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CÍRCULO DE POESÍA

 

Arenas movedizas. Poesía Iberoamericana y principio de siglo. Fernando Valverde

07 Jul 2011

Fernando-Valverde[1]Presentamos, en el marco de “Arenas movedizas. Poesía Iberoamericana y principio de siglo”, la poesía de Fernando Valverde (Granada, 1980), el poeta español más interesante de las últimas promociones en aquel país. “La caída” es uno de los poemas más leídos, comentados y elogiados de los últimos años. 

 

 

 

“Los pelícanos de San Juan del Sur planean hasta avistar su presa y de repente se dejan caer en picado. El golpe contra el agua es brutal y siempre salen con el pez en el pico. A Fernando Valverde le asombró la perfección milimétrica de su caza hasta que un pescador le reveló que aquel portento escondía una tragedia enorme. De tanto golpear su rostro contra el océano muchos pelícanos mueren ciegos, perdidos en el horizonte. De todo eso habla su último libro, del destino de los pelícanos y de cómo los sueños de la gente normal se estrellan una y otra vez contra la realidad ”

DARÍO JARAMILLO

 

 

 

La caída es el poema que abre el libro Los ojos del pelícano. Es fiel reflejo de la poética del granadino Fernando Valverde, que tiene como objetivo lograr emocionar al lector desde la sencillez, sin recurrir al artificio hueco. “Creo en una poesía que sea capaz de provocar emociones, de conmover, que no sermoné al lector desde una inteligencia superior o una sensibilidad diferente”, explica el autor. La caída es uno de los poemas más celebrados en España en los últimos años.

 

 

 

LA CAÍDA

A mi madre

 

¿Recuerdas cómo mueren los pelícanos?

Bajo el sol de la tarde

que golpea la costa del Pacífico

el agua los engulle como al plomo.

 

Nada puede salvarlos.

 

Hay tanta dignidad en el vacío,

tanto amor en sus vuelos,

que en el último instante escogen el silencio.

Sólo queda

el golpe de sus cuerpos contra el agua

como un rumor de viento imperceptible.

 

Desde esta habitación no puede verse el mar,

no existen altas rocas y no queda horizonte

que no hayan destruido.

 

No importa,

intuyes un rumor en esta noche negra,

puedes tocar su brazo.

 

Recordarás entonces, al percibir el frío,

que en otoño ese mar que tanto amas

se vuelve gris y deja

los nombres del pasado escritos en la arena.

 

Te has sentado a mirarlos.

 

Frente a ti,

torciendo el horizonte,

un niño se sumerge entre las olas.

El levante, tan cálido y perfecto,

lo traiciona y lo empuja.

 

Has venido a salvarme.

 

Tus brazos,

tan frágiles ahora,

cubren el cuerpo de mis nueve años

hasta tocar la orilla.

 

Es cierto,

desde esta habitación no puede verse el mar

pero tiemblan mis manos igual que aquella tarde.

Ahora cojo las tuyas,

siente cómo te amo,

cómo salvas mi miedo con tus gestos,

cómo tienes la vida sujeta entre los dedos.

 

Deja a un lado la carne,

has golpeado tanto tu rostro contra el agua

que la luz se ha quebrado.

 

No hay estrellas debajo del océano.

 

Abre los ojos,

es tan ciega la muerte que el temor te confunde.

Abre los ojos,

búscame ahora en medio de este océano,

voy a agarrarte fuerte con mis brazos,

siente cómo te aprieto,

busquemos nuestra orilla,

el mar no ha dibujado nuestros nombres,

es hoy, no somos el pasado,

es salado el sudor,

es la espuma del mar contra las rocas

este miedo en tus labios.

 

Nos espera la vida.

 

 

 

 

EL TIEMPO

 

El 25 de mayo de 1869, mientras el alma de Don Juan era enviada a los infiernos en presencia del emperador, hicimos el amor con la luz encendida. Te engañó la ciudad y prometiste amarme para siempre. No hubo música después, se cerraron los labios y no pude encontrarte. Te esperé en el incendio, en las salas de té y en las escalinatas, y decidí marcharme después de que Viena descubriera a Leonor disfrazada de Fidelio, en un sueño que sólo perteneció a Beethoven. Aquella noche del 5 de noviembre de 1955 quise reconocerte disfrazada, con vino y pan en las manos, escondiendo una pistola. No eras real y me llevé conmigo las cadenas, que hablaban de tus pechos y de la libertad. Adquirí desde entonces un gusto incontrolable por la tragedia, y la imaginación me hacía recordarte desnuda en la terraza de una habitación de hotel en Milán, unas horas después de que el Réquiem de Verdi devolviera el verano a un continente errante. No duró muchos años, pero el color rosado de tus pechos nunca se envenenó, por más que desfilaran ejércitos de muerte tentando las ciudades que pudieron ser nuestras. Pocos días antes de que 1991 se convirtiera en pasado, cuando mis once años hacían imposible el gusto por la melancolía que aprendí de tus piernas, lloramos por Dubrovnik junto a dos copas de vino, mientras las llamas consumían los tejados y calculabas cuánto te costaría asesinarme aquella noche, desgarrarme la piel hasta dejar el futuro tan frágil como el humo que golpeaba las estrellas del Adriático. Son las mismas estrellas que iluminaban hoy el patio de tu casa. Las mismas que afilaban las calles para hacerme dudar, sin dejarme escoger uno de tantos siglos y ciudades que saben de nosotros. He apurado la magia hasta saber del mundo por tus ojos. He abrazado tus dudas y he querido volver a una noche de mayo de 1869 en la que fue posible caminar por tu vientre, sin que el miedo anunciara un cuerpo arrepentido que sabe de tu pérdida, que conoce el camino que lleva a la derrota. Es otro nuestro tiempo.

 

 

 

 

Datos vitales

Fernando Valverde (Granada, 1980) es una de las voces más premiadas y reconocidas de la nueva poesía española. Ha publicado varios libros de poemas entre los que destacan Viento favorable (Colección Juan Ramón Jiménez, 2000), Razones para huir de una ciudad con frío (Visor, 2003) y Los ojos del pelícano (Visor, 2010). En 2005 obtuvo el premio Federico García Lorca y en 2010 el prestigioso Emilio Alarcos del Principado de Asturias. Además, ha resultado premiado en certámenes como el Juan Ramón Jiménez o el Fray Luis de León. Es uno de los creadores de la antología viva Poesía ante la incertidumbre (Visor, 2011) publicada en siete países por diferentes sellos editoriales. Doctor en Filología Hispánica y licenciado en Filología Románica, trabaja como periodista del diario EL PAÍS y dirige el Festival Internacional de Poesía de Granada (España). Además, es colaborador habitual de importantes revistas como La estafeta del viento o Cuadernos Hispanoamericanos. Como periodista, ha realizado reportajes en países como Nicaragua, Palestina, Bosnia Herzegovina, Siria, Israel o Montenegro.

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  • Sergio González

    Felicidades, tus versos son piedras púlidas por años de lluvia y de frío que golpean el agua sin salpicar sabiduría y retórica vanguardista. Es un placer leer la sencillez y lo auténtico, no la originalidad.

  • Sergio González

    Perdón por ese acento de púlidas, pero hasta se oye chido! jajaaja

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