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CÍRCULO DE POESÍA

 

Arenas movedizas. Poesía iberoamericana y principio de siglo. Jesús David Curbelo

23 May 2011

Jesús David Curbelo 1

Nacido en Camagüey, Cuba,  en 1965 , Jesús David Curbelo es poeta, narrador, crítico y traductor literario. Con más de una decena de poemarios, su obra ha merecido el Premio Nacional de la Crítica por los libros de poesía El lobo y el centauro (en 2001) y  por Parques (en 2004).

 

 

Algunas variaciones sobre el amor carnal

 

X

 

There will be time, there will be time

To prepare a face to meet the faces that you meet;

There will be time to murder and create.

 

T. S. Eliot

 

Lo fatal es perderse en el encontronazo de las máscaras, hacer del universo un carrusel teñido con licores, agruparnos al rostro de quienes son apenas huellas leves. Lo fatal es el hábito del doble, ese no ser que somos amparados en ellos, los más fuertes, los que blanden espadas, los que la luz deforman a su antojo. Adentro nos guardamos la confianza, el lema aprendido en el colegio sobre la voluntad, sobre el rigor del tiempo para hacer madurar los escorpiones. Por eso nos vestimos para el baile: nos ponemos la banda de la gloria, la levita vacía, la sonrisa escolar que no olvidamos; y salimos al mundo a regalar mejillas, a prepararlo todo para la cachetada, a que el prójimo encuentre un alivio en nosotros, cuando él es tanto escarnio como nuestra rutina, tanto truco en el aire, tanto miedo. Habrá tiempo, habrá tiempo, pero ¿cuál es el tiempo de los fieles?§, ¿dónde van a fundirse los venablos con el arpa, el rencor, las madres usurpadas por la reliquia de las fundaciones? Seguro que habrá tiempo, mas el límite existe y nos provoca: hace falta indagar en el signo de los procuradores, de las hembras tardías, de los soldados hechos para morir sin patria, de aquellos escultores con que nos seducían, al principio del hombre –fin de nosotros mismos—las estatuas. Lo fatal es no haberse maquillado, no elucubrar una barrera entre Yo, y Los Otros; lo fatal es querer estar unidos, formar un grupo inmenso, una horda feroz, indestructible. Habrá tiempo también para las soledades, el pesimismo, el llanto, para las miserias más lúcidas y audaces, porque el tiempo es tan cruel que es inexacto, finito, manuable como un arco para cazar insomnios. Entonces: fuerza y fe, disfraz y continencia, elegancia proscrita en cada acto; lo demás es historia, es conciencia, es legado, y no hay más libertad que sembrar hasta el crimen el amor que mañana puede sernos mortífero.

 

§ – León Estrada

(De El mendigo de Dios, Editorial Oriente, 2004)

 

 

 

Analectas del exilio

 

Miro al mar. Cuento monedas.

Siempre aquí se mira al mar.

Entre mirarlo y contar

monedas pasan las vedas.

Y las vidas: naces, quedas

preso entre leyes y reyes

que amputan, dictan las leyes,

tuercen cuellos y eslabones,

acuñan las ilusiones

y nos tornan perros, bueyes,

buitres del oro y la sal,

títeres, cerdos, vampiros

que se nutren de suspiros

en pos del bien, y hallan mal.

Miramos. La vista es cal

contra el muro del vacío.

Nuestro muro. El tuyo. El mío.

Ese que, airoso, se erige

en cerco. Y vigila. Y rige

la mansedumbre, el hastío,

la piedra en la boca, el humo

entre las manos, el paso

circular, el campo raso,

el acíbar para el zumo,

la sangre, el látigo, el grumo

que somos ante la ley:

putas, mendigos: la grey

que mira al mar sin auxilio,

monedas cuenta, y exilio

suplica, burlando al rey.

 

Pero la burla es un juego

de espejos: en el exilio

no hay salvación ni concilio.

Es otro yugo: el del fuego

de la nostalgia, y el ruego

por regresar a la tierra

donde comenzó la guerra

por elevarse, por ser

viajeros, por poseer

otra cárcel —la que encierra

en su red tiempo y memoria—

donde nada se vislumbra.

 

En el exilio no alumbra

más luz que la misma historia

infinita de la gloria

buscar del parto a la cruz,

errar, bajar la testuz,

seguir siendo un extranjero,

ver el mar, contar dinero,

y soñar con otra luz.

 

¿Qué es la luz? ¿Dónde está? ¿Dónde

encontrarla puede el siervo

de sí mismo? ¿Dónde el cuervo

que grazna y se marcha? ¿Adónde

va, maltrecho? ¿Dónde esconde

la luz su rostro divino?

¿En el mar? ¿En el cansino

repicar de las monedas?

¿En las carnes? ¿En las sedas?

¿En el oropel del vino

que nos coloca el destino

siempre lejos de la boca?

¿En la cárcel? ¿En la roca

que es, a la par, fe y camino?

¿En el silencio? ¿En el trino

oscuro que nos alienta?

¿En el muro? ¿En la violenta

liturgia que nos obliga

a ser caballo y auriga,

guerra y paz, perdón y afrenta,

hambre y mesa suculenta

que es, no es, está y no está?

¿Dónde queda? ¿Cómo va

hacia esa luz que lo tienta

el hombre? ¿Cuándo la enfrenta?

¿Y cómo? ¿Y por qué? ¿Quién gana

en tal combate? ¿La vana

confianza de ser hostil?

¿El hombre? ¿La luz? ¿O el vil

simulacro de un mañana?

 

Porque habrá un mañana. Diana

hará en él el hombre adulto

al prescindir de ese culto

al dinero, a la sotana,

al rey y a su ley. Qué sana

sensación de hallarse libre

lo inundará cuando vibre

todo su ser bajo el nombre

de Dios, que le diga: “Hombre,

búscate en mí, tu calibre

es ser tú mismo y ser Yo

que a tu existencia me afilio:

soy tu luz, tu mar, tu exilio,

tu hartazgo, tu ley, tu voz”.

 

Habrá un mañana. Es en Dios:

cúspide y sima del pozo

de existir: ese alborozo

donde duermo mi acrobacia,

despierto, pulso la gracia,

miro el mar y aguardo el gozo.

 

 (De Libro de cruel fervor, Editorial Capiro, 1997)

 

 

 

Cuarta elegía del lobo

 

A Rafael Almanza

 

Cuando yo digo agua creo que lo he dicho todo.

Digo aire, fuego, piedra, polvo, sangre.

Todo cabe en el agua,

nace de ella,

en ella se fecunda, o la fecunda.

La lengua saborea sus sílabas sedosas:

agua, digo,

y me recorre un río la garganta y las vísceras;

pienso, agua,

y me hundo, transparente,

en su alivio tan húmedo;

agua, suspiro,

y reaparece el fuego, el derrotado;

la piedra, la pulida;

el aire, macho rápido del agua;

el polvo, novio ardiente que la espera.

¿Y la sangre?

¿Y la usura más cálida que nos lleva a morder,

como si el diente no naufragara en la virtud del agua?

Agua y sangre se beben.

Bajo a beber al cuello y la laguna.

En el cuello descubro el polvo antiguo

del orgullo y la estirpe,

la piedra de la gloria,

el aire que macera la ignorancia,

el fuego donde arden la pulcritud y el grito.

Me aguarda en la laguna el fango torvo

donde mis patas se hunden, fallan, tiemblan

con la fragilidad del cazador que yerra el blanco

y se queda a merced de mis colmillos.

Agua y sangre pernoctan en mi boca.

Cuando yo digo sangre el mundo me penetra y lo penetro.

Digo músculo, hembras, huesos del vendaval que me calcina.

Todo canto es mi sangre y flota en ella

porque la sangre acata los clarines, los címbalos, la euforia,

y también la miseria del mendigo,

el llanto de la puta que soñó con ser reina,

las llagas del enfermo, sus humores,

la carne palpitante que habrá de ser carroña sin remedio.

Agua y sangre confluyen.

Por mi sangre navegan las historias del hombre y la manada,

del tigre y del rebaño,

de los bueyes que pastan su desidia y los premian con hierro,

de los caballos prestos a cocear en la frente al suplicio,

de los perros procaces que lamen siempre el sexo de sus dueñas,

de las castas, los clanes,

la espuma en que se asfixian la angustia y el recuerdo.

Agua y sangre se mezclan.

Son como un gran torrente donde nacen la perfección y el odio,

el perdón y los crímenes,

las guerras y las nupcias,

la paz y la leyenda de las patrias.

Agua y sangre en mi sueño.

Agua.

Sangre.

Cuando yo digo agua creo que lo he dicho todo.

Digo aire, fuego, piedra, polvo, sangre.

Las palabras que faltan son inútiles:

pues truecan agua en sangre y sangre en agua.

Yo sólo sé el secreto de mi idioma

y en él bebo el enigma de la muerte,

de la naturaleza y el vacío.

Mi sed es tan intensa como el fuego,

tan dúctil como el aire,

como la piedra, altiva,

como el polvo, recóndita,

infinita, inasible, tortuosa como el agua y la sangre.

Cuando yo digo agua firmo un pacto

y la sangre de un lobo nunca engaña

porque, ¿qué he de perder si ya no tengo

la pericia del aire,

la voluntad del fuego y de la piedra,

la sapiencia del polvo,

el candor y las náuseas de la sangre y del agua?

Cuando yo digo agua digo vida

y cuando digo sangre

entro en la eternidad, me instauro, gozo.

 

La orgía

 

La noche huele a sexos torrenciales:

machos, hembras, arbustos y animales

gimen, sudan, irradian, se consumen

en el lienzo infinito de sus pieles

que dibujan, cual lúbricos pinceles,

la magnitud de Dios, y su volumen:

Él cabe en mí, en ti, en ella, en todos:

es saliva, hoja, savia, leche: modos

de cópula, de azar, de ley ardiente:

la de esculpir, hacer, echar simiente

donde el aire, en su prisa, se derrama:

fatigosa carrera de retorno

hacia el origen único: el contorno

de la orgía perpetua[1] que nos llama.

 

[1]– Mario Vargas Llosa

 

(De El lobo y el centauro, Editorial Capiro, 2001)

 

 

 

Cirios

 

(ceniza)

 

Todos los hombres que te amaron antes

amasaron tus ansias,

maceraron tu espíritu,

tras el ingenuo afán de poseerte.

Sin saberlo, te estaban educando

para llegar a mí. Yo te recibo

con la serenidad del último maestro:

te dejo ser tú misma,

que te aprehendas

en el duro ejercicio

de celebrar tu libertad total.

Si luego decidieras elegirme

como heredero de tus testimonios,

sería el dócil alumno que precisas

para enseñarle dónde empieza el mundo

y cuál es el destino de la especie.

 

 (luz)

 

De ciudad en ciudad

vamos trazando

el mapa de este amor.

Cartas, citas, mensajes,

enlazan tu hemisferio con el mío

en la cartografía del espíritu;

sangre, saliva, semen y sudor

conforman los océanos

donde la carne baña

su continua inquietud de continente.

Acude a ambos bautismos:

unge tu cuerpo con mi aceite amargo,

el que destila el alma entre el tormento

de perseguir a su mitad gemela

hasta ese umbral en que la muerte funda

la ciudad infinita del amor.

 

 

 

Parques

 (Plaza de San Juan de Dios. Camagüey)

 

Mientras caía el muro de Berlín, mis amigos y yo soñábamos con alcanzar el éxito.

Rafael quería obtener el Premio Nobel, Gustavo hacer un filme con la esencia abisal

     de La Poesía,

Daniel tener un auto y publicar en Plaza, Néstor actuar en Viena,

Jesús poseer lo eterno, Oneyda aprisionar lo que escapaba;

yo adquirir un reposo donde el alma y el cuerpo se hermanasen.

Nos íbamos de noche hasta la plaza a reemprender el juego de querernos.

Había ateos, santeros, comunistas, católicos, y las conversaciones discurrían acerca

     del poder y de la gloria,

de la necesidad y de la libertad, de la importancia de la conversión para salvar al mundo.

Amanecíamos siempre, al amparo de un mal alcohol casero,

creyéndonos los amos de La Historia y los reformadores del destino del hombre.

Las reyertas de entonces parecían no pasar de torvos simulacros.

Después, mientras crecían el hambre y la inconstancia,

mis amigos y yo trocamos las palabras y confundimos éxito y exilio.

Daniel se marchó a Miami, Jesús se fue a La Habana,

Néstor se escapó a Suecia, Rafael a su escéptico ostracismo,

Gustavo a sus películas, Oneyda a sus temores,

yo, al fondo de mis propias inmundicias.

Hoy, mientras se alza el muro de Internet y crecen el cinismo y la ausencia de diálogo,

mis amigos y yo apenas nos cruzamos un saludo consabido y prudente:

es demasiado el peso del fracaso, supongo, y no nos toleramos las excusas los unos

     a los otros.

La plaza es sólo el símbolo de la ausencia de arraigo

y no la visitamos salvo para embaucar a los turistas con la paz del terruño.

Mañana, mientras don Rafael reciba el Nobel, Gustavo filme en yámbicos,

Daniel publique su novela en Plaza, Néstor estrene en Viena un drama de Ionesco,

Jesús se agencie al fin su salvación y Oneyda sus poemas inmutables,

yo seguiré buscando el equilibrio, y volveré del viaje hacia mí mismo para fundirme

     al prójimo.

Otra plaza me espera. En ella mis amigos sabrán lo que yo sé:

el éxito es el éxodo: salir, unirse al todo, que es el Uno.

 

 

 

 (Parque Agua Azul, Guadalajara)

 

He vivido el frecuente desarraigo de sentirme extranjero en mi propio país.

Me he sentido extranjero, mucho tiempo, bajo mi propia carne.

Ya no me asusta tanto existir en los límites.

La periferia tiene el placer raro de convertirse en centro alguna vez

y arrastrar al volcán a los fragmentos que entonces anden lejos de su cráter.

Estoy acostumbrado a sufrir el exilio que siempre entraña el gesto de la fe.

En México, no obstante, paseando con Edel entre las mariposas cautivas de Agua  Azul,

perdí el temor de entenderme extranjero pisando un extranjero atrozmente geográfico,

porque ser extranjero es solamente un asunto espacial

y yo había asimilado el fundirme en el tiempo de aquel pueblo

con tal de acaparar la efímera belleza que acude a recibir al que despierta.

Nada era diferente de mi angustia habitual, y todo tan distinto:

la música, la luz, la lengua, los olores, las comidas, las hembras y los pánicos.

Yo, que huyo de mí y regreso a esconderme al principio del viaje

—porque ya el viaje mismo supone el precipicio de aprenderme—

tuve la sensación de que en el prójimo me aguardaba el futuro de la estirpe

y me dejé llevar por mi entusiasmo de único fundador:

salí a la muchedumbre para volver a entrar en el magma del mundo,

en la siempre anhelada patria de los sin nombre.

Desde tan buen refugio rescribo mis historias, descubro mis naufragios,

me siento a reposar —y a repasar— los argumentos de las jornadas próximas.

Ni el exilio ni el gesto de la fe me asustan como antaño por su misión de círculos;

ahora tengo un ardor que me hace humilde, pero también terriblemente sabio:

no volveré a sentirme un extranjero ni siquiera en el centro de la gracia.

Mi patria es el espíritu. Y ese manto ecuménico me (te, nos) cubre.

 

 

 

(Plaza de la Santa Croce. Florencia)

 

Recuerdo claramente los detalles de una vida anterior que no viví.

Me remomoro andando por Florencia a la luz de las últimas antorchas

que prendieran los güelfos mandados por Donati. Después vino el exilio.

Las ciudades de otros. El pan de los amigos. El duro azar de la supervivencia.

Y algunos libros ríspidos y amargos acerca del poder y la justicia.

Nunca volví a cruzar los puentes sobre el Arno. Me enterraron en Rávena.

Luego fui reencarnando en muchos hombres que admiraron mis versos

o el violento latín de mi prosa política (o poética).

Somos un gran ejército que sabe cuán poco importan reyes, militares y obispos

cuando se tiene el don de adulterar el tiempo, los sitios, las historias,

y uno renace en Londres, en Madrid, en La Habana, en Nueva York,

diciendo una verdad sencilla y mínima: una sabia mujer nos lleva al Paraíso.

Sabiduría, Beatriz, La Muerte, La Poesía, son sólo nombres, leves coyunturas

tras cuyos velos se emboza La Belleza, todo lo femenino que hay en Dios.

Hoy he vuelto a Florencia y veo la estatua al fondo de la plaza,

yo, que he sido Dante, William, John, Miguel, Francisco, Arthur,

Walt, Edgar, Charles, José, Rubén, Vicente, Jorge Luis, César, Pablo, Octavio,

no puedo menos que alabar mis hembras y dejarme guiar,

rebelde y dulce, hacia esa nueva vida que vendrá

en la esperanza de poder, un día, alzarme a las estrellas.

 

 

 

(Plaza de San Pedro. Roma)

 

Yo, peregrino, a estas alturas no busco a Roma en Roma

(aprendí de Quevedo y Du Bellay que entre sus ruinas puedo hallar el polvo de millares

     de espectros),

sino la infinitud de lo mutable, la sensación de alivio que supone palpar lo que será.

No me importa el pasado como hallazgo, pues de algún modo es mío gracias

     a la embriaguez de la memoria,

al testimonio que dejaron otros en su afán de asentar la tradición.

Ansío recopilar las piedras del mañana, la pizca de futuro que me toca para explorar a Dios.

Pero Dios se me esconde entre las piedras del ayer y del siempre,

entre las columnatas de Bernini y los áulicos muros del santuario,

entre la muchedumbre de turistas, beatas, frailes, monjas,

que comparten conmigo estos trozos de hoy donde me asfixio.

No atino a soportar la certidumbre de ser un rastreador de lo perenne,

y decae mi entusiasmo en la certeza de que Roma corrompe la dialéctica

y me impide alcanzar el absoluto: ese Dios acosado que me tienta a inaugurar de nuevo

     verbo y acto.

Yo, peregrino, a estas alturas no invento a Dios en Roma,

porque he dejado de inventar a Dios y prefiero el ardor de la catástrofe:

admitir que no alcanza mi soberbia para poder tocar lo que se escapa,

aquello con que habré de edificar mi fe en lo fugitivo, que permanece y dura

por encima del ansia y la confianza de todos esos que seré y he sido.

 

(De Éxodo, Editorial Letras Cubanas, 2004)

 

 

 

Misión

 

Vine

a preguntar

hasta ceder

la voz.

 

 

 

Poética

 

Si acaparamos todas las palabras

descubrimos la lengua.

Es mejor abstenernos

de goce tan trivial

y que nos quede

la idea del poema

temblando en la visión del porvenir.

 

 

Ejercicio

 

Si la palabra es

un acto de soberbia,

un desafío

contra el orden de Dios,

no hay mayor humildad

que aprender a callar.

 

 

 

Inmortalidad

 

Escribo sobre el agua.

Oigo fuera del aire.

Leo dentro del fuego.

Canto bajo la tierra.

 

Soy la misma pregunta

y la respuesta simple.

 

Testamento

 

Yo

también

puedo testar

ahora:

les doy

todo

el silencio.

 

(De Aprendiendo a callar, Editorial Unicornio, 2005)

 

 

 

Fugacidad

 

sed mulier cupido quod dicit amanti,
 in uento et rapida scribere oportet aqua.

Catulo

 

Lo doloroso no es saber que un día

te irás físicamente,

sino sentir como te vas marchando

a cada instante

detrás de las palabras

y los falsos requiebros.

Aunque quisiera

no alcanzo a retenerte,

y sólo intento rescatar,

escéptico,

los restos del naufragio

que la corriente impulsa hacia mi orilla.

 

Lo doloroso es comprender que un día,

harto por fin de atesorar despojos,

yo los pondré en el río,

y los veré alejarse, sin dolor,

entre el agua que fluye.

 

 

 

Leyes de Kepler para nuestra línea de ápsides

 

Tú eres un cuerpo central no especificado (por discreción, por miedo).

Él es el periápside; yo el apoápside.

Según esta distribución altamente científica, podemos concluir que:

 

            1-      La órbita de mi vida alrededor de ti es un eclipse.

            2-      La línea recta que podría unir mi centro al tuyo pierde áreas desiguales en los desiguales intervalos de

            tiempo que me concedes para hacer mi recorrido. Por lo tanto, el otro planeta se mueve más rápido y penetra

            más en ti, en tu alma, porque está más cerca. Yo, más alejado, apenas puedo contemplarte y me muevo al

            compás del luego, otro día, ya veremos.

            3-      El cuadrado del período orbital de cada uno alrededor tuyo es igual en años al cubo a la distancia que

            media entre lo mucho que lo quieres a él y lo mucho que me utilizas a mí, todo eso calculado, por supuesto, en

             unidades astronómicas.

 

 

 

El ser y la nada

 

Io parlo in questa
lingua che passerà.

Andrea Zanzotto

 

Hablo en esta lengua que pasará
desde este tiempo que pasará
sobre tu amor que pasará
con un Dios que pasará.

 

Pero no importa:
esta lengua
este tiempo
este amor
este Dios
son mis inaprensibles posesiones
las únicas que puedo
legar sin avaricia.

 

En el futuro
—que también pasará—
otro ingenuo ha de hablar
en su lengua
de su tiempo
de su amor
de su Dios
que igualmente se escapan
lo abandonan
lo hacen
un ser solo y distinto
en la fría vastedad del universo.

 

(Del libro en preparación “La nueva vida o la poesía de amor explicada a los niños —y las niñas”)

 

 

Datos vitales

Jesús David Curbelo (Camagüey, Cuba, l965): Poeta, narrador, crítico y traductor literario. Licenciado en Filología. Actualmente labora como Jefe de la Redacción de Poesía en Ediciones Unión, en Ciudad de La Habana. Es profesor de la Universidad de La Habana. Ha sido galardonado en dos oportunidades con el Premio Nacional de la Crítica por los libros de poesía El lobo y el centauro (en el año 2001) y Parques (en el año 2004). En 1999 le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional. Ha publicado los siguientes poemarios: Insomnios (Ed. Acana, Camagüey, l994)/Extraplagiario (Ed. Holguín, Holguín, l995)/Salvado por la danza (Ed. Unión, La Habana, l995) /Libro de cruel fervor (Ed. Capiro, Santa Clara, l997)/Libro de Lilia Amel (Ed. Sed de Belleza, Santa Clara, 1998)/El lobo y el centauro (Ed. Capiro, Santa Clara, 2001)/Cirios (Ed. Ácana, 2002)/Apología del silencio (Ed. Extramuros, La Habana, 2003)/El mendigo de Dios (Ed. Oriente, 2004) /Parques (Ed. Capiro, 2004)/Éxodo (Ed. Letras Cubanas, 2004)/Aprendiendo a callar (Ed. Unicornio, La Habana, 2005)/Sonetos imperdonables (Ed. Ácana, Camagüey, 2006)/Cárcel, memoria y abrigo (Ed. Capiro, 2008)/Las quebradas oscuras (Ed. Letras Cubanas, 2008)/Lilia Amel (Ed. Gente Nueva, 2010). Ha traducido a los siguientes poetas: Poemas escogidos (Ed. Arte y Literatura, 2002), de John Donne/ El peor de la manada (Ed. Ácana, 2002), de Joachim du Bellay/La vida nueva (Ed. Ácana, 2004), de Dante Alighieri/Cantos de inocencia y Cantos de experiencia (Casa de Letras, 2004), William Blake, en colaboración con Susana Haug/Vida nueva (Ed. Arte y Literatura, 2005), de Dante Alighieri/Antología de Spoon River (Ed. Arte y Literatura, 2007), de Edgar Lee Masters, en colaboración con Susana Haug. En el terreno del relato breve ha publicado: Cuentos para adúlteros (Ed. Chau Bloqueo, Buenos Aires, l995; Ed. Letras Cubanas, La Habana, l997)/Tres tristes triángulos (Reina del Mar Editores, Cienfuegos, 2000)/Las (di)versiones de Eva (Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2003)/Otros cuentos de amor, de locura y de muerte (Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2006). Es autor de las siguientes novelas: Inferno (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1999)/Diario de un poeta recién cazado (Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1999 y 2001; Conexión Gráfica, Guadalajara, México, 2002; Ibis Rouge Editions, Guyana, Francia, 2004; Editions du Cercle, París, 2005)/Cuestiones de agua y tierra (Ed. Oriente, 2008).

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