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CÍRCULO DE POESÍA

 

Prosas líricas de juventud, de Paul Celan, versiones de José Luis Reina Palazón

28 Mar 2011

Paul Celan

Inauguramos una nueva columna, “Traiciones”, del destacadísimo traductor sevillano José Luis Reina Palazón (Puebla de la Cazalla, 1941), que ha vertido a nuestra lengua la obra de poetas como Pasternak, Paul Celan, Mallarmé, Cocteau, Rimbaud… Su trabajo ha sido premiado con múltiples reconocimientos. 

 

 

Prosas líricas de juventud

 

POR FIN LLEGÓ EL MOMENTO, ante los espejos que cubren las paredes exteriores de la casa, en la que abandonaste para siempre a la amada con el cabello desmelenado, de enarbolar tu negro estandarte en la cresta de la acacia florecida antes de tiempo. Penetrante se oye la fanfarria del regimiento de ciegos, el único que te ha permanecido fiel, tú te atas la máscara, sujetas el encaje negro a las mangas de tu traje de ceniza, subes al árbol, los pliegues del estandarte te abrazan, inicias el vuelo. No, tan bien como tú, nadie supo revolotear alrededor de esta casa. Cae la noche, tú flotas de espaldas, los espejos de la casa se inclinan sin cesar para recoger tu sombra, las estrellas caen y te arrancan la máscara, tus ojos se escurren hacia tu corazón, donde el sicómoro encendió sus hojas, las estrellas también se escurren hacia allá, todas excepto la última, un pájaro más diminuto, la muerte, que circula a tu alrededor y tu boca soñadora pronuncia tu nombre.

 

A sosit înfărşit, clipa ca în faţa oglinzilor care acoperă pereţii exteriori ai casei în care ţi-ai lăsat pe veci despletită iubita, să arborezi, în vârful salcâmului înflo­rit înainte de vreme, steagul tău negru. Tăioasă, se aude fanfara regimentului de orbi, singurul care ţi-a rămas credincios, îţi pui masca, îţi prinzi dantela neagră de mânecile costumului tău de cenuşă, te urci în copac, faldurile steagului te cuprind, începe zborul. Nu, nimeni n’a ştiut să fâlfâie ca tine în jurul acestei case. S’a lăsat noaptea, pluteşti pe spate, oglinzile casei se apleacă mereu ca să-ţi culeagă umbra, stelele cad şi-ţi sfâşie masca, ochii ţi se scurg înspre inima ta în care şi-a aprins frunzele sicomorul, stelele coboară şi ele într’acolo, toate până la cea din urmă, o pasăre mai mică, moartea, gravitează în jurul tău, iar gura ta visătoare îţi rosteşte numele.

 

 

 

AUNQUE SIN BALAUSTRADA quedan única coordenada segura para los movimien­tos que me seducen todavía las enormes escaleras por las que sube y baja la bandera vaporosa del encuentro con uno mismo. A pesar de todo las acepto sin balaustrada e incluso las prefiero para mis escasos paseos entre Cáncer y Capricornio, cuando, enfadado con la estación del año, inundo la casa con el encaje negro del placer de no amar a nadie. Pocas veces también, pero bajo un cielo interior advertido con un bastón, desciendo yo, una rueda de fuego, al extremo límite de los peldaños hasta abajo del todo, donde el cabello de una mujer por mí asesinada me espera para estrangularme. Esquivo el peligro con una artimaña que no se transmitirá a mis herederos. Entonces me vuelvo y llegado al peldaño del que he partido repito la destreza con creciente rapidez hasta mofarme con brío de aquella melena del último peldaño. Ahora —iy sólo ahora!— me dejo ver por aquellos que hace tiempo me detestan y esperan febrilmente el desenlace. Pero, no acostumbrados a tales acontecimientos, me creen la balaustrada de metal de los peldaños y, sin ser conscientes del peligro, descienden hasta abajo del todo y abren, insensatos, la puerta, por la que entrará la Ilustre Difunta.

 

 

Fără balustradă, imensele scări pe care urcă şi coboară steagul vaporos al întâlnirii cu tine însuţi, rămân singura coordonată sigură a mişcărilor care mă tentează încă. Fără balustradă, le accept totuşi şi chiar le prefer pentru rare­le mele plimbări între Cancer şi Capricorn, când, certat cu anotimpul, inund casa cu dantela neagră a plăcerii de a nu iubi pe nimeni. Tot atât de rar, dar sub un cer interior avertizat cu bagheta, cobor, o roată arzătoare, la marginea extremă a treptelor, până jos de tot, unde părul unei femei ucise de mine mă aşteaptă pentru a mă strangula. Evit pericolul cu o abilitate care nu va trece asupra moştenitorilor mei. Apoi fac cale întoarsă şi, ajuns la treapta de unde am pornit, repet performanţa cu o viteză din ce în ce mai mare şi până la bat­jocorirea spectaculoasă a coamei de pe treapta finală. Acum — şi numai acum! — sunt vizibil pentru aceia care, duşmănindu-mă de mult, aşteaptă cu înfrigurare deznodământul. Dar neobişnuiţi cu întâmplări de acest fel, ei mă cred balustra­da de metal a scării şi, fără a-şi da seama de primejdie, coboară până jos de tot şi deschid în neştire uşa prin care va intra Ilustra Defunctă.

 

 

 

INSONORO TROTA un pizarrín sobre la tierra negra, tropieza, sigue girando so­bre la pizarra infinita, se detiene, mira alrededor, no percibe a nadie, conti­núa la caminata, escribe.

            ¿Hay aquí un árbol? Puede ser escalado. Ya oscurece, ¿pero le molesta, ahora, que ya está arriba, en la ramificación, hacer su obra, su obra del día y de la noche? Su obra de la noche más bien, aunque los signos que pinta son blancos, pero apenas perceptibles, sin embargo enigmáticos. Ah, ahí cuelga una hoja, se resiste y es más fuerte. ¡Qué caída! Ahora se ha partido en dos, un suave crujir ha desgarrado la calma, alguien podría decidirse, correr a aquel lugar donde cayó, irle a la mano. Pero nadie está allí. Ahora ambas mitades se han alzado de nuevo, siguen corriendo, los signos se multiplica­rán, pero eso está bien, pues el camino es largo, la superficie no escrita.

            Un hombre aparece, un peatón, sigue la huella brillante, a menudo inte­rrumpida. Nieve, piensa, pero sabe que no es nieve, a pesar de que estamos bien entrados en diciembre. Y sin embargo continúa pensando que es nieve, y sonríe, porque sabe que es algo distinto y no tiene nombre para eso.

            No hay duda, ayer era el día de los espejos. Cuando se asomó a la ven­tana para ver si también la había dejado abierta durante la noche —pues na­die había estado allí en esa última noche de la espera— la encontró cerrada, atrancada por fuera, una mano tuvo que estar en juego, una hábil, silenciosa (él tuvo un sueño ligero, también había esperado y a pesar de todo no había oído nada), la mano, pues, a la que hacía años que temía, había venido precisamente hoy y le había cerrado el camino hacia él. En el cristal sin embargo se vio a sí mismo y vio que llevaba un abrigo, aunque no tenía la intención de partir, —oh, por eso entonces no había venido nadie, porque él, vestido, estaba allí preparado, dispuesto para el viaje!— y cuando miró más cerca, se dio cuenta de que había arrojado el abrigo sobre su cuerpo desnudo y lo había abotonado, incontables botones tenía el abrigo y cuán extraño: cada botón era un pequeño dado de cristal en el que ardía una luz y cuando se miraba bien –¡oh Dios, era él mismo, también esos dados eran espejos! Y más horrible aún: no era él, es decir, no toda su figura, sino su cabeza sólo, un poco vuelta de lado y con ojos cerrados.

            Así que para eso había esperado, para eso estaba la ventana… ¿Qué sabía decir a todo esto su espejo de pared? Él se volvió, dio un par de pasos por la habitación. Estaba descalzo, sintió frío y miró el suelo: también su alfombra era un espejo. Inclinado un poco hacia delante, miró en el cristal de color. Ahora veía que el dobladillo de su abrigo con tales dados de cristal estaba ocupado como aquel primero, más negro sin duda, pero reflejándolos también, reflejando sus pies, pequeños, hasta los tobillos, separados de las piernas, con los dedos separados, en cualquier caminata.

 

 

Geräuschlos hüpft ein Griffel über die schwärzliche Erde, überschlägt sich, wir­belt weiter über die endlose Tafel, hält inne, hält Umschau, nimmt niemanden wahr, setzt die Wanderung fort, schreibt.

            Ist hier ein Baum? Er kann erklommen werden. Es dunkelt schon, aber stört es ihn denn, nun, da er schon oben ist, in der Verzweigung, sein Werk zu verrichten, sein Tag- und Nachtwerk? Sein Nachtwerk eher, auch wenn die Zei­chen, die er malt, weiß sind, weiß, doch kaum merkbar, doch rätselhaft. Ach, da hing noch ein Blatt, es sträubt sich und ist stärker. Welch ein Sturz! Nun ist es entzweigesprungen, ein leises Knirschen hat die Stille zerrissen, irgend jemand könnte sich besinnen, an jene Stelle eilen, wo es fiel, ihm Einhalt gebieten. Aber niemand ist da. Nun haben sich die beiden Hälften auch wieder aufgerichtet, eilen weiter, die Zeichen werden sich vermehren, aber es ist gut so, denn der Weg ist weit, die Fläche unbeschrieben.

            Ein Mann ist aufgetaucht, ein Fußgänger, er folgt der schimmernden, oft unterbrochenen Spur. Schnee, denkt er, aber er weiß, daß es kein Schnee ist, obwohl wir doch tief im Dezember sind. Und doch fährt er fort zu denken, es sei Schnee, und lächelt, weil er weiß, daß es etwas anderes ist und er keinen Namen hat dafür.

            Kein Zweifel, gestern war der Tag der Spiegel gewesen. Als er ans Fenster trat, um nachzusehn, ob er es auch offen gelassen hatte über Nacht — denn niemand war da gewesen in dieser letzten Nacht des Wartens — fand er es ge­schlossen, verrammelt von außen, eine Hand mußte da im Spiel gewesen sein, eine geschickte, lautlose Hand (er hatte einen leichten Schlaf, hatte ja auch ge­wartet und trotzdem nichts gehört), die Hand also, vor der er [sich] fürchtete seit Jahren, gerade heute war sie gekommen und hatte den Eingang zu ihm versperrt. Im Glas aber erblickte er sich selber und sah, daß er einen Man tel trug, obwohl er doch nicht beabsichtigt hatte zu wandern, — oh, deshalb also war niemand gekommen, weil er angekleidet da gelegen war, reisefertig! — und da er näher hinsah, gewahrte er, daß er den Mantel über seinen nacktest Leib geworfen und ihn zugeknöpft hatte, unzählbar viele Knöpfe hatte clet Mantel und wie seltsam: jeder Knopf war ein kleiner Glaswürfel, darin braun te ein Licht und wenn man genauer hinblickte — o Gott, das war ja er selber, auch diese Würfel waren Spiegel! Und schrecklicher noch: nicht er war es, das heißt, nicht seine ganze Gestalt, sondern sein Kopf nur, ein wenig abgewandt und mit geschlossenen Augen.

            So, dazu also hatte er gewartet, dazu gab es Fenster… Was wohl sein Wandspiegel zu sagen wußte zu alldem? Er wandte sich um, machte ein paar Schritte, durch das Zimmer. Er war barfüßig, fühlte Kälte und sah zu Boden: auch sein Teppich war ein Spiegel. Ein wenig vornübergebeugt, starrte er in das farbige Glas. Nun sah er, daß der Saum seines Mantels mit ebensolchen Glasewürfel besetzt war wie jenen ersten, dunkler zwar, aber spiegelnd auch sie, seine Füße spiegelnd, klein, bis über die Knöchel, losgetrennt von den Beinen, mit gespreizten Zehen, auf irgendeiner Wanderschaft.

 

 

 

SE PODRÍA CREER que todo lo que fue dicho sobre la acacia falsa bastaría para prohibirte las vacaciones. Vaciaste del espejo los orígenes de la luz, disfrutaste cantando el acróstico del inmaculado caminante de los aromas, afligido y clarividente como la flor de la cebolla, suspiraste cuando en el jardín sacudie­ron las toquillas, llamaste a Mariana, la llamaste con un color derramado a la par con la tinta de la vida, pero olvidaste que una alcoba no es un árbol, que su follaje se come con la cuchara del recuerdo y que las puertas no tienen nin­guna llave hacia el mediodía. Tú podrías haber sobrepasado su umbral antes del derramarse de la aurora, que estaba llena del olor de bálsamo del entu­siasmo, derramarte simultáneamente con los esmaltes de las paredes, saltar con las bolas de nieve, olvidadas en los ojos de los sotos antropófagos, para que tú otra vez —una última vez— digas aquella palabra colgada del icono traslúcido de tu cuello incansable: «Orín». Pero color de orín era también la soledumbre misma en la que te atreviste con la sandalia contagiada por la poesía de tu juventud de papel, color de orín era el papel juvenil que traspasaste hasta su umbral. Tú renunciaste, pues. Decidiste subir a la acacia falsa, sin llevar a cabo los precarios esfuerzos del que lee las estrellas. Las estrellas… Cuántas veces quisiste recordar el eclipse radiante en la miel extendida sobre la mesa de los venenos. Era uno de aquellos ejercicios que te movieron a dejar la ciudad. La dejaste de día, a los ojos de todos, la maleta sin airear metida en el cerebro, el lápiz diseminado sobre una amalgama de cera y el primer cuarto de la luna. Cuán divertido fue cuando vaciaste los vasos que musitan sobre el azulejo hexagonal del amor. Nadie te veía. Deambulaste solo por las calles vigiladas por enormes paraguas, paracaídas de los enanos descendidos de nuevo a la tierra. Había un rumor en el aire, un rumor de monedas solteras, que habían venido para ver cómo te ibas. Un momento te detuviste pm mirarlas: tu chaqueta estaba desbotonada, ¿pues de qué otro modo podías satisfacer también la curiosidad bordada de tu pecho? Te hablaron de madrigueras y de mirlos. Empecinado y entusiasmado por los puntos finales alógenos de las caminatas, creíste que había llegado el momento de encontrarlos, a pesar de las herencias paralizadas. También aquí te equivocaste.

            ¿No viste que tus pasos conducían hacia aburrimientos envueltos en plumones? ¿Que la amplia sala de las posibilidades amenazada por halcones adornados con pendientes, ya no correspondía a la bandera plantada en aquel estanque con hombres disfrazados de barcas motoras? ¿No comprendiste que al cabo de tantos viajes se te imponía la cortina leprosa de las tiendas ensangrentadas? ¿Ah, que nadie estaba en la tienda? ¿Que en su escudo de entrada había anidado el cuervo del rival? ¿El cuervo del rival con el cabello de color de te, amarillento en la luz de la hora sin pájaros? ¿Se te exigió un acto de valor monosilábico? ¿Una vuelta por el paisaje despojado de los ímpetus cercanos a la amapola? Sí, es difícil para ti encontrar un lugar donde se conserve una arena mimada entre manos de carbón. Es difícil para ti llevar consigo los barcos huérfanos de las cuencas enlutadas. Es difícil…

            Di ya, tú, que tanto ondeabas tus atrocidades fulgurantes, tus brillos de obseso fascinado por aquellos altos en el camino, llenos de los pececillos dentados de las noticias sin verdes hojas, tú, mensajero de las abscisas que florecieron por la sal de las lágrimas – contesta:

            ¿Quién se ahogó primero? ¿Quién bajó las escaleras con el pelo desme­lenado e hizo más abruptas las olas desiguales de la posteridad? ¿Quién huyó del pecho de la amada en un caballo robado al vecino? ¿Quién esquivó su gabán, ha […]

 

 

S’ar putea crede că tot ce s’a spus despre salcâmul-cruce ar ajunge ca să-ţi interzică vacanţa. Ai golit începuturile luminii din oglindă, te-ai desfătat cântând acrosti­hul neprihănitului călător întru miresme, mâhnit şi clarvăzător ca floarea cepii, ai oftat cu prilejul basmalelor scuturate în grădini, ai chemat-o pe Mariana, ai chemat-o cu o culoare risipită odată cu cernelurile vieţii, dar ai uitat că o încăpere nu e un copac, că frunzişul ei se mănâncă cu lingura amintirii şi că uşile spre miazăzi sunt fără cheie. Ai fi putut să păşeşti peste pragul lor înainte de revărsatul zorilor copleşite de avânturi îmbălsămate, să te reverşi şi tu odată cu lacurile din pereţi, să salţi cu bulgării de zăpadă uitaţi în ochii tufelor antropofage, să mai spui o dată — ultima dată — acel cuvânt care îţi atârnă de icoana străvezie a gâtului tău neistovit: »rugină«. Dar ruginie a fost însăşi pustietatea în care te-ai aventurat cu sandala molipsită de poezia adolescenţei tale de hârtie, ruginie a fost hârtia adolescentă peste care ai păşit până’n prag. Ai renunţat deci. Ai hotărît să te sui în sălcâm fără a depune eforturile precare ale cetitorului în stele. Stelele… De câte ori ai vrut să-ţi reaminteşti eclipsa lor fulgurantă în mierea aşternută pe masa cu otrăvuri… A fost un exerciţiu din acelea care te-au făcut să părăseşti oraşul. L-ai părăsit ziua, în văzul tuturor, cu valiza îmbâcsită în creer, cu creionul resfirat deasupra amalgamului din ceară şi primul pătrar a lunii. Ce vesel era să împrăştii paharele cu murmur pe lespedea hexagonală a iubirii. Nimeni nu te vedea. Ai cutreerat singur străzile străjuite de umbrèle enorme, paraşutele piticilor din nou coborîţi în pământ. Era un zvon în aer, un zvon de monete celibatare, venite să te vadă. plecând. O clipă te-ai oprit să te uiţi la ele: vestonul tău era descheiat şi cum puteai să-ţi satisfaci curiozitatea dantelată a pieptului tău, decât numai aşa? Ţi s’a vorbit de vizuini şi mierle. Îndărătnic şi pasionat de extremităţile alogene ale plimbărilor, ai crezut că sosise clipa pentru a le găsi, în ciuda moştenirilor paralizate. Te-ai înşelat şi aici.

            N’ai văzut că paşii tăi înaintau spre plictiselile cu puf? Că vasta încăpere a posibilităţilor periclitate de ulii cu cercei, nu mai corespundea steagului înfipt în balta cu oameni deghizaţi în bărci cu motor? N’ai înţeles că a fi călător îţi impu­nea perdeaua leproasă a corturilor însângerate? Ah, nu era nimeni în cort? Pe stema de la intrarea lui se instalase corbul rivalului? Corbul rivalului cu păr de ceai îngălbenit la lumina orei fără păsări? Ţi se cerea un act de curaj monosilab? O raită în priveliştea jefuită a imboldurilor vecine cu macul? Da, e greu să-ţi găseşti un loc acolo unde se păstrează un nisip răsfăţat între mâini de cărbune. E greu să duci cu tine vasele orfane ale orbitelor îndoliate. E greu…

            Dar spune, tu care ştiai să-ţi fluturi atrocităţile de lustru, strălucirile de obsedat al popasurilor arhipline de peştişorii dinţaţi ai veştilor fără frunze, tu, mesager al abciselor infiorite cu sarea din lacrimi — răspunde:

            Care s’a înnecat întâi? Care a coborît treptele cu părul despletit şi a înăsprit ondulaţiile inegale ale posterităţii? Care a fugit din pieptul iubitei pe un cal furat la vecini? Care şi-a ocolit mantaua, s’a […]

 

 

 

PARTIDARIO DEL ABSOLUTISMO ERÓTICO, reticente megalómano incluso entre los buzos, mensajero a la vez del halo de Paul Celan, evoco las petrificadas fisonomías del naufragio aéreo sólo a intervalos de un decenio (o aún más) y sólo me dedico al patinaje en una hora muy tardía, sobre un lago vigilado por el enorme bosque de los descerebrados miembros de la Conspiración Poética Universal. Es fácil comprender que por aquí no puedes penetrar con las flechas del fuego visible. Una inmensa cortina de amatista disimula, en los confines del mundo, la existencia de una vegetación antropomorfa, más allá de la que intento bailar una danza selenita, que por fin llegue a deslumbrar­me. Hasta ahora no lo he logrado y con los ojos trasladados a las sienes me contemplo de perfil, esperando la primavera.

 

 

Partizan al absolutismului erotic, megaloman reticent chiar şi între scafandri, mesager, totodată, al halo-ului Paul Celan, nu evoc petrifiantele fizionomii ale naufragiului aerian decât la intervale de un deceniu (sau mai mult) şi nu patinez decât la o oră foarte târzie, pe un lac strâjuit de uriaşa pădure a membrilor acefali ai Conspiraţiei Poetice Universale. E lesne de inţeles că pe-aici nu pătrunzi cu săgeţile focului vizibil. O imensă perdea de ametist disimulează, la liziera dinspre lume, existenţa acestei vegetaţii antropomorfe, dincolo de care încerc, selenic, un dans care să mă uimească. Nu am reuşit până acum şi, cu ochii mutaţi la tâmple, mă privesc din profil, aşteptând primăvara.

 

 

 

HUBO NOCHES en las que me pareció que tus ojos, a los que yo había dibujado grandes ojeras naranjas, encendían de nuevo sus cenizas. En aquellas noches no llovía tanto. Abría las ventanas y me subía desnudo al alféizar para ver el mundo. Los árboles del bosque venían hacia mí, uno tras otro, sometidos, un ejército vencido que llegaba para entregar sus armas. Permanecía inmóvil mientras del cielo descendía el estandarte bajo el que él había enviado a sus ejércitos al combate. Desde una esquina tú también contemplabas la hermosura increíble de mi desnudez ensangrentada: yo era la única constelación que no fue borrada por la lluvia, yo era la gran Cruz del Sur. Sí, en aquellas noches le era a uno difícil abrirse las venas y mientras las llamas me abraza­ban, y la pantera de plata desgarraba el amanecer que me acechaba, la ciuda­dela de las urnas era mía, la llenaba con mi sangre, tras despedir al ejército enemigo, gratificándole con ciudades y puertos. Yo era Petronio y de nuevo derramaba mi sangre entre rosas. Por cada pétalo manchado tú apagabas una antorcha.

            ¿Te acuerdas? Yo era Petronio y no te amaba.

 

 

Erau nopţi, când mi se părea că ochii tăi, cărora le desenasem mari cearcăne portocalii, îşi aprind din nou cenuşa. In acele nopţi ploaia cădea mai rar. De­schideam geamurile şi mă urcam, gol, pe pervazul ferestrei ca să privesc lumea. Copacii pădurii veneau înspre mine, câte unul, supuşi, o armată învinsă venea să-şi depună armele. Rămâneam nemişcat şi cerul îşi cobora steagul sub care îşi trimisese oştile în luptă. Dintr’un ungher mă priveai şi tu cum stăteam acolo, nespus de frumos în nuditatea mea însângerată: eram singura constelaţie pe care nu o stinsese ploaia, eram Marea Cruce a Sudului. Da, în acele nopţi era greu să-ţi deschizi vinele, când flăcările mă cuprindeau, cetatea urnelor era a mea, o umpleam cu sângele meu, după ce concediam oştirea duşmană, răsplătind-o cu oraşe şi porturi, iar pantera de argint sfâşia zorile care mă pândeau. Eram Petronius şi din nou îmi vărsam sângele între trandafiri. Pentru fiecare petală pătată stingeai câte o torţă.

            Ţii minte? Eram Petronius şi nu te iubeam.

 

 

 

UN DÍA TAL VEZ cuando sea oficial la rehabilitación de los días equinocciales impuesta por la crueldad de los hombres en la pelea con los árboles de los grandes bulevares azules, vosotros os suicidareis los cuatro, tatuando la hora de la muerte en la piel foliada de vuestra frente de bailarines españoles, os tatuareis esa hora con las flechas aún tímidas pero no menos mortales de la adolescencia de un adiós.

            Tal vez yo estaré cerca, tal vez me habréis ya informado del gran acon­tecimiento, para que yo esté allí a disposición cuando vuestros ojos, pro­fundamente abajo en las salas del invernadero, que vosotros sin obligación alguna habéis elegido para toda vuestra vida como exilio, para contemplar la eterna inmovilidad de las palmeras boreales, cuando vuestros ojos hablen al mundo de la inalterable belleza de los tigres sonámbulos. Tal vez encuen­tre entonces el valor de contradeciros en el momento en que nosotros, tras tantas esperas infructuosas, habremos encontrado un lenguaje común. Depende de vosotros si yo con los dedos abiertos como varillas abanicaré la brisa ligeramente salada de vuestro réquiem por las víctimas de la primera prueba para el FIN. Y de vosotros depende que yo baje mi pañuelo a vuestras gargantas destrozadas por el fuego de las falsas profecías para entonces hacerlos flamear en la calle sobre las estrechamente con-crecidas cabezas de la muchedumbre, cuando ésta se reúne en la sola fuente de la ciudad, para mirarse en fila en la última gota de agua en su fondo; para hacerlos flamear continuamente en silencio y con gestos, que impidan cualquier otro mensaje.

            De vosotros depende. Comprendedme.

 

 

Poate că într’o zi, când reabilitarea solstiţiilor va fi devenit oficială, dictată de atrocitatea cu care oamenii se vor încăera cu copacii marilor bulevarde albastre, poate că în acea zi vă veţi sinucide toţi patru, în acelaş timp, tatuându-vă ora morţii în pielea frunzoasă a frunţilor voastre de dansatori spanioli, tatuându-vă această oră cu săgeţile timide încă, dar nu mai puţin veninoase ale adolescenţei unui adio.

            Poate că voi fi în apropiere, poate că-mi veţi fi dat de veste despre marele eveniment, şi voi putea fi de faţă când ochii voştri, coborîţi în incăperile, îndepărtate ale serei în care, în tot timpul vieţii, v’aţi exilat nesiliţi de nimeni, pentru a contempla eterna imobilitate a palmierilor boreali, când ochii voştri vor vorbi lumii despre nepieritoarea frumuseţe a tigrilor somnambuli. Poate că voi găsi curajul pentru a vă contrazice atunci, în clipa când, după atâtea aşteptări infructoase, vom fi găsit un limbaj comun. Depinde de voi, dacă voi stărni, cu degetele resfirate în evantai, boarea uşor sărată a requiemului pentru victimele, primei repetiţii a Sfârşitului. Şi tot de voi depinde dacă îmi voi coborî batista în gurile voastre devastate de focul falselor profeţii, pentru ca apoi, ieşind în stradă, s’o flutur deasupra capetelor concrescute ale mulţimii, la ora când aceasta se adună lângă singura fântână a oraşului pentru a se privi, pe rând, în ultima picătură de apă din fundul acesteia; s’o flutur mereu, tăcut şi cu gesturi care interzic orice alt mesagiu.

            De voi depinde. Inţeligeţi-mă.

 

 

 

DE NUEVO DEJO VOLAR los grandes paraguas blancos en el aire nocturno. Lo sé, éste no es el camino del nuevo Colón, mi reino insular permanece sin des­cubrir. Las infinitas ramificaciones de las raíces del aire de las que he colgado una mano en cada una, se abrazarán solitarias, ignoradas de los viajeros de la altura, cada vez las agarrarán más compulsivamente las manos y nunca se quitarán el guante de la melancolía. Todo eso lo sé, pero sé también que no puedo confiar en la marea que, como una espuma como la de abajo, baña las orillas como contornos de encajes de aquellas islas que yo deseo que se integren en el SUEÑO absoluto. Bajo mis pies descalzos se enciende la arena, me pongo sobre la punta de los dedos y me voy rumbo hacia arriba. Hospi­talidad no puedo esperar, eso también lo sé, pero ¿dónde puedo detenerme, si no allí? No se me considera allí bienvenido. Un heraldo desconocido viene a mi encuentro en alta mar para decirme que me está prohibida cualquier escala. Ofrezco mis manos sangrantes por las espinas flotantes del cielo a cambio de un instante de reposo, en la esperanza que desde allí, desde la playa de seda de la primera despedida de mí mismo, aún pueda alzar una serie de velas redondas, hinchadas y pueda continuar mi periplo hacia ellas. Ofrezco mis manos para vigilar sobre que el equilibrio de esa flota póstuma permanezca sin riesgo alguno. De nuevo se me rechaza. A mí no me queda sino continuar el camino, pero se me van las fuerzas, cierro los ojos y busco un hombre con una barca.

 

 

 

Din nou am suspendat marile umbrele albe în văzduhul nopţii. Ştiu, nu pe-aici e drumul noului Columb, arhipelagul meu va rămâne nedescoperit. Nesfârşitele ramificaţii ale rădăcinilor aeriene de care am atârnat câte o mână se vor îmbrăţişa în singurătate, neştiute de călătorii înaltului, mâinile le vor strânge tot mai con­vulsiv şi niciodată nu-şi vor lepăda mănuşa melancoliei. Ştiu toate astea precum ştiu, de asemeni, că nu mă pot încrede în mareea care, cu o spumă ca de jos, scaldă ţărmurile dantelate ale insulelor acestora pe care le vreau ale Somnului autoritar. Sub picioarele mele desculţe se aprinde nisipul, mă ridic în vârful degetelor şi mă înalt, într’acolo. Nu mă pot aştepta la ospitalitate, ştiu şi asta, dar unde să mă opresc, dacă nu acolo? Nu sunt primit. Un crainic necunoscut mie mă întâmpină In larg ca să mă anunţe că mi se interzice orice escală. Ofer mâinile mele însângerate de spinii plutitori ai cerului în schimbul unei clipe de repaos, în speranţa că de-acolo, de pe ţărmul de mătase al primei despărţiri de mine, voi mai putea înălţa un alt rând de pânze rotunde şi umflate şi că-mi voi putea continua călătoria înspre ele. Ofer mâinele mele pentru a veghea ca echi­librul acestei flore posturne să fie păstrat în afară de orice pericol. Din nou sunt refuzat. Nu-mi rămâne decât să-mi continui drumul, dar mi-au sleit puterile şi închid ochii pentru a căuta un om cu o barcă.

 

 

 

COMO UN DÍA DESPUÉS debían comenzar las deportaciones, vino de noche Rafael, vestido con una vasta desolación de seda negra, con capucha, sus miradas ardientes se cruzaron sobre mi frente, arroyos de vino comenzaron a correr sobre mi rostro, se desparramaron por el suelo, los hombres los sorbían en el sueño. —Ven, me dijo Rafael, colocando sobre mis hombros en demasía relucientes una desolación semejante a la que él llevaba. Me incliné ante mi madre, la besé incestuosamente y salí de la casa. Un enorme enjambre de grandes mariposas negras de los trópicos me impidió avanzar. Rafael tiró de mí hacia él y bajamos a la línea del tren. Bajo los pies sentí los rieles, oí el pitido de una locomotora, muy cerca, el corazón se me hizo un nudo. El tren pasó sobre nuestras cabezas.

            Abrí los ojos. Ante mí había en una extensión infinita un gigantesco candelabro con miles de brazos. — ¿Es de oro? le susurré a Rafael. — De oro. Subirás a uno de los brazos para que cuando yo lo haya alzado en el aire lo puedas fijar en el cielo. Antes del amanecer los hombres podrán salvarse cuando vuelen hacia allí. Yo les indicaré el camino y tú les das la bienvenida. Subí a uno de los brazos, Rafael pasó de un brazo a otro, los tocó uno tras otro, el candelabro comenzó a elevarse. Una hoja se posó en mi frente, precisamente allí donde me había alcanzado la mirada de mi amigo, una hoja de arce. Miro a mi alrededor: esto no puede ser el cielo. Pasan las horas y nada encuentro. Lo sé: abajo los hombres se han juntado, Rafael los ha tocado con sus finos dedos, también ellos han subido y yo sigo sin detenerme.

¿Dónde está el cielo? ¿Dónde?

 

 

            A doua zi urmând să înceapă deportările, noaptea a venit Rafael, îmbrăcat într’o vastă deznădejde din mătase neagră, cu glugă, privirile arzătoare i se încrucişară pe fruntea mea, şiroaie de vin începură să-mi curgă peste obraz, se răspândiră pe jos, oamenii 1e sorbiră în somn. — Vino, îmi spuse Rafael, punându-mi peste umerii mei prea strălucitori o deznădejde asemănătoare cu aceea pe care o purta el. Mă aplecai înspre mama, o sărutai, incestuos, şi ieşii din casă. Un roi imens de mari fluturi negri, veniţi dela tropice, mă împiedica să înaintez. Rafael mă trase după el şi coborîrăm înspre linia ferată. Sub picioare simţii şinele, auzii şueratul unei locomotive, foarte aproape, inima mi se încleştă. Trenul trecu deasupra capetelor noastre.

            Deschisei ochii. În faţa mea, pe o Întindere imensă, era un uriaş candelabru cu mii de braţe. — E aur? îi şoptii lui Rafael. — Aur. Te vei urca pe unul din braţe, ca atunci când îl voi fi înălţat în văzduh, să-1 poţi prinde de cer. Înainte de a se crăpa de ziva, oamenii se vor putea salva, sburând într’acolo. Le voi arăta drumul, iar tu îi vei primi. M-am urcat pe unul din braţe, Rafael trecu dela un braţ la altul, le atinse pe rând, candelabrul începu să se înalţe. O frunză mi se aşternu pe frunte, chiar în locul uncle mă atinsese privirea prietenului, o frunză de arţar.

            Mă uit împrejur: nu acesta poate fi. cerul. Trec ore şi n’am găsit nimic. Ştiu: jos s’au adunat oamenii, Rafael i-a atins cu degetele sale subţiri, s’au înălţat şi ei, şi eu tot nu m’am oprit.

            Unde e cerul? Unde?

 

Versiones de José Luis Reina Palazón en colaboración con Iona Zlotescu

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