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CÍRCULO DE POESÍA

 

Nuestra generación no sabe escribir (,) Cartas, cuento de Ricardo Cartas

22 Feb 2011

Ricardo-Cartas[1]En el marco de la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea, presentamos un cuento de  Ricardo Cartas (1974, San Baltazar Campeche, Pue.) ha publicado dos libros de cuentos: La noche de Karmatrón y Tus zapatillas suenan a sexo, así como la novela Los Suplicantes. 

 

 

Nuestra generación no sabe escribir cartas

por: Ricardo Cartas

 

Luis tocó a la puerta de Armando para llevarle todo lo que tenía escrito de su novela. Cuatrocientas hojas, escritas a mano, por las dos caras y con una letra milimétrica imposible de captar por los miopes ojos del escritor. Armando era el escritor, el que se supone le pondría ese “toque” necesario para considerar obra literaria los pasajes de Luis. Armando la tocó, pero sólo echarla junto al montón de papeles y olvidarla.

            —No la vayas a perder, es mi última arma para que se me haga con Mariana.

            —No te preocupes, en un par de meses ya está lista para la presentación, ¿has pensado en algo?

            —Sí, desde luego, quiero que sea en el salón rococo; y que haya una alfombra roja desde el inicio de la escalinata hasta el presidium.

            —¿Rococo? ¿Presidium? Pinche abogado, no seas burro, se dice Rococó ¿o prefieres que sea en el Barrocó? ¿Y luego presidium? ¿dónde escuchas esa palabra tan horrorosa?

            —Ya cabrón, no te burles, de verdad que es lo último que tengo para conquistarla.

            —No seas delicadito, hombre, ¿y estás seguro de que quieres hacer presentación y toda la cosa?

            —Claro. Oye, y cómo ves si ponemos una silla, de esas donde se sientan las reinas para que ahí esté ella, en el centro, justo frente a mí, presenciando la palabra de los escritores. ¿Crees que pueda venir el Gabo o Carlos Fuentes a presentarla?

            Armando sonrió y prendió un cigarro. Leyó el título y de inmediato la volvió a dejar junto con los pendientes. Jamás cambió de lugar.

 

Ocho años después, Luis volvió a tocar la puerta de Armando para hablar con él acerca de su nuevo amor imposible. Aunque lo disfrazó con un “sólo pasaba por aquí”, Armando sabía que una visita inesperada de Luis era sinónimo de una retahíla de lo mismo, pero con distinto nombre. Por momentos era insoportable, pero Armando por dentro tenía ganas de escucharlo, para saber que las cosas no habían cambiado tanto, y que a pesar del tiempo las cosas estaban en su lugar. Luis representaba los sueños de cuando eran compañeros en la prepa; en ese tiempo  todo lo que estaba por delante eran sueños. Hoy eran hombres de silencios, habían aprendido a guardar distancia con las ilusiones; y cuando alguna se convertía en realidad todo estallaba, se convertía en pesadilla.

            Luis se sentó y comenzó a leer:

Ana:

Aunque parezca extraño, tengo la impresión de que uno siempre se enamora de la misma persona. Puede que tengan distintos nombres, edades, formas, pero sigue siendo la misma; y para colmo es la persona que nunca tendrás. Espero que me entiendas lo que quiero decirte. No tiene nada que ver con tu bulimia, de verdad, sólo es que no entiendo por qué las mujeres tienen que ser tan delgadas; perdón, quise decir, por qué hay tanta preocupación por deshacerse de la grasa. Si te sirve de algo, yo he vivido treinta años rodeado de grasa y la verdad es que no me ha molestado en lo más mínimo, de verdad. No sé, a veces pienso que si me quitara todo este borde de grasa me sentiría inseguro, como que algo me haría falta…

 

            —¿Y qué pretendes con eso?

            —Nada, te dije que sólo traía la introducción, no se me ocurre nada.

            —A ver, ¿qué es lo que quieres decirle?

            —Oye, tampoco soy un tarado, se supone que la quiero.

            —Pues escribe eso y ya, no tienes por qué darle tantas vueltas al asunto; ve al grano.

            —No, cómo me pides eso, hay que darle atmósfera, estilo, no le puedo llegar como salvaje pidiendo que se case conmigo.

            —¡De plano! Mira Luis, es viernes y es  hora de tirar fiesta, ¿cómo me pides que te ayude a escribir una carta para que la niña esta se case contigo?

            —¡Chingao, no se supone que eres escritor y en el aire la compones!

            —Bájele que esos son los poetas. Pues sí, pero nadie en su sano juicio escribe una carta para decirle a una lola que “la quieres”, mejor emborráchate, vete por unos mariachis y se lo dices. Vas a gastar más, pero creo que es más efectivo.

            Luis se quedó callado, pensando en lo ojete que se estaba viendo su querido amigo.

            —¿Crees que no funcione?

            —Mira, yo no sé cómo sea Ana, pero ¡es viernes!, chingao, trabajo toda la semana para esperar este momento y tú me sales con esto.

            —Es que ya lo hice

            —¿Qué?

            —Lo de los mariachis

            —¿Y luego?

            —Pues te digo que no funcionó; y hubieras visto hasta los uniformé de rosita, porque cómo le gusta el rosa; bueno, hasta con decirte que eché cuetes y hasta tuve que cantar Cielo Rojo porque el sonso del cantante no se la sabía.

            —No fue buena idea lo de los mariachis en rosa.

            —Cómo no, si fue lo único que le gustó; bueno eso fue lo que me dijo su mamá.

            —¿Y qué tal está?

            —¿La mamá?, buena, para su edad bastante buena

            —Vamos a ver qué se puede hacer.

            Armando comenzó a escribir.

 

Anita:

 

Tengo toda la seguridad de que uno se enamora de la misma mujer siempre. Sin  necesidad de cruzar palabra, uno huele los códigos de esa mujer. Y lo peor de todo es que los finales son tan conocidos como malos.

 

            —¿Así quieres empezar?

            —¿No vas a contestar el teléfono?

            —¿Estás en tu casa?

            —Sí

            —Voy para allá

            —¿Quién era?

            —Rafael, dice que viene, ya vez, te digo que es mal día para estas cosas, todo el mundo quiere fiesta, pero ya, vamos a terminar tu carta.

 

Querida Ana:

            Sé que es bastante raro que recurra a estos medios de prehistoria, pero la ocasión lo amerita; el amor me orilla a eso.

            —No, así no puede ser, no puedo lanzar toda la carne en el primer párrafo, necesitamos un poco de historia. No sé, de cuando la conocí, de la primera sensación, de sus ojos, algo más romántico.

            Armando comenzó a frotarse los bigotes; señal de que algo lo estaba poniendo nervioso.

            —Muy bien, comencemos de nuevo.

 

Querida Ana:

 

            Estas letras que se dibujan, sólo tienen la intención de hacer un poco de memoria.

            —¿Qué día fue?

            —¿De qué hablas?

            —¿El día en que la conociste?

            —Sábado 13 de octubre entre 9 y 9: 10 de la noche, en el vips del Centro, con su uniforme de mesera. Traía el pelo corto, porque esos hijos de la chingada así lo exigen, pero yo ya le dije que se saliera de esa chingadera, no es para ella.

            —¿Me dejas continuar?

           

            Cuando te vi ese sábado, supe de inmediato que ibas a ser una persona especial en mi vida. Con tus ojos tristes supe de inmediato que…

            —¿Oye, y cómo sabes que tenía los ojos tristes?

            Aunque le cayó de bomba la pregunta, ocultó muy bien su proyección diciéndole que era algo predecible, que todas las mujeres que lo habían encantado a lo largo de diez años tenían los ojos tristes.

            —¿Tú crees?

            —Lástima que no tenemos fotos.

            Sonó el timbre.

            —Ya llegó Raúl, voy a abrirle.

            Luis prendió un cigarro.

            Armando no preguntó a la puerta; abrió con toda la confianza. No era Raúl, sino Carlos, otro de sus amigos que seguramente andaba en busca de fiesta.

            —¿Vienes pedo?

            —Nada, nomás entonado. Vamos por un trago, ¿no? Ya sabes, algo tranquilo para no dejar vivo el viernes.

            —Claro, sólo acabo una carta para Luis y nos vamos.

            —¿Una carta?

            —Ya conoces a Luis, no aprende.

            —¿Una vieja?

            —Yes, ya sabes.

            Luis y Carlos se saludaron y éste comenzó a leer lo que habían avanzado de la carta.

            —¿Sabes qué le debes decir a esa pinche vieja?

            Inocentemente, Luis preguntó: ¿Qué?

            —Que se vaya a chingar a su madre, que si no te hace caso le vas a romper su madre a ella y a toda su familia, sí, de verdad que eso es que lo quieren todas, alguien que les esté rajando su madre a cada rato.

            Los dos guardaron silencio. Armando sonrió después, pero Luis de inmediato cambió de color.

            —Mejor me voy —dijo Luis, tomando su saco.

            —Espérate, sólo es una broma, ya lo conoces.

            —Qué broma ni qué la chingada, cuando le pongas en su madre vas a ver que estará a tus pies.

            —Tienes razón, habrá que madrearla un poco.

            —Calma, calma, charritos monta perros, para qué le hacen al pendejo, si ustedes no tienen sangre para esas cosas.

            —¿Y tú sí?

            —Regresemos a la carta.

            —Vas, pero dejemos la miel, vamos a aclararle a la tal Anita de qué se trata el amor.

 

            Ana:

            —¿Tiene un segundo nombre?

            —Patricia

            —Póngale así

 

Ana Patricia:

Mi sangre hierve desde el primer momento en que te vi. Tus largas piernas las he soñado todas las noches volando, intentando estrangularme. Lo nuestro es cuestión de carne, de entrañas y de sangre. No puede dejar de pensar en otra cosa más que en tu cuerpo, demasiado cuidado, cubierto de lodo. El amor es contradicción,  blanco y negro, de juntar los imposibles. El amor es el milagro de las bestias, de los exiliados, de los que no tienen hogar más que el cuerpo del otro, el sexo del otro.

 

            —¿En quién piensas? —preguntó Luis

            —Estás cabrón

            —Se me hace que Elsa aún te cala.

            —No es ella; es lo que me hace falta

            —¿A ti, qué te puede faltar?

            —Nada, creo que me proyecté.

            —Lo único que creo es que estás hasta el culo de jarioso por esa mujer.

            —Más que eso, no puedo dejar de pensar en ella

            —A ver, ¿no se supone que el enculado es Luis?

            —Bueno, y qué, sólo el gordo tiene la patente o qué

            —¿Y qué fue lo que pasó?

            —Lo de siempre, ya sabes, fantasmas.

            —Ya cámbiale cabrón, siempre es lo mismo contigo.

            —Siempre es lo mismo.

            —Están tocando, ¿no piensas abrir?

            —Sí, seguro es Raúl.

            Luis y Carlos se quedaron pensando en sus fantasmas respectivamente. En ese momento escucharon el grito de Armando. De inmediato se pararon para ver lo que sucedía. No serviría de nada para esta narración aclarar que Raúl llegó completamente borracho; bueno, un poco más que eso. Raúl comenzó a beber desde la tarde, después de que discutió con su querida Karla. Nunca se supo cuál fue el conflicto a ciencia cierta, pero los amigos lo sospechaban, siempre pasaba lo mismo, también con él. Después de los gritos, Raúl se metió a una cantina a beber con toda la fuerza que le quedaba, que en ese momento era mucha, pero conforme pasaban las horas y los litros, ustedes entienden, todo va para abajo. Cuando el dinero se le acabó, no tuvo de otra que visitar a Armando, que entre los amigos era reconocido por tener una amplia cava para los amigos sedientos. Y el grito de Armando no fue otra cosa que un gesto normal para todo aquel que recibe la sorpresa de ser guacareado por su mejor amigo a la hora de abrirle la puerta: ¡Me lleva la chingada! Armando salió corriendo hacia el baño mientras Luis y Carlos miraban a Raúl sacarse el último resto de su fosa nasal izquierda.

            —¿Estás bien?

            —Por lo menos ya puedo respirar ¿tienen una chela?

            Luis fue por unos trapos para limpiar el piso y Carlos lo llevó al estudio.

            Armando regresó con una playera limpia y con una botella de whisky.

            —Vamos a continuar; nadie sale de aquí hasta que esa carta esté terminada.

            —¿Cuál carta?

            —Larga historia…

            —¿Es de amor?

            Después del silencio, Raúl gritó: ¡Ahuevo!

            —Yo quiero una carta de amor; de seguro es para Luis, ¿no?, lo sabía, quién más, por eso me caes re bien; y no me digas, ¿quiénes que te ayude el escritor? Pero a qué buen árbol te arrimas, mano, este cabrón sólo sabe escribir de nalgas y putas. Yo te voy a ayudar, a ver quítense. ¿Cómo se llama la nena? ¿Anita? mmm, buena terminación querido anito, pues presta ¿no?

            —Venga, échale de tu ronco pecho.

            —A ver:

            Ana:

            Después de todo, pero después de todo, sólo se trata de amor.

           

            —No chingues, ese es un poema del pinche Sabines, por lo menos hubieras puesto uno que estuviera menos choteado.

            —Sí, ese es puro choro apantalla lolitas de federal.

            —Pero siempre funciona, además ya no es plagio, una palabra cambia el significado de todo, qué nunca has escuchado eso de que no es lo mismo los huevos de la araña que aráñame los huevos. ¿A poco nunca lo has hecho?

            —No, pues sí, tienes razón, pero ¿a poco Luis es lolitero?

            —Si no lo conocieras, nomás anda esperando que alcancen el timbre para andarles rondando, ¿cuántos años tiene?

—Dieciocho

—Pues lola, lola, no es, ya se lo ha de comer solita, como becerro.

—No mames, cómo puedes decir eso.

—Pues yo conozco a varias que uh, mano, si te contara.

—Pero además, ese libro ya se lo regalé.

—¿Y qué? ¿le gustó?

—No sé, no me ha dicho nada; pero creo que no le agradó la idea de que le regalaran un libro.

            —También, cómo haces eso, además de que le estás entregando las armas; cómo sabes si en este momento está con otro, metida en un motel leyéndole los poemas que tú le regalaste.

            —Es Sabines, no chingues.

            —Pues por eso mismo, infalible el hijo de su puta madre.

            —De hueva

            —Para ti que eres exquisitón, pero para el vulgo es la neta, Dios hecho carne.

            —Bueno, ya, tú sigue en lo que sirvo las otras.

            —Me imagino que no te pela en lo absoluto, ¿verdad?

            —Nada, como siempre.

            —Okas, sólo quería asegurarme por eso de las cochinas dudas.

            —Salud

 

            Ana:

Han pasado años enteros en medio de la oscuridad; despertando entre pesadillas, en completa soledad, hasta que te conocí. Siempre he sido sensible a la belleza; mis ojos no tuvieron de otra más que enmarcarte en mi memoria. Tu sonrisa escasa fue lo que me hizo pensar que había algo que impedía tu felicidad. De verdad que sólo me acerqué a ti para tratar de ayudarte, pero uno qué puede hacer, apenas tengo fuerza para sostenerme; nunca fue mi intención complicar más tu vida, quizá el amor sólo haga eso, complicarnos la vida. Aún recuerdo la primera noche en que te quedaste a dormir conmigo, sin hambre de sexo, sólo con ganas de ternura, ganas de descanso tras una larga noche de beats y colores inexplicables. Fue una de las noches más hermosas de mi vida, y así continuaron hasta que lo convertimos en realidad, ya sabes, todo se lo comió la cotidianidad, el sexo como si fuera un programa en la tele, cambiar los canales sin el menor guiño de sorpresa; todo en normalidad. Nunca me hubiera imaginado el daño, ni las consecuencias que nos dejó el silencio, tremendo martirio.

            Armando, Luis y Carlos estaban metidos en la pantalla sin decir una sola palabra. Raúl los había dejado sorprendidos; después suspendió un poco su escritura para empinarse el vaso.

            —¿Qué tal, se las leo en voz alta?

            —No hay necesidad, creo que sí funciona, sólo habrá que cambiarle el nombre, ¿no crees?

 

Raúl, desde que es Raúl ha tenido por costumbre amar sin límites, con todas las consecuencias imaginables, así pasó con Karla, Eloisa y otras. Los finales ya se los podrán imaginar. Toda la adolescencia se la pasó con Karla, mezcla entre niña y huesos que nadie en su sano juicio se atrevería a voltear a ver; pero bueno, a veces todo cambia de un momento a otro; esos huesos se fueron cubriendo de sensualidad. Los lobos comenzaron a oler esa carne. Lo jodido fue que todo esto sucedió mientras Raúl era el burro oficial de la nena. Sensación agridulce. Raúl era el macizo, pero ella no se quedó con las ganas de aprovechar las punzadas de la adolescencia.

Después de varios años y muchas punzadas, decidió abandonarlo por un vocalista de un grupo de rock, rubio y distribuidor de cualquier tipo de drogas; eso sí, hubo boda y toda la cosa. Desde luego Raúl no fue requerido, pero eso no le impidió poder celebrar.

Eloisa ocupó su tiempo como estudiante de antropología; hay pocos datos sobre esa relación, lo que se supo es que era bastante intensa y conflictiva. El alcohol era compañero de ambos, hasta cachetones y rojos andaban. Pero también llegó a mal fin cuando ella comenzó a poner claros sus objetivos como mujer para los próximos años. Ustedes saben bien a lo que me refiero: como tapón de sidra.  Y bueno, qué decir de Edna, ustedes ya son testigos de lo que piensa, y de cómo acabó todo. Precisamente esta tarde todo había llegado al final.

            —Nunca le mandé una carta

            —Creo que ahora nos estamos dando cuenta de que nadie de aquí lo ha hecho.

            —Ahora entiendo todo. No les conté que mis papás antes de casarse sólo se vieron una vez, y se la pasaron escribiéndose cartas durante un año. Se enamoraron leyéndose.

            —Pues han de ser extraterrestres, mano, porque eso es imposible. Además se tardan mucho, no creo que alguien pueda llevar una relación por medio de cartas, digo, para eso están los mensajitos, el mail, todo eso, tampoco se pongan de nostálgicos.

            —Pero es precisamente eso, la rapidez nos rompe la madre; ya nadie quiere el fuego lento, todo es velocidad.

            —A ver, pongamos en claro algo; sólo se trata de sacar del bache a Luis, no tenemos por qué mal viajarnos con este tema, recuerden que es viernes.

            —¿Sabes quién nos puede ayudar en esto?

            —Cirano de Bergerac

            —Neta pinche Armando, ese podría ser un buen apodo, digo, haciendo tu nariz a un lado.

            La risa fue explosiva; no hace falta más descripciones.

            —No, de verdad, tenemos que hablarle a Francisco.

            —Pero anda en casting.

            —No importa, si hay alguien que sepa de mujeres es él.

            —Pues márcale.

            Armando decidió marcar desde el local.

            —Ey

            —Qué pasó

            —¿Dónde andas?

            —En Tijuana, vaya desmadre que es esta ciudad.

            —Sip, me imagino.

            —Oye, tenemos un problema. Aquí está Raúl, Carlos y Luis. Estamos intentando hacer una carta para la nueva nena del gordo, pero no podemos… bueno, Francisco…puta madre, se cortó la llamada.

            —Márcale otra vez.

            —Pero sirve otra, necesitamos que bajen las musas.

            —¡Hasta el delirium compañeros!

            —Nada, no me contesta.

            —Pinche Pacho, seguro que le dimos hueva.

            —Seguro, mándale un mensaje para que se comunique cuando pueda.

            —¿Es cierto que las cartas se tardan más en el interior que al extranjero?

            —Mira a quién se lo preguntas.

            —Pues es lo que me han dicho; yo sólo he mandado una carta en toda mi vida, bueno, no fue exactamente una carta, sino una postal de cuando fui a Veracruz, pero más rápido llegué yo que la postal.

            —Creo que es algo normal, ¿era para una mujer?

            —No, para nada, era para mi compañero Billi, en la primaria.

            —Bueno, por lo menos no te provocó problemas.

            —El teléfono

            —¿Bueno?

            —Qué pedo mi Armando, andamos en el madelas ¿no quieres venir? Anda preguntando por ti el Motor, dice que ya tiene tu encargo.

            —¿De verdad?

            —Sí, está junto a mí, y con tu encargo, ¿dónde estás?

            —En mi casa, está toda la banda

            —Pinche ojete y ¿por qué no invitas?

            —Nada, no fue planeado, sólo estamos haciendo una carta para Luis.

            —¿A la misma de siempre?

            —Así es, creo que es otra, pero al fin y al cabo es la misma

            —Y mientras qué hago con tu encarguito, mira que ya se anda mosqueando.

            —Es temprano aún, sigan chupando, en un par de horas estoy allá; dile al motor que no se desespere.

            —No puedo mandarle eso; no tiene nada que ver con nuestra historia.

            —Es tu posible futuro

            —Pues sí, quizá, pero no me sirve, sólo quiero que sepa que la quiero, que daría todo por estar con ella y hacerla feliz.

            —Magnífico, por eso mismo no te hacen caso, eres demasiado “ideal”, les causas pánico, no porque esté mal, pero la mayoría son unas come mierda. Tienes que tratarlas mal; no hay de otra.

            —¡Cálmate, mi súper cabrón! Si Orquídea apenas te puso tus chingadasos, no te hagas güey.

 

 

Una noche, platicando Armando, Carlos y Eleazar cayeron en una conclusión. A sus treinta años no tenían opción que acabar con una mujer de pocas facultades físicas; no como siempre la habían soñado. Con mucha suerte iba a ser soltera, pero lo más probable es que ya fuera divorciada o con algunos críos de distintos machos. Armando fue el que soltó la propuesta que de inmediato fue aceptada. Siempre se dicen cosas durante estas reuniones: viajes, proyectos, negocios, pero nada se cumple; sin embargo, las palabras se quedaron impresas en la memoria de Carlos. En quince días ya estaba enredado con una mujer de esas características, y como suele pasar, durante los primeros quince días todo fue felicidad.

            Carlos se había ganado el respeto de todos los amigos cuando contó la manera en que había terminado su relación anterior. El dinero estuvo de por medio. Él le había hecho un préstamo sencillo, unos cuantos miles de pesos; por Carlos no había problema. La cosa se puso candente cuando vio en el celular de su novia un mensaje en donde un tal Pedro le deseaba “buenas noches, mi amor”. Anotó el número y después de abandonar el departamento de Miriam marcó el número del susodicho. Tres timbres y la función comenzó:

            —Bueno, ¿quién habla?

            —Mira, sólo te voy a decir una cosa.

            —¿Quién habla?

            —No la busques, no la llames

            —¿Quién eres?

            —No te hagas pendejo, habla el güey de tu vieja.

            Este fue el primer momento en que todos los amigos se dieron cuenta que las tragedias de Carlos eran un buen motivo para reírse, pasara lo que pasara.

            La cosa no terminó aquí. Después fue a la casa de Miriam para reclamarle, se discutió y para cerrar Carlos le pidió el dinero. Desde luego que ella no lo tenía. Carlos no tuvo de otra que soltar un puñetazo a su ex. Quién iba a decir que cinco años después los papeles se iban a cambiar.

            Orquídea tenía veintinueve años, de profesión abogada. Trabaja en la misma revista que Carlos; con una hija de diez años y mantenía a su mamá, por cierto gustosa del alcohol y de la vida nocturna. Después de celebrar el cumpleaños de ella, quedaron de verse en su casa, pero Carlos, por casualidad, salió antes y decidió ir a la casa de Orquídea, aunque tuviera que esperar un rato más.

            La mamá abrió la puerta y sin decir con permiso comenzó el recuento:

            —Tienes que hacer algo con ella porque yo ya no la aguanto, es una alcohólica, y estoy harta de sus hombres; además le pega a la niña, mira nada más cómo me la dejó esta última vez; yo sé que tú la quieres, por eso te digo todo esto.

            Ya se imaginarán la cara del pobre Carlos; pero lo peor vino cuando la puerta se abrió. Él vio cómo un hombre ya de canas se despedía de ella con un beso profundo, lleno de deseo. Cuando ella entró y vio a Carlos sentado en la sala que le había regalado uno de sus amantes, de inmediato le encajó las uñas en el rostro, gritándole que cómo se atrevía a entrar a su casa. Carlos, cuando pudo salió corriendo, con las heridas que sólo un amor salvaje puede dejar.

            —Pues ahora estamos jodidos, ya no sé qué escribir.

            —Nada, me he quedado seco.

            —Pues creo que ahora sí me voy, no tiene caso, mejor váyanse de fiesta.

            —Nada de eso, de aquí no salimos hasta que terminemos esta pinche carta, no chingues, sólo se trata de una carta, lo que nos hace falta es crear la atmósfera de cuando se escribían cartas. Voy por unas velas, apaga la compu.

            —¿No tienes una pluma de ganso?

            —No seas mamón; sólo traigo pescuezo.

            —Siéntese a escribir

            —Qué pasó, después de usted.

            —Venga

            —Las nalgas

            —No te digo, se supone que estamos en algo serio.

            —No veo nada; además no puedo escribir a mano, tiene años que no lo hago.

            —Llegó alguien.

            —No, son los vecinos.

            —Pues parece que hay pleito. A ver asómate, ¿quién es?

            —Es una ruca y un panzón.

            —Sí, es la abogada; a ver cállense.

            —¿Sabes cuál es la diferencia? Que a mí me quieren por lo que soy, y a ti te quieren sólo por tu dinero.

            —No manches, la está arrastrando; ya la tiró y en la basura.

            —De ahí nunca debiste de haber salido, de la basura.

            —¿Están tocando?

            —Sí, pero ni modo que salgamos.

            —No tenemos de otra.

            —No pues vamos todos.

            Los cuatro bajaron conteniendo la risa; fingiendo no saber nada. Era Manuel, Elías y el Motor con el encargo para Armando. Éste antes de saludarlos, fue con su vecina para ver si todo estaba bien.

            Ella se levantó sola en lo que su pareja arrancaba la camioneta. El Motor meneó la cabeza y los demás aguantaban la risa.

            —Pues mira mi Armando, como te tardaste, mejor decidimos traerte tu encargo, mírala, ¿qué te parece?

            El tan nombrado encarguito era una teibolera del madeleine que le encantaba a Armando y que el Motor, como capo de los antros le había prometido.

            —Toda tuya, papá.

            —Bueno, pues creo que ahora sí ya me voy.

            —No, ahora te quedas y escribimos esa carta.

            —Si yo fuera tú, mejor mandaba a la chingada la carta y a todos nosotros, mira nada más lo que te trajo Santo Clos.

            —¿Qué carta, vecino?

—¿Cuántos años tiene?

            —Eso no se le pregunta a una dama.

            —¿Pero sí ha escrito una carta?

            —Desde luego, ya tiene rato que no lo hago, pero sí, a muchos los conquiste con mis cartitas.

            —Perfecto, es usted un ángel.

            Justo cuando iban a entrar al edificio llegó la camioneta del Gordo amante de la señora, derrapándose justo enfrente de ellos. Abrió la puerta del copiloto para que la abogada se subiera.

            —Perdóname mi amor.

            La mujer no la pensó dos veces. Y sin despedirse se trepó, dejando a todos en silencio, hasta que la teibolera le preguntó al Motor en voz alta.

            —¿A todos estos me tengo que coger? Porque si es así, vamos a empezar porque no creo que me de tiempo.

            Luis de inmediato sacó su peine del bolsillo de atrás para darse una manita de gato. Armando le preguntó:

            —¿Has escrito alguna vez una carta?

            De inmediato volteó a ver al Motor:

            —¿De qué se trata esto? ¿Son claves para hacerme cochinadas?, mira que el sindicato ya nos protege.

            —Mira reina, tú estás para lo que diga Armando, así fue el trato. Si te quieren hacer una cartita, pues ni modo, te dejas, flojita y cooperando.

            —Vamos adentro.

            Como si fuera procesión fueron hacia el departamento de Armando.

            —¿Cómo la ves?

            —De lujo, y ¿hasta a qué hora se va a quedar?

            —Pues tú, a la hora que le digas. Pero sabes qué onda, yo ya me tengo que ir, tengo otro negocio pendiente. Ella ya sabe.

            —Gracias mi Motor.

            —Está pagada la deuda.

            —Siéntate, ¿quieres una copa?

            —Sí, pero cuéntame, de qué se trata eso de la carta.

            —Necesitamos escribir una carta para la nena de Luis, pero por más que le hacemos no se deja. Manuel, ¿tú has escrito alguna?

            —Pues sólo a los santos reyes.

            —Buena idea, comencemos:

 

            Anita:

 

Durante todo este año me he portado muy bien. Te he llevado flores, te invito al cine con todo y palomitas y hot dog cuando se te antoja. He perdido miles de pesos en llamadas a celular, sin contar con las medicinas que me sacó tu mamá cuando te enfermaste la última vez. He aguantado a tu hermano, que para mí, es medio maricón porque siempre se me rejunta muy extraño. Saqué a tu tío de la cárcel cuando lo agarraron orinando en la vía pública. Creo que nadie se ha portado tan bien como yo, por lo tanto te pido lo siguiente:

  1. 1.      Que seas mi novia a como de lugar.
  2. 2.      Que dejes tu trabajo de mesera en el vips a la brevedad posible.
  3. 3.      Que me mandes a la chingada a tus demás pretendientes.
  4. 4.      Que dejes de esconderme con tus amistades.
  5. 5.      Que vayas planeando nuestra boda, porque el trabajo no me deja hacer gran cosa
  6. 6.      Y por último, ya presta ¿no?

 

 

Tu amado Luis

           

—¿Cómo ves?

—No jodas, yo creo que mejor me voy. Con esa carta me va a mandar directito a la chingada.

—No seas exagerado ¿tú lo mandarías a la chingada?

—No, para nada, si es lo que todas las mujeres queremos. Sólo que la forma está medio extraña, no me gusta.

—Mejor le seguimos a la carta.

—Pues ustedes, porque la verdad yo ya estoy hasta la madre.

Los demás apoyaron la propuesta. La teibolera gritó: ¡Fiesta! Y de inmediato se subió a la mesa para iniciar el show. Elías prendió el estéreo para que la nena entrara en ritmo. Todos rodearon la mesa, menos Armando y Luis que aún seguían en la computadora intentando la carta.

—Es imposible

—No digas eso, Luis.

—¿Y Elsa?, ¿la has visto?

—Nada, se la ha comido la tierra; supongo que ya no quiere verme.

—¿No la has ido a ver a su casa?

—No, prefiero quedarme así, no quiero ver cosas que no deba, ya con Lucy aprendí.

—Tienes razón, lo que no entiendo es por qué siempre nos pasa lo mismo.

—No lo sé.

 

Lucy es sólo un pretexto para hablar de un destino; de cualquier historia de amor. Armando la conoció muchos antes de que pudieran dirigirse la palabra; eran simples encuentros, cruce de miradas. Él sabía muchas cosas de ella por amigos en común. Así se enteró de que ya no estaba en México y que probablemente nunca regresaría. Para su sorpresa, en lo que tomaba un café en el Vips de la Victoria, vio cómo pasaba por detrás del ventanal. Él la saludó y ella le respondió con una sonrisa. Pasaron un par de años y ella se volvió a desaparecer, hasta el día de su debut como bajista de un grupo de Blues que se llamaba La Serpiente Soluble. Ella estaba en el bar, y cuando lo vio, de inmediato tomó su bolsa y se fue. Lo interesante es que ella estaba sentada en la mesa de los amigos del guitarrista. Armando fue hacia él para preguntarle quién era esa mujer, contestando que era su prima.

            —No te vayas a encabronar —le dijo Armando al guitarrista, pero te debo de confesar que llevo años enamorado de tu prima.

            El guitarrista que de por sí tenía cara de idiota, se quedó pasmado, soltando la carcajada en ese mismo instante.

            —No jodas cabrón, ella me acaba de decir lo mismo.

            Victoria. Para estas cosas no hay nada mejor que las coincidencias. Armando se imaginó en el cielo, tocando como un gran bajista, pensando en su mujer.

            No hubo mayor trámite, la próxima vez que se vieron, la historia comenzó. Después de cuatro meses hicieron el amor en casa de la hermana de Armando; y de ahí como conejos. Pasaron cuatro años y medio hasta que ella soltó la frase prohibida:

            —De una vez te digo que otro año de novia no voy a pasar contigo.

            Lo poco que quedaba, en ese momento, desapareció; y vino el declive. Para Armando, sin duda alguna, sólo había una cosa que le causaba pánico: el matrimonio y cualquiera de sus derivaciones.

            Trazó la estrategia. Lo único que Lucy no le perdonaría es la infidelidad. Armando consiguió una candidata y lo hizo. Se paseó por toda la ciudad con ella para conseguir que ella o alguien conocido los viera, pero nada. Lucy se enteró de todo gracias a un correo electrónico que la otra mandó a Armando, donde le decía, entre otras cosas, que lo quería. Ahí fue donde todo llegó a su fin.

            Miguel Ángel fue el que se lo comunicó a Armando una noche en que coincidieron en el café de moda. Creo que cuando se enteró Armando ya no tenía nada que ver con su porrista.

            Pasaron un par de semanas y a Armando le cayó la cruda. Para ese momento, ya andaba metido entre otras piernas. Después de comer con su hermana, acompañado de unas cuantas cervezas, hizo la llamada:

            —¿Lucy?

            —Corrí para contestar, ¿cómo estás?

            —Bien, todo en orden.

            —¿Y tú?

            —Bien, tomando unas cervezas.

            —¡Qué milagro! ¿Cómo está tu novia?

            —¿Cuál novia?

            —La porrista

            —Nunca fue mi novia

            —Pues parecía

            —¿Y tú cómo estás?

            —Pues hace algunas semanas casi muerta, pero ahora estoy muy bien, acabo de regresar de Veracruz. ¿Y tú?

            —Todo bien, parece que me van a dar el noticiero de las mañanas; eso está de lujo, imagínate, voy a estar en el mismo horario que todos los periodistas que son mis ídolos.

            —¿Quién es el director de comunicación?

            —No sé, sólo fue una propuesta que me hicieron la semana pasada.

—Perdón Armando, pero no es bueno que me hables.

—¿Por qué?

—Tú y yo ya no tenemos nada.

—Sólo cuatro años de novios ¿te parece poco?

—Pero en este momento ya no hay nada; y tampoco podemos ser amigos, tú no eres una buena persona, mientes.

—Pero te quería.

—Pero eso no te da derecho a hacerle mierda la vida a los demás.

—Sólo quiero decirte que aquí no acaba la historia.

Y tenía razón. Con Luis continuó tomando cerveza hasta que el sol se fue. Después hizo las llamadas a los amigos para que hicieran la visita a la Cabaña Cubana. Carlos fue con su nueva novia que era de otra religión, y que por cierto no veía con buenos ojos que los amigos de su novio tomaran con tanta destreza. Pero Armando estaba en sus mejores días, no había copa que no le entrara; además había razones por las cuales hundirse. Además de Lucy; ahora le pesaba que su actual novia, la porrista ni siquiera se comunicara, a pesar de que Armando le llamaba a cada hora. Así que decidió hablar con Sara. Ella dijo que sí, y Armando pasó por ella a las dos de la mañana. Continuaron la borrachera en casa de Rubén que apenas regresaba de España. El alcohol hizo lo suyo y después de regresar de casa de Sara, Armando le dijo al Elías que le iba a enseñar la casa de única mujer que había amado. ¿Cuál fue la sorpresa? Que a esa hora, hora no grata para la mujer amada, ella estaba con otro hombre dentro de un auto. Armando sólo alcanzó a decirle que la amaba y se fue. Ninguno de los dos dijo nada; sin embargo, Armando, a unos metros de llegar a su casa le advirtió a Elías que esto no se podía quedar así. Hundió el acelerador, quitándose el cinturón de seguridad y pasándose todos los altos que se cruzaban. Al llegar a la casa de Lucy, aún estaba el auto con ellos adentro. Armando les echó encima el coche y de inmediato se quiso bajar, pero Lucy lo detuvo. Su acompañante encendió el auto y comenzó la persecución que se acabó hasta que Lucy y el perseguido pararon una camioneta de policías. Armando también se detuvo. No hubo consecuencias, salvo las palabras de Lucy: “Tu problema es que tienes una enorme incapacidad para ser feliz”. Claro, después se enteró de que había una demanda en su contra.

—Pues deberías de ir a verla, no está por demás terminar las cosas bien.

—No tiene caso, prefiero ahorrarme ese mal momento; el final no es nada nuevo para mi.

—Es el destino.

—Estoy empezando a odiar esa palabra.

—¿Cuántos años tiene?

—Mejor continuemos con tu carta.

 

Anota:

Mejor anote lo siguiente. Venga, sobre lo que venga. Ahí mero, sin cerrar los ojos. Si quieres puedes cerrar la boca. Sí, y los ojos también. Presta pa la orquesta que nada te cuesta, chiquita, borreguita, ando en brava pasión, qué tanto es tantito, si hasta un viaje en globo te iba a disparar. Si estoy calvo pues no hay fijón, digamos que nomás me adelanté, ya, ándale mi relojito que quiero despertar con tu ruido, qué más quieres que haga por ti, si todo este magnánimo cuerpecito te reclama, no seas, igual y en algunos años te pones igual que yo, porque flacas no quiero, la carne es lo mío. Tu mami loca, y tu carnal puñal que vayan y que se caigan en el globo que les pienso disparar. Todo el mundo, todito te lo voy a regalar, digo mundo porque se me hace mala broma eso del sol y las estrellas, dame chance, Anita, o como quieras que te diga, es más hasta mandamos a enmarcar tu uniforme del Vips, así como mi playera de Cuauhtémoc Blanco, es cosa de que menees tu cabecita diciendo que sí, mira si es bien fácil, así como siempre le hago yo, verdad que sí, tonces qué, ¿como para cuando?

            —Espero que no lo estés diciendo en serio

            —Pues mira que ya lo dudo, ya no sé ni qué te pueda funcionar, mano.

            —Sólo necesito una carta, una pinche carta.

            —No pides nada, ¿quieres un trago?

            —Y qué, esa muchachita se va a quedar así de seria.

            —¿Te apuntas?

            —Pues si quiera para inspirarme.

            —¿Quién va primero?

            —Venga muchachos que la casa pierde

            —Vayan, la verdad yo ya estoy muerto, y esta pinche carta no sale

            —Relájate, quizá después de un buen palo se arma una obra maestra.

            —No digas pendejadas, no te das cuenta que no podemos

            —No seas exagerado, son las musas, nomás no se aparecen

            —Oigan, y yo qué, soy pendeja o qué

            —¿Están tocando?

            —Ya, pues abre, pero primero asómate.

            —Son unas botargas.

            —No mames

            —Bueno, asómate, vas a ver.

            —Sólo eso nos faltaba; aunque la verdad ya no me sorprende en nada.

            —Pero los conoces.

            —Sí, creo que los he visto en la tele.

            —No te digo

            —Pues cabrón, cómo quieres que te diga si los conozco, no estás viendo.

            —¿Les abro o no?

            —Pues ya, ábreles, quizá ellos sepan cómo se deba de escribir una jodida carta.

            —¿Y ustedes qué?

            —Nada, me quedé pensando en la carta.

            —¿Y qué?

            —Pues nada, creo que nunca he escrito una.

            —No chingues, ¿ni a los reyes?

            —No pues creo que no

            —Magnífico; ¿no se supone que eres escritor?

            —Pues ahora ya lo estoy dudando.

            —Mira, ya vienen, y Luis viene cagado de la risa.

            —Quiúbolas, mira quién llegó

             Describir dentro de una novela lo siguiente podrá ser un acto fallido. Pero bueno, habrá que hacerla. Resulta que el Dr. Jorge Luis, junto con el ex becario del FONCA, llamado Miguel Ángel, buen pintor de la localidad, al ver que la academia y el terreno artístico de la ciudad estaba de vacas flacas, llevaron a cabo un increíble estudio de mercado para ver en qué podían aplicar sus conocimientos “altamente académicos” para emprender un negocio que les permitiera por lo menos continuar con su vida en los cafés del centro. Miguel Ángel decía:

—Si un gobierno no es capaz de mantener a sus artistas, está realmente jodido.

Creo que tardó mucho tiempo para darse cuenta. El estudio que llevaron a cabo les arrojó que lo más rentable en estos días es la industria del entretenimiento. Cuando el Dr. Jorge Luis leyó los resultados dijo:

—¿Tendremos que ser mimos?

Miguel Ángel hizo una expresión como si le hubieran echado limón en los ojos:

―No, sino es para tanto, estamos jodidos, pero no es para tanto. El entretenimiento es un mercado muy amplio. Además, de mimo, sólo vamos a cazar moscas, ahí no está el pan. Mira, la semana pasada se publicó una nota en donde decían que los Dr. Simis, sufrían depresiones severas debido al trato que les daba la gente. Pero los Simis no son cualquier cosa, es todo un sindicato con más de cinco mil agremiados en todo el país. Y si esas farmacias se mantienen en primer lugar es por las botargas, ¿o no? Es todo un mercado inexplorado.

―¿Vamos a acabar de botargas?

―No seas güey, querido compañero, nosotros les vamos a subir el auto estima a esos gordos simpáticos, tenemos que enseñarles que el entretener a la gente no es nada denigrante, ser un Dr. Simi es tan importante como un Dr. en letras ¿o no mi Jorge?

            El proyecto fue un éxito. Y aunque Armando auguró fracaso total, los cursos para subir el auto estima a los gordos, les dio mucho más que una vida de cafetín a estos hombres. Andan de convención en convención, por todo el país de lo más felices. Pero lo que sí ha sido realmente extraordinario es que hasta empresas extranjeras les han solicitado sus servicios. De hecho hace un par de semanas, estuvieron con todos los Ronald Mc. Donals de Estados Unidos, con muy buenos resultados, desde luego.

            Y bueno, los creadores de todo este amasijo de inteligencia se presentaron esa noche en el departamento de Armando vestidos de Simis junto con sus mejores alumnos. Miguel Ángel se quitó la cabeza para poder gritarle a la ventana:

            —¡Ábrenos, culero!

            Luis ya estaba abriendo la puerta cuando Miguel Ángel acabó de gritar. Los gordos se le fueron encima para abrazarlo mientras cantaban sinwicha, sanwicha, sanwicha a la chichona. El pobre abogado estaba que se lo llevaba el demonio pues cualquier cosa podía aguantar menos que le agarraran sus suculentas y caídas chichis.

            —Ya mi aboganster, no se ponga fresa, si es de cariño.

            —Pues no me quieras tanto cabrón

            —Qué, ora qué ¿anda sentimental el gordito?

            —Lo normal, ya sabes.

            —A ver camaradas, descúbranse.

            Y al instante casi todos los Simis se descubrieron. Sólo faltó uno que comenzaba a tambalearse de forma extraña. Miguel Ángel se dirigió directo a él para quitarle la cabeza. El hombre que de por sí tenía un color extraño comenzó a dar muestras de que iba a expulsar algún líquido extraño por la boca.

            —Respira profundo –le dijo Miguel Ángel un poco asustado.

            —Ya, si sólo se está echando una oaxaquita, no seas exagerado –comentó Luis con desenfado.

            —No lo digas ni en broma, que así como vez es nuestro Simi Couch, es el maestro de todos estos cabrones, no se me puede empedar…

            —¿Si se te empeda? ¿Qué no lo estás viendo cómo está? Si anda hasta la madre.

            —Tenemos que meterlo.

            Los gordos en un acto de solidaridad lo alzaron de las extremidades para llevarlo al interior del departamento. No les quiero describir las caras de todos al ver la escena de rescate. Sólo les dejaré de recuerdo la expresión de la teibolera:

            —¡No! ¿Hasta con botargas mantecosas?

            Después de la tempestad viene la calma. El alboroto terminó cuando Miguel Ángel preguntó al aire a qué se debía la reunión con tanta celebridad. Armando contestó al momento:

            —Luis está en problemas

            —¿Mujeres?

            —Mujer, en singular, tampoco seas exagerado.

            —Siempre anda igual.

            —Estamos de acuerdo, pero lo malo es que ahora nos hizo participar, imagínate, quiere que le ayudemos a hacer una pinche carta.

            —Está bien, eso me parece muy cuqui.

            —¿Cuqui? ¿De dónde sacaste esa palabra tan mamona?

            —Oh, cómo se nota que no estás en el medio de la empresa, caray. Mira, todas las palabras deben de ser asombrosas y rentables, un slogan mi hermano, pero eso sí, debes de ver a quién está dirigido, porque una palabra fuera de lugar te lleva a la quiebra; mira, como en este momento, lo cuqui no es para este lugar, ¿estás de acuerdo?

            —¿Y ya no has amanecido en las barrancas?

            —¡Cállate cabrón! Mira que los Simis no saben nada de mi pasado oscuro.

            —No mames pinche Miguel, perro que como mierda no se le quita la maña.

Rompió el diálogo para llamar a uno de los gordos que ya estaba empezando a meter mano en el cuerpecito de la teibolera.

            —A ver mi Luis, vente para acá y platícale el caso a Simi redactor, vas a ver que en menos de una hora ya está tu carta.

            Luis no tuvo de otra que intentarlo; después de todo ya no tenía nada que perder. Simi escribano se sentó frente a la máquina, mientras escuchaba el suspiro introductorio de la historia:

            —Pues todo comenzó…

            Mientras tanto la fiesta comenzaba a tomar cuerpo. Los gordos le hicieron una rueda a la teibolera, mientras esta intentaba guardar el equilibrio en la panza del Simi Couch.

            —¿Y qué pasó con las musas?

            —Ausentes.

            Miguel Ángel había sido uno de los mejores pintores de su generación. Su locura, más allá de todo tipo de técnicas fue lo que lo hizo distinguirse; hasta llegó a vivir de la pintura, pero después de la huída de Alejandra, todo se volvió oscuridad, los trazos fueron oscuridad.

            Ser joven y artista a veces no es una buena combinación. El mundo se aparece como un trago delicioso; desde luego las consecuencias es en lo que menos se piensa, afortunadamente. Y sí, Miguel Ángel era el señor de las consecuencias. Conoció a Alejandra en una de las fiestas que organizaban los pintores de la ciudad. Si había un grupo con altas calificaciones en la organizada de fiestas eran los pintores. Los toneles se llenaban de aguas locas de extraña proveniencia. Y al desaparecer la luz la gente se dejaba caer de lo lindo. Música toda la noche y el ridículo de todos los pintores, como si presintieran que ahí, sólo en las fiestas se pudiera hacer algo realmente creativo, y sí, en verdad lo eran. Esa noche, cuando Alejandra y Miguel Ángel se conocieron, ellos junto con Leonel y David fueron los últimos de la fiesta. La casa se la habían prestado a Leonel, pero no tenía la más mínima intención de ser cuidadoso, así que de plano les dijo que se fueran a la azotea; sin pensarlo, los cuatro ya estaban encaminados en la angosta escalera de caracol. David comenzó a molestarse porque Leonel le venía pellizcando las nalgas a la hora que estaban subiendo. Miguel Ángel y Alejandra se morían de la risa.

            Cuando salieron de las escaleras David ya estaba hecho un demonio, y con todo el alcohol que llevaba dentro pues ni les cuento, comenzó a repartir patadas y moquetazos al por mayor, pero eso sí, en cámara lenta. Miguel Ángel y Leonel se divertían esquivando los intentos de golpes hasta que se hartaron. Miguel fue el primero que le soltó un estatequieto, y Leonel un hasta aquí. Al principio se medio espantaron porque David no se movía, pero Alejandra se acercó para dejar en claro que sólo se estaba echando un sueñito: “ah bueno, dijo Miguel Ángel”, mientras Leonel y Alejandra ofrecieron sus vasos de plástico para seguir brindando.

            La noche para los tres personajes era su atmósfera, donde se desplegaban con toda la naturalidad imaginable. La azotea en donde estaban daba perfectamente a una escultura de un “brillante” escultor de la ciudad, y que desde luego era el orgullo de los pobladores rancios. Para Miguel Ángel y Leonel, la escultura de esas gordas era motivo de vergüenza.

            —A esa pinche escultura le apestan las covachas –dijo Miguel

            —Vamos a ponerle en su madre –propuso Leonel

            Miguel Ángel tomó la mano de Alejandra para que los siguiera en busca de la venganza. En el camino Leonel se iba quitando la ropa.

            —Vas a ver lo que sí es una escultura.

            Y como auténtico mico, ya completamente encuerado, haciendo tilín, tilán su cosa que se trepa a la escultura hedionda. Le tocaba las chichis, simulaba estársela tirando por detrás. Miguel Ángel y Alejandra no se soltaban de la mano, reían con toda la fuerza que sus pulmones les permitían hasta que, como siempre, los señores de la justicia hicieron su aparición.

            Los amorosos salieron volados sin esperar cuál sería el futuro de su amigo.

            —¡Corran culeros, me dejan solo porque yo sí soy una escultura, una verdadera escultura y no montones de yeso como esto!

            Alejandra se molestó un poco con Miguel Ángel por haber huido, pero bastó que le explicara la lógica de la amistad que llevaban para que se sintiera un poco más tranquila.

            Como fue, en la siguiente semana los cuatro estaban sentados en el café recordando la anécdota; aunque David nunca creyó del todo que la pierna que traía rota fuera porque se había caído de la azotea.

            —Mira, yo me conozco, sé que soy un vale madres, pero oye, uno tiene sus límites, ¿cómo crees que me iba a aventar de la azotea? Si son dos pisos enormes, casi quince metros.

            —Pues yo que tú, como que iba pensando dejar de tomar, ya te está haciendo daño.

            —Daño mis huevos, a mí se me hace que mejor voy a tener que cambiar de…

            Los silencios en David eran normales, siempre hacía lo mismo cuando platicabas con él, pero a los tres les brincó la duda de que se acordara de lo que había pasado.

            —Sí, quizá tengan razón, lo que debo de hacer es cambiar de alcohol, el oso negro no deja nada bueno, ya vez lo que le pasó al colega.

            —Bueno, pero eso era un exceso, a ese creo que hasta lo patrocinaban. Y yo no lo recuerdo tomando otra cosa.

            —Pues por ahí anda el Chivo.

            —Pues por ahí andamos todos.

            —Nada, mira que hasta en los perros hay clases, cómo te vas comparar, digo sí eres borrachín, pero no como aquellos.

            —Bueno, bueno, pero recuerda que todo cambio es bueno.

            David dejó de tomar Oso Negro, lo cambió por el Anís del Mico. Y Miguel Ángel pensó que también podía cambiar. Se le olvidó decirles que esa noche, cuando David se quedó inconsciente y a Leonel se lo llevó la policía por andarse fornicando esculturas apestosas, Miguel Ángel y Alejandra pasaron juntos la noche en un hotelucho que les quedó de paso.

            Miguel Ángel pensó que podían cambiar las cosas, que la vida con el amor tendría un nivel sublime el cual siempre había deseado, pero lo sublime es lejano, por lo menos para hombres como él.

            La beca y los primeros trazos son peligrosos. La admiración de los que nunca habían visto nada, lo del agua al agua, los pesos por un proyecto, ayudaron al viaje, a pasarla ebrio junto a Alejandra en los buenos tiempos, pero todo termina. Miguel Ángel vendió el auto y Alejandra quedó preñada. El artista comenzó a morir, pero antes soltó sus últimas patadas de ahogado: semanas sin llegar a la casa, sin dinero y con la advertencia a toda hora: “yo te lo había dicho, soy así”.

            Alejandra salió rumbo a su país con todo e hija. Miguel Ángel nunca volvió a verlas, y siguió pensando que era un artista con licencia para penetrar las noches.

            —No hemos cambiado mucho

            —No puedes decir eso, mira, ya no eres el jodido de siempre, eres todo un líder, y te diviertes con tus botargas.

            —¿Quieres que te mate?

            —Tranquilo

            —Pues deja tus pendejadas ¿feliz? ¿Sabes cuando fui realmente feliz? Cuando vi por primera vez a Alejandra, cuando corríamos juntos por la calle sin pensar en nada más que en buscar a dónde íbamos a perdernos. La tengo aquí cabrón.

            Luis prendió un cigarro y fue hacia Miguel.

            —¿Todavía la amas?

            —No sé, creo que amo ese momento, cuando todo era distinto.

            —¿Por ella era distinto?

            —Quizá, ella era el símbolo de ese tiempo.

            —¿Y si la tuvieras aún?

            —Supongo que sería igual, quizá ya la hubiera matado.

            —El amor tiene que ver con la muerte.

            —Tranquilo –dijo Carlos, se están poniendo muy románticos, vamos a brindar y déjense de pendejadas.

            —Tienes razón, no vamos a terminar convirtiéndonos en chochos nostálgicos; estamos en plena fiesta y nosotros aquí en el valle de lágrimas ¿no se dan hueva?

            —¡Vaya!, hasta que alguien pone orden –dijo la teibolera que en ese momento estaba enredada en el cuello de Elías.

—¡Vamos a escribir esa pinche carta!

—¡A la chingada!, sólo nos mete en problemas, vamos a tomar unos tragos y vamos a la casa de esa piche vieja, pos qué se cree; si te manda a la chingada pues nos regresamos a seguir chupando y con la memoria en blanco, como si nada hubiera pasado.

Todos aceptaron la propuesta. Miguel Ángel, como en sus buenos tiempos hizo espacio en el centro de la sala para comenzar con los pasos que lo hicieron el más famoso de los pintores de la ciudad; la chica le hizo segunda, y todos con el ¡eh!, ¡eh!, ¡eh!, clásico olvidaron la carta del Gordo, olvidaron las historias de todos.

—Ya sé, –dijo una de las botargas, mejor le llevamos un video y hasta lo pedemos subir al youtube. Imagínate cuántos podrían entrar a verlo con el título: De lo que es capaz un hombre por amor.

—Eres un pinche cursi, –contestó la botarga líder, de lo que se trata es de no dejar huellas, pero se me hace buena idea lo del video. Mira, entrevistamos a todos, y ya la presión siempre funciona para que le suelten las nalguitas al gordo.

—¿Y sí está muy buena?

—Nadie la conoce, sólo Luis.

—¿Y estás seguro de que existe?

—Cómo no va a existir.

—Pues a ver, trae la cámara, vamos a empezar.

—No me gusta la idea, —dijo Luis, prefiero que sea una carta, ya les dije, ella es muy romántica.

—A ver, ya estás en cuadro.

—Órale, no seas puto

Ana, querida Anita:

Ehh, mira pues estoy aquí con unos amigos, bueno, y ella es amiga de Armando, ya sabes cómo es, te he platicado, ¿no? Y mira, he tratado hasta el cansancio de escribirte una carta, sí, de esas llegadoras.

—Órale cabrón, cuéntale cuando eras puto.

—No chinguen, así no se puede.

—Ya no sea chillón, lo editamos y ya, pero síguele.

Ana, desde muy pequeño, cuando mi padre nos abandonó y mi madre se quedó sola, juré que iba a buscar a una mujer para honrarla.

—¿Cómo dice el respetable?

—¡Qué chingue a su madre!

—Yo no sé qué madres hago aquí, todos ustedes son una bola de ojetes.

—No te digo Luis, es que también te la jalas, como que honrar a una mujer, no se supone que la amas.

—Mira, hablar contigo y con una pared es exactamente lo mismo.

—Pero es que estás confundido, tú quieres una santa, un nicho para prenderle veladoras, pero las mujeres necesitan porquería; no me lo tomes a mal hermano, pero esa mujer va a salir huyendo cuando le salgas con ese choro, de verdad, estas cosas son más sencillas.

—Sí, claro, ahora resulta que hasta me das consejos; mírate cómo estás, según tú muy chingón, pero estás más solo que yo, a ver dónde están tus viejas en este momento. La porquería les gusta a tus mujeres, pero no todas son iguales, eso lo debes de entender.

—Tranquilos muchachos, ya vamos a acabar con todo este desmadre –dijo Miguel Ángel. Apaga esa cámara, vamos a escribir esa carta como lo hacen los artistas. A ver hagan una fila todos. Sí, también ustedes pinches botargas.

—Pero no cabemos.

—Pues a ver cómo le hacen, pero ustedes también le van a entrar, no se hagan pendejos. A ver, cada uno va a escribir una oración pensando en su nena.

—¿Y yo? –preguntó la teibolera

—¿Nunca has estado con una mujer?

—No, pues sí

—¿Entonces? Piensa en una de ellas

—Pero no me acuerdo de su nombre

—No te preocupes, no creo que seas la única.

—Estás pendejo, si no eres capaz de recordar el nombre de alguien, de plano no existe; y ahora me dices que escriba algo sobre ella, vaya que si estás jodido.

—¿Jodido?, oye, esto no es más que retórica.

—¿Re… qué?

—De forma, si puedes darle a la forma perfecta, ya estás del otro lado.

—Pregúntamelo, desde luego que sin esta forma no sería nada.

—Bueno, pero ya escribe algo, no la pienses tanto.

—¿Cómo dices que se llama esa muchachita?

—Ana

—Muy bien, qué te parece si empezamos con un: “Amada Ana”

—No puede ser, mejor le ponemos: “Amado Ano” –dijo Armando, otra cacofonía y se chinga la cosa.

—Oye, pero qué culpa tiene la niña de tener nombre de culo o de cula. Caca Ana, Caco Ano, qué complicados son ustedes, eh, sólo se trata de una carta.

—Oigan, ya déjense de pendejadas que ya queremos pasar.

—Vas, sólo tienen sesenta segundos, todos como pedos arránquense con los versos más triste de esta noche.

Uno a uno fueron pasando, sin parar, con ritmo de locomotora treinta-treinta, hasta llegar Luis que era el último de la fila que sostuvo con sus dos manos la hoja.

—Te toca gordis, toda tuya.

Comenzó a leer el resultado y meneó la cabeza para señalar el fracaso.

—¿Cómo es posible que puedan escribir esto? Se supone que debe caer muerta.

Miguel Ángel tomó la hoja, leyó en voz alta y a toda velocidad hasta quedar rojo del esfuerzo. Respiró profundo antes de dirigirse a todos.

—Ya vieron, Luis tiene razón, la pobre mujer esa va a caer muerta pero por leer estas porquerías, ¿no pueden ser románticos? Mira nada más pinches botijotes quien los viera todos tiernos, eso no lo dicen en los cursos.

—Ohhh

—Nada de “Oh” ni qué la chingada; esto no es obra de Simis con autoestima baja, no se hagan pendejos.

—Bueno ya, mejor que muera, no podemos escribir nada, ni una sola carta cursi para esa vieja.

—¿Y ahora, por qué tanta nostalgia?

—¿Has escrito una carta?

—Varias, y todas a las musas.

—¿Y tú?

—Sí, no muchas, como todo el mundo.

—¿Todos han escrito alguna?

Los Simis contestaron que sí en forma coordinada, mientras los demás cruzaban la mirada para preguntarse qué era lo que le pasaba a Armando.

—¿Te sientes bien?

—No, estoy jodido, me podrían creer que nunca he escrito una carta, así como la que nos ha estado pidiendo Luis; y saben qué es lo peor.

—Te cogiste a Raúl porque era de buena suerte.

—Esos son los enanos, no seas guey.

—A ver, qué estás diciendo que Raúl es un enanote o ¿de plano sí te has echado a un enano?

—La primera

—Charros, aunque esté pedo te oye, y seguro quiere que te lo cojas.

—Ya cámbiale.

—Bueno, por lo menos te rompe tu madre a lo cabrón.

—¿Y qué es lo peor?

—Pues que tampoco he aprendido a nadar.

—No puede ser. ¿Has dormido bien últimamente?

—Es neta, eso me hace sentir mal.

Raúl despertó diciendo las incoherencias de siempre.

—Lupita…

—Neta, creo que a ella

—Ja, fue chistoso, ¿te acuerdas?

—Sí, ya sé, en este momento lo estoy haciendo.

—Déjame decirte que esa fue tu primer acto de gandalla, ¿cómo le fuiste a bajar su nena al niño Escutia? Está bien que el otro estaba convertido en una piedra, pero no, ya sabes que eso no se vale.

—Bueno, si ya hasta se casó…

—Sí, hasta eso tienes buena mano, cabrón, todas las mujeres que tocas, sufren un poquito contigo, pero después a toda madre, se casan, son felices y hasta tienen niños, eso es increíble, como que pagan su cuota, y ya después todo bien. Pero tampoco es para que te pongas triste, la carta que le mandaste a Lupita, te juro, que es de lo mejor que he leído, o por lo menos así la recuerdo; estuvo bien ese detalle de recortar papeles de colores, escribir fragmentos de poemas ¿la podías leer en el orden que quisieras, no? Cómo no, si bien que me acuerdo.

—Pues algo así deberías de hacer para Anita.

—Escribe lo que recuerdes.

—No, estoy en blanco.

—Pues entonces estamos jodidos.

—Como siempre.

Estaba amaneciendo. Las botargas con sus cabezas bajo el brazo se enfilaron para despedirse de todos.

—¿Ya es hora?

—Sí, hay que trabajar mañana

—Vayan con Dios hijos míos, el mundo es suyo –les dijo Miguel Ángel dibujando una cruz en el cielo.

Los demás también aprovecharon el momento para zafarse, quedándose, como casi siempre, Miguel Ángel, Raúl, la chica, Luis y Armando.

—Se hizo lo que se pudo ¿no?

—Eso nadie lo duda

Pero a Luis nada lo consolaba.

—Ya chiquito, a fuerza ni los calcetines –lo consolaba la teibolera.

Luis imaginó los pies desnudos de Ana, de Lucy, Karla, Lupita, de todas las que se habían nombrado en la noche. Tomó todos los fragmentos y salió del departamento. El amanecer no lo iba a encontrar derrotado.

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