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CÍRCULO DE POESÍA

 

Crónicas de Babel: “Música tenue” de Robert Hass

10 Jun 2011

 HassEn esta oportunidad, el poeta y traductor G.A. Chaves nos presenta la traducción de “Faint music” del poeta norteamericano Robert Hass, incluido en el poemario Sun Under Wood (Ecco Press, 1996).  Robert Haas (1941) mereció el 2007 National Book Award.

 

 

En memoria de

JUAN DE DIOS CHAVES GARCÍA
(25 de febrero de 1929 – 22 de mayo de 2010)

 

 

Música tenue

 
Tal vez deberías escribir un poema sobre la gracia.

Cuando todo lo roto está roto,
y todo lo muerto está muerto,
y el héroe se ha visto al espejo con total desprecio
y la heroína ha estudiado implacablemente su rostro y sus
     defectos,

y cuando el dolor que ellos, en su seriedad, pensaban
que podría liberarlos de sí mismos
ha perdido novedad, y no los ha liberado,
y ellos han comenzado a pensar, distante y gentilmente
mientras ven a los otros proseguir con sus días—
sus gustos y disgustos, sus razones, miedos y hábitos—
que el amor propio es el único tallo enclenque de todo brote
     humano,

y han comprendido, entonces,
por qué lo defendieron tan furiosamente todas su vidas,
y que nadie—excepto algún santo casi inconcebible en su pila
de silencio y de pobreza—puede escapar alguna vez de este
     violento y automático

compañero de vida, tal vez entonces, como luz ordinaria,
como música tenue bajo las cosas, aparece una gracia
     suspendida en el aire.

Como la historia que me contó un amigo sobre la vez
en que intentó suicidarse. Su novia lo había abandonado.
Sentía abejas en el corazón, luego escorpiones, cresas, y luego
     cenizas.

Él se trepó a la viga de un puente,
de un lado la bahía, en una tarde clara y azul.
Y, en medio del aire salado, él se puso a pensar en la palabra
     “mariscos”,

a pensar que había en ella algo levemente ridículo.
Nadie dice “tierriscos”. Aquello le parecía degradante hacia la
     perca

que él había extraído de los acantilados, la negra perca de las
     rocas,

sus escamas como carbón pulido, en lechos de alga
a lo largo de la costa—y se dio cuenta de que la razón para esa
     palabra

eran los cangrejos, los mejillones, las almejas. De otra forma
los restaurantes podrían nada más poner un rótulo que dijera
     “pescado”,

y cuando se despertó —había dormido por horas, acurrucado
     como un niño

sobre la viga—el sol se ocultaba
y él se sintió un poco mejor, y temeroso. Se puso la chamarra
que había usado como almohada, trepó con cuidado
por el enrejado, y condujo de vuelta a su casa vacía.

Colgando de la perilla de la puerta halló un par de pantaletas
amarillo limón. Las estudió. Muy lavadas.
Tenían un rojizo tenue en la entrepierna que lo enfermaba
de rabia y dolor. Él estaba más o menos
donde ella estaba. Un piso en algún lugar de Cerro Ruso.
Apenas habrían acabado de hacer el amor. Ella tendría lágrimas
en sus ojos y le tocaría la quijada a él, agradecida. “Dios”,
diría ella, “me hacés tanto bien”. Luces parpadeantes,
una vista con niebla colina abajo hacia el muelle y la bahía.
“Estás triste”, le diría él. “Sí”. “¿Estás pensando en Nick?”
“Sí”, diría ella, y se echaría a llorar. “Me esforcé tanto”, ahora
     entre sollozos,

“De verdad que me esforcé”. Y entonces él la sostendría por un
     rato—

en la pared, tejidos guatemaltecos de cuando fue de gira—
y luego cogerían de nuevo, y ella lloraría otro poco,
     y se iría a dormir.
Y él, él reproduciría esa escena
una sola vez más, una y media, y se diría a sí mismo
que iba a llevarla consigo por mucho tiempo
y que no había nada que él pudiera hacer
más que llevarla consigo. Salió a la terraza, y se puso a escuchar
el bosque en la oscuridad del verano, el ladrido de los madroños
que se agrietaban y encrespaban conforme llegaba el frío.

No es tanto la historia, sin embargo, ni el amigo
que se inclina hacia vos para decirte “Y entonces me di cuenta—”,
que es la parte de las historias que uno nunca termina de creer.
Yo es que pensaba que el mundo está tan lleno de dolor
Que a veces debe producir algún tipo de canto.
Y que la secuencia ayuda, tanto como ayuda el orden—
primero un ego, luego el dolor, y luego el canto.

 
(“Faint Music” de Robert Hass, incluido en su libro Sun Under Wood. Ecco: 1996. Traducción de G.A. Chaves, 2011.)

 

 

 

Faint Music

 

Maybe you need to write a poem about grace.
When everything broken is broken,   
and everything dead is dead,
and the hero has looked into the mirror with complete contempt,
and the heroine has studied her face and its defects
remorselessly, and the pain they thought might,
as a token of their earnestness, release them from themselves
has lost its novelty and not released them,
and they have begun to think, kindly and distantly,
watching the others go about their days—
likes and dislikes, reasons, habits, fears—
that self-love is the one weedy stalk
of every human blossoming, and understood,
therefore, why they had been, all their lives,   
in such a fury to defend it, and that no one—
except some almost inconceivable saint in his pool
of poverty and silence—can escape this violent, automatic
life’s companion ever, maybe then, ordinary light,
faint music under things, a hovering like grace appears.
As in the story a friend told once about the time   
he tried to kill himself. His girl had left him.
Bees in the heart, then scorpions, maggots, and then ash.   
He climbed onto the jumping girder of the bridge,   
the bay side, a blue, lucid afternoon.
And in the salt air he thought about the word “seafood,”
that there was something faintly ridiculous about it.
No one said “landfood.” He thought it was degrading to the rainbow perch
he’d reeled in gleaming from the cliffs, the black rockbass,   
scales like polished carbon, in beds of kelp
along the coast—and he realized that the reason for the word   
was crabs, or mussels, clams. Otherwise
the restaurants could just put “fish” up on their signs,   
and when he woke—he’d slept for hours, curled up   
on the girder like a child—the sun was going down
and he felt a little better, and afraid. He put on the jacket   
he’d used for a pillow, climbed over the railing   
carefully, and drove home to an empty house.
There was a pair of her lemon yellow panties
hanging on a doorknob. He studied them. Much-washed.   
A faint russet in the crotch that made him sick   
with rage and grief. He knew more or less
where she was. A flat somewhere on Russian Hill.   
They’d have just finished making love. She’d have tears   
in her eyes and touch his jawbone gratefully. “God,”   
she’d say, “you are so good for me.” Winking lights,   
a foggy view downhill toward the harbor and the bay.   
“You’re sad,” he’d say. “Yes.” “Thinking about Nick?”
“Yes,” she’d say and cry. “I tried so hard,” sobbing now,
“I really tried so hard.” And then he’d hold her for a while—
Guatemalan weavings from his fieldwork on the wall—
and then they’d fuck again, and she would cry some more,   
and go to sleep.
                        And he, he would play that scene
once only, once and a half, and tell himself
that he was going to carry it for a very long time
and that there was nothing he could do
but carry it. He went out onto the porch, and listened   
to the forest in the summer dark, madrone bark
cracking and curling as the cold came up.
It’s not the story though, not the friend
leaning toward you, saying “And then I realized—,”
which is the part of stories one never quite believes.   
I had the idea that the world’s so full of pain
it must sometimes make a kind of singing.
And that the sequence helps, as much as order helps—
First an ego, and then pain, and then the singing.
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