo seducen. A veces se aburren, y un enfrentamiento a tiros con los rivales los saca de la rutina. Él se libró de la persecución de la civil, quién lo diría, por la Bimex. Eso es la vida. Pedalear con prisa sintiendo que una bala a uno lo persigue. En realidad, cada día todo se muere un poco. Es sólo cuestión de prolongar la caída lo que enardece. En las carreras por los caminos sin asfalto, piensa Wence mientras avanza por el campo minado que es su cráneo. Los demás se pasan la botella, fuman marihuana, aspiran la acidez del pegamento. Esa tarde han vencido: dos caídos más del otro bando se suman a la cuenta. Del barrio contiguo les llega el sordo repiqueteo de campanas.

            <Un día me cogeré a una de esas monjas>, dice uno de ellos y el coro ríe. Wence en cambio observa tras los visillos cómo el viento se deja venir con furia, levantando la basura de la calle, elevándola hacia donde la basura pertenece: a los cielos. No es una calle como las de St. Louis y descubre que aunque la mugre sea la misma en cualquier parte, en una calle de St. Louis hay la ilusión de que la mierda y los moscardones puedan estar a ras de un monumental edificio que los ensombrece y los aplasta.

            Wence observa la densidad acerada de la tarde. Nubes como camisas limpias en el tendedero del cielo. Las gotas comienzan a caer sobre los techos. Lo llaman. Atrás, Dania se desviste y se deja tocar por la decena de manos tatuadas. Wence en cambio se detiene para contemplar un resplandor y trueno simultáneos. Dania la mujer-moneda que la banda tiene por botín, un nombre carente de rostro en el que se mezclan la inocencia y la barbarie en grado tal que ella ha podido permitirse alguna vez el lujo de gritar sin que nadie se lo tenga en cuenta.

            Vuelve a aspirar hondamente hasta que le duele la nariz. No sabe si la ha visto en otra parte, ni si es producto del chemo pero la anciana está ahí otra vez: a mitad de la calle, una vieja desdentada que dice tener ciento tres años, anuncia con lascivia la revolución y advierte que todo Guatemala se hundirá en fuego. A Wence le causa gracia pero también envidia, como siente envidia de la gente que sabe qué quiere de la vida. La anciana le sonríe, es su pretexto para mostrar el vacío de su boca sin dientes y los ojos desorbitados que avistan en realidad tedio, la paciencia del miedo. La vieja comienza a aplaudir, sus lamentos iracundos son opacados por la lluvia y, sin moverse de su lugar, bailotea feliz, grotesca como si lo hiciera desde hace un siglo. Ahora se carcajea con tal escándalo que en el gesto perdido de Wence se reanima un leve gesto: al menos ella se atreve.

            Los demás no reparan en él. Mejor. No quiere participar en el rito de cogerse a Dania porque Wence, pese a todo el hastío que lleva dentro, cree que el cuerpo de una mujer es sagrado. <Si la estamos venerando, pendejo>, le reclaman, cuando lo escuchan. Prefiere evitarlo por más que Dania —ella se lo ha dicho a escondidas—, lo prefiere a él con ese carácter ido, mezquino o servil. Y es verdad. Casi nunca se enoja por nada y cuando ocurre, al contrario que los otros, puede ponerse muy violento un rato y después largarse triste, apesadumbrado ante un mundo que de pronto se le revela demasiado grande e incomprensible. Eso le sucedió después de haberle reventado el hocico a la empleada a la que quiso tratar bien, como los esclavos en el fondo se merecen. 

            No quiere que lo interrumpan. Prefiere ver a la anciana porque a él le gusta su letanía arrogante, más que esa práctica de intercambios desenfrenados que los demás soportan. Supone que cuenta pertenecer a una banda en Tecún, revolotear por las noches en las orillas del río, desplazarse detrás de los andenes del tren que nunca pasa, saturar paredes con pintas indescifrables, sentirse impulsados por arrancar el paisaje en un sitio donde no hay dirección, obligarse a permanecer a la clica, echar raíces por dentro.

            Y además, le gusta su tatuaje, es una lástima que sea parduzco pues lo hubiera preferido rojo como la Bimex original. Wence despliega risas entrecortadas, roncas, indecisas.

            <Pareces mongolito. O ya estás loco como la anciana>, sentencia una voz anónima en la esquina. La frase se pierde en los jadeos. Voltea y la ve a la Dania desnuda, las piernas abiertas, los ojos cerrados, los brazos extendidos, toda ella una equis en medio de la mesa, como una virgen doliente y agresiva. Tal vez se pasó de aspirar y ya no siente los alientos de los hombres musitando un trueque con los gritos de Dania que, sin vivir, no está muerta del todo. 

            Podría, Wence, cargarse de valor para quitarlos de encima, rescatarla a ella del aire caldeado, besarla pero si la baña primero, para que esté limpia. Así no le atrae. Podría decirle que la invita a montarse en su bicicleta, para que sienta eso que él: al menos por los minutos en los que se pedalea sin cesar, puede evitarse el tufo a coladera de Hidalgo y Tecún, bajar por una encumbrada calle sintiendo el vértigo —el orgullo que precede a la caída—, ganar agilidad robando para después huir veloz en la carrera mientras la peste de su mala alimentación se escapan de la boca, y un tiro o una piedra amenazan con tumbarlo aunque no lo consigan.

            Pero no lo hace. La cuadra se va llenando de umbría, los postes de luz convertidos en centinelas. El nosotros del barrio que es siempre un singular. Dania ya despega hacia un paraje incierto donde ninguno de ellos puede tocarla. Como si en su interior, en el interregno del silencio se estuvieran formando lentamente las palabras que la laceran más, las que no son un espectáculo digno de contemplarse con displicencia. O como si estuviera expulsándose de sí, para no echarse de menos a sí misma.

            A unos cuantos pasos de ellos está Wence, el que no participa, el que se quedó con la cabeza dentro de la maleta, y aún siente nostalgia por aquella luz verdosa del escaparate de la tienda de deportes que tenía el aspecto de parada de tranvía. Wence, el de los párpados caídos, la melena gruesa de varios días sin bañar, la boca agrietada y los ojos viejos, que al mirar esconden la timidez y se empeñan, torpes, en ser valientes.

            Ellos han llegado a la conclusión de que es el próximo y que se cuide. <Por coyón ya no rulea. La hora del reemplazo. Deberías correr, Wenceslao. Pinche nombre de marica>.

            Wence en cambio vuelve a la playa de California, oscura y centelleando maligna su capa de sal a las seis de la tarde. <Sería una exageración decir que por culpa del trabajo mal pagado y mi falta de papeles estoy de nuevo aquí. ¿Qué haría sin esta caca? ¿Qué o quién la habría sustituido?>. 

            La lluvia cesa y con ella, la claridad se abre paso en la atmósfera, como si se hubieran sobrepuesto a un atentado. Dania balbucea una cosa inentendible: un bordado sanguinolento le cubre la dentadura. La ven tendida a Dania, como si fueran estudiantes de medicina y le declararan amor eterno en la plancha de la morgue.

            Mañana: continuar con la paciencia del miedo, y quizá con sentimientos  más bajos aún. Mañana: otra vez la boca vacía de la loca, el revoloteo de las horas en los vagones del tren a donde acuden para convencer a los mojados de que no tiene caso, nada tiene caso ya si el retén sólo se prolonga indefinidamente. Mañana: volver a las casetas de inspección para burlar a la migra, a las putas de los burdeles gobernándolo todo, cada vez más ancladas al carné de salubridad que a los deseos del norte acariciado como se palpa en la oscuridad el lomo de un gato.

            <O tú qué más le dirías>, le preguntan.

            <Que es una reina, que deberíamos casarla con el ataúd>, responde Wence. Querría decirles que está harto de simular su gesto de cretino poderoso, de las palizas, custodias y desapariciones. Que le causa más temor ese maldito limbo donde se encuentran, que el que ellos midan ahora la distancia entre sus ganas de huir y la faca: la dejó cerca del espejo. Ahora uno de ellos la toma, y lo cerca con ella.

            <Quien entra no sale, cagón tragamierdas>. El empuje a la coacción, el afecto por las costumbres, a creer que merodeando allí, viviendo a costa de los incautos, han dado lustre a esta margen de la zona sur, tan perfecta para el ocultamiento. 

            Se siente mareado y busca la puerta como puede. Salir para estremecerse a menos de un kilómetro de distancia porque ya lo ven correr, y ya jalan el gatillo exigiendo la respectiva cuota en el rostro de Wence, marcado por la viruela, mientras Wence, lacayo a donde quiera que vaya, busca en el cielo raso de Tecún, un otoño que ahí nunca llegará con su suave escarcha sin sonido tiñendo los árboles. Los edificios como espejos duplicando la filosa luz vespertina. Una paquistaní como la criada de la tienda de artículos deportivos que, acostada sobre la superficie de arena, en sábado, día de descanso, exhiba quemaduras de cigarrillos en los muslos mientras se broncea. La playa llena de basura orgánica e inorgánica. Algún paisano de rostro y costumbres étnicas inyectándose heroína en las cabinas fotográficas.

            Wence se echa a correr montado en la bicicleta roja. Ha quedado el olor a patio mojado. Se echa a pedalear sobre la calle que húmeda ya no levanta polvo, hacia ningún lado, hacia ninguna parte. Quien cruza alimenta la ilusión de que es posible cambiar de vida. Pero es muy difícil cambiarla.

 

Del libro Barcos en Houston

© Nadia Villafuerte

 

 

Datos vitales

Nadia Villafuerte (Chiapas, 1978). Autora de Barcos en Houston (Coneculta-Chiapas, 2005), Presidente, por favor (colección de narrativa negra, Edaf, España 2005), ¿Te gusta el látex, cielo? (FETA, 2008), y Lía (de próxima publicación). Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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