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CÍRCULO DE POESÍA

 

Luis García Montero. Sentido de realidad y realidad sentida

07 Abr 2011

Luis García MonteroMiguel Maldonado (Puebla, 1976), Premio Nacional Gutierre de Cetina 2006, nos presenta el siguiente ensayo en torno a la poesía de Luis García Montero, referencia básica de la llamada “poesía de la experiencia”, poeta necesario para comprender la poesía española contemporánea.

 

 

Luis García Montero. Sentido de realidad y realidad sentida

 

Alfonso Reyes tituló su extensa obra poética con una sola palabra: Constancia. Evocación a un tiempo del testimonio y de la perseverancia; del cronista de sucesos y del escribiente en altas horas. Quizá a manera de guiño intertextual, Luis García Montero también juega con la polisemia de las palabras y titula el ensayo introductorio de su antología personal, Dedicación a la poesía: por un lado el oficio de escribir, dedicación; y por otro, la ofrenda pública, dedicatoria. En esta frase se resume la visión poética de Luis García Montero: la soledad del escritor y su circunstancia histórica. Este mismo juego de sentidos remite a John Keats: “Los sagrados afectos del corazón”; bien podría decirse que sus poemas forman parte de un tratado sobre los afectos, por doble cara: lo que nos afecta del mundo exterior y lo que nos aflige en nuestro mundo interior. Oscilación entre lo público y lo privado que nos hace pensar en el binomio con que Octavio Paz definió el acto creativo: entre la plaza y la alcoba.

            Luis García Montero reconoce que la emoción carece de suficiencia, la poesía necesita de artificio, y los versos afectivos tienen que ser también versos efectivos. Recodando que la técnica no es exclusivamente un asunto de los oficios de gentes, también la poesía es una profesión, de fe y de trabajo. Se traza un puente entre afecto y efecto: “Yo te hablo de comas y mayúsculas,/ de imágenes que sobran o que faltan,/ de la necesidad de conseguir un ritmo/ que sujete la historia,/ igual que con las manos se sujetan/ la humedad y los muros de un castillo de arena”.

            Una misma circunstancia puede ser contemplada desde diversos ángulos, hay una suerte de rumia, de mirada poliédrica que va, por ejemplo, desde la duda de tomar una postura ante la Historia hasta su franco desprecio: “Cuando tu cuerpo no se decide aún/ a creer en la historia”, en “Homenaje”,1982. “Difícil soledad la de este mundo,/ porque mueve sus alas/ en el aire mezquino de la Historia”, en “Himnos y jazmines”, 2003. Y ninguna posición triunfa, porque la poesía trata precisamente el “territorio de la contradicción”. Contrarios que se derivan o que generan el auto-nombramiento del poeta: “optimista melancólico”, entre la esperanza y la desesperación: “Porque sé que los sueños se corrompen/ he dejado los sueños/ pero cierro los ojos y el mar sigue moviéndose/ y con él mi deseo”. A pesar de la realidad, el deseo persiste. La poesía se vuelve una síntesis entre ilusión y desengaño. Luis Cernuda sería quizá la figura tutelar que reivindica la relación paradójica entre la realidad y la ilusión: “Ante la gran criatura enigmática, el mar inexpresable,/ Sin deseo ni pena, igual a un dios,/ Que sin embargo hubiera conocido, a semejanza del hombre,/ Nuestros deseos estériles, nuestras penas perdidas”. Optimismo melancólico que también nos lleva a recordar los versos iniciales de Miguel Hernández: “Gozar, y no morirse de contento,/ sufrir, y no vencerse en el sollozo”. La virtud de la mesura, valorada como la mayor virtud para los griegos, impide los excesos de la razón; y por qué no, de la emoción. Su poética es un alejamiento de las desmesuras del siglo XX, un bálsamo contra la hybris del pasado y, sobre todo, del presente del poeta, del diario vivir que es uno, parafraseando a Machado. Apuesta por llamar al pan pan, apuesta por la palabra precisa. Genio y melancolía han nacido siamesas, pero ha habido quienes confiados en el genio apartan aquella melancolía que aconseja cuidarse de los monstruos de la razón y guardar sus reservas frente a las aparentes verdades.

            Hoy día, el gusto por los simulacros —uno de ellos es la abundancia de eufemismos— y las palabras políticamente correctas han alterado la relación entre las palabras y la realidad, surge una nueva distancia, distinta a la distancia natural de ser una un sistema de significados y la otra de pertenecer al mundo de los sucesos: las palabras, por eufemismo o simulación, no corresponden a las cosas que suceden. En uno de los ensayos más lúcidos que he leído, “Palabra de honor”, declara: “Precisamente porque fui y soy partidario de los cuentos, me empeño hoy en no participar de ese espacio multitudinario que son los simulacros. Una cebolla es una redonda rosa de agua, pero una víctima es sólo una víctima y un náufrago, en demasiadas ocasiones, es sólo un naufrago”. El artificio no puede confundirse con el artefacto. Uno pertenece al mundo de la creación poética y el otro al de  la realidad. Dos versos de dos poetas distintos, en tiempo y en sensibilidad, encarnan esta tensión entre poesía y realidad. Tensión que no es exclusiva de la poesía pero nos hace pensar en la importancia de saber cuándo cabe o no el desvío verbal: Mario Benedetti se refiere a la necesidad que tienen los poetas de llamar a las cosas por su nombre —y no por su metáfora— con este par de versos: “los árboles son nada más que árboles/ o sea que no entran aún en la metáfora”. En cambio, Xavier Villaurrutia, aspira al sentido indirecto de la realidad, a la redonda rosa de agua que es una cebolla: “No, no es la rosa rosa/ sino la rosa increada,/ la sumergida rosa,/ la nocturna,/ la rosa inmaterial,/ la rosa hueca”.

El poeta no se abisma en el engolosamiento de sí mismo y crea un mundo hermético y obscuro, tampoco quiere tener por ley cambiar el mundo a su propio modo, sabe que “La vida no traiciona, sólo existe/ de un modo diferente al esperado”. Luis García Montero es una respuesta a la confesión hecha por diveros intelectuales y poetas del siglo pasado: les faltó humildad. No es ninguna casualidad que la sencillez poética sea uno de los signos que unen a Luis García Montero con Miguel Hernández. La sencillez nada tiene que ver con lo fácil, ni la humildad con la sumisión. En su teoría sobre la complejidad, Edgar Morin señala que lo simple es igual de complicado que lo complejo. Lo que señala el poeta sobre Gustavo Adolfo Bécquer se puede decir de él mismo: es una apuesta por la sencillez compleja. A diferencia que la sencillez se presta a mayores simpatías, es una forma literaria de la piedad, de acercarse a los otros bajo las mismas condiciones de igualdad en el lenguaje. En lo político, la piedad se vuelve solidaridad y templanza, “optimismo melancólico”.

            La voluntad lúdica, característica esencial de la estética, según Gadamer, o incluso fundador de la cultura, según Huizinga, muestra en la poética de Luis García Montero que las palabras crean una segunda voz, hacen su propia cancha a partir del territorio cotidiano, como en este asalto: “Date por muerta/ amor,/ es un atraco. Tus labios o la vida”. Así como su poesía se alimenta del lenguaje cotidiano, también se nutre de las situaciones cotidianas de la ciudad. Significa que toda cosa podría ser material poético, se exploran los territorios expansivos de la poesía a los que alude Apollinaire. Pero se trata de un juego en serio, parecido a la severidad del juego de pelota prehispánico, el amor y la poesía ponen en juego la vida misma. El amor o la vida, la vida desecada sin amor. A fuerza de sensibilidad y oficio, el diario vivir se convierte en un diario de vida: “Oye mis pasos fríos al subir,/ abre la puerta, igual/ que se abre un diccionario/ para que todo ocupe su destino,/ y me besa en la boca”. Estas situaciones no se quedan en meros cuentos de artificio que como los fuegos de artificio, duran lo que dura su luz, no, en el sentido platónico no se pretende meramente engañar a la razón, hay una verdad profunda en cada situación. Allí radica la conciencia del poeta, transformar la inocencia estética en conciencia. Y a veces la lamentable verdad llega de la suave mano provisora de belleza: “En la cara lleva/ tres años perdidos/ y el frío de las seis de la mañana./ Van a partirte el corazón”. Inocencia y conciencia, lo repite en cada verso el poeta, no son palabras enemigas. Aunque a veces estén en habitaciones separadas, duermen bajo el mismo techo: “De la vida y el tiempo/ es difícil hablar por separado”. En los términos de Alfonso Reyes, da constancia de los hechos. Ha sido testigo de cargo, acusa y se duele. La severa realidad deja sentirse sin que lo sentido ocasione pérdida del sentido: tener conciencia de lo que sucede y que acaso no tendría que suceder. Luis García Montero ofrece un inventario, en su doble acepción: lo que la poesía inventa y lo que la realidad, inventariada, concita: “He comprobado el mar con sus cadáveres,/ la existencia del sol, la piel, los fríos,/ las luces con sus horas,/ las puertas que los años se dejan mal cerradas”.

 

 

Datos vitales

Miguel Maldonado (Puebla, 1976) estudia un doctorado en Ciencias Sociales en la Sorbona. Recibió el Premio Nacional de Poesía Gutiérrez de Cetina en 2006 y fue Jefe de redacción de la revista de literatura Revuelta.

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