title

CÍRCULO DE POESÍA

 

Cuentos breves de Ana Sthal

01 May 2011

Ana-Shtal[1]Presentamos cuatro cuentos breves de Ana Sthal (Ciudad de México, 1985). Es narradora. Cursó la Licenciatura en Ciencias Humanas en el Centro Universitario de Integración Humanística.

 

 

 

 

EL SUEÑO

 

Se quedó con los brazos cruzados, mirando, y yo no lo podía creer… tanta pasividad; vaya, le acababa de romper el corazón. Pero ella permanecía parada, los brazos en un nudo sobre el pecho. Entonces sonrió; primero un ligero gesto en la comisura derecha de los delgados labios, y luego una sutil sonrisa. Me miró así unos segundos, pero había algo de infeliz en esa mueca. En un instante la sonrisa se hizo risa, y la risa, carcajada. Yo sólo la miraba, perplejo. En realidad no sabía lo que estaba pasando, pero pensé que la había hecho perder la cordura.

 

“Ya no te amo”, le había dicho, aunque yo suponía que ella debía saberlo; mi actitud y el lazo entre nosotros habían cambiado. No dudo sospechase que había alguien más, sin embargo, yo guardaba celosamente las cartas con el perfume de otra mujer en el cajón de mi buró.

 

Ella siguió riendo por un buen rato, una risa casi metálica, vacía: aterradora en verdad. Un escalofrío recorrió mi espalda. Cuando terminó de reír, volvió a mirarme, dejó caer los brazos y caminó despacio hacia mí. Me besó muy suavemente, como esos primeros besos dulces, y un extraño temblor me invadió. Luego pasó de largo, como si fuera a marcharse pero, en vez de eso, sentí que me abrazaba por la espalda.

 

“Entonces, ¿ya no me quieres? – susurró a mi oído- qué curioso…” Con una mano giró mi rostro delicadamente y me besó la mejilla. Y lo sentí: el metal en mi sien haciendo presión, sus brazos soltándome, un dedo que recorría mi espalda y, otra vez, la risita vacía. Y, sin más, apretó el gatillo.

 

Desperté sobresaltado, sudando frío, la explosión aún resonaba en mis oídos. Instintivamente me llevé la mano a la sien, y entonces recordé que me había quedado hasta tarde trabajando en el estudio para no tener que dormir en la recámara. Me dolía el cuello. Decidí ir a la cama, era preferible descansar bien esa noche, aunque tuviera que dormir a su lado; si no lo hacía, despertaría destrozado al día siguiente.

 

Abrí la puerta y, sin que mis ojos tuvieran que acostumbrarse a la penumbra, la vi acostada con la mirada vacía clavada en el techo. En una mano las cartas perfumadas, en la otra el brillo plateado de la pistola, y las blancas sábanas de algodón salpicadas en rojo.

 

  

 

 

SEÑAL

 

Afligido, se hincó ante el altar y pidió consuelo. Debajo halló un billete, y con él compró la bala que usó para pegarse un tiro.

 

 

 

 

LA JUNGLA

 

Corres. Tan rápido como tus piernas te lo permiten. Corres, y rezas por poder volar. Sientes cómo una rama te golpea el rostro y, un poco más adelante, otra rasga la piel de tu brazo. La jungla va contando el marcador en tu cuerpo, una línea cada vez, y de momento piensas que va ganándote por muchos puntos.

 

            Volteas de reojo y lo que ves te hace apretar el paso: la cosa aún va detrás de ti, y cada vez está más cerca. Con una agilidad asombrosa repta, salta, corre, vuela. Siempre esquiva cada obstáculo que a ti te entorpece, y sabes -aunque tus neuronas aceleradísimas se empeñen en negarlo- que va persiguiendo el olor de tu sangre, que se intensifica con cada latigazo que te propina la vegetación.

 

            Frente a ti el follaje cada vez se espesa más, robándose la poca luz y el espacio para que tus pies hallen impulso sin tropezar. Sin embargo, sigues corriendo por tu vida, escuchando tu propio jadeo agitado y el retumbar de tus latidos en todo el cuerpo; tienes aún la esperanza estúpida de encontrar salvación de alguna manera.

 

            La cosa viene siguiéndote de prisa. Ya está lo suficientemente cerca y puedes intuir el salto que le hace estirar cada fibra del cuerpo. Ya sientes los largos dedos grises enroscándose en tu tobillo desnudo, y las filosas uñas putrefactas hundiéndose en tu carne…

 

            Despiertas de un salto. Sientes el sudor en la espalda y adivinas las sábanas empapadas también. Tu mente sigue sin poder ubicar en dónde te encuentras, y tus ojos te engañan con una pantalla blanca producto del súbito mareo. Poco a poco la negrura de la habitación va llenando tu vista, hasta que lo único que destaca es la luz azul del despertador. Miras la hora sin entenderla, como para asegurarte de algo, aunque no sepas a ciencia cierta de qué se trata.

 

            Después de un rato, cuando la confusión se ha disipado y tu respiración ha vuelto a la normalidad, te recuestas de nuevo y cierras los ojos. No notas las plantas que crecen rápidamente, enredándose en tu cabecera y trepando por los muros. Mucho menos te das cuenta de que una mano gris, de largos dedos y filosas uñas, repta poco a poco desde abajo de tu cama.

 

 

  

 

NO HAY FANTASMAS 

 

          -Mamá, del clóset del baño salió una señora.

 

            Lo primero que piensa la mujer, alarmada, es que hay ladrones en su casa. Estando a punto de tomar el teléfono, su hijita le indica: -Se asomó por la puerta, volteó hacia los dos lados y luego desapareció.

 

            -¿Desapareció? Dime, ¿por dónde se salió? Ahorita mismo le marco a la patrulla para que se la lleven al MP…

 

            -No mami, te digo que desapareció. Como si… como que se borró.- Y con tono de seriedad y sabiduría infantil, añadió: -Yo digo que era un fantasma.

 

            -Ay, pero cómo eres ingenua mi niña, los fantasmas no existen- declara la madre con un claro tono de miedo en la voz. -Qué buena imaginación tienen los niños.

 

            Si miras bien, la piel de los brazos de la mujer está completamente erizada y sus pupilas se han dilatado. Sin embargo, se contenta con decirle a la niña que vaya “a ver la tele o algo”. Y en cuanto la pequeña se ha ido, con una mueca de duda, la madre asoma la cabeza a la puerta del baño, clavando la mirada en las puertas del clóset.

 

            La idea de los ladrones le llegó primero porque, antes de la declaración de su hija, la mujer había escuchado ruidos en el piso superior. Por eso subió las escaleras, con curiosidad y un poco de alteración, y fue entonces cuando encontró a la niña saliendo del baño, con los ojitos muy abiertos, diciendo que del armario había salido un fantasma.

 

La madre cierra los ojos, respira profundo cinco veces y cuando nota que el temblor de sus manos ha desaparecido y su ritmo cardiaco se ha normalizado, baja con rumbo a la cocina, obedeciendo al repentino antojo de cafeína que se le ha hecho presente.  “Uno, dos, tres –cuenta mentalmente los escalones por fuerza de la costumbre- once, doce, trece… ¿trece?”. Se detiene en el último escalón, nunca ha entendido por qué algunas veces cuenta doce y otras, cuenta trece escalones.

           

            Se siente mareada y recuerda que necesita café, con dos cucharaditas de azúcar y un poco de leche, así que continúa caminando hacia la cocina. Tal vez el café me quite también el frío, –piensa.

 

            El interruptor de la luz falla la primera vez que lo presiona, siente un escalofrío recorrer su espalda. La luz llega después de un par de interminables segundos, la madre llena su taza y calienta el café aguado en el horno de microondas. Lo detiene antes de que termine el tiempo, y con dedos temblorosos toma la taza y se bebe el contenido de un golpe con los ojos cerrados.

 

            Sube de nuevo al baño y abre el clóset, que tiene el tamaño suficiente para que se adentre un par de pasos en él. Lo hace, revisando, con la respiración entrecortada, los rincones y las secciones detrás de la ropa. Una vez que se ha cerciorado de que no hay nada extraño, respira tranquila y sale, cerrando la puerta a sus espaldas. Se detiene en el pasillo, volteando hacia ambos lados.

           

            Lo último que la madre ve, antes de desvanecerse, es a una niña pequeña con el miedo dibujado en el rostro. Después, sintiendo la piel ligera al ir desvaneciéndose, la escuchó decir: “Mamá, del clóset del baño salió una señora”.

 

 

 

 

Datos vitales

Ana Sthal (Ciudad de México, 1985). Narradora. Cursó la Licenciatura en Ciencias Humanas en el Centro Universitario de Integración Humanística. Ha participado en diversos concursos literarios con el género de microficción y mantiene obra inédita. También ha sido colaboradora en eventos teatrales, cinematográficos y culturales en general. Actualmente se desempeña como docente de idiomas y correctora de estilo, además de explorar la creación de guiones y crítica cinematográficos.

Share Button
  • nose

    El primer cuento se salva aunque se presta a muchas interpretaciones, los demas de plano soy muy ordinarios.

  • Diego Miramontes

    El de la jungla me gustó mucho 🙂

  • soulety

    felicidades Ana! me encantó “señal”. Ojala sigas posteando mas…

  • Mony Iñiguez

    Me gustaron, creo que tiene talento

  • Isabella

    La jungla fue mi favorito. Gracias por compartirlo.
    Me gusta tu ritmo, me gusta que me lleves de la mano
    a donde me está el punto que quieres mostrar.

  • Pablo

    Muy forzados. No encuentro fluidez ni originalidad.

  • Gerardo

    Relatos sintéticos y contundentes. Felicidades, grata sorpresa.

  • karem tretmanis

    MUY PADRES!!!
    de verdad me encantaron!!! MUCHAS FELICIDADES
    Publica más!!!

  • Pam Molko

    Pues, “El Sueño” logró arrancarme ecalofriiiiiiiiiiiiios :s sensacional.

  • Marina Alfaro

    Bien narrados Ana, felicidades!!! Siempre el tema de la muerte es interesante.

  • Paloma

    Cada palabra incita a leer más y más, me atraparon, me llevaron a esos lugares, los viví!!! Definitivamente me encantaron, publica más!!!!!

  • nose

    efectivamente, les falta fluidez y usa un lenguaje muy comun

  • Eva Sánchez.

    ¡Felicidades Ana;

    Aunque sabes que no me gustan los de terror, considero que es el más original, ¿Por qué no irte por esa línea?

Escribe un comentario