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CÍRCULO DE POESÍA

 

El agua y las noches: Álvaro Solís, por Audomaro Ernesto Hidalgo

03 ago 2011

Álvaro Solís IIEl poeta y ensayista Audomaro Ernesto Hidalgo nos presenta el siguiente ensayo sobre la poesía de Álvaro Solís (1974), uno de los poetas más sólidos de la generación de los setenta. Solís ha publicado recientemente, en Ediciones de Media Noche, “Todos los rumbos el mar”.

 

 

 EL AGUA Y LAS NOCHES: ÁLVARO SOLÍS

  

Cuando Álvaro Solís decidió abandonar la carrera de arquitectura en sexto semestre, lo hizo no para irse a estudiar filosofía en Tlaxcala sino para asumir un destino. Su daimon interior lo llamaba y él escuchó esa voz. Se fue con unos pocos poemas bajo el brazo y con la convicción de volver a Villahermosa sólo de vacaciones. Eso pasó hace diez años. Desde entonces Álvaro ha hecho carrera académica y literaria: licenciatura, maestría, doctorado. Libros, antologías, becas, premios, etc. Vive en Puebla, da clases en dos o tres escuelas y ahora comparte su vida y su tiempo. Respira un aire más sano lejos de aquí, de los sentimientos soterrados, las carcajadas huecas y lo sobreentendido. Les guste o no, Álvaro Solís es un verdadero referente entre los poetas tabasqueños contemporáneos. Su trayectoria lo respalda.

He leído su obra con atención. Siento en ella una necesidad auténtica por apelar a las emociones, percibo en sus textos una callada esperanza frente a una realidad adversa, leo una obsesión por temas personales atravesada por una línea filosófica muy sutil, escucho en sus versos un ritmo pausado en consonancia con la oralidad de sus poemas, veo cómo su escritura ha ido tomando cuerpo a lo largo de los años hasta volverse ya una obra. Gaston Bachelard, a quien Álvaro ha leído y asimilado, lo dice mejor que nadie: “Para que una meditación se prosiga con bastante constancia como para dar una obra escrita, como para que no sea tan sólo la fiesta de una hora fugitiva, debe hallar su materia, es necesario que un elemento material le dé su propia sustancia, su propia regla, su poética específica”. En este sentido, el elemento material que rige la poesía de Álvaro Solís es el Agua. Pero no el agua pantanosa de Escorpión, ni el agua dulce de Cáncer, sino el agua salada de Piscis: crepuscular, melancólico, meditativo y dubitativo a la vez. Álvaro nació un 16 de marzo. A propósito: tenemos a los poetas que han sido golpeados por el Aire, los que han escarbado la Tierra, los que se han sumergido en el Agua, pero aún no he leído en nuestra lengua al poeta que haga de su visión una meditación prolongada del Fuego. Continúo.

Desde la aparición de su primer libro También soy un fantasma (Premio Tabasco de Poesía “José Carlos Becerra” 2003) hasta el que ahora publica Todos los rumbos el mar (2011), pasando por Solisón (2005), Cantalao (2007), Los días y sus designios (2007), Ríos de la noche oscura (2008), la visión de Álvaro se ha centrado en profundizar el Agua y lo que para él significa: memoria y muerte. De ambos temas se desprenden otros: la soledad, la melancolía, sus mayores, la infancia. Solís ha hundido sus brazos en el agua y ha extraído de ella ensoñaciones, terrores y visiones: “Qué oscura es el agua del abismo. Qué clara te parecerá entonces la hora última”. A lo largo de toda su poesía encontramos palabras que pertenecen a un mismo campo semántico: “laguna”, “río”, “mar”, “golfo”, “océano”, “lluvia”, “aguacero”, “tormenta” y también “noche”. El agua y la noche aparecen como escenario en muchos poemas y le sirven para crear atmósferas seductoras y terribles, porque Álvaro es un poeta nocturno: “Escribo en la noche de diciembre”, dice por ahí. En cambio, las palabras que abundan menos en su poética son “luz”, “día”, “mañana”, “mediodía”, “sol”. Recuerdo que una vez me dio a leer algunos poemas inéditos y uno de ellos finalizaba con este verso: “Elegí la sombra, la luz no me interesa”.

 

 

Todos los rumbos el mar es un libro coral: escuchamos la voz de varios personajes, mejor dicho marineros. El volumen es delgado (53 páginas), hay un proemio y una suerte de coda que también es un inicio: “mis ancestros flotan alrededor de la casa / tiran las tazas del café / piden la voz que el tiempo siempre les negó (…) que sirvan mis manos para escribir sobre sus penas”. Los poemas pueden leerse por sí mismos pero también a la luz de los otros, ya que van tejiendo episodios de la vida de un viejo capitán. La figura del capitán Walcott está bien trabajada porque es vista desde afuera, sabemos de él por lo que nos dicen los personajes y el sujeto de la enunciación poética, así cobra mayor realidad, encarna en la imaginación del lector, se hace creíble y hasta entrañable. Sus rasgos se desdibujarían si este personaje-el principal-hablara de más. En un poema leemos: “El Capitán naufragó una vez en el mar Trasimeno / toda su tripulación se había extraviado / arrastraba por la playa sus pies alabastrinos”. Curiosa coincidencia histórica y poética: en esas mismas aguas, pero en el año 217 a.c., el general cartaginés Aníbal derrotó a los romanos en la segunda guerra púnica. ¿Estaba conciente Álvaro de esto cuando escribía el libro? Otro poema dice así: “El Viejo capitán alzó los ojos / hacia la oscura enramada detrás de los manglares (…) Suelten los perros, dijo/ a los marineros que iban por la ribera”. Sólo en un poema el capitán hace memoria y dice lo necesario: “Conocí todos los mares, pero hoy, a la deriva, el mar me ha negado sus secretos. Trato de recordar las grandes travesías. Soy un viejo capitán con el corazón vencido / ya no miro las olas, ni me deslumbra el recuerdo. Imagino esos tiempos que ya no puedo recordar.” Precisamente lo que se pone en juego en este libro-y es un rasgo notable- es una de las facultades más altas de la poesía: la imaginación. Por las páginas vemos a marineros jugando baraja española, escuchamos el bullicio en pequeñas habitaciones mientras bailan unas muchachas, llegamos a una ciudad perdida, desembarcamos en una isla habitada por sombras, vemos a unos extraños emisarios llegar hasta la puerta de la casa del viejo capitán ya retirado. Pero para alcanzar esta capacidad imaginativa más desarrollada, Álvaro tuvo que escribir antes la primera parte de Solisón, donde habla de la vida carcelaria en la isla de San Lucas, y pasar por Cantalao, que es el intento por edificar el pueblo que Pablo Neruda soñó para que los artistas llegaran ahí a trabajar en sus obras. Por cierto que Cantalao me parece el libro más redondo y contundente de los que hasta hoy ha publicado.  

En Todos los rumbos el mar el tono elegiaco de los libros anteriores de Álvaro se transforma en un tono narrativo que permite mayor cauce a su lirismo sostenido pero nunca desbordado. No se trata de una historia lineal sino de episodios fragmentarios que van y vienen, se cruzan. De hecho el inicio del libro está en la página 43: una mujer aparece dormida en un camarote hasta que “once cañonazos” la despiertan, sale a cubierta y dice al timonel: “me llamo Helena, vine por el Capitán”. La tripulación de Walcott naufraga y se retira a vivir a la isla Guadalupe. Ahí inventa el faro de Santa Lucía (la patrona de los modistas) mientras su mujer teje y desteje todas las tardes debajo de un framboyán. 

De esa isla zarpa Alonso (hijo de Helena y Walcott), quien nos cuenta el viaje que hace su tripulación por el Atlántico “en inmensos galeones más de niebla que de encino / en raudas naves surcando la adversidad geográfica / izando el velamen propicio para despejar la noche”. Ahí, en medio del mar, Alonso siente nostalgia: “atrás los brazos segando la cosecha del azúcar (…) atrás los cañaverales de la infancia / correrías con las niñas por kilómetros y kilómetros / de caña en medio de la caña dulce / y de repente los cortes en las manos”. Este es el primer poema. A partir de ahí van apareciendo los demás personajes en las siguientes páginas y vamos conociendo la odisea que Álvaro ha escrito.

Tal vez se debió agregar cinco o seis poemas para darle más amplitud y mayor cohesión al libro; quizá se debió eliminar otros que para mi gusto son prescindibles, “Madre de agua” y “Dueña del mar” por ejemplo; hay versos que pudieron mejorarse; a unos poemas les falta desarrollo, pero otros son una construcción verbal perfecta y poderosa: “Keroseno”, “Balada del capitán”, “De Gante”, “Islario” (Atención a éste poema, página 49) y “Las manos del roble”. De hecho la noción de equilibro está muy marcada en muchos poemas de Álvaro como también en su persona. Generoso, discreto, callado, a veces bromista, ajeno a la farándula literaria por respeto a la vocación, Álvaro Solís juega a no ser maestro y es amigo, que es la mejor forma de ser maestro. Hemos comido juntos aquí y allá; hemos compartido mesas de lectura en encuentros literarios; hemos bebido ron, cerveza, pozol; compartimos el mismo gusto por poetas rumanos, catalanes (aunque prefiero a los gallegos) e hispanoamericanos. Tengo grabados en mi memoria poemas suyos que a veces repito en silencio, con gratitud. Sólo un poeta que está en plena facultad verbal y humana como él, es capaz de decir, aún en boca de un personaje, éstas palabras más sentidas que retóricas: “soy contramaestre/de la nave que alguien bautizó como Alma”. Todos los rumbos el mar cierra un ciclo que comenzó hace ocho años y abre otro. ¿Cuál será ese camino? El tiempo lo dirá.

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  • Claudia Posadas

    Muchas felicidaDES, aLVARITO!

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