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CÍRCULO DE POESÍA

 

Tres cuentos de Demian Marín

05 Nov 2010

Demian Marín

Como parte de la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea, presentamos tres cuentos del narrador mexiquense, Demián Marín (Toluca, 1979). Sus relatos nos sitúan ante atmósferas y una visión del mundo chinas. Actualmente, Marín es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, por segunda ocasión.

 

 

Las trece maravillas únicas

 

–Son trece las que más allá del mar se encuentran –decía Ujang Suryana. Eso decía, con su mirada enigmática y aquella única pierna blanca como la arena. Ujang Suryana acostumbraba mezclar la profecía con el habla diaria. Por eso el pueblo no la comprendía.

            –Más allá del mar están las trece maravillas únicas –decía.

            Sentada, viendo las olas, día y noche recitaba como oración las trece maravillas.

            El Dan Infinito,
            cocina portátil del Dios de la Octava Caverna Suprema,
            cuyas albóndigas nunca terminan de comerse.

             El bambudal de Shan Tung,
             del cual todo el que ingresa nunca sale
             por ser éste el laberinto más perfecto.

             El cortejo de gallinas de oro
             de la Princesa Jin-ji, 
             quienes otorgan huevos de oro al necesitado.

             La fuente Tong-tsi Quan,
             donde se aparece un niño peinado con rodetes y una rama de sauce en la mano,
             con la que cura cualquier enfermedad e infunde fuerzas al débil.

             Suen Hin-tcho,
             el mono bodhisattva que comprende los cuatro puntos cardinales
             y es invencible en el juego de los gorriones.

             El olmo de Tsai-dom Gin,
             donde bajan de noche las almas de los ancestros
             en forma de rocío.

             La Colina Voladora,
             que muda sus aposentos cada invierno
             y es señal de buena cosecha.

             El tigre blanco del río Hong Qiang,
             que es tan rápido como un trueno
             y de un solo salto atraviesa montañas.

             El té de Long Jing,
             que hace recordar a quien lo bebe
             todas sus vidas pasadas.

             Los lienzos de seda de Li-fo Qiao,
             en los que cualquier cosa que se borde 
             cobra vida.

             La Gran Muralla
             de la Tierra Central, 
             que impide el paso de todo enemigo.

             La Hierba Divina
             de la montaña Qun Lun,
             que tiene el poder de resucitar a los muertos.

             La larga uña
             del mandarín Pei-ya,
             que señala a los justos el camino de la sabiduría.

             Un día dejó de recitar. Se colocó frente a una pila de lienzos de seda y escribió con esa caligrafía nítida que la hacía famosa.

             –Escribo el libro de los felices –dijo–, porque no quiero llegar con las manos vacías.

             Y así llenó el libro, que llevó entre el brazo y la muleta cuando zarpó a la Tierra Central.

             –Es un libro maravilloso –dijo el pueblo–. Sin duda el rey lo aprobará.

             Antes de partir, Ujang Suryana se despidió de todos, sin dejar de lado a los niños ni a los criados. Se despidió del pueblo entero con una gran sonrisa. Nadie lloró la partida de Ujang Suryana, porque la tristeza no existía en su rostro. Abordó la nave a saltos. Se fue con la mañana para ver las trece maravillas que la aguardaban tras el mar.

 

 

 

Muerte por mil cortes

 

El Leng Tch’e siempre me sedujo. Con el Leng Tch’e terminaba cansado, luego de los tres o cuatro días que duraba el suplicio, pero las gratificaciones eran sumarias. Comenzaba con la rutina de obligar a tragar pequeñas dosis de opio al condenado y dragar el hoyo para colocar la estaca donde apostaría su cuerpo. Después venía el placer de elegir el lugar en la piel donde cortaría. Mil cortes al azar hasta que el cuerpo se desangrara. Mil cortes eran, en la espalda, en el pecho, los brazos, las piernas, el vientre. Mil pequeños pedazos de carne que se exhibían al lado del mártir.

            Cuando había Leng Tch’e, la gente se agolpaba para ver la tortura. La plaza siempre se llenaba. Sobre todo aquel día que me llevaron a los hermanos, pegados de nacimiento por el flanco, desnudos, lacerados, silentes y monstruosos. Venían con órdenes del Hijo del Cielo de ser ejecutados por tratar de asesinarlo.

            Los saqué a la plaza para que los conocieran antes de sangrar. Ambos quedaron narcotizados a pesar de que sólo le di opio a uno de ellos. Puse dos estacas para sostener dos espaldas. Los amarré firmemente. Quedaron parados. Así morirían.

            El primer corte lo hice en el punto de unión. Pensé en continuar después con esa zona, hasta lograr separarlos. Mostré la carne con piel de los hermanos antes de colgarla al sol. La sangre de ambos brotó lentamente. Luego me concentré en las piernas y en el sexo fláccido y duplicado. Después, los ijares dejaron ver las costillas. Así pasaron la noche.

            El segundo día fue el mejor. El rictus en el rostro de uno de ellos me dio la certeza de que esta vez el efecto del opio no había sido igual en ambos. Ese día hice cortes sólo sobre un cuerpo, volviéndome en cada tanto para mirar al otro, al dolor del otro.

            El tercer día hice los cortes que restaban. Los músculos expuestos al sol brillaban como trofeo. Las moscas y la hediondez me marcaron el momento de concluir el trabajo. Los hermanos murieron, como siempre, con la última incisión. Ellos y sus cortes quedaron exhibidos hasta la mañana siguiente. Afuera de la ciudad, tras las murallas, quemé los cuerpos en un claro del bosque. Luego fui a casa, a desayunar con mi esposa.

 

 

 

Niebla

 

Yo no sé nada, no veo nada. Sería lo mismo si no tuviera ojos, aquí nada se ve. En Shui An nunca se ha visto nada. En Shui An vigilo el puerto con ojos rodeados por la neblina, lo arropo como se arropa un niño, digo a todo que sí cuando mi esposa pregunta, siento el gusto sencillo de las raíces diarias que forman la sopa, la mesa y el humo de la cocina.

            Mi mujer sólo me mira, me ofrece más alimento, me reclama con dientes roídos por la angustia. Ella tiene la niebla en sus manos, en su fría respiración sobre mi espalda, en el vientre flaco de todos los días.

            –Vayámonos de aquí –me dice–. Vayamos a Chien Chang, donde habitan mis padres y hay colinas.

            Yo me coloco el tabardo sobre los hombros, salgo a hacer la guardia.

            –Vayamos –dice ella caminando tras de mí–. Vayamos antes de quedarnos ciegos. El emperador te ha olvidado, y tú te has olvidado de esta mujer que te apura. Vayamos al sendero, a la luz, a lo terso. Vayamos, vayamos ya.

             El mar susurra, no se ve, pero susurra. Me paro frente a él, tomo un poco de arena, la dejo caer entre mis dedos. Nada ocurre en esta tierra yerma. Todo es gris y todo blanco, hasta en las noches.

            –Dime, mujer, ¿por qué quieres irte?, ¿qué te hace pensar en otros colores, otra casta, en la vida diferente de otros lugares? Esta ha sido nuestra tumba. No, mujer. No nos vamos. Aquí nos quedaremos.

 

Un barco se dibuja en la costa.

            –Es un barco –exclama ella. Yo asiento mientras observo con mirada cansina cómo se acerca. Una mujer desciende. Camina ayudada por muletas. Su silueta apenas se distingue en la espesura de la niebla.

 

 

Datos vitales

Alejandro Demian Marín Bello nació en Toluca, México, el 14 de agosto de 1979. Es Licenciado en Letras Latinoamericanas por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM). Fue miembro del grupo Urawa y asistía los sábados al taller de Creación Literaria que se imparte en la biblioteca del mismo nombre; en 2005 publicó, en la editorial del grupo Urawa, la selección de cuentos Corte de pelo. Ha sido promotor de lectura en los espacios de la UAEM y colaborador en diversas revistas y periódicos locales. También ha presentado ponencias en foros de la UAEM y del Instituto Mexiquense de Cultura. Es becario las generaciones 2009-2010 y 2010-11 de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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