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CÍRCULO DE POESÍA

 

Antología de poesía colombiana No. 13: Juan Felipe Robledo

21 Dic 2011

Juan Felipe RobledoEn el marco de la Antología de poesía colombiana, preparada por Federico Díaz Granados, presentamos el trabajo de Juan Felipe Robledo (Medellín, 1968). Ganó el premio internacional de poesía Jaime Sabines 1999 en México con De mañana y el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura 2001.

 

 

 

 

Aguardando la muerte

 

Ha vivido sin dirección por años,

sólo lo impulsa el extraño deseo

que todo lo transforma y lo confunde.

El tiempo en el que está, en el que ha sido,

ese privilegiado hogar para asesinos,

lo envuelve de miseria, espantos, duelos.

A su lado otros cercados corazones

pasean sin dejarle otra cosa

que un desesperanzado toque de color

o una voz disuelta en la alharaca de otras voces,

o un dibujo en una servilleta caída,

o un cuchillo lleno de muescas

(sucio e inservible) o una estampilla

para una carta que nunca se escribió.

 

Ha vivido sin dirección por años,

no ha detenido nunca la marcha,

trastabillando a cada paso,

pervirtiendo la íntima historia

con balbuceos de borracho

y excusas tontas y alegrías nimias.

Correr en la brisa parece su sino

pero la brisa se detiene ahora

en sus cabellos, recordándole

la corta estancia bajo el cielo,

los plazos y el ímpetu perdidos.

No halla grandeza en el fin,

sólo desdicha y oscura caída.

Hay miedo en sus pupilas,

se le traban en la garganta sollozos

y sabe que, en verdad, es un cobarde.

¿Por qué nadie le dio el óbolo,

la moneda de plata para el cansado barquero,

el valor de cruzar sin volver la mirada?

 

 

 

 

Adiós a un día

 

¡Cuán terrible es el mundo! Hay parejas que lloran y se besan en los cafés y no encuentran grandeza alguna en estas instantáneas que han nacido para el olvido. Todo es tan absurdamente real, verosímil y ajustado a los rieles del devenir que da vergüenza. Hace falta algo de irresponsable entrega al reino de las sábanas cansadas para entender cuán importante es conservar el alma fuera de este sumidero.

El día brillante, en el que hubo animales mirando por la ventana el despertar de la lluvia, el día de los libros acariciados y la galleta deshaciéndose, el día tardío del corazón llega a su fin, prepara su muerte sin tristeza, se dobla sobre sí y mira el suelo. Nosotros lo recordamos horas después de su partida, con una atenta mano sobre su lomo estirado en la distancia, y nos sentimos tranquilos, seguros, alumbrados por la confianza de siempre.

Un tiempo que no avanza, el crecimiento alerta de los nódulos linfáticos no son excusa suficiente para dar por acabada la memoria que nos rodea. La música puede seguir brillando, despertando, amando a aquellos que con humildad la oyen. Los rumorosos robles, los alerces, el canto del viento son compañía suficiente para dejar que se vaya el día. El tiempo nace de la inveterada costumbre de no desear con suficiente fuerza.

 

 

 

 

DESEOS PARA LOS CAMINANTES

 

Márcalos, márcalos,

en los días rubios que no quieren terminar,

en los sueños que no fueron iluminados por junio,

a los dueños de los números y las centellas márcalos en la frente,

mientras balancean sus manos con torpeza y no se atreven a decir nada

en la tarde blanca de la inanidad.

 

Que esa marca sea una tortura y un llamado,

permitiendo que las tiernas palabras que les dieron fuerza no sean

en vano,

haz que sus noches conozcan la desesperación,

y que sus manos acaricien el rostro de muchachas querendonas.

 

No olvides que hay desidia en sus actos,

que la lujuria los lleva a corredores oscuros,

y que las cáscaras de limón que mordieron con brutalidad todavía están

tiradas en la tierra de un jardín fragante.

 

Perdona sus yerros de tontarrones útiles,

excúsalos por balbucear al salir de casa,

no los dejes caer en la sucia envidia,

y regálales un crepúsculo sin remordimientos.

 

 

 

 

RUMOROSO CANTO

 

Buscamos un canto reducido, uno del que se han extraído los afeites del lirismo,

un canto en el que no haya goletas ni contramaestres,

sólo el campo iluminado por el sol,

la cometa arriba quejándose un poco,

los perros bendiciendo la tarde, haciéndola más fácil,

el dueño de casa dejándole a los invitados su licor más preciado,

todos los clavos guardados en un paño sucio, muy suave,

mientras el segador se entrega a su labor con devoción.

 

A su humilde reino no llegarán los cortesanos,

ni habrá en sus patios alguna prebenda que pueda ser repartida,

él es llama que no ha sido encendida en baja estopa,

la pureza ha marcado los alcoholes,

la niña que viene de la otra orilla del mar lo lleva en sus labios.

 

Y la arena que no deja marchar bien el mecanismo completa su labor,

porque sabe que el peso muerto de los días es necesario para afinar el canto,

hacerlo hondo, vibrante, rumoroso,

y aherroja los apetitos que asordinan el sentir,

nos ilumina en noche oscura, guía los pasos,

trazando una ruta clara en el bosque.

 

La piscina donde se pueden oír las canciones que no paran en la radio,

los conciliábulos nocturnos, las tardes sin fin,

han permitido que el canto llegue a nuestros oídos,

salga de la lengua, del pecho, del estómago,

y nos acompañe, nos acaricie.

 

Es virtuoso el que conoce sus notas, sus silenciosos titubeos,

pues este canto no conoce la traición, no ha sido destetado,

y los que se pasean cerca del agua saben de su amor,

hoy le han dado libre a la desdicha.

 

Un pequeño rumor crece, y empieza sin sombras la vida.

 

 

 

 

 

NO ES OTOÑO LA ESTACIÓN

 

no hay verso

por más rastrero

que no aspire a lo alto: estrella

o farol iluminando el ser

de la palabra.

         Eugénio de Andrade

 

Empezaban las hojas a caer, o no caían en absoluto,

y los corazones deseaban iniciar de nuevo su labor,

una terca y cerrada dádiva buscaban,

la que no se da en los salones, la silenciosa.

 

Y era el tiempo una bola de papel,

una cansada manera de decir que estamos vivos,

presos de la voz que decía: “¡Levántate!”.

Nuestras manos descansaban en el aire.

 

Es lenta la búsqueda y confusa y oscura,

la piedra filosofal no va a aparecer.

Los deseos se marchitan en este patio de naranjos.

A veces hay rostros que salvan la pesquisa, amados rostros de un minuto.

 

Las nubes bendicen a los tardos, a los que callan.

Es el día una lenta manera de decir: “Te quiero”.

Hay tinta que mancha los codos y el cielo se aleja, se aleja.

Conocemos lo fundamental en un callejón donde oímos un susurro:

 

“La lluvia cae y conoce tu nombre, cae la lluvia que antes del tiempo te acarició”.

 

 

 

 

 

Nos debemos al alba

 

Traicionar las palabras,

canjear su peso, su color,

en el sucio mercado de los días

es acto que nos llena de muerte

y ceniza y vago afán.

Ha de ser castigado

con el hierro, la soledad,

el tedio y la miseria.

Nos debemos al alba,

plateros, a la dicha,

y al canto y al remo

y al ensueño trazado en la garganta

y a mañanas sin prisa

en las orillas de un mar que ya no es.

Porque al final todo es olvido

para el que al tráfago su sangre dona,

a la parla chi suona

y a conversaciones con tontos

y mercachifles,

y comete delitos en descampado

con las pequeñas,

las terribles y mansas

y arteras palabras.

 

 

 

 

Un poema para no olvidar el árbol de caucho

 

Las hormigas que conocen bien la sombra

no tienen ningún motivo de vergüenza,

no hay sitio que no conozcan

ni dicha que no las llene en las mañanas frescas de la costa.

 

Los mangos que reposan en los senderos recorridos por su impudicia

son hoy ruinas de castillos, lejanos bastiones para dejar de lado y no lanzarse a conquistar.

Los cruzados jamás vendrían a esta tierra, los corceles no piafaron en ella bajo largos mediodías.

Son sus rutas poblados conciertos que cantan la espesura, tiempo callado que no dice vaguedades o intensifica los acentos que viven sobre sus cabezas.

 

Dioses que atravesaron el océano viven en esta tierra desde hace varios siglos

y los que habitan bajo el árbol no se han enterado

o si lo supieron un día no les importó.

 

No hay bajo el árbol de caucho plegarias, no hay consuelo,

todo es vida de esplendor para el olvido.

 

Y las hojas se mueven, el tiempo es eterno en los bordes,

los perros se persiguen desde siempre entre la arena,

festejan los loros y las guacamayas en el cielo delgado que abraza al árbol,

el día pasa con fuegos lejanos y la piedra canta para sí.

 

 

 

 

 

Poema-ofrenda a Alexander Borodin

 

El mundo, esa terca suma de aceite y rostros turbios,

se deshace en las ondas de una música que es gozoso llamado,

esperanza sin duelo ni azucenas,

caminar pausado por el centro del distante hogar que perfección llamamos.

Concedida a los austeros, a los que aman el bello dolor

(ya cubierta con su manto, piloto en ágil nave y caminante de recias sandalias),

la esquiva se ofrece a los que saben farfullar para cansados espíritus,

a los simples y a los orgullosos deletéreos.

Es en los acordes de esta música del buen médico de San Petersburgo

que empiezan a tejerse las rotas hebras del corazón.

 

 

 

 

 

Es el silencio

 

Es el silencio el que necesito en este tiempo de asesinos, y debo serenarme para que todo sea más en serio y como dándonos la vuelta por el Scartaris. No traigo un nuevo ritmo, me adormezco con el sonido de los abetos y estoy detenido observando a los milanos, ya sin prisa. Los momentos llegan y se van como trenes de carga y no es bueno dejarse llevar en estos trenes, porque también pueden dejarte en un campo de concentración y a nadie le gusta que le arranquen los dientes para venderlos como sortijas.

En esas cavernas oscuras del sentido seguramente olía a aceites aromáticos y misterio, áticos y misterio. Y sé dónde se encuentra lo verdaderamente importante hoy, porque sobre mí hay nubes tóxicas y bajo mis pies algo más duro que el basalto, y me lanzo al campo sin tener que darle excusas a nadie. Sé de mi corazón y lo bendigo, lo bendigo, porque, ajado y rumoroso y proxeneta, se ha dejado curtir por el viento para, así, seguir amando el sonido de septiembre entre las hojas del acanto y los cables del alumbrado, ya vida que se niega a ser silenciada por el murmullo de los mentalistas y vaticinadores de un futuro de violencia y calabozos sin pan para beber en tus ojos, tus pestañas, tus alerces. Así empieza hoy todo, y me gusta sentir que el tiempo está pegado con chinches a la pared, porque así podemos echar la rosada cartulina llena de manchas de mugrosos dedos a la caneca, y no recitar la lección de geografía y soñar con Samarkanda, la que brilla en mitad de las montañas.

 

 

 

 

 

Lección básica de historia

Para Álvaro, mi hermano.

 

Terso es el mundo, nefelibatas,

limpio y grande es el mundo,

cuando no tenemos en frente los cables de la luz.

 

El mundo es una lechuga sin pelar

y dando tumbos

en galáctico escarceo.

 

El mundo está triste,

tan triste como el dibujo del Topo Gigio en un basurero.

 

El montón de flores en la poceta las ha dejado el orante tras su malograda cita, estarían mejor en la cabeza de Lucrecia,

y la verde tinta que se riega sobre ellas es la sangre de una estilográfica que las acaricia quedo.

 

Mariposas clavadas por alfileres de plata, plata de Cuzco o Yarumal, decoran las paredes del dormitorio junto al lavadero.

Y las mariposas no quieren volar, quieren quedarse a vivir con los nefelibatas,

en ese terso mundo de lechuga,

lechuga sin pelar,

pateada lechuga frente a los cascos de los caballos que decidieran el día en el Pantano de Vargas,

y que no oyó la voz de aquel chiquito con alma de escalario, gritando: “¡Coronel, salve Usted la patria!”.

 

Esa lechuga, aquella que es un mundo, habrá asistido,

pateada por quedos pies,

a las lecciones de historia patria,

llenas de adjetivos y denuestos,

loas a los mártires

y recuerdos de saltos por ventanas.

 

Esa lechuga que es el mundo

se está quieta oyendo la

tarabilla de las cornucopias y los canales,

lechuga que es el mundo,

verde y dorada, quieta ya, dicha curva, hogar de simetría su penumbra.

 

 

Esa lechuga, aquella que es el mundo,

sueña con verse dibujada

en la esquina inferior izquierda

de un mapa de la península de Yucatán.

 

Y esa semilla que es el mundo

se calla, no porque no tenga nada que decir,

sino porque la aburre la prédica insulsa de su tiempo,

y esa semilla que es el mundo

no se cansa de mirar por la ventana

y de bañarse con el agua de la poceta,

la que corre,

y esa poceta que es ya el mundo

derrama agua para lavarnos de nuestros pecados

hasta el fin de los tiempos.

 

 

 

 

 

Datos vitales

Juan Felipe Robledo (Medellín, 1968). Estudió Literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, donde es profesor. Ha preparado antologías de Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, el Romancero español y Rubén Darío. Ganó el premio internacional de poesía Jaime Sabines 1999 en México con De mañana, libro que Editorial Planeta reeditó en Colombia en 2003. Ganó el premio nacional de poesía del Ministerio de Cultura 2001 con La música de las horas. Poemas y artículos suyos han sido publicados en revistas y periódicos de distintos países de Hispanoamérica.

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