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CÍRCULO DE POESÍA

 

Caso del “Informe contra mí mismo”. Literatura y contexto cubano.

23 Nov 2010

Raúl Recio

El poeta y ensayista Leopoldo Lezama (D.F., 1980) nos presenta un muy interesante ensayo que indaga la actitud de dos autores fundamentales, Eliseo Alberto y Pedro Juan Gutiérrez, respecto a “la situación cubana”. El contexto de la isla, siempre delicado, es motivo de las siguientes reflexiones.

 

 

CUBA

TONALIDADES DE LA DISIDENCIA

Eliseo Alberto y Pedro Juan Gutiérrez

 

 

Para Eliseo Alberto

 

 

1. preámbulo: lo literario siempre se acerca más a la  literatura

 

Toda literatura refleja en mayor o en menor medida lo que sucede en su contorno. Toda literatura, por excéntrica y desapegada que parezca, es un reflejo de la sociedad de su tiempo y de su condición histórica. De esta forma, el quehacer literario retoma aspectos del mundo interno del escritor, pero también de afuera, creando un espacio magnético donde se conjugan fuerzas estéticas e ideológicas; ideológicas, porque toda obra desarrolla una serie de ideas acerca del mundo; estéticas, ya que en ese desenvolvimiento hay una búsqueda de trascendencia. El mero desarrollo de las ideas convierte al texto en una apuesta de otro tipo. En este sentido, el centro de una gran obra se encuentra en el manejo deslumbrante que ha hecho de sus fuerzas compositivas. Hay que señalar, no obstante, que la literatura es un lugar donde los límites que contienen a las formas siempre se vulneran, pero siempre están, y esos límites son el parámetro para establecer juicios de clasificación y calificación, o para no establecerlos. De tal manera que un texto que se concentra exclusivamente en desarrollar ideas se ve como un ensayo científico, político, económico, histórico; y por otro lado, una obra ensimismada en sus propias estructuras, en su despliegue técnico, experimental, corre el fabuloso riesgo de ser tildada de artificiosa, ampulosa o como una mera gimnasia lingüística que se agota en sus piruetas. Ahora bien, los límites tienen la obligación de vulnerarse cuando hay la necesidad de buscar formas expresivas nuevas: así tenemos novelas y ensayos poéticos, cuentos de contenido político, biografías literarias, es decir, al buscar sus límites la literatura jamás los encuentra. Los límites se transgreden, los géneros se vulneran, pero lo literario queda intacto, lo literario sobrevive a cualquier tropiezo de la vocación, a cualquier rezago de la técnica, o a cualquier ajuste de cuentas con lo ideológico. En una novela, por ejemplo, todo se equilibra por una fuerza motriz encargada de sostener una temática mediante una forma o una serie de formas, pero no puede pasar lo contrario: el tema por sí solo no dice nada, se deshila, se desgasta. Además, cuando uno entra en diálogo con el producto literario, espera una apuesta, un esfuerzo, una visión que no hallamos en las formas primarias en que operan la vida y el lenguaje. Así la urgencia del lector “literario” es de incertidumbres que abren brecha, no de certezas; quien lee, busca aquellas porciones de la realidad que sólo mediante el esfuerzo del pensamiento, la sensibilidad, la imaginación y el lenguaje, se pueden vislumbrar. Y si hay reflexión, si hay crítica, si hay denuncia, son parte de una construcción que va más allá, pues la literatura siembra alternativas imaginarias frente a la realidad a secas. Por eso asombra, por eso ilumina: lo inexplicable frente a lo evidente, lo informe contra lo determinado, lo oculto contra lo inmediato, lo sospechoso contra lo que se anuncia, lo imposible contra lo posible y también lo posible contra lo imposible; una expansión, una aventura. Lo literario de la literatura, pues, es esa visión, ese manejo, ese efecto, esa criatura brillante y multiforme que el autor ha hecho con su tema.

 

2.    LO LITERARIO Y LO POLÍTICO

 

Pero  el problema es distinto cuando una de las partes, se sitúa en un lugar donde sus fuerzas compositivas se ven obligadas a rendir cuentas a otra fuerza primordial. Estoy hablando de un tipo de literatura con contenido político. Aquí los parámetros cambian, pues aquellos límites que se vulneraban están ahora marcados ya no por la búsqueda de estados estéticos, verbales, imaginarios, etc., sino por necesidades ideológicas y políticas específicas. Aquí ya hay varios elementos en acción, y entonces la crítica hacia este tipo de obras ya no ven sólo los aspectos estéticos, los recursos narrativos, sino que nos vuelven partícipes de una discusión sobre proyectos sociales, proyectos de nación, ideas del mundo, pertenecientes a “la realidad” a secas. En este terreno se exige discutir ideas precisas sobre la política y se corre el riesgo de que todo lo demás que podría hacer particular a tales obras pase a segundo término. Ya cuando un autor ha decidido manejar un problema social que es parte de la discusión de un lugar y un momento, debe suponer que su obra se encuentra en un sitio por principio polarizado, ya que está depositando por lo menos la mitad de su obra a su tema, y a un tema tan comentado, tan hecho, que si el manejo no es significativo, su obra no lo será de modo alguno. Si una novela aborda un tema de manera significativa, lo magnifica, estamos ante una gran obra. Si una obra crea su literatura, por ejemplo, desde los episodios políticos, económicos y sociales que ha vivido Cuba en los últimos cincuenta años, vamos a tener problemas de interpretación y de opinión. Ya no será meramente el arte literario lo que exigirá nuestra atención. Por principio, la invención, partiendo de un hecho tan cerrado, correrá el riesgo de someterse, de subordinarse,  a un contenido y sus leyes. Y tratándose de Cuba con mayor razón, pues se trata de una discusión donde se ha hablado, se ha peleado y se ha discutido en demasía. Habríamos de empezar por valorar las cosas desde su sitio y su naturaleza: habíamos sugerido que la literatura es un reflejo de la realidad, pero donde el vínculo con ella se hace desde un esfuerzo que no pretende nunca formular una copia fidedigna de ella; es decir, la literatura no es un versión verdadera de lo verdadero, y más bien se trata de su versión de su verdad. De lo contrario, si el pensamiento buscara describir y discutir fenómenos sociales para ofrecer datos objetivos, sería más útil y responsable servirse del ensayo político o de la estadística. Esto porque las obras más realistas, las más apegadas a lo real, tienen encima su carga de relatividad, de afectación, de manipulación, de tendencia; ya están ahí los demonios, ya está ahí la visión del autor que ha modificado el contorno con respecto a lo que él ve, piensa, siente, cree. Dejémoslo muy claro: su mundo, no es el mundo. El trabajo de elaboración, de imaginación y de creación, exige al autor, al menos, la conciencia de que su trabajo está construyendo una versión personal de la realidad, y cuanto más emblemática, artística y significativa sea esa visión, mayor será su posibilidad de trascender como una obra literaria importante. Esa visión, a su vez, estará guiada por una necesidad expresiva, estética y también, por supuesto, política. Pero el autor debe saber bien la intención y el fin de su creación, de la realidad que nos ofrece, pues algo muy distinto es describir la realidad, y otra perseguirla. La literatura, para poder sobrevivir en su mundo, necesita de un giro para establecer su propio territorio, para lograr aquella distancia esencial que la acerca a los territorios formidables de aquella realidad que palpita en lo profundo. Julio Cortázar era un hombre de ideas progresistas y de apoyo total a las causas justas, pero fue un gran escritor porque sus cuentos presumieron otras formas inquietantes de acercarse a lo real. Al  intuir esas honduras, la literatura cambia el pensamiento y lo enriquece, en su juego se da la batalla de lo inmediato y lo profundo, lo ordinario y lo extraordinario. Y cuando hay que desarrollar ideas, la literatura quiere mostrar una realidad, esa que el autor elabora en su mundo, porque ahí, en su escritura se muestra sin demostrar, es decir, muestra sin la intención de convencer. El discurso político, en cambio, de forma muy distinta a la que debiera buscar la literatura, busca persuadir y convencer, de la realidad del mundo. Aquí está la diferencia sustancial: en el mostrar y el demostrar, el de exponer y el convencer, pues la literatura lejos de querer allanar el camino hacia la realidad, lo retuerce. Cuando alguien lee una novela o un poema, jamás supone que se encuentra ante lo real. Y aunque uno ve en las novelas de Dostoievsky manifestaciones “reales” de la sociedad de su tiempo, uno no dice: “eso es Rusia”, y más bien entendemos que es la Rusia vista por un autor genial, por medio de las abrumadoras profundidades sicológicas de sus personajes. Por otro lado, el discurso político tiene ya su propia dimensión de intención y de ejercicio; a diferencia del literario, está obligado a manejar un discurso que se acerque mucho más a la realidad inmediata de los hombres, pues de él depende la formación, y aún más, el futuro real inmediato de las sociedades. Entonces, lo político no sugiere un mundo alterno, trabaja en un mundo concreto, con hombres concretos en situaciones concretas. Ahí, imaginar, sugerir, tiene muy otra connotación. Por eso, por su desenvolvimiento en los conflictos de las sociedades reales concretas, lo político tiene que hablar con “verdades” que sirvan a esas sociedades, y por eso, su discurso está obligado a convencer de que su mundo es y debe ser el mundo, la alternativa para el beneficio de todos. Cuando los tipos de discursos, el literario, y el político se enfrentan, necesariamente sobresalen las verdades de la política, y las verdades de la literatura.  En pocas palabras, lo literario trabaja para una realidad imaginaria que interactúa, busca y enriquece la realidad real, y la política lo hace para una realidad concreta y urgente. En la literatura el discurso nunca se separa de la realidad real,  pero su búsqueda se dirige a cambiar al hombre desde la sensibilidad, la creación de espacios imaginarios. Lo político, por su parte, busca esa realidad inmediata que es necesaria cambiar para un bien común en lo concreto. Lo literario se resuelve en sus estructuras, sus simbologías, su estética y en la afectación que tiene en el lector; lo político con las ideas y el trabajo de los hombres en sociedad. Realidades independientes, intenciones independientes, fines independientes: lo literario exige calidad, lo político exige claridad, congruencia; pero sobre todo, cuando alguien habla en esos términos, es porque un compromiso moral y un compromiso activo lo sustenta. El  denunciar no sólo consiste en aventar discursos sin dirección, fin, ni remitente: exige al lector una posición y una actitud ante un conflicto, por la razón de que cualquier opinión estará en un lugar entre polos opuestos; ahí estarán quienes, con respecto a su formación, sus valores, y sus ideas, aceptarán y compartirán lo que se dice, y los que  no. Por eso, el escritor denunciante está exigiendo, aunque no lo quiera, una posición a quien lee. Entonces surge la pregunta de si el escritor posee la verdad sobre el asunto que denuncia, y si lo que dice no tiene en el fondo una intención propagandística, heroica, terapéutica, o de otra índole más allá de la literaria. Se le cuestionará sobre la validez de sus críticas, se cuestionará si están  sustentadas en fundamentos sólidos, si coinciden con los hechos, si tienen conocimiento de causa o si no. Se entenderá que cuando un escritor habla de asuntos políticos, se revisará algo más que su mero quehacer artístico.

En el presente ensayo, analizamos dos obras: la Trilogía sucia de la Habana, de Pedro Juan Gutiérrez y el Informe contra mí mismo de Eliseo Alberto, obras que parten de una misma realidad: el sistema político y económico cubano del último medio siglo, pero mediante acercamientos distintos. Aquí apreciamos de manera muy clara, cuando una crítica posee mayores argumentos y mayor validez que otra, al abordar temas políticos.

 

 

 

Eliseo Alberto

Caso del  INFORME CONTRA MI MISMO  

  

                                                                                       No es por azar que nacemos en un sitio y no

                                                                                                        en otro sino para dar testimonio.

                                                                                                                                           Eliseo Diego

 

Eliseo Alberto ha logrado el equilibrio en situaciones que parecerían irreconciliables. ¿Cómo hablar sin ser condescendiente, sin parecer un traidor? Su Informe contra mí mismo es un testimonio maniobrado desde la dolorosa observación de un proceso histórico difícil. Es un texto de rotundo juicio, un documento construido con los lacerantes episodios de una memoria que guardó con tristeza, la historia trágica y gloriosa de una nación. Lleno de coraje, lastimado y lúcido, Eliseo Alberto, más que injuriar se pregunta, más que satanizar, recuerda. El Informe es un documento de intenciones, principios y fines absolutamente políticos, pero eso lo tenemos claro desde el principio: él jamás usa una historia, una “oportunidad literaria” para registrar su crítica de manera velada; la de él es una opinión abierta y directa, lo que constituye su primer gran acierto. Su valor está en que asume y sostiene una posición ante lo que escribe, y además, jamás adopta el papel de quien tiene la razón; él no cae en la dinámica común de descalificar para ganar por golpeo. La de él es una denuncia a grandes voces pero discreta, con inteligencia, con respeto y reflexión. En efecto, el Informe, más que un itinerario de quejas y puñetazos, es un intento de comprender lo que sucedió en los últimos cincuenta años en Cuba, y por eso, es evidente que antes de festejar juicios sumarios, trata de ir construyendo bajo una cuidadosa observación de los hechos, un recuento de lo sucedido:

         

Una crónica de las emociones en la espiral de las últimas décadas del siglo XX cubano,

               podría  ayudar a entender no sólo el nacimiento, auge y crisis de una gesta que sedujo a

               unos y maldijo a otros  sino, además explicarnos a muchos cuándo, cómo y porqué

               fuimos perdiendo la razón  y la pasión.1

 

Tenemos un texto personal, un texto más emocional que informativo, una crónica de las emociones de un momento en que resultaba imposible no estar dentro de un vértigo social y espiritual. Lo que hace Eliseo Alberto es muy legítimo: responder a la urgente necesidad de expresar su experiencia de lo vivido, pero siempre en un intento de interrogar a su sociedad antes de juzgarla. Y eso es muy importante, pues nos muestra que es posible inmiscuirse hasta la médula de un conflicto político sin ser partidista más que de la reflexión, sin señalar víctimas o culpables, buscando un criterio que se mantenga entre posturas extremas, entre ideologías que se han autoafirmado como verdaderas. Debe suponerse que cuando se trata de definir una ideología, hay que ser firmes, se es o no se es, se está o no se está. Pero el pensamiento de Eliseo Alberto es diferente: trata de hallar un criterio conciliatorio entre corrientes que no han encontrado otra solución más que volverse totalmente opuestas, disputándose la verdad sobre la realidad de su país:

 

            …los apologistas de la verdad y los apologistas del defecto. Ambos han caído en la misma

                trampa: por medir los pasos, evitando dar uno en falso, magnifican o minimizan las

                conquistas del proceso revolucionario, pero no escuchan los argumentos de los opositores

                y acaban negándose al diálogo por principio de ideología.2

 

Eliseo no nos quiere convencer de nada; se limita a mostrarnos su visión sin pretender jamás que esa visión es la verdad de Cuba. No incurre en la fácil, en la injusta categorización de buenos y malos. A diferencia de otros escritores cubanos que le adjudican al gobierno todas sus desgracias, Eliseo no reparte culpas, no asume una actitud de mártir ni de salvador, y en cambio, alcanza a ver que el problema está en el conjunto, en todos los que participaron en ese complejo proceso histórico. La postura de Eliseo es: nadie tiene la verdad, todos la tienen, los errores provienen de ambas partes, y en ese desacuerdo primordial, en ese divide y perderás, se diluyó lo que inicialmente se buscaba. Y esta postura es a fin de cuentas una propuesta revolucionaria, pues se trata de un pensamiento que se detiene en el problema de Cuba para hallar, si no una salida, sí al menos una comprensión de lo acontecido.

            Por otra parte nos es más difícil compartir, por ejemplo, la opinión de que un drama raigal de la historia de Cuba, es que sus personalidades políticas más importantes, sus líderes históricos no hayan conocido la historia desde abajo, sino desde arriba, y que eso ha dado lugar a un punto de vista insuficiente, por la lejanía del exilio, o por la altura del poder. No podemos compartir esa postura, pues probablemente no es que Fidel  Castro desconozca ese abajo al que refiere Eliseo, y tal vez el problema de Cuba vaya más allá de su dirigencia. Por poner una amable diferencia: en México tenemos a los niños más obesos del mundo, y cuando algunos diputados sugirieron que hubiera una disciplina deportiva diaria en las escuelas, la Secretaría de Educación Pública tiró al suelo la propuesta: no iban a perder los convenios multimillonarios con las franquicias de comida chatarra. En Cuba no pasa eso. Por otro lado, podemos aceptar la idea de que a Fidel sólo le interesan los hombres en su utilidad social, pero habríamos de recordar, que en rigor, la idea del hombre en sociedad no es privativo del gobierno cubano: al resto del mundo le interesa esta utilidad del hombre pero como parte de un engranaje de un gigantesco sistema comercial. Otra opinión con la cual podemos estar en desacuerdo, es aquella que piensa que algunas nociones son erróneas a priori, por ejemplo, la creencia de que en la idea misma de un proyecto se encuentra ya su fracaso:

 

        Tarde o temprano  una buena parte de los constructores que a pie de obra habían estado

          dispuestos  al sacrificio se sintieron defraudados al comprobar en los hechos la fragilidad

          de las utopías. 3

 

Es decir, una cosa es que Cuba no estuviera preparada económica y materialmente para un giro de 360 %, y otra muy distinta, es algo así como una “fragilidad de las utopías”. No es muy probable que las utopías por sí mismas sean frágiles, lo es más en cambio, que sea el manejo que se hace de ellas lo que determina su fin. En dado caso, las utopías en sí mismas guardarían el proyecto de una sociedad de tal o cual modo, y serían ellas las que en dado caso permitirían a las sociedades ubicarse en otro lugar al que le han impuesto los mecanismos mundiales de poder; pero en esta lógica la utopía en sí no garantizaría el éxito o el fracaso de sus planeamientos, lo que sí garantiza es la concepción formalizada y estructurada de un mundo posible. La utopía muestra un camino y en su exposición está contenida la opción de seguirlo; o en otras palabras: la utopía es posible si los hombres la practican a cabalidad. Pero claro está, que depende de los hombres mismos, y no de las utopías, la forma de su desenvolvimiento y de su destino. Alguien podría decir: el marxismo no fracasó nunca; fracasaron los hombres que hicieron atrocidades en su nombre. Al respecto, Julio Cortázar, en un grandioso ensayo del que me valdré más adelante, afirma:

         

La revolución es también, en el plano histórico, una especie de apuesta a lo imposible,

                como lo demostraron de sobra los guerrilleros de la Sierra Maestra. 4

 

En ese caso habríamos de hacer un análisis de qué pasa con las utopías, y porqué no ha sido sencillo ejercer en los hechos sus contenidos indudables. Lo que es más probable es que un hombre sin utopías es un hombre que no ve más de lo que es, y si este suprime la utopía, en ese momento se ve condenado a no visualizar un modo de vida distinto. Si este razonamiento lo llevamos al terreno de los opresores y los oprimidos, ¿a quién le convendría que las utopías fracasaran?

Sin embargo, el de Eliseo Alberto es un paseo por la memoria lleno de ira y también de poesía; un paseo por el dolor de ver cómo se derrumba un ánimo nacional, una narración que describe los movimientos de la decrepitud, la desconfianza, el odio de los hombres que alguna vez compartieron un proyecto; un relato que además tiene la valentía de exponer los puntos que no comparte: la censura, el hostigamiento, la vigilancia, el espionaje, la burocracia, la represión. La diferencia es que Eliseo reflexiona antes de señalar, investiga, estudia, analiza los tiempos y sus circunstancias, y antes de contribuir con el resquebrajamiento de la convivencia entre las distintas ideas a cerca del tema cubano, recurre siempre al punto de concilio. La virtud de Eliseo es que trata de ubicarse en medio del fuego cruzado para hacer el balance, y sin tratar de quedar bien con Dios o con el Diablo, sin tratar de conservar los afectos del amigo y del enemigo, ve las virtudes y los defectos de la Revolución y los trata de igual manera. Así, en unas líneas habla del silencio que muchos padecieron, y habla también de los que hablaron. La Revolución, nos dice, construyó pero también olvidó, generó, pero también perdió:

         

            De tanto callar , tanto silencio casi nos deja mudos. Que levante la mano el que no bajó la cabeza

                ante aquellos argumentos, que tire la primera piedra quien no se puso el tapabocas en las cuerdas

                vocales, al menos quinientas veces en su vida. Hoy, treinta y seis años de aquel enero del 59,

                tal vez no sea el día oportuno, ni estas las palabras establecidas; quizás alguien piense que estoy

                coqueteando con el enemigo, que me vendí por treinta monedas, que… aprovecho los momentos

                más angustiosos de la revolución para acumular méritos ante los “ guardacostas del imperio”. 5

 

Estas palabras pertenecen a una voz que está asumiendo todas y cada una de sus palabras. En definitiva, su trayectoria humana, cultural, literaria y crítica, no es menos comprometida y revolucionaria que la de los más férreos militantes, y aporta un libro que denuncia, motivado por auténticos deseos de renovación y mejoramiento. De esta forma, cuando en este libro se habla de política, se va al grano, se dice lo que se tiene que decir con todas sus palabras. Cuando se trata de hacer literatura, salta el maestro y lo hace bien, mezclando la experiencia con la denuncia, con la buena literatura; aunque tendremos que admitir, que sus mejores momentos literarios, llegan cuando el recuerdo es recuperado con poesía, episodios donde se labra la nostalgia del paraíso perdido. En algún momento recuerda a José Lezama Lima, escritor que a su juicio, no gozó de la aceptación por parte de la burocracia del sistema, en contraste con la fama y la difusión que tuvo, por ejemplo, Nicolás Guillén:

 

            José Lezama Lima, por el contrario, no tuvo mucha suerte en este mundo, prisionero entre

                las cuatro paredes de su isla Trocadero, rodeado de habanas y de habanos por todas partes.

                Su pequeñísima corte estaba integrada por cinco o cuatro gatos amigos, unos de corazón de

                oro, otros de lenguas viperinas, que de tarde en tarde iban a visitarlo para escucharle los

                monumentos de palabras que era capaz de levantar en el aire con la gracia de su voz. Mientras

                aireaba el asma en un sillón de caoba, gesticulante, rotundo y soberano en su minúsculo reino

                material donde se destacaban, por los resplandores de la pobreza, una cama con bastidores de

                muelles flácidos, unos cuadros jorobados y un huevo de navidad…5 

 

Calidad, gracia, poesía, claridad ideológica, responsabilidad en las denuncias, en Eliseo Alberto se justifica su manejo de lo político, pues lejos de fungir como doctor  moralizante que profesa las recetas del buen disidente, nos deja uno de los testimonios más emotivos, más punzantes, más sentidos, más sensatos, que se han hecho sobre la revolución cubana. 

 

 

TRILOGÍA SUCIA DE LA HABANA

“Política y Literatura”, vieja aclaración, nuevas confusiones.

 

El caso de Pedro Juan Gutiérrez es distinto. Su visión es pesimista y ácida, sus personajes oscuros, quejumbrosos, y viven la dura vida cotidiana de la Cuba de los años noventa. Hasta ahí bien. El problema con Pedro Juan es su actitud política mal asumida y mal aplicada ante los mismos problemas que desarrolla Eliseo. Aunque no se pueden negar sus méritos literarios, la facilidad de crear buenas historias al interior de esa Habana “negra”, nos da la impresión de que el escritor de la Trilogía sucia se valúa en parte por su literatura, pero también por la actitud que toma frente a los problemas de su país. Habíamos dicho que cuando asuntos de orden político se manejan con soltura y sin tanto rigor dentro de la órbita literaria, corren el riesgo de no ser tan legítimas a falta de reflexión y de sustento. En realidad, nos gusta el Pedro Juan que hace una serie de relatos perversos teniendo de telón de fondo la atmósfera dura de los años noventa en Cuba. Literariamente logra salir a flote, ya que es capaz de crear historias de la Habana sucia, la Habana derruida, la violencia, la prostitución, las mujeres sin empleo que terminan jineteando en los sitios turísticos, la droga, la burocracia, la represión, la mentira, el hartazgo de un país donde nada funciona, donde todo está derrumbándose, pudriéndose. Ahora bien, si tomamos al pie de la letra lo que dice Pedro Juan de Cuba, lo primero que nos viene a la mente es, sin duda, qué hace viviendo al interior de la isla. Sin embargo, nosotros leemos literariamente la Trilogía sucia y nos satisface; el problema es que Pedro Juan hace también una crítica explícita y abierta al sistema cubano, es decir, suelta una serie de opiniones políticas, pero en este caso sin ningún sustento, sin respeto alguno, entrando en un ambiente de escisión, lo que obliga a puntualizar algunos asuntos de su libro.

Acaso, el de Pedro Juan hubiera sido un excelente libro de relatos eróticos, si se hubiera concentrado en la elaboración y desarrollo de sus historias perversas. En ese terreno, Pedro Juan tiene la suficiente inventiva y calidad para mantener episodios y episodios de amantes, ex amantes, ex-ex amantes que mal viven en lo que a su juicio es la peor Cuba de la historia. Así, nos hemos divertido con la historia de un hombre que “templa” con una mujer distinta cada semana, que consigue ron y cigarros quién sabe de dónde, que se las ingenia para vivir como un cuasi-beatneak en un país del tercer mundo. Nos hemos divertido con las historias secretas de esa Habana sucia: drogadictos, asesinos, psicópatas…un hombre sin piernas que antes fue un superman con un pene de treinta centímetros que cada noche eyaculaba ante un público que en su primera fila tenía una multitud de homosexuales aventándole dinero. Ese es el Pedro Juan que nos satisface: el que hace pequeñas historias llenas de humor negro, llenas de sarcasmo, de ironía, de irreverencia, de talento literario. No nos llena tanto, en cambio, el Pedro Juan que subordina sus historias a sus opiniones políticas, el que inventa el relato de una viejecita que se murió de espanto cuando se cayó el muro de su casa porque el gobierno no invirtió en el cuidado de sus edificios; o aquella otra del hombre al que le censuraron unas fotos eróticas, cosa que empujó a que su hijo se arrojara a las drogas, o la del homosexual que se suicidó porque no lo aceptaba la sociedad…actos que serían más verosímiles si no estuviera uno pensando en los conflictos que Pedro Juan trae con el sistema. Hay, pues, una subordinación de sus temas a lo político, cosa molesta, ya que hubiera sido más sencillo que expusiera de manera directa lo que piensa de Cuba. ¿De quién es entonces la censura?

Entonces queda un discurso que no acaba de consolidarse como una gran narrativa, y que tampoco llega a ser una crítica analítica, fundamentada. En Pedro Juan no hay reflexión: hay una “tira mierda” por todas partes, no hay análisis, y sólo se escuchan quejas y quejas, que lo hacen adoptar esa vieja actitud del mártir, del que se otorga valor por estar en contra de lo establecido. Pedro Juan quiere ser un escritor maldito en la Habana de pleno fin de siglo XX, pero eso sólo le incumbe a él: a nosotros nos interesa su literatura y lo que ella ofrece. Y entonces el vagabundeo de sus personajes, sus prácticas libertinas, su actitud rebelde ante el infierno en el que viven, quiere construir la imagen de un héroe anti dogmático y libre, héroe que se regodea en lo grotesco, y que demuestra lo que pasa en su país.

Lo político en Pedro Juan es determinante, no sólo es una atmósfera para sus relatos, no es una mera anécdota recurrente sino algo que sostiene su más elemental sentido. Y no se halla en Pedro Juan el equilibrio, la reflexión,  el respeto, y sobre todo, el compromiso en sus denuncias, que sí tiene Eliseo Alberto. Consideramos que en el caso de Pedro Juan la crítica no existe, y en cambio hay un golpeo sistemático contra el gobierno de Cuba. Pero ¿qué pretende Pedro Juan con sus críticas, hacia dónde se dirigen?, veamos un ejemplo:

 

          Ellos [los partidarios del sistema]  reducen el mundo a unas pocas personas híbridas, monótonas,    

             aburridas y perfectas. Y así quieren convertirte en un excluyente y un mierda. Te meten de cabeza en    

             su secta particular para ignorar y suprimir a todos los demás. Y te dicen: la vida es así, señor mío, un

             proceso de selección y rechazo. Nosotros tenemos la verdad, el resto que se joda…y te empobreces  

             mucho porque pierdes algo hermoso de la vida que es disfrutar la diversidad, aceptar que no todos

             somos iguales y que si así fuera esto sería muy aburrido..6

 

Primera deducción: ante la verdad de los excluyentes, la verdad de los que incluyen. Segundo: nos queda claro el desacuerdo de Pedro Juan con el sistema educativo en Cuba, pero nunca explica cómo es esa situación, ni cómo debería de hacerse para que esa educación suprimiera esa realidad de “excluyentes y mierdas”, y es cosa que no tiene por qué hacer. El problema es que ya está metido en un asunto que requiere de muchas más aristas que decir: “ah mierdas”, y que resuelve de tajo con el argumento de la diversidad; es decir: lo diverso como equivalente a lo anti mierda, porque como lo homogéneo aburre, lo diverso divierte. Para Pedro Juan Gutiérrez lo grave es que la igualdad es aburrida. Y lo que resulta, es nuevamente la sensación de que Pedro Juan habla de cosas complejas que han sido discutidas durante décadas, que son parte del ordinario escrutinio de mucha gente, economistas, politólogos, periodistas, sociólogos que discuten la estructura política y social de Cuba, problemas que necesitarían un trato más extenso, más pensado, más estudiado, que su contundente “mierdas y anti mierdas”. De lo contrario, se puede pensar que Pedro Juan es un escritor que no analiza los asuntos que denuncia y prefiere satanizarlos de un plumazo: es más fácil decir que todo está de la mierda, que reflexionar y proponer. Por otra parte, no vemos una voluntad de colaboración en Pedro Juan para la resolución de los conflictos que denuncia, y más bien, nos parece que se refugia en su actitud de poeta maldito para justificar sus descontentos con el régimen:

 

          Todo debe estar bien. Una sociedad modelo no puede tener crímenes ni cosas feas…

          Por eso yo estaba tan desilusionado con el periodismo y comencé a escribir unos relatos

            muy crudos. En tiempos tan desgarradores no se puede escribir suavemente. Sin delicadezas

            a nuestro alrededor, imposible fabricar textos exquisitos. Escribo para pinchar un poco y

           obligar a otros a oler la mierda. Hay que bajar el hocico al piso y oler la mierda. Así

           aterrorizo a los cobardes y jodo a los que gusto amordazar, a quienes podemos hablar.7 

 

Porque en el periódico no lo dejaban decir lo que quería, Pedro Juan recurrió a la literatura, ya que seguramente ahí podría decir las atrocidades que el régimen oculta. Pedro Juan nos declara que su escritura es un sitio donde al fin se van a escuchar las verdades de esa Cuba horrible que se esconde detrás de la versión oficial. Pues bien, el primer error de apreciación en Pedro Juan es querer solventar en el ejercicio literario lo que se ha de resolver en otros lugares con otros medios; el segundo, es tratar de persuadirnos de que el régimen de Cuba anula la libertad de expresión, pues eso comúnmente se conoce como discurso panfletario, y es algo que los escritores ya no deberían hacer por cuidado a su literatura. Creemos que Pedro Juan hizo su Trilogía para saldar odios contra el sistema cubano, lo cual vemos muy desafortunado, pues se trata de un buen escritor. En dado caso, Pedro Juan debió hacer una investigación, un texto documentado de denuncia, donde se hicieran observaciones valiosas y sin duda muy necesarias para sanear todo lo que se ha viciado en el sistema cubano, pero en vez de esto, propone, bajar el hocico al piso y oler la mierda. ¿No es eso también una contingencia? Además, tiene las claras intenciones de demostrarnos una realidad atroz, y ahí se cae la cosa.

Por último, creo que hay otro error de apreciación en Pedro Juan, y es que olvida que ya han sido superados los tiempos de las discusiones de “la  literatura de compromiso”, donde casi se le exigía al escritor que en sus obras se reflejara su carácter revolucionario,  ya que el arte debía ser parte de esa transformación del hombre y no se podía dar el lujo de hablar de cosas que no contribuyeran a las exigencias inaplazables del proceso revolucionario. Creo que aquellos tiempos donde se exigía una temática a los escritores, quedó afortunadamente saldada; pero Pedro Juan acaso no alcanza a entender que sus libros, que se autonombran sin nombrarlo “rebeldes” y en cabal defensa de la libertad de expresión, se hallan de algún modo estancados en esa discusión del deber en la literatura. Y es que esto podría tener la velada intención de alimentar  la idea de que en Cuba sólo son valientes y valiosos los autores que abordan la temática de la Revolución cubana y sus consecuencias; es decir, nos lleva a una nueva imposición: la idea de una necesaria denuncia pero ahora contra el sistema de Fidel Castro. ¿Dónde quedaron los criterios que valoraban a un escritor por sus méritos literarios, por sus valores literarios y no por cuáles eran sus preferencias políticas? Pues ya había quedado claro que una cosa es el escritor y otra el crítico, una el hombre social y otra el hombre literario. Escuchemos a Julio Cortázar:

        

            En definitiva, lo que cuenta es la responsabilidad personal del escritor, el que sea o no

                un escapista de su tiempo o de su circunstancia. Y aquí no es fácil dividir las aguas…8

          

Aunque Pedro Juan no tiene la intención de hacer un documento político sino un texto literario, en su Trilogía sucia de la Habana parte de supuestos muy claros, y es innegable que su poética está absolutamente marcada por una opinión central: estar en contra del régimen socialista cubano. Y esto es comprensible. Entendemos que la atmósfera y los personajes sean tal cual los que le impone “la realidad” en la que vive, y se entiende también, que sus temas, como el de muchos escritores cubanos, sea el de la represión a los homosexuales, la miseria, la intransigencia, la intolerancia, el espionaje, y todo lo malo que puedan encontrar en las formas de organización del sistema. El problema no es que haya elegido el sistema político cubano para desarrollar su novela. El problema es que Pedro Juan nos imponga una lectura de Cuba y no nos dé más salto y seña que sus “mierdeces”; el problema es que adopte la actitud de mártir como una circunstancia literaria, y que no sean precisamente sus méritos literarios lo que lo saquen a flote, sino el efecto que quiere provocar ante un lector que está obligado a verlo como un valiente que escribió en medio de todas las censuras y las calamidades. Y más allá de todo: ¿qué hace Pedro Juan para que esa Cuba terrible que tanto abomina mejore? De lo contrario, alguien podría decirle que hay una solución mucho más efectiva: si tanto le preocupa Cuba, que organice a los inconformes, que haga mesas redondas para cuestionar el régimen cubano, que haga una contra revolución, pero que deje en paz a la literatura. ¿O acaso escritores como Pedro Juan, o como Reinaldo Arenas en su lamentable Antes que anochezca, quieren que se mejore la situación social de su país, o acaso ven en el problema de Cuba una oportunidad para atraer los reflectores? ¿Quienes denuncian están comprometidos con su proceso histórico y con la gente que diariamente trabaja por la justicia, por la igualdad social, por los derechos del hombre, o son cosas que no se plantean?  O mejor dicho: ¿Los que denuncian quieren recomponer aquel proceso revolucionario que tanto daño les ha hecho, y con sus obras ayudar a que las diferencias se resuelvan? ¿Quieren, los que denuncian, aportar a la reconstrucción de su revolución?

¿Cuál es verdaderamente la finalidad de novelas como las de Pedro Juan Gutiérrez?

¿Es válida una crítica sin análisis?  ¿Qué finalidad tienen estas obras? ¿Literarias, políticas, propagandísticas, comerciales? Escuchemos lo que Cortázar dice al respecto:

 

          La integración del escritor revolucionario en el socialismo supone, en el pleno de la

            responsabilidad y de la actitud del intelectual, una tarea positivapuesto que la revolución ya               

            ha sido puesta en marcha, y se trata de defenderla,  perfeccionarla, y llevarla a sus fines últimos.6

 

Estas palabras revelan el fondo del problema del escritor frente a las circunstancias sociales de su tiempo: si los escritores hablan a favor o en contra de un proyecto revolucionario, una serie de valores éticos deben sustentarlos, una actitud, una congruencia, un compromiso que va más allá de su obra. Es en el compromiso y el acto, donde se ve a un escritor involucrado con el proceso de construcción de su sociedad. Lo que escriba es su decisión, y en ella misma habrá un valor. Si decide y puede hacer una obra en la cual se realcen los valores que como ciudadano defiende, bienvenida será; pero corre el riesgo de hacer una mala obra, o un panfleto.

Pero si el que escribe, denuncia sin crítica, análisis, reflexión, documentación, se expone a ser visto como un oportunista, un mediocre (pues no halla otra cosa en qué basar su literatura) y peor aún, un mezquino.  

Tanto en los terrenos de lo político como en lo literario, cuenta la congruencia. En ambos terrenos, mucho estorba quien critica pero en nada contribuye. Cuba tiene grandes escritores que han contribuido con su obra, su pensamiento y su activismo, a un proyecto que ha ido en otra dirección, lejos de la destrucción causada por el brutal modelo económico del último medio siglo. En ningún momento de la historia se había vivido una crisis económica, social y ecológica de tales magnitudes, provocada por un sistema que, habría que recordarlo, no es el cubano. Podría demostrarse que Cuba es uno de los pocos países que, con errores, excesos y también arbitrariedades, ha propuesto otro tipo de progreso. Podría demostrarse también que si hay un país que ha dado la pauta de destrucción, crimen, pobreza, genocidio, injusticia, devastación de los recursos naturales, y muchas otras miserias que azotan a la humanidad, esa, no es ni será Cuba. Mucho serviría que aquellos escritores que tanto se aterran del sistema cubano, se ocuparan, por ejemplo, del asunto de Guantánamo o de los infinitos horrores que comete el imperio norteamericano contra la isla y contra el resto del mundo.   

Pienso, seguramente con ingenuidad, que serán los grandes hombres quienes con su trabajo, su pensamiento y sus actos, contribuyan a defender ese derecho a la vida, que en estos tiempos se le ha puesto un precio muy alto.

Probablemente también, al resto no los quiere, ni los necesita su país.

 

 

         

 

 


1 Eliseo Alberto,  Informe contra mi mismo, Alfaguara, México, 1998, p 23        

2 Eliseo Alberto, Informe…pag 24

3 Eliseo Alberto, Informe…pag 28

4 Collazos Oscar, Cortázar Julio, Vargas Llosa Mario, Literatura en la revolución y revolución en la literatura, Siglo XXI, México 1976, pag 73.

5 Eliseo Alberto, Informe…pag 60

5 Eliseo Alberto, Informe…pag.85

6 Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de la Habana, Anagrama, Barcelona, 2001, pag 15.

7 Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía…pág.85

8 Oscar Collazos…Literatura en la revolución…p.57

9 Oscar Collazos…Literatura en la revolución…pag.64

 

 

 

Datos vitales

Leopoldo Lezama Contreras (México D.F, 1980) es poeta, ensayista y editor. Ha colaborado con numerosas revistas, suplementos culturales y antologías al interior y exterior del país. Ha trabajado en el Fondo de Cultura Económica y en Random House Mondadori. Es coordinador del libro Perduración de la palabra, Antología de poetas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, México, UNAM, 2008.  Actualmente está a cargo del taller de creación literaria de la Asociación de Escritores de México y es colaborador de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica.

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