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CÍRCULO DE POESÍA

 

Antología de poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta

26 abr 2011

YucatánEl poeta Marco Antonio Murillo nos presenta una muy interesante y completa muestra de la nueva poesía de Yucatán, nos ofrece el trabajo de ocho autores nacidos en la década de los ochenta. Algunos de los antologados aquí son Manuel iris, Agustín Abreu y Nadia Escalante.

 

 

 

Las formas de la nube: Antología de poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta

 

Notas, selección y prólogo de Marco Antonio Murillo

 

  

 

A Romy, tomo prestados los mejores

 versos de mis colegas y se los dedico.

 

 

I

¿De quién podría hablar?

Octavio Paz.

 

Al hablar de poesía escrita en Yucatán o hecha por personas nacidas en la entidad, hay que hacer serias distinciones:

1)      La poesía maya peninsular.

Es caso aparte a los intereses de esta antología, sin embargo me limito a realizar algunos breves apuntes sobre ella. En lo que respecta a la contemporánea, goza de buena salud al referirnos a nombres como Briceida Cuevas Cob (1969), Waldemar Noh Tzec (1949), Feliciano Sánchez Chan (1960), etc. Esta poesía, que incluye Yucatán, Campeche y Quintana Roo, proviene de la literatura iniciada por el “Popol Vuj”, así como de la tradición oral;  parte de la premisa de que la identidad maya no está en una civilización desaparecida sino en el presente vivo, dotado de una fuerte aura de sincretismo. Estos poetas se han confirmado como parte de una tradición que va de lo local a las esferas más altas, y de las raíces más antiguas a lo más moderno. Como muestra transcribo “El búho” de Briceida Cuevas:

El búho llega.
Se agazapa sobre el muro.
Medita.
Qué muerte anunciar
si ya nadie vive en este pueblo.
Los fósiles de la gente
Transitan a ningún lado.
Pinta la luna las tumbas del camposanto
que ha comenzado a masticar la maleza.
El búho
ensaya un canto a la vida.
Se niega a presagiar su propia muerte.

 

2)      La Poesía Yucateca (con todas las mayúsculas que esto implica).

 Tuvo sus más importantes momentos en el siglo XIX bajo algunos poemas de Mediz Bolio (1884-1957) y de Rosado Vega (1873-1958). Por ejemplo: el poema “Manelic”, perteneciente al primero, es considerado como uno de los textos inaugurales del indigenismo en América. En 1971, año de la muerte de su último representante: Carlos Moreno Medina (1913), entró en estado de receso.

La Poesía Yucateca es aquella responsablemente escrita, en la cual hallamos marcas reveladoras de nuestra identidad. En ese sentido, el estilo de un buen poeta yucateco tendría que estar formado primero por estas marcas, luego por sus gustos estéticos y su bagaje de lecturas. Un claro ejemplo lo encontramos en el poema “Dimensión de la nube” de Moreno Medina:

 

A la nube de forma inalcanzada

con este pie yo quise detenerla,

para verla, tan sólo para verla,

a esta sencilla tierra encadenada.

 

La nube, escultura de la nada,

en su sombra imposible detenerla;

quiere alcanzar su forma y conocerla

para verse en el cielo reflejada.

 

Como el mar de la forma no alcanzada

inventando la estatua de la espuma

se eterniza en la escultura de la ola,

 

yo nunca hallé la forma que me abruma.

En la nube y el mar el sueño encalla;

quieren mostrarle al cielo su medalla.

 

Hasta aquí deberían ser los dos grandes grupos de poesía que se espera encontrar en un estado donde convive la cultura indígena con la occidental. Sin embargo, y dado el caso particular en el que Yucatán se ha visto envuelto, existen dos grupos más:

 

3)      La “poesía yucateca”.

En las fechas correspondientes a los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, la Poesía Yucateca -también la economía- vivió una edad dorada. Al término de esta se prefirió seguir con los mismos modelos que habían triunfado, en lugar de arriesgarse a la necesaria innovación; esto es: mentalmente la nostalgia por el pasado había derrotado en buena medida al cambio histórico. Pocos quisieron ver adelante, no importó que cerca estuvieran Cuba y el resto del Caribe.

Alarmantemente en este grupo se clasifica la inmensa mayoría de escritores yucatecos. Se caracteriza por: a) No tener fundamentos y estar influida por una falsa identidad insinuada en el folclorismo exótico que prevalece en el estado. b) Estar desfasada históricamente con relación a otras partes de México: mientras aquí se practica el “Romanticismo” y el “Modernismo” desvergonzados, y se acaban de “descubrir las vanguardias”, en otras partes de la República esto ya se superó (si es que puede ser admisible el uso de este verbo) hace más de medio siglo. c) El facilismo estilístico y temático (el lugar común): el amor como forma de cursilería, la tradición maya (no como una cultura viva, sino muerta), y el paisajismo exótico.

Una parte de esta poesía, creyendo tener en voz la sagrada piedra de toque, se sintió poseedora de una poética más “moderna” que debía desplazar a la anterior. Nada más equivocado: los elementos folclorizantes fueron reemplazados por objetos “pertenecientes” a la modernidad, mientras que el facilismo se revistió bajo el epíteto de vanguardia o experimentación. No vale la pena gastar espacio citando ejemplos.

Con lo dicho anteriormente, se puede concluir que buena parte de los poetas yucatecos nunca comprendió (y sigue sin hacerlo) que la salud de la poesía no está en la imitación ni en el adjetivo, sino en la actitud frente a la vida: en el sentido crítico hacia la realidad, la historia y la literatura.

 

4)      La poesía hecha por poetas como Raúl Renán (1928), Fernando Espejo (1929-2007), Raúl Cáceres Carenzo (1938), Roger Campos Mungía (1955), y José Díaz Cervera (1958).

Muy jóvenes dejaron Yucatán con el fin de encontrar su voz en la capital del país. Una vez allí, no sólo hicieron fuertes vínculos con poetas de diversas entidades, sino que desarrollaron una poesía sólida que no correspondía a la practicada en el lugar de origen. Caso aparte el de Roger Campos quien, si bien nunca dejó el estado, desarrolló una poesía a partir de las obras de Octavio Paz y la filosofía de Ciorán.

Quede claro que no por las circunstancias que rodean a estos autores, la Poesía Yucateca estuvo impedida de aflorar en algunas de sus obras.

En lo que respecta a Díaz Cervera, su vida en el centro del país sumada a su ya larga estancia en Yucatán -y su amor por la trova y los ambientes populares- le han dado el oficio, la experiencia, la pasión necesaria para expresar dicha Poesía Yucateca en los contados momentos en que toca a su puerta. Ofrezco un ejemplo, “Suite de vena popular”:

 

En la cantina de la esquina de tu casa,
bagazo a penas de tu amor,
estoy dejando mis mejores lágrimas.

Mala es la vida cantada en un ardor de sinfonolas;
malo es rumiar a solas un bolero
escurriendo el desprecio entre el tufo de un trago adulterado
o en el caldo mostrenco de los sueños
caminados con zapatos de media suela.

Pero desde los días, camisa sin botones,
donde el adiós dejara su pobreza,
sus pies sucios,
su gran televisor en blanco y negro
y el moco del rocío,
ya no sé qué decir
ni cómo entretener esta nostalgia
ni dónde anclar mi sal.
Desde que no te tengo me agusano
y voy a la cantina de la esquina
de tu casa,
en solemne ebriedad,
a purgar de mis ojos el fastidio.

 

 

Poemas como éste y el de Moreno Medina nos advierten que la Poesía Yucateca no está en el henequén ni en el Paseo Montejo, tampoco en la supuesta blancura de la ciudad de Mérida. Hay que ir a sacarla de donde fue a refugiarse: de la cotidianeidad, de los ambientes populares. La poesía escrita en Yucatán se ha perdido de grandes momentos, todo por centrarse en temas que competían a la arqueología.

 

********

 

En una entrevista hecha a José Díaz Cervera por Rubén Reyes Ramírez para el prólogo de su poemario “Manual del fingidor” (UADY, 1997), dice: yo creo que la poesía yucateca está en el umbral de encontrar muchas cosas. Si bien es cierto que hasta ahora no se ha logrado desatar los cordones, los botones, los velos que la envuelven, por otro lado me parece que no tarda en empezar a hacerlo (…)

Terminada la primera década del siglo XXI, puedo decir que en aquel presentimiento hubo algo de razón. Con la llegada de nuestras licenciaturas en literatura (Universidad Autónoma de Yucatán, Universidad Modelo) y la SOGEM, la generación de los 80’s fue la más favorecida: rechazó la mediocridad que caracterizaba a la “poesía yucateca” pudiendo hacer más suyos (más de lo que fueron para Eduardo Lizalde al escribir “Chufas”) los siguientes versos:  

 

Toda la mala poesía destruye las ciudades,

-me temo que es alguna de la nuestra-:

 

Había que ser crítico y lector antes que poeta; había que entender que sólo existen dos tipos de poesía posibles: una bien hecha y otra mal hecha, que no produce poemas ni poetas. Estas son las dos principales enseñanzas heredadas de estos centros de estudio. La tercera, que sólo pudo aprenderse mediante el contacto con la realidad de otros estados, fue: no habrá Poesía Yucateca hasta que no se acepten todas las implicaciones que la cultura exige.

Muchos críticos creen que el problema que actualmente sufre nuestra poesía se debe al regionalismo, pero nada más equivocado: Juan Rulfo ha demostrado que se puede ser regional a la vez que universal. Lo que tenemos entonces, en el caso nuestro, es un regionalismo mal dirigido, egocéntrico, que toma a la Península (histórica y espacialmente) como una isla separada del resto del país. Los cartógrafos españoles así la habían imaginado en sus primeros mapas.

A pesar del buen panorama literario que lentamente comienza a vivirse en Yucatán, los poetas de la generación de los ochenta están sintiendo la necesidad de salir. Ellos saben que aún se tiene que trabajar mucho para desarrollar la Poesía Yucateca; por eso van al encuentro de nuevas técnicas y experiencias en sitios cuya poesía ya está claramente definida desde hace ya varios años. En otras palabras, van en busca del ejemplo.

En la poesía creada por ellos todavía no podemos hablar de que habrá o no Poesía Yucateca. Por ahora tenemos un cúmulo de autores que, en la búsqueda de la madurez de su voz, se revelan como aprehensores de las tradiciones poéticas de otros estados e incluso países. Esto para nada es muestra de irresponsabilidad frente a la cultura de origen, puesto que ahora mismo no hay una fuerte tradición poética como para que todos se sumen a ella.

Una de las tareas de esta generación (y de las que vengan) será entonces, si desean que haya verdadera Poesía Yucateca en el futuro, reinventar la tradición: ¡Urge realizar una revisión crítica y exhaustiva de todos los autores nacidos en la entidad! (hay muchos olvidados que podrían valer la pena), y señalar qué poetas o poemas estarían aportando algo valioso a nuestras letras.

Sea cual sea el rumbo que estos jóvenes tomen durante los próximos años, es innegable el logro que se ha conquistado: por vez primera se consigue una generación entera de poetas poseedores de una valiosa capacidad crítica para la obra ajena y propia (muchos de ellos, a demás, preparados para el estudio formal de la literatura); una generación que, sino será la que saque al sol la Poesía Yucateca, al menos será maestra de próximas que seguramente lo harán.

 

 

II

 

La presente antología encuentra eco lejano en el trabajo de Rubén Reyes Ramírez: “La voz ante el espejo. Antología general de poetas yucatecos” (UADY, 1995), publicado en dos tomos que coleccionan nuestra poesía más “representativa” de los siglos XIX y XX. Quede esta compilación (salvo algunas páginas) como material para el historiador. Un eco más próximo está en los libros “Venturas, nubes y estridencias: poetas jóvenes de Yucatán” (ICY, 2003) y en “Nuevas voces en el laberinto: novísimos escritores de Yucatán nacidos a partir de 1975” (ICY, 2007), que en su momento compilaron a poetas yucatecos jóvenes nacidos a partir de los 70’s. Nuestra antología únicamente tomará en cuenta a los nacidos en la década de los 80’s, puesto que, a pesar de que la mayoría no cuenta con treinta años, han comenzado a marcar un antes y después en la literatura de Yucatán.

En orden cronológico estos son los nombres antologados: Rodrigo Ordóñez Sosa, Agustín Abreu Cornelio, Manuel Tejada, Nadia Escalante Andrade, Manuel Iris, Ileana Garma, María José Pasos, Marco Antonio Murillo y Mario Carrillo. Si bien Rodrigo Ordóñez Sosa nació en 1979, se consideró como necesaria su aparición, no sólo por la calidad y la propuesta presentada en sus poemas, sino porque es un puente entre la nueva generación y la anterior. Caso aparte Manuel Iris y Agustín Abreu Cornelio, los cuales nacieron fuera del estado de Yucatán, pero recibieron en él lo más importante de su formación académica y poética.

Pasados los años, la presente generación irá disminuyendo su número de personas. Los que al final queden en pie serán los que verdaderamente tuvieron una vocación para la poesía: algo importante qué decir.  Si de esta pequeña antología algún nombre sobra o falta, no pido perdón: el tiempo se encargará de hacerle justicia.

 

Rodrigo Ordóñez Sosa: El tiempo es la bala que verbaliza una metáfora

Mérida, Yucatán, 1979. Presidente de la Red Literaria del Sureste Nuestra américa, estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Autónoma de Yucatán. Su propuesta poética logra encontrar un punto de convergencia entre la poesía experimental de Raúl Renán y los hallazgos estéticos de los poetas sociales del sureste mexicano. Cada poema de Rodrigo Ordóñez se alimenta de visiones crudas y realistas de la vida cotidiana, sólo denunciables a través de un lenguaje violento y experimental, capaz de significar la otra cara de la realidad: oculta para la prosa y la imagen, sólo dicha mediante la poesía. 

Libros de poesía: “En el umbral del culatazo” (En “Nuevas Voces en el Laberinto”, 2006), “Bisagras” (segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos 2010, inédito), “La persistencia del tiempo” (en imprenta).

 

 

Prólogo

En amarrillos dedos permanece la tierra,

el papel se escurre

                                   deshecho de tiempo

al igual la palabra hueso en ceniza.

 

Dintel del machete histórico,

tierra y hombre se abrazan como erizos.

Aún llueve.

 

Sin meter las uñas quebrántame,

cuando araño el risco del vacío.

El polvo escinde mis retinas

y atisba cada rostro;

siento el muñón del deseo

cuando bayoneta el alba.

 

 

 

 

Poema desplazado

Con la letra herida observo mi rostro extraño,

hasta sangrar el verso

con olor de plaza y hierro.

 

Un golpe de fuego sarna un amanecer en las costillas.

 

Como el plomo de la lengua,

hundo mi cartucho literario

en Vallejo,

para probar el loto de su mordaza

que empioja por todos los flancos

su palabra precisa de bala.

 

(De “En el umbral del culatazo”)

 

 

 

 

Segunda

En la púrpura tarde

            arrastran los pordioseros olvidadas paredes,

desentierran ajusticiados

sin encontrar la tonada exacta

                                   que precipite de sus labios la herrumbre.

 

Visionarios,

                        saben que aquí nada ocurre:

todo muere en silencio

y sólo el ruido es roto y restablecido con asombro.

 

Juntos

desangramos la axila del tiempo;

nocturnos

                        sin cama

reposan en escondrijos que la ciudad ignora;

                        los pordioseros guardan tus heridas

a los ojos del transeúnte,

                                   son sombras entre las calles y los pórticos fúnebres,

mueven la tramoya del derrumbe,

                        cubren los abismos de tu mandíbula erosionada:

únicos héroes del evangelio de la peste.

 

 

Ciudad triste:

la mano extendida de tus ángeles

no logran detener las grietas de la Luz.

 

 

 

Una ambulancia asesina la noche.

 

 

 

 

Séptima

A veces

los ojos de Ernesto Albertos Tenorio

comprenden mi vejez,

a veces sus ojos

nos protege de las bestias

sueltas en tu intemperie,

ellas trozan tu esqueleto pétreo,

alimento de sombras

                                                                       tu abisagrada carne,

eres

y

serás

sol decapitado

                                                           sobre la alquitranada luna:

 

la luz ha sido derrumbada.

 

 

 

 

 

 

Décima

Mi hijo heredará un puñado de cenizas.

            Los intrusos robaron los mercados agonizantes

                        y las bibliotecas.

 

 

Sólo quedó la litografía del Silencio.

 

(De “Bisagras”)

 

 

 

Agustín Abreu Cornelio: Estirar la cordura

Ciudad de México, 1980. Estudiante de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad de El Paso. En lo mejor de su poesía se revela una preocupación por subrayar del poema su cualidad de unidad dotada de extrañeza. Su búsqueda no es de la poesía hacia la realidad, o viceversa, sino de la poesía misma hacia “la otra poesía”. Por ello, y para poder expresar esta estética, Agustín Abreu se sirve de una amplia gama de temas, técnicas y una serie de descubrimientos que ponen al poeta en el delgado limbo de la vigilia y el sueño. Esto último se logra adhiriendo a las imágenes pequeños hallazgos antipoéticos, que le dan al poema un asombro diferente, bellamente raro las más de las veces.

Libros de poesía: “Caramelo de muerta” (Universidad Regiomontana, 2002), “El impuro descanso” (en el “Éter de las esferas”, Ayuntamiento de Mérida,  2006), “Reflejos” (ICY, 2010).

 

 

Pantomima

Los árboles, con su faz blanca,

son los paladines del silencio.

Han sembrado la mímica en lo dulce

y extinguen el cantar de los pabilos en el parque.

 

primer cuadro                    Ésta es una manzana que sufre.

                                           Presagia con sus gestos la crueldad

                                           de la cosecha.

                                           El viento mortifica su dulzura.

                                           Esta manzana puntualmente se calla

                                           para nostalgia de los desnutridos.

 

segundo cuadro                  Las alondras

                                                               saltan

                                                         de vara en varo

                                           y sobre muros altos e invisibles;

                                           su voz se pudre bajo el maquillaje.

                                           Se las mira callar el doblez de su garganta.

 

tercer cuadro                      Las hojas ejecutan su zigzag

                                           mudo y deslucido.

                                           No hay primavera en su desplome,

                                           sólo pasos

                                           que podrían sonar a pantomima.

 

Mira los árboles, con altivez

han sembrado la mímica en lo dulce.

Quieren tomarnos de la lengua

como un par de pabilos que se apagan;

quieren ofrendarnos al silencio.

 

 

 

 

 

Hilandera,

la soledad escampa ante lo íntimo;

en los confines de mi cuerpo

me aferro al ombligo que me diga con tu luz

y al olor que encamina mis palabras

 

Debo desenfundar la nariz y el cielorraso,

debo ungirme de muslos ante lo lascivo;

         no bastan tres muñones para llegar a tu centro.

 

Estoy en el espejo para recordarte ante mi nombre.

 

 

 

 

 

Leo los periódicos bajo el cutis del cigarro para que no se me evapore tu presencia.

Afirman que los lados de tu sábana -y la tinta que contiene -

son el lugar idónea para crecer y para que la dulzura fermente sus pasos,

                                   pero no silencios;

porque la corrupción de las manzanas es asunto de la misteriosa

sexualidad de los botones empeñados, dicen.

 

Pero sabes, Madame Sosostris, y sé yo,

que los callos están en los ojales violentos que miran

las calles como el mar, en la cáscara que sufre el destino noticioso del sudor;

perdurar en la carne,

                                   no estar en la fruta, sino en el abandono.

Cuando el tabaco se me apague, cogeré tu albahaca y tu hueso,

desharé las crueldades a la sombra del periódico,

deshilachando los horóscopos de un abril raído. 

 

 

 

 

Contagio

Abrí la puerta con ingenuidad, el teclado desconocía tus

 billetes y tus frenos inestables.

                                         leamos

el momento justo de la floración

Intenté extender la mano para tocar el único ombligo que

no estaba maltrecho en ti. Sólo abrirse la boca para regar

tus pertenencias en mis soledades; por aquí y por allá

estaban tu sombra, tu labial, tu voz amarga, enterrándose,

fertilizándome con su precio impuro.

            Luego cerré la puerta para poder echarme lápices en la

Bolsa donde guardaba carne más alegre.

                                 aquí

el aroma confunde los recuerdos

con plegarias

Juntos esperamos alguna lluvia, sacudimos en vano los

libros, hablábamos con tristeza por teléfono, pero yo había

aprendido a toser con tu sal y las puntas con bolígrafo

chirriaban la dulzura de tus caries.

            Fuimos lentamente acercándonos a ti; fuimos tomándote

cariño como a una tersa rubéola que murmurase bajo

nuestras uñas. Cedí mi espacio a tu frivolidad

los síntomas guardan silencio

en este punto la fiebre

                            se congela

 

 

 

 

 

 

Espejos

Llevo en mi mano una herida

                                                 que se aferra

                                                                       debajo de su costra

y mi mano no puede

                                  escribir despegada

                                                                 del cuerpo

Ella despertó para sentir el aroma de la noche   así aliviaba los presagios que crecen como gruñidos en la undécima uña pero no logró mitigar la mirada lechosa que la escribe oculta en la vigilia

                                                                                          y mucho

menos el color que adquiere la ausencia en las madrugadas

 

 

Mientras la mastica y extrae

los nervios del muñón

la fiera piensa en los gritos

que saciarían el numen

si en vez de amor hubiese carroñado

la mano del poeta

(De “Reflejos”)

 

 

 

Manuel Tejada: Al otro lado del buen juicio

Mérida, Yucatán, 1980. Articulista de la sección cultural del diario “Por Esto!”, egresado de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Su voz, al igual que la de Agustín Abreu, encuentra su camino partiendo de la poesía de José Díaz Cervera. En ese sentido, la búsqueda poética de Manuel Tejada es de la realidad (antipoética) hacia la poesía; en otras palabras, sus poemas están hechos a partir de la poetización de elementos que el lector no esperaba que se utilizasen. A demás de ello, consigue que el poema sea recipiente de una carga de emotividad y un tono reflexivo o de interiorización personal, hecho que convierte aún más al elemento antipoético en material para su mundo poético.

            Libros de poesía: Lo otro que me habita (en “El éter de las esferas”, Ayuntamiento de Mérida, 2006), “Litografía del aprendiz” (inédito).

 

 

 

Lo otro que me habita

(Fragmento)

 

X

Tengo la certeza de otra voz bajo mi lengua.

A veces pienso hallar una respuesta en el silencio más ciego,

y siempre es la dificultad de mis pulmones

por distinguir la lluvia del derrumbe.

 

Algo me observa,

me escucha.

Algo me llama.

 

Puede ocurrir que una mañana me detenga a mirar mi sombra

            y no encuentre a nadie.

 

Mi liviandad no corresponde con la rabia del azúcar.

¿Será la astilla de mi voz sobre las olas?

No sé muy bien si he sido náufrago o el naufragio de mi mismo,

pero ahora entiendo que de permanecer inmóvil

sólo transformaría este esbozo de mi cuerpo

en un sargazo de estaciones,

                                   o en un pequeño barco de papel.

 

(De “Lo otro que me habita”)

 

 

 

 

 

Litografía del aprendiz

(Fragmentos)

 

3

Callado en el anverso de la página

es la quietud de un blanco pastizal

donde mis puños se contemplan indelebles.

 

Sin invocar el orden de los sumandos

fue mi siniestra capaz de interrumpir la nada;

 

fue mi siniestra capaz de dibujar rayones por caminos,

en las paredes de mi risa,

en las playeras de mi hambre,

en mis pies desnudos y pequeños tras la cortina del baño

pidiendo una galleta de limón para la cena.

Cansado en el reverso de la sábana

no había tiempo para recordar mi nombre.

 

 

 

 

6

Este silencio huraño

no son las frutas desinfladas en la mesa

o una mosca rondando los perfiles

del aprendiz a punto de romperse.

 

Será más bien que el grifo descompuesto de la cocina

ya hizo grieta mi serenidad gitana,

ya hizo cáncer mi respiración de sapo;

y estoy por arrancar los dientes de un reloj tan viejo

que en vez de campanadas tose

siempre a las diez y cuarto de mi rabia.

¿Cómo invocar la calma entre estos libros

si en cada palabra habita la memoria armada?

 

No hay duda que esta conciencia de los nombres

me acerca cada vez más

a la serena putrefacción de las manzanas.

 

 

 

 

 

8

Yo me despierto junto al aliento mineral de la incertidumbre.  

 

Para hablar del tiempo 

he descolgado uno a uno los relojes,

he abierto roperos y ventanas,

he dejado con cierta timidez

un manojo de arroz sobre la mesa.

En esta habitación donde mi infancia corrió

junto al crepúsculo triste de la sangre,

también tengo el recuerdo de otros pasos.

 

Para hablar de esta memoria

sólo basta recorrer la geometría de los olores

impregnados en la casa,

tal vez porque el hervor de los arroces

           escondió la textura grácil de un juguete

o la sonrisa inquieta de aquellos años.

 

Con esta cara de Marcel en ascuas

regreso absorto a la perpetuidad de mis primeras letras.

 

(De “Litografía del aprendiz”)

 

 

 

 

 

 

Cavilación de la galleta

Sólo es pensarte, Viejo

un poco más con el ansia de decirte hoy-no-te-vayas

comeremos de la sopa de los días;

 

hay una gelatina todavía con mis dedos sucios, y quiero darte de beber

un poco de miel con lágrimas y vino.

 

Queda una galleta escondida en el rincón de la cocina,

queda una mujer cantando

desde la última arruga de su infancia, y tú no sabes

no sabemos, Viejo, dónde

las palabras nos formaron caries en el rostro.

 

Chilla una ventana que se niega al mundo,

chilla también el ropero y sus cajones;

vamos a buscar debajo de la escoba

para ver si mis hermanos ya crecieron

o si al menos les nació del llanto una sonrisa maquiavélica

porque entre el polvo se pusieron a sembrar tomates

pero brotaron sueños.

Hace siglos que yo sueño

que mis pantalones crecen más allá de las rodillas,

hace inviernos que las manos tiemblan, que el corazón

me habla y me detesta.

 

Tengo frío en el tobillo izquierdo. Soy sólo

un aprendiz de Viejo.

 

 

 

Nadia Escalante Andrade: El vuelo en la perseverancia de las formas

Mérida, Yucatán, 1982. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Su poética parte de un estilo retórico que privilegia el concepto, y halla su vertiente más desarrollada en el lenguaje místico-simbólico y la pirotecnia verbal que caracterizan las obras de poetas como Octavio Paz y Elsa Cross. En su libro-poema “Adentro no se abre el silencio”, Nadia es poseedora de un lenguaje críptico, pulido, liberado de toda carne que no sea útil para el poema. Cada palabra, cada metáfora, cada forma, cada espacio en blanco puede ser visto como una imagen independiente, plena, y al mismo tiempo como una parte bien definida de un todo arquitectónico.

Libros de poesía: “Adentro no se abre el silencio” (Tierra Adentro: Col. La Ceibita, 2010).

 

 

 

Diana es Nadie cuando se yergue en árbol frente a ti,

sus flechas son hojas anudadas a la rama más enhiesta.

No amarás a los árboles pues suyo es el eco de la tierra.

 

Diana es el arrojo de las naves y el naufragio en medio de los peces.

Diana te ofreció las cosas de este mundo

y te dio el reflejo y la ausencia de las cosas.

Diana te llamó y te trajo con palabras.

Su pureza es infértil como la tierra salada.

No amarás al mar pues suyo es el eco del aire.

 

 

 

 

 

Llamado

Diana Virgen gobierna el nacimiento,

nos llama,

nos nutre de sonido,

te da un nombre,

           un rostro,

                     una lanza.

 

 

 

 

 

No teníamos agua en la casa y afuera llovía

Sacamos las cubetas y las ollas

para llenarlas con la lluvia.

 

Sentados en la acera, esperábamos.

Parecía que el agua inundaba la calle, pero no los recipientes.

El aire, en cambio, entraba más fuerte en los pulmones,

y era más aire que el aire de la casa,

era como agua que no decidía

a llenarnos por dentro,

y se derramaba por los brazos, humedecía la ropa

y resbalaba hacia los pies como una sombra.

 

Era lenta la generosidad del agua.

Veíamos el fondo de las ollas,

el acero que parecía poco a poco

llenarse de sí mismo.

El agua se volvía sólida y el duro material que la abrazaba

parecía ondularse al irse colmando.

Respirábamos el aire con pereza

mientras sonreíamos, absortos, a los sonidos

que caían fuera de nuestro silencio.

El agua acumulada era libre,

una sola sustancia adentro del metal.

Rebosaba y tuvimos la satisfacción de ver a un cuerpo

salirse de sus límites sin dejar de estar lleno al desbordarse.

También nosotros fuimos recipientes,

llenos del sonido del agua, respirando

el aire de la lluvia que no había en nuestra casa.

Nos miramos rebosar y sonreímos; éramos libres,

una sola sustancia cada uno,

dos cuerpos de superficie generosa,

y en el fondo de nosotros, el agua propia

que ondulaba el material del recipiente.

 

 

 

 

 

Afuera no se abre el silencio

(Fragmentos)

 

mi frente se contrae como el papel cuando se quema

se enciende para extender lo negro

como el papel cuando se quema

 

avanzo                 avanza el oscuro

                             retrocede

la luz

quiero alcanzarla

(….)

 

desciendo a las profundidades de mis pulmones

emerjo de las profundidades de mis pulmones

todo es una vuelta corriente sanguínea

el corazón se encoge de sal

el corazón se ensancha de sal

mi pie izquierdo recoge sus latidos

mi planta derecha lo cubre para que no tiemble

lo cubre para que no se caiga

debajo de las sábanas sal endurecida

cierro los ojos no cierro los ojos

el mar me cubre para que no tiemble

el mar me cubre para que no me caiga

abro la boca

el mar desborda mis cavidades craneanas

cierro la boca

no queda quieto            el mar

me cubre para que no me caiga

cubro al mar para que no se caiga

(…)

 

hablo de mí

en contra de mi lengua

en el asedio de mi garganta

en el caño inverso de la asfixia

 

retrocedo

la mudez se enreda a mis vértebras

giratorio atropello se atornilla

 

ráquea

hablo de mí un lugar que no conozco      hablo de mí      el mar siempre retrocede     hablo de mí frente al muro de sal   mi lengua es un lugar que no conozco       silencio es tornillo que sujeta    tornillo ruido infranqueable silencio ruido infranqueable       ruido ruido ruido       ruido atornilla silencio

 

silencio en círculos

(…)

 

mi cuerpo

guarda el mar

guarda

bajo el vuelo del albatros descansa el horizonte dividido

(…)

 

vamos a hundirnos

el mar abre sus vísceras

anémonas corales

azules verdes blancos

abre sus brazos suave

revienta los cartílagos

vamos a hundirnos rápido

como la sangre la sal

(…)

 

el agua vuelve al agua

roja y fría desborda

oleaje azul cobalto

hundirse por las grietas

del ahogo hacia arriba

inversa tuerce cae

la corriente

(…)

 

inmóvil sobre el agua

arriba siempre arriba

siempre arriba intocable

intocable y afuera

mientras el agua crezca

más interna sumergida

debajo en los pulmones

debajo entre las vértebras

abajo abajo

vamos a hundirnos vamos

de arriba nos arrastran

hacia arriba

hasta asfixiarnos

(De “Adentro no se abre el silencio”)

 

 

 

Manuel Iris: Lo eterno es demasiado

San Francisco de Campeche, Campeche, 1983. Actualmente estudia el Doctorado en Lenguas Romances en la Universidad de Cincinnati. Poseedor de un fino oído para la poesía, desde sus primeras publicaciones mostró particular interés en el tema amor- erotismo, siempre aunado a cuestiones concernientes a reescritura, metaficción y al fenómeno de la poyesis. Su propuesta poética toma su forma más madura y seria en el libro “Cuaderno de los sueños”, en el cual, mediante un diálogo sostenido con Elizondo, Lizalde, Bonifaz, Chumacero, Rilke, entre otros, reflexiona -sueña- el lugar del poeta en el mundo moderno  y en su propia poesía. Sus últimos poemas continúan en parte con esta misma línea temática, sin embargo ahora proponen el encuentro con la poesía ya no sólo en un plano metafísico, sino también en el espacio físico y social que habita el autor.

               Libros de poesía: “Versos robados y otros juegos” (PACMIC, 2004; UADY, 2006), “Cuaderno de los sueños” (Premio Nacional de poesía Mérida 2009, ICY-Tierra Adentro, 2009), “Nueva Nieve” (2010).

 

 

 

 

Mi aliento se detiene. Estoy alerta: los vocablos intentan destruirme. Han realizado una conflagración. Continúo: los muslos intocados y la lengua que los lame… pero esa línea ha sido escrita en contra de mi voluntad. Quiero decir: hacía más ancho y más profundo el ámbito… paro de nuevo. Es mío el aliento del que salen sus palabras.

 

 

 

 

Mirándola dormir

 

He leído en tu oreja que la recta no existe

Gilberto Owen

Como esta voz, mi lengua busca

el laberinto de tu oreja

y yo te escribo y sé muy bien

que hay algo —hay un lugar— más bello

que tu vientre

aunque jamás lo he visto.

 

En cambio se revelan

—entrega de la espuma, oseznos de la luz—

tus pies de pan de dulce.

 

Y no saber el cómo apareciste, no haber vivido

en el momento que tu espalda fue la rosa, abierta luz

de lo que significas.

Afuera escucho algo.

 

Afuera del poema algo te dice un canto

más hermoso que la piel

pero también más vivo: una caricia: lengua bajo

                                                               lengua,

sonido bajo letra

en acto de buscarte.

 

¿En qué momento me has atravesado? ¿Cuándo

tu luz—incendio, llamarada—se clavó en mi pecho?

 

Hoy puedo hacer un verso en que no mueras nunca.

 

Un cáliz, un jarrón, un algo que contenga

vino enloquecido, danza, fruta

lenta

          carne en movimiento

para entrar en otra carne.

 

Creyente de tu forma, en mi oración

he decidido no ceder al verbo de tu ombligo,

                                                    a la floresta

del verano en tus pezones, a todos tus aromas.

 

Hoy no quiero morir: No quiero ver el río

que se aduerme en tus muñecas. No quiero andar

la forma en que te extiendes de tu piel hasta la piel

de todo lo que existe.

 

Árbol de mí,

estoy llegando a tu región más fértil.

 

 

 

 

 

Tal vez ya no regreses. Abandonarte

significa suponer que no has llegado nunca.

 

Después de todo, Anémona callada, amar no ha sido

lo que habíamos planeado. Los tigres que pensamos

no han llorado suficiente no tienen tanta rabia

ni saben dónde comenzar a caminar

para esconder las grietas adheridas a sus cueros.

 

(La realidad

está colándose en nosotros.)

 

                  A fuera sigue el puente.

 

Y yo me voy de un lado a otro consumiendo

la piel que siempre has transformado en aridez

 (De “Cuaderno de los sueños”)

 

 

Decir lo ajeno

(Fragmento)

 

I

No es mía la blancura

que hay fuera de la página.

 

Acostumbrado al mar, no puedo comprender

ese cristal que vuelve al árbol reverente,

que torna delicada su genuflexión glaciar.

El suelo me encandila, y sin embargo

voy dejando huella

sobre un plano que observo

con ojos asombrados.

 

Hoy mienten los caminos. Finge su aliento

el agua detenida que va quedando allí

sobre lo níveo que —parece— lo soporta todo

y en verdad, como cualquier belleza

todo absorbe y consume:

 

Hoy no he podido doblegar a la blancura.

 

 

 

 

 

Homeless

También es nieve la que cae

en el muñón del limosnero, en la vacía

cuenca de su ojo.

 

Opaca, desdentada blancura

a la mitad del rostro

va burlando

el rostro de la nieve.

 

Desde su aliento

el cuerpo encima del muñón

rehace una guerra en un lugar distinto

en que jamás se ha visto una blancura

más quemante que la flama de napalm.

 

No sé si el hombre ha sido un homicida.

 

En su muñón, en el vacío del ojo

se ha atorado inútil, fría

la belleza.

 

 

                                                                                                             (De “Nueva nieve”)

 

 

 

Ileana Garma: También las nubes explotan

Mérida, Yucatán, 1985. Diplomada en Literatura, Protocolo y Periodismo por la editorial Santillana, egresada de la SOGEM. Desde su primer libro “Itinerario del agonizante”, despertó interés en el panorama literario yucateco, ya que, basado en el Chilam Balam y el Popol Vuh, logró revitalizar algunos temas sobreexplotados por la tradición y el folklorismo peninsular. Su estética ha ido madurando y se ha apropiado de una arriesgada espontaneidad, que ha dotado a su poesía de la vitalidad y el ritmo impetuoso que sólo los poemas de largo aliento conquistan. Ileana Garma entiende la poesía como un medio de expresión que dice y lucha por la vida: cada poema es una pequeña revolución de signos capaz de encontrar el instante poético dentro de un contexto específico, el cual se reescribe bajo el acentuado de sentimientos y sentidos.

                Libros de poesía:” Itinerario del agonizante” (Ayuntamiento de Mérida, 2006), “Historia Universal de la fuga” (Premio Nacional de Poesía Charles Bukowski 2008, inédito), “A través de Velarde” (Premio Nacional de poesía Francisco Javier Estrada 2008, inédito), “No diré mucho. Sólo esto: Ven conmigo” (obra ganadora en el Torneo de Poesía Verso Destierro 2009, inédito), “Y el estadio de sitio” (La catarsis literaria, El drenaje, 2010).

 

Porque puede diluirse mi nombre con el musgo

o pueden subir la furias a comerme la piel

el cristal puede volverse barro sobre el cuerpo

o la penumbra gastarme

como la edad

hedor

adoración al caos y al diluvio

 

 

Si de todas maneras los árboles

nos arrancarán los dedos

y los animales saldrán de sus cavernas

a devorarnos

 

Entonces prefiero correr y matar

caer en la cóncava negrura de la vigilia

                                               delinquir

en la maldad transparentada

por lujurias

 

Lujuria transparentada

por amor

 

Prefiero las agujas reptando por el rostro

crecer infectado de cobras

en los trapecios destartalados del deambular

en vasos de laceración

                                   de todas maneras

el cristal puede volverse barro sobre el cuerpo

 

(De “Itinerario del agonizante”)

 

 

 

 

 

Afuera llueve en el verano

el sucio vaso de un desconocido descansa a un lado del escritorio

Creo que puede llover en tu camino a casa

tendrás los audífonos mientras el noticiero se traga a los viajantes

Yo escucho al agua burlarse de la debilidad de la vieja cantera

es como un antiguo enemigo que vigilara mi ruina

que disfrutara con mi programado destino y la repetición circular de los hoteles

donde acepto vasos sucios y el oficio de esperar

no busco la ventaja de ser puntual en los aeropuertos

no creo ya en un sol que recupere la fuerza de mis muelas

Tú puedes haber llegado a casa y recordar a una pálida joven

que dormía con la cabeza pegada a la ventanilla

mientras me rebelo contra la calma de una lluvia que sólo desea mirarme

mirarme con la perdida clave para hacer de mis labios la buhardilla de la verdad

mirarme con el mediocre interés por los que no perdonan

 

una noche más acaso no sea nada

acaso puedo –entre un vaso sucio y el tablero de las llaves-

desearte hasta la apatía

acaso puede darme insomnio tanto tanto

acaso puede pesarme aquel chico que se asoma a tus ojos

justo cuando sales de una cocina tan agria como la que a ratos compartimos

a ratos que no son estos

que no pueden ser estos

porque aquí me hace falta subir hasta la 204

sugerirle a la cama que esté tan triste como yo

para no desentonar en medio del cansancio

y morderme la uña del dedo gordo hasta quedar dormida

pero es verdad

 

hay fresnos y álamos

y campos que parecen la capa de un agonizante príncipe

campos rojos que se sacuden entre cielo y cielo

y cactos y casas de tabique que pierden las ventanas por la fuerza del viento

Abrí la puerta de un hotel desconocido

y nada de esto ha empujado mis pupilas para entregarse

sino que me olfatean tal perros de caza

como la lluvia olfatea a los abandonados

 

hay eucaliptos también

y dátiles

y días que se deshilarán como un telar viejo

y costumbres terrosas que no me dicen nada

el llano que me sujeta con la mano de su ocaso

el llano que me levanta con el rojo de sus gritos

 

es hermoso

aunque me duele todo el cuerpo es hermoso

el amor todavía tiene grietas que se inundan de sudor

una zanja entre los matorrales

y es hermoso

 

hablo para te pongas un segundo la pesadumbre de mis párpados

para que me dejes llevarte a ti

como los amantes coyotes llevan entre los dientes

a sus cachorros

 

(De “A través de Velarde”)

 

 

 

 

Había tardes en que la ciudad

como en estado de sitio

a causa del calor

no me impedía llegar hasta ti

y el estado de sitio

y el soldado arriba armado

mientras yo perseguía muros altos

para refugiarme

y el soldado arriba armado

hasta que podía encontrarte

y el estado de sitio

(…)

 

Hasta aquí la noche todavía es inútil

semidesnuda y despierta

asaltada de pronto por un recuerdo

esos terrenos que se incendiaban en verano

esas milpas deshechas por tradición

los incendios forestales que dibujábamos

sobre nuestros cuerpos

 

Así lo recuerdo

semanas de lluvia apenas y el paisaje no era el mismo

tomaba el autobús y el campo ya era otro

mutando en qué para qué

esos matices tengo en la mirada y tú sabes

¿Por qué no podemos abrazarnos sin palabras

como el sol para siempre abrazará a ese campo deforme

a esa selva que muta a ese largo camaleón peninsular?

¿Por qué no puedo yo por qué no puedes tú?

¿No me pregunto no me pregunto me comprendes

no me pregunto absolutamente nada

ni recuerdo tu mano sobre mi mano me escuchas?

(…)

 

A todo esto sólo un venadito

que una tarde mientras leía sobre un columpio de Santa Cruz

vi pasar veloz para perderse entre matorrales

de nuevo

cuando las ondas de calor me hacían caer en espejismos

y mecía con fuerza

 

A todo esto sólo ese veloz venado

(del que te hablé mientras tocabas mi boca

cuando las ondas de calor me hacían nadar en espejismos)

que de pronto

sin que importen los años que nos separan

ha venido esta noche

a buscar mis labios

 

 

Marco Antonio Murillo: No cantes que me hieres 

Mérida, Yucatán, 1986. Egresado de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Profesor de literatura en la escuela preparatoria Francisco Repetto Milán. Sus poemas, fuertemente arraigados a la tradición grecolatina, consisten en la narración poética de una serie de hechos individuales que, en conjunto, dan pie al entendimiento de uno mayor. En su libro “Epigramas a Catulo”, mediante una poética que concibe el amor y la escritura como única forma de trascendencia conquistable por el ser humano, reescribe y reinterpreta la vida del poeta romano Valerio Catulo.

Libros de poesía: Epigramas a Catulo (primer sitio en el Premio Nacional de poesía Rosario Castellanos 2009, UADY,  2010).

 

 

Epigramas a Catulo

(Fragmentos)

 

Oscuros en la solitaria noche, abrimos plaza. Ungüento de amor, antídoto, tuviste, Sibila, todos los nombres posibles. Y era el juego en el que nos consumíamos, y yo te decía vivamos y amémonos, y tú me respondías aunque arremetamos contra lo escrito, aunque los dioses celosos e impotentes acaben con Roma y con nosotros.

 

 

 

El sol se pone cada tarde y sale al día siguiente, pero nosotros, cuando se nos apague la vela, dormiremos una noche sin fin.

 

Tomé estas palabras prestadas para ti,

en lugar de decirte

una botella inscrita, un barco de periódico,

o un cadáver lanzado a la deriva.

 

Y es que nunca me hubiera preguntado

cómo es posible que la suma de todo lo vivido

se resuma en una imagen sepia;

cómo es posible que de algún muro de la plaza,

entre ilegibles garabatos y grafitos,

haya tomado todo lo que un día

quise decirte y no pude.

 

Ahora recuerdo cada una de esas líneas

sagradas, intactas casi                                

como el agua efímera del Tíber.

 

Por su préstamo, no ruego el perdón de los dioses.

 

A fin de cuentas, las palabras escritas en los muros

terminan borrándose

por el sol y nuestros ojos; ya sólo queda

devolver en ruinas

todas aquellas cosas que nombramos.

 

Al amarte, yo mismo me he nombrado.

 

 

 

 

 

Cuerno de la abundancia

 

Pobre Valerio Catulo:

 

Mientras se recluye en su aposento

para escribirle a la castísima Lesbia;

Anónimo, el peor de todos tus imitadores,

no pierde el tiempo 

y ejercita en ella sus propios dones.

Al final de la noche, ella

tuvo la palabra final.

otro fue favorecido: el sujeto

de aquellos versos por los que un día me hice

odiado y a la vez famoso.

 

Producto de aquel vergonzoso hecho,

escribiría el mejor epigrama de mi vida

y de todo el imperio:

 

Esta será mi venganza:
Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso
y leas estas líneas que el autor escribió para ti
y tú no lo sepas.[1]

 

Pero ¿a quien engañar? Lesbia lo sabe.

Ella ha leído en periódicos y muros,

e incluso de la boca de otros amantes,

cada una de esas líneas.

 

No le importa quién las escribió.

 

 

 

Roma, 56 a.c.

 

Y has de vivir como si eterno fueras.

Y has de morir como si fuera nada.

 

Rodolfo Alonso.

Escribo

este último epigrama.

 

Porqué ponerle título.

 

Lo escribo no

para que me admiren

las generaciones

que vendrán.

 

Tampoco para amarte

cuando ya me haya ido.

 

Sino para que el tiempo

el tiempo

que logré derrotar

después de treinta y tres años,

se detenga, y los días

que sigan a éste, siempre

sean el día de hoy.

 

(De “Epigramas a Catulo”)

 

 

  

María José Pasos: A un lado del escenario alguien deja de bailar

Mérida, Yucatán, 1986. Dramaturga. Egresada de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Un viaje a Chile realizado en 2008 como parte de movilidad escolar, encausó su poesía hacia la percepción de poetas como el Raúl Zurita de “Ante paraíso” y el Nicanor Parra de “Poemas y antipoemas”, principalmente. Mediante un lenguaje que combina versos cortos y versículos, así como la preferencia del paralelismo como vehículo sonoro y conceptual, María José Pasos logra dar vida a una poética fuertemente expresiva y novedosa, que se debate entre la tradición mexicana y la experimentación chilena.

            Libros de poesía: “El teatro de los hombrecitos y la carpa de las grandes bestias” (inédito).

 

 

Frankenstein a capella

 

I

Oh, prodigio!

ella está viva

nuestra bailarina de trapo se levantó del sepulcro

y agitó las piernas para recordarnos que tú y yo estábamos mirándola

 

Ella camina en el suspiro de la mañana

antes de ser exhalado

Ella se levantó de súbito y abrió los ojos:

dos esferas de cristal soplado por el aliento de la noche

y de súbito también agitó los brazos

y danzó, danzó

como si estuviéramos esperando

como si estas palabras se borraran para dar paso a su danza

como si todos los siglos sobre nuestra tierra olvidada

hubiesen pasado sólo por ella

 

Juntos la hemos revivido

y ahora es el momento

y va a devorarnos

no hay más

tus ojos

las medusas en el mar con movimientos asesinos

el hombre detrás de una esquina

la noche en la que no dormiste

nosotros hemos llegado

y este es el momento en el que

nosotros

comenzaremos el banquete

tus ojos

las medusas penetrándose a kilómetros de aquí

bajo las cañerías de nuestra sala

hemos llegado hasta aquí

dándole vida

y ahora es el momento

la bailarina de papel nos enseñará a bailar con ella.

 

 

 

 

II

Yo soy la bailarina

por mi cuerpo corre sangre humana

Yo soy la bailarina

de mis huesos se prende carne humana

yo soy la bailarina

en estos agujeros colocaron verdaderos ojos

y verdadera piel, hecha con el cadáver del que vive

del que ha dicho yo soy el que soy

verdadero hedor a podrido se desprende de mi cuerpo

verdadero olor humano

y soplaron en mis ojos verdadera peste

que ellos llamaron vida

 

y después del beso tumefacto

mis labios comenzaron a sentir

que se abrían al paso de la lengua rota

y chocaron los dientes para decir

yo soy la bailarina

de empeines agudísimos

y cintura cóncava

 

con la punta del pie derecho he destrozado la tierra

 mientras el izquierdo marca la hora

porque ellos así lo han pedido

- tú eres la bailarina. mientras movían las manos

y hacen chocar palma con palma

cuando yo bailo

sin mover las caderas que se quedaron en la fosa

 

y yo besaré esos campos con alambre de púas

y la carne chamuscada será mía

y los esqueletos de mejillas hundidas serán mis amantes

y dirán verdaderamente tú eres la bailarina

verdaderamente la hija de nuestros cuerpos.

 

 

 

 

 

III

Padre

Enséñame a no soñar

que vuelvo después de la neblina

a reconocer tus cadáveres

 

lo que no has querido levantar del suelo

enséñame a olvidarlo, padre

para que no sea preciso regresar a casa

la llovizna

el agua que se va llorando suciedad a un lugar lejano

el guanábano

los volcanes que dijeron estar esperando su caída

 

Padre mío, detrás de la ventana

hoy tu cara me miró con la severidad del justo

y no supe esconder mi rosto porque pensé

estás durmiendo, mujer, despierta de nuevo en Irrarázaval.

Y la cara del Dios me señaló con las pupilas

estás durmiendo, niña, despierta en la hamaca

vete dando vueltas en la pared embarrada de pies y manos

Y tu rostro, padre mío

desde mi ventana, segundo piso, tres de la mañana

dejó de preguntarme por mi ropa limpia

por la comida que se tiró a la basura

por las mariposas que incendiaron la noche

dejó de preguntarme

y se hizo el silencio como la culpa

Padre mío

estoy esperando que abras la ventana

de una puta vez

enséñame a ser desolador, como tú

a devastar ciudades como lo hiciste a la caída de la noche

Santiago de Chile, rodeada por tu fantasma

enséñame a no ver cuando tú pasas

a inclinar el cuerpo como lo haces tu frente al infinito

porque sólo tú

lo sabes

sólo tu traes la muerte

y morir es darse cuenta

que estamos rodeados de dios

 

 

 

 

 

Navegación fluvial

Vi a la ballena

cuando la carretera se llenó de agua

y era bonita, era bonita

todo lo hermoso que puede ser el mundo

que es como decir una mancha negra, ahí en el fondo

decir cualquier cosa

ahí estaban las palabras importantes

junto a las palabras bellas

y las que parecían importantes.

 

A veces tengo la seguridad

de haber escrito un gran poema

entonces despierto:

la mañana persiste tal como la dejé

toda desnuda

secándose al sol.

 

(De “El teatro de los hombrecitos y la carpa de las grandes bestias”)

 

 

Mario Carrillo: No hay más que caramelos para fantasmas  

Mérida, Yucatán, 1989. Estudiante de la Licenciatura en Letras Españolas de la Universidad Veracruzana. Su poética, existencialista en esencia, se basa en el uso de imágenes e ironías que revelan la crisis del ser en el mundo. Sus primeras obras conllevan un tono caracterizado por la coloquialidad y la mesura, bordeando con ello el terreno de la poesía conversacional. En su libro “Cuaderno de Bitácora”, hace una exploración del viaje y el exilio. Su poesía ha optado por acercarse decisivamente a un lenguaje más arriesgado y maduro, descubriendo en ello cierta pasión por la metáfora.

                   Libros de poesía: “El camino de la noche” (inédito), “La huida” (inédito), “Tres de Enero” (Tercer sitio en el Premio Regional de Poesía Felipe Carrillo Puerto 2010, Inédito), “Semanaria” (Inédito), “Cuaderno de Bitácora” (Premio Nacional de Poesía José Emilio Pacheco, 2010, próxima publicación).

 

 

En mi bolsillo un enjambre de letras
intenta escapar hacia mi garganta
y forjar una babel de saliva.

 

Me rehúso al sonido de mis labios,
al relámpago tiznado de mi boca
que imanta con su efluvio de carbón
espejos, telarañas y cadenas.

 

La palabra es una catedral de aire,
¿dónde está la columna de Cratilo?
¿alguien puede mostrarme la tumba
en la que Lázaro no vivió muerto?

 

Qué oscuro es el pubis de la madrugada
cuando siento que mi voz se derrumba
y los escombros caen sobre mí.

 

(De “El camino de la noche”)

 

 

 

No te conozco

He quemado la noche
persiguiendo la anatomía de tus pasos
y no te conozco.

 

En el mercurio tu nombre no halla eco,
inventa una piedra sin surcos,
un rostro de sol indirimible
y no te conozco.

 

¿Cómo hará mi aliento para hender hasta la muerte?
¿Cómo haré llegar el aullido de tus hijos,
peces insomnes ante este silencio?

 

Los libros reposados en el óxido
sólo contienen migajas de huesos,
letras y fotografías roñosas
como figurillas de barro inmóvil.
Y tu voz es arandela, es dragón extinto.

 

La ciudad dejó de ser fuego,
alimentándose con luces sordas,
difuminando los ensalmos que te invocan
y yo, no te conozco.

 

 

 

(Tres de enero, 1924)

“Disculpe, ¿quiere sal?
¿quiere húmeros silentes?”

dijo la muerte empalagada
“¿quiere ulular de fuegos?
Si no, yo paso a retirarme.”

La aurora bajó las pestañas.

 

 

 

 

Llena mi vaso con tu hambre, pastor de las horas,
forja el equilibrio en nuestros oídos
donde germinan la náusea y la voz.

 

Las manos de mis padres tienen pies escondidos,
tienen flores de polvo y henequén ahogado.
Caminan hollando el relámpago del estiércol, 
alimentando las palomas
con la cáscara de los días,
cantando:

 

…Salve, oh, miseria
oh, estatua azucarada
oh, pétalos de sangre
oh, ropa vieja
oh, pan tullido
oh, loca palomita
salve, oh, miseria…

 

Regresarás al ojo de tus hijos,
a la hacienda escamosa,
al ladrido enlutado por la brida.
Regresarás, pastor, con ochenta y seis arrugas
a consagrar el hemistiquio.

(De “Tres de enero”)

 

 

 

 

Cuaderno de Bitácora

(Fragmentos)

 

II

La penumbra de sabor niquelado
te recibe en su puerto:
Has despertado en el pubis de la madrugada
vistiendo un rosario jadeante.
En esta playa de latidos mudos,
intentando encender el sueño,
deambulas.

 

El viaje puede convertirse en una ventisca de colmillos,
sangre y cal siniestra
y no existe libación para enmudecer al cielo,
amansarlo como a una bestia asustada.

 

Por ello,  tomo el gozne de mi pecho
y entono una canción lívida e infértil
en el vientre de un barco
que es saeta hacia el naufragio.

 

 

 

 

 

III

 

Otra vez la noche es un temporal de alfileres
que levanta rostros y voces:
tus padres huérfanos,
los hermanos cada vez más viejos,
esa mujer que no puede recordar tu nombre,
                                                                        sus labios de vidrio…

Y por más que despeinas la memoria,
no puedes ver el camino de fatiga afable
que conduce a la puerta costurada a tus venas.

El día anuncia a mis oídos la obligación de ser reptil,
de continuar el viaje en un tren de vértebras cansadas.

Sigo el sendero salubre de los zapatos,
guiado por el ruido de la calle, en una ciudad que no es Ítaca,
pero da la bienvenida con pan y eso basta.

 

 

 

 

IV

Despunta en tus ojeras la vigilia
que de contrabando repta hacia tu cama
hallándote con la sabiduría del noctívago.

En el café diluyes los últimos bostezos
y el menstruo de la noche
recién sacudido de la almohada.

El día aguarda tu arribo en su nuca de caracol.

 

El paso del sol siembra cayos en el ánimo,
su  luz se enreda en el hombro de los edificios
y arrastra consigo el agrio aceite del trabajo.

La noche,  marea inevitable, derrumba los muros del día.
Es una caída ingrávida y luctuosa que reviste al viaje
como una herida tibia e inextinguible.

 

 

 (De “Cuaderno de Bitácora”)

 


[1] De Ernesto Cardenal.

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