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CÍRCULO DE POESÍA

 

Introducción a la poesía de Lucian Blaga

21 Feb 2011

La piedra habla

La especialista en temas de traducción y literatura comparada, Gabriela Căprăroiu, nos presenta su introducción a la antología poética de Lucian Blaga (1895-1961), editada por Visor en 2009. Poeta, filósofo y dramaturgo, Blaga es una de las figuras centrales de la poesía rumana del siglo XX.

 

Presentamos el prólogo del volumen: Lucian Blaga, La piedra habla (Antología poética). Selección y traducción: Omar Lara y Gabriela Căprăroiu. Visor de Poesía, Madrid  2010.

 

 

Prólogo a la obra de Lucian Blaga

 

Un problema esencial en la poesía de Lucian Blaga es la relación del hombre con el mundo que lo rodea. Para Blaga el mundo es espacio, materia física perceptible y a la vez tiempo, vivido como experiencia individual y colectiva. Las dos líneas, espacio y tiempo, son inseparables en Blaga. La observación más tenue de un fenómeno concreto lleva a menudo al pensamiento abstracto y este proceso confiere a su poesía un tono persistente de reflexión y silencio. Blaga mismo, al parecer, mostró siempre una tendencia al silencio. Vivió los primeros cuatro años de la infancia casi en ausencia de la palabra. Su preferencia por la comunicación callada perduró en la madurez. Así lo recuerdan amigos y discípulos. Ştefan Augustin Doinaş, por ejemplo, describe una tarde con Blaga en las cercanías de la ciudad de Sibiu, primavera de 1943. Lo había sorprendido la mirada inmutable de su maestro y el silencio que se había instalado entre los dos. Pero lo más importante en el testimonio de Doinaş no es la referencia al silencio de Blaga como si se tratara de inventariar los atributos del escritor. Al contrario, esa tarde Doinaş tiene una revelación. Comprende que en el caso de Blaga el silencio es un mundo en sí, donde la palabra se suspende pero la participación del individuo es total. Doinaş pone en palabras la sensación que transmite con constancia la poesía de Blaga. Una atmósfera de silencio verbal y quietud está presente sea de manera explícita o sugerida en sus versos. Su autorretrato poético se define en torno al mismo rasgo:

 

Lucian Blaga está mudo como un cisne.

En su patria

la nieve del ser reemplaza a la palabra.

Su alma está en búsqueda,

en muda, antigua búsqueda

de siempre,

hasta la última frontera.

 

Busca el agua de la que bebe el arcoiris.

Busca el agua,

de la que el arcoiris

bebe su belleza y su noser.

 

            Blaga conformó su pensamiento estético en una producción poética, dramática y filosófica escrita en su mayor parte en la primera mitad del siglo veinte. Biografía, formación intelectual, entorno político y panorama cultural colectivo influyeron en la escritura de una obra excepcional. Blaga nació el 9 de mayo de 1895 en Lancrăm, una aldea en la parte central de Transilvania, cuando la región aún formaba parte del Imperio austro-húngaro. El clima político transformó las ciudades de Braşov y Sibiu donde Blaga hizo los estudios preuniversitarios en centros de educación con importantes privilegios para las minorías húngara y alemana. El espacio de pluralidad étnica y lingüística en el que Blaga se mueve en Rumania se extendió. Blaga decidió estudiar filosofía en Viena. En noviembre de 1920 defendió su tesis doctoral, Kultur und Erkenntniss (Cultura y conocimiento). Descubrió a los filósofos alemanes y entró en contacto con el ámbito de las vanguardias. Irónicamente, en diciembre de 1918 presenció la retirada de las tropas alemanas de Transilvania.

Para Blaga la escritura es una búsqueda de conocimiento. El mundo se le presenta como un mundo impenetrable y lleno de misterios. El hombre trata de comprender su lugar en el universo en actitud de asombro. Le asombran los fenómenos naturales en todas sus manifestaciones, en su origen y en proceso de cambio. En el esfuerzo por comprender su lugar en el universo el hombre no apela únicamente al pensamiento lógico de acuerdo al cual los antecedentes justifican lo sucedido. Aquí Blaga se sitúa en prolongación a los románticos alemanes. Como ellos, cree que el hombre observa el mundo de tal modo que su pensamiento no destruye la visión unitaria de espacio y tiempo.  Lo que el poeta puede hacer, entonces, es tratar de dar forma a una relación de integración mútua. Blaga lo hace patentamente en los versos que abren su primer libro, Poemele luminii (Los poemas de la luz):

                       

                        Yo no aplasto la corola de milagros del mundo

y no destruyo con mi pensamiento

los misterios que en mi camino encuentro

en flores, en ojos, sobre labios o tumbas.

Otros con su inteligencia

ahogan el encanto de lo impenetrable, de lo escondido

en los abismos oscuros,

mas yo con mi luz acreciento el misterio del mundo;

y así como la luna con sus rayos brillantes

no disminuye, sino temblorosa

extiende aún más el secreto de la noche,

así yo enriquezco el sombrío horizonte

con amplios estremecimientos de sagrado misterio;

y todo lo que es incomprensible

se torna aún más incomprensible

bajo mis ojos

pues así yo amo

flores y ojos y labios y tumbas.

 

            En el centro del universo integrador de Blaga está la aldea. Hijo de sacerdote, Blaga vivió su infancia y los años de adolescencia, con las interrupciones impuestas por los estudios en Braşov y Sibiu, en la aldea de Lancrăm. Sintió siempre una cercanía inquebrantable con el mundo rural. Pero la mirada de Blaga hacia la aldea no busca estudiar el espacio desde la perspectiva del investigador o del folclorista. Tampoco trata de oponer los dos espacios, ciudad y campo. Blaga vivió la vida de un pensador e intelectual de su tiempo. La ciudad fue su lugar de día a día. Tuvo cargos diplomáticos en Varsovia, Praga, Berna, Viena y Lisboa. Fue profesor de filosofía en la universidad de Cluj y miembro de la Academia Rumana. Blaga pensaba además que una cultura no puede llegar a ser una cultura mayor por vía mimética. Estas ideas forman parte de un discurso que Blaga leyó en 1937 con motivo de su ingreso en la Academia Rumana. El título es, precisamente, Elogiul satului românesc (Elogio a la aldea rumana). El tema pudo ser desconcertante para el momento. Después de todo, los escritores rumanos estaban sincronizándose con el occidente y en el caso de Tzara, Voronca y Fondane desde el occidente mismo. Tudor Arghezi había publicado Cuvinte potrivite (Palabras adecuadas) y Flori de mucigai (Flores de moho); Ion Barbu, După melci (En busca de caracoles) y Joc secund (Juego segundo); George Bacovia, Plumb (Plomo); y Blaga, Poemele luminii (Los poemas de la luz), Paşii profetului (Los pasos del profeta), În marea trecere (En el gran paso), Lauda somnului (Alabanza del sueño) y La cumpăna apelor (En la divisoria de las aguas). Eugen Ionesco escribía a favor de una sensibilidad poética nueva en Barbu mientras guardaba sus reservas acerca de la renovación del lenguaje en Arghezi, o la valoración de los presupuestos tradicionales en el contexto de un diálogo sobre un modernismo transnacional. En su discurso, Blaga explica que en él la aldea se encuentra como experiencia viva. Siente que en ese espacio las concepciones se configuran en el imaginario de la gente con naturalidad, trazando una línea directa entre la vida y la muerte: “La aldea”—afirma Blaga—“no está situada en una geografía puramente material y en la red de las determinantes mecánicas del espacio, como la ciudad; para su propia conciencia la aldea está situada en el centro del mundo y se prolonga en el mito”.

            El espacio rural le interesa a Blaga porque tiene la capacidad de revelar lo desconocido, es decir, porque puede atribuirle valor filosófico. Blaga toma la noción de espacio y reduce la geografía a elementos primordiales. Pero al hacerlo no disminuye la intensidad del poema. La deuda con la vanguardia es evidente en su modo de estilizar. En algunos poemas la ornamentación mediante el color es muy visible. En otros, sin embargo, sucede lo contrario. El texto se abre a asociaciones con una gran economía verbal. La sintaxis adelgaza. La intensidad visual viene desde la esencia de los objetos, como ocurre en el poema “Luz de luz”:

 

                        En la mitad de la mañana, el toro sin yugo.

                        Dueño del campo. Brilla como una castaña

                        recién sacada de su piel.

                        Por entre sus cuernos el sol entra en la aldea.

 

                        Junto al agua tranquila en la fuerza del alba

                        el toro está inmóvil. Erguido y hermoso.

                        Es como Jesucristo:

                        luz de luz, Dios verdadero.

 

En concordancia con la idea de que el mundo se le presenta al hombre bajo el signo de la contradicción y del misterio, Blaga cree que el acercamiento racional es limitado; que un pensamiento intuitivo puede ayudar más al hombre a comprender los secretos de la condición humana. Así como estaba convencido de que la aldea está en el centro del mundo y guarda el potencial del pensamiento mítico, Blaga cree que lo insondable de la existencia llega a ser conoscible sólo a través de la metáfora. Lo que busca Blaga es crear metáforas amplias que se estructuran alrededor de historias. Y es cierto que muchos de sus poemas hasta cierto punto cuentan una historia. Es por eso que se produce una circularidad en capas, o un movimiento en espiral, pero no en línea recta: una, entre el inicio y el fin de la historia; otra, entre los términos de la metáfora. Para Blaga la metáfora es un mecanismo de pensamiento y como tal debe ayudar al hombre a entrar en la región de lo incomprensible. La entrada no es directa, es decir, no hay acceso por vía del análisis. Se presenta, más bien, en forma de reflejo o mirada de soslayo. Lo que Blaga hace además muy bien es crear imágenes en las que la transparencia de la composición verbal pasa del lenguaje al significado. Las imágenes se graban en la memoria a través de su claridad, como ocurre en el poema “La piedra habla” recuperado recién en las ediciones póstumas de su obra. Y es por eso que en la escritura de Blaga hay una sensación reiterada de gravedad sin peso, para decirlo con una frase de Italo Calvino, porque las ideas de mayor transcendencia en la vida se apoyan en palabras elementales:

 

La piedra habla

(sobre una estatua de Buda)

 

Cada vez que golpeas en el rostro a un caminante

brota sangre de las mejillas de un ángel en el cielo.

Cada vez que lanzas una pregunta injusta

más allá de tu vida

una nueva manzana del conocimiento crece

para devastar tu semilla y sus serpientes.

 

Vosotros vais y venís.

Bajo una balanza grande que flota sobre las cosas,

sólo yo permanezco aquí

y no muevo un dedo.

Los hechos y sus reflejos en las aguas del cielo

juegan bajo mis ojos.

 

La mitad de la noche ha reventado,

desde ella caen doce semillas sobre una campana de oro.

Estoy aún en la tierra.

 

            En la primera etapa del régimen socialista, Blaga fue aislado de la vida literaria rumana. Fue expulsado de la cátedra de filosofía y cultura en la Universidad de Cluj en 1948 y de la Academia Rumana en 1949. Su obra fue censurada. Fueron años de silencio impuesto. Blaga se dedicó a la traducción. Su obra ha sido poco a poco recuperada después de su muerte en 1961. En el prólogo a una antología de lírica universal que tradujo durante los años de censura, Blaga indica que el único criterio que siguió en la selección de obras fue el del valor literario. Pero podemos intuir que los cantos del antiguo Egipto, de Grecia y China o de los bosques africanos  así como antes el Faust de Goethe, eran también un modo de refugiarse en búsquedas poéticas de antes. “A través de la traducción he calmado una terrible sed”, escribe Blaga y su afirmación debe leerse en doble clave. Autor de más de cincuenta libros de poesía, teatro, filosofía, traducciones y memorias, Blaga es hoy uno de los escritores rumanos de mayor prestigio internacional.

 

 

Gabriela Căprăroiu

Los Angeles, febrero de 2010

 

Blaga visor

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