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CÍRCULO DE POESÍA

 

Memorias de un poeta, diálogo con un poeta. Gonzalo Rojas

20 Ene 2012

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Presentamos el primer capítulo y un texto a manera de epílogo que forman parte del libro Memorias de un poeta. Diálogo con Gonzalo Rojas de Esteban Ascencio (D.F., 1965), que recientemente alcanzó su segunda edición. Ascencio dirige actualmente Laberinto ediciones.

Capítulo primero

El hombre es su infancia

La niñez es el fundamento de mis visiones

El hombre es su infancia, como se dice y se habrá dicho tan­tas veces. Hay algo en las infancias que es como una especie de estabilidad esencial y que perdura en el hombre y la mujer hasta el cierre final. En mi caso, la larga niñez, es el fundamento de mis visiones.

La infancia mía es la de un hombre de una clase social limitada por situaciones fortuitas -las económicas, las sociales, las de pensar y las de sentir-. Mi padre fue un minero del carbón que empezó a trabajar a los veinte años en las minas de una región de Chile llamada Lebu (Torrente hondo).

Lebu es la capital de la provincia histórica de Arauco (en Colombia hay una región que se llama Arauca) donde en el siglo XVI un joven de entonces veintiún años, Alonso de Ercilla y Zúñiga, quien gustaba cabalgar por la comarca en un caballo andaluz, escribió un célebre poema épico que Miguel de Cervantes Saavedra incluyó como docu­mento en el primer capítulo de las Aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605) y salvó del filoso escrutinio del barbero. De Ercilla y Zúñiga, el poeta y militar nacido en Madrid, es el autor del famoso libro La Araucana, poema que da cuenta de la guerra de los españoles con los naturales del país, con nuestros aborígenes, que eran los mapuches, los araucanos.

Este grupo étnico, que aún existe, fue muy fuerte pero no alcanzó la evolución cultural de los aztecas. Como éstos, empero, fue un pueblo guerrero que tenía dos espacios próximos a la cordillera. De este lado Chile, y del otro Argentina. Estoy hablando del centro sur de este país, llamado Chile, que tiene 4 mil 500 kilómetros -por lo menos- de litoral frente al Océano Pacífico.

Pues bien, yo nací en ese pueblo de Lebu que tiene un abolengo histórico muy hermoso. Cerca de allí, un indio nuestro de nombre Lautaro (1535-1557) se convirtió a los veinte años en un estratega genial. Lautaro le dobló la mano al invasor europeo y, en una batalla noble y fuerte (1554), mató en Tucapel al conquistador Pedro de Valdivia, quien es el Hernán Cortés de los chilenos. Todo esto ocurrió en los parajes donde yo nací. Parajes aguerridos donde hay un río que se junta con el océano. Mi pueblo es un puerto marítimo y fluvial acotado con rocas portentosas donde el océano azota la costa de una manera cruel; y las minas, especialmente las de carbón, se encuentran bajo el mar. Mi padre, Juan Antonio Rojas, tra­bajó en esas tierras húmedas, en esas minas y yo ahí me crié.

Lebu es como Comala y como Macondo

Cuando mi padre muere cerca de los cuarenta años y deja una familia de ocho niños, el séptimo de los cuales soy yo, la madre queda desequilibrada; tenía que cuidarnos y como era temerariamente despierta, lúcida y valiente, se cambió de Lebu –donde mi padre había hecho una casa humilde, pero casa –a Concepción de Chile, que está un poquito más al norte. Ahí continuaron mis infancias. Quedaron atrás el paisaje fluvial y los bosques.

Salí algunos años de mi paraje, y no es que ahora haya vuelto: estoy volviendo siempre. Todavía, a mi temprana edad de ochenta y cinco años, sigo volviendo a Lebu, porque me parece que Lebu es como Cómala (la de Rulfo) y como Macondo (el de García Márquez), lugares míticos donde uno tiene que volver. Yo vuelvo siempre a Lebu, puerto marítimo y fluvial con mucha madera, donde las naves llegan prácticamente hasta la casa y donde el viento, personaje central del lugar, alcanza ochenta kilómetros por hora. Yo me crié allí, entre las rocas y el océano. Tal vez por eso es muy fuerte en mí la presencia geológica más que la geográfica.

Soy, pues, un animal poético, más geológico que geográfico y más fisiológico que metafísico: muy amarrado a las cosas. Pero no un poeta lárico, ni telúrico. Eso me aburre profundamente, porque es como quien acepta la idea de villorrio, y yo, hijo de un humilde minero de carbón, no soy poeta de villorrio, soy poeta mundano. Nací con mundo, los dioses me dieron mundo -eso es muy curioso—, y me lo dieron tal vez porque influyeron los buenos maestros que tuve en un internado más espartano que ateniense, donde había mucha gente adinerada -muchachos ricos del riquerío-, y donde yo -mucha­cho pobre del pobrerío- me ganaba las becas para poder vivir ahí. A los nueve años ingresé a ese internado, donde se nos exigía leer en voz alta, durante algunos minutos encima de una silla, novelas de Julio Verne o historias de hombres ilustres. Todo esto sucedía mientras los demás comían. Aquello era un suplicio, uno se exponía al escarnio y a las car­cajadas de los compañeros. Sin embargo, fue en uno de esos días cuan­do se me dio el prodigio del gran juego verbal, ahí se me dio el neuma y la vivacidad de la palabra.

Tenía maestros alemanes, franceses, italianos, españoles y también chilenos. Así que me formé en un ámbito de mundo. Eso influyó mucho.

Cuando oí relámpago, descubrí el portento de la palabra

En los primeros ocho años se da prácticamente todo: las claves mayores en cuanto a sensibilidad, a imaginación, al portento expresi­vo, Y yo no era un muchachillo con fijación materna, pese a que mi padre desapareció.

Uno podía tener una amarra mayor con la mamá, pero yo era un animalito libre -libérrimo— y me crié casi a la intemperie del pensar, del sentir y de las comodidades, que eran muy escasas. Recuerdo, por ejemplo, haber salido a las cuatro de la mañana al océano abierto, junto a los pescadores, sin tenerle miedo al oleaje ni a nada, y maravillarme del mar y el cielo infinito acompañando a esos hombres -ami­gos míos- que me querían porque era un chico despierto, temerario y con coraje.

Vamos caminando por esas calles y pendientes tristes del Lebu de su niñez y de su vida toda. Nos paramos frente a la que fuera su casa, esa casa grande de madera que construyera su padre. —Ya no es la misma. Me indica señalando el lugar donde se encontra­ba el cuarto de zinc, aquel donde por primera vez escuchó la palabra relámpago y donde su madre los parió.

Seguimos calle abajo; es un día con mucho viento que agita con fuerza los recuerdos. El rugir del mar forma parte del escenario, es como si estuviéramos encima de su oleaje y miráramos desde ahí esos recuer­dos.

—En aquellos días, jugando con uno de mis hermanitos, en un des­cuido rodé de lo alto de ese cerro- me señala el barranco que está pró­ximo a la que fuera su casa-, rodé y casi me destrozo la cabeza con una roca.

Con la misma frescura recuerdo también el arribo a casa del padre, a caballo, procedente de la distante mina de carbón donde trabajaba. Entraba por el portón, que era una puerta grande, muy grande, y yo lo veía venir. Eso lo tengo dibujado con un poema intitulado precisamente Carbón.

Una vez -tendría yo cuatro años- me quebré un brazo, mejor dicho un codo. Entonces llegó mi padre. La noche era la hora de su presencia, y preguntó:

—¿Qué le pasó a ese niño? —Se quebró un codo —respondió mí madre.

Entonces mi padre pidió que le trajeran agua caliente con sal y una venda. Cuando él me compuso el brazo, sonó el huesito que se insertó de nuevo en su lugar. Eso me gustó, lo encontré poderoso y capaz de resolverme un problema así. Luego seguí jugando. Cuando muere el padre -tendría yo cinco o seis años-, estábamos jugando en esa casa larga de madera que él había construido, era una casa con una galería muy grande donde la lluvia caía furiosamente encima de las láminas de zinc -yo he sido, sin duda por evocación a mi infancia, más partidario del zinc que de las tejas que suavizan el ruido de la lluvia; me gusta el zinc que registra la lluvia como pegando a un tambor-. Estábamos jugando debajo de esa galería y sonaba maravillo­samente la música aquella de la lluvia y el viento. De pronto, comen­zaron a descargarse los rayos, los relámpagos, y a retumbar los truenos.

Entonces oí de alguno de mis hermanitos esa palabra: “relámpago”. Al decir mi hermanito “relámpago” -ese tetrasílabo esdrújulo-, paré la orejita de niño y me maravilló tanto como si esa palabra contuviera más significado para mí que el ruido, la fiereza, el zumbido y el deste­llo mismo del relámpago. Diríamos que la palabra “relámpago” me fue más RELÁMPAGO que el relámpago. En ese momento descubrí el por­tento de la palabra. ¡Qué curioso!

Nadie me había enseñado nada, ni a silabear siquiera, pero descubrí que en esa palabra había un mundo. Esa fue la revelación. Ahí me fue dada la revelación de la palabra. Esto es muy serio. Por eso siempre he sido un animal fónico, más que visual. Mi poesía es rítmica y vuelta a la oreja. Es como si yo registrara el mundo no de una sino de muchas orejas. ¡Eso es muy curioso!

El día que muere mi padre, no sé por qué, pero no lloré

Bueno, eso me pasó, como tantas otras cosas, como cuando vi la muerte por primera vez. Venía bajando por el cerro por donde estaba construida nuestra casa. Vi policías conduciendo unos caballos que traían encima cuatro muertos: mineros que seguramente se habían matado por allí en alguna riña. Entonces había mucha convulsión social.

Tengo en la memoria primero los pies de los mineros colgando del lomo de los caballos y después los cuerpos puestos en el suelo de cara al cielo. Es una visión que ningún cine me podía dar. Una imagen ci­nematográfica sin cinematógrafo.

Luego, el día que muere el padre, en Concepción de Chile, sus hijos esperaban en Lebu la llegada del ataúd, para ser sepultado en el pan­teón local. El duelo hizo a muchos llorar al paso del féretro y cortejo en torno a la plaza de armas, aún custodiada con gallardía por esos dos cañones, “el rayo y el relámpago”. Esa mañana de 1921, yo estaba en casa de unos parientes, en esa casa de madera de mi tío don José Ramón Pizarro, y miré desde una ventana aquel peripatético episodio. Lloraban sobre todo, mi madre, los parientes y mis hermanos. Yo no lloré. No sé por qué, pero no lloré. Tanta sería mi pena, que no me salieron las lágrimas. Además, cuando es uno pequeño casi se divierte con la muerte.

Claro que lo sentí. Sabía que aquella era la desaparición de un hombre importante para mí, que era mi padre. Unos meses antes, él, por casua­lidad o por lo que fuera, nos regaló varias cosas a nosotros, sus hijos. A mí me tocó un caballo que era un potro colorado muy airoso. Me encantaba mi potro al que acariciaba el lomo, la testuz, las ancas y las patas. Encantador animal, el caballito siguió viviendo pues no tenía nada que ver con la muerte del padre. Me maravillaba verlo pastar en los potreros frente al mar.

El caballo para mí llegó a ser un compañero adorable, pero un día me lo robaron y fue como recién entendí la mutilación llamada muerte. La mutilación que implicó la muerte del padre. Desde entonces mi caba­llo encarnó en mí casi simbólicamente.

Si se lee mi poema Carbón, se ve que el padre viene a caballo. El caballo es un personaje dentro de ese pequeño cuento, que tiene cara de relato sin serlo.

En mi obra hay muchos textos por donde andan caballos, y hay uno especial que escribí en Estados Unidos, en una de esas reuniones aburridas que hacen los profesores para discutir sobre los trabajos de los estudiantes.

Esa ocasión estábamos todos hablando esa porquería de inglés, sin reparar en un poquito de español. Así que me puse a escribir un poema. Escribí ese poema que se llama Al fondo de todo esto duerme un caballo; ¿por qué lo hice?, no por el caballo de mi infancia, no por el caballo de la poesía aquella, no por ningún caballo, simplemente lo hice. Esto podría significar que el enigma apareció. Es un poema fun­damental dentro de mi obra.

Inmediatamente después le dije a un muchacho que estaba sentado a mi lado, “¿podrías pasar esta poesía, este director está hablando por­querías?”; entonces el joven fue y le dijo que Gonzalo Rojas había escrito un poema y que deseaba se leyera en público. “Bueno, -dijo el otro que tenía buen humor-, voy a interrumpir esta sesión de traba­jo para leer ahora un poema que me está enviando Gonzalo Rojas, de allá, del fondo del salón”. Y comenzó a leer:

Lo leyó y realmente era un texto fundamental.

En la poesía mía abundan caballos. Es el animal con el que guardo una relación; me gusta la figura de este cuadrúpedo. Porque yo no soy del trato con el león, o del tigre, como decía el señor Borges que le encantaba tanto, aunque no creo que haya tocado un tigre, porque era muy miedoso. No, mi diálogo es con el caballo. Cuando mi padre está vivo todavía en el año de 1921, curiosamente me regaló ese caballo.

A la muerte de mi padre, mi madre alquiló una casa en Concepción y puso una pensión para estudiantes universitarios, y con el excedente que quedaba de lo que pagaban mensualmente los jóvenes que con­currían a la casa, nosotros podíamos comer. Estos hechos son recuer­dos dolorosos de las primeras infancias, vividas a la intemperie y pro­fundidad de la aspereza en la calle “Orompello”. Los ha tenido presentes durante todo este tiem­po don Gonzalo Rojas, y al oírlo tengo la sensación de que no deja ni un instante de buscar esa ilusión que le permita hacer suyos sus fan­tasmas.

El silencio que ahora se ha adueñado de nuestras palabras y nos deja con la sola mirada de imaginarnos lo que cada uno de nosotros está pensando, apenas me permite recordar el poema Orompello:

Que no se diga que amé las nubes de Concepción, que estuve aquí esta década
turbia, en el Bío-Bío de los lagartos venenosos,
como en mi propia casa. Esto no era mi casa. Volví
a los peñascos sucios de Orompello en castigo, después de haberle dado
toda la vuelta al mundo.

Orompello es el año veintiséis de los tercos adoquines y el coche de caballos
cuando mi pobre madre qué nos dará mañana al desayuno,
y pasado mañana, cuando las doce bocas, porque no, no es posible
que estos niños sin padre.
Orompello. Orompello.

El viaje mismo es un absurdo. El colmo es alguien
que se pega a su musgo de Concepción al sur de las estrellas.
Costumbre de ser niño, o esto va a reventar con calle y todo,
con recuerdos y nubes que no amé.
Pesadilla de esperar
por si veo a mi infancia de repente
.

No fui precoz, me demoré siempre, fui como un hereje, un disidente de la prisa

Yo fui muy perezoso, aprendí a leer muy tarde, me demoré, éste es un signo muy mío. Otros chicos son muy impacientes, quieren obtenerlo todo rápido. Yo no tenía que hacerlo. Me encantaban las cosas, me demoraba mirando, me divertía jugando, dormía bastante. Mi hermano Jacinto Rojas Pizarro, el más próximo a mí, mayor que yo, llegó a ser un gran médico con un talento enorme y una habilidad para todo. Fue siempre una figura preciosa. Más adelante, en la vida, no estuvimos de acuerdo en algunas ideas, pero de mi hermano digo que él tenía lo que yo no tengo. Gozaba de una facilidad para resolver­lo todo: aprendió a leer a los cuatro o cinco años, era el mejor estu­diante de todos, era como quien dice un espejo en qué admirar. Yo no lo admiraba, más bien me parecía divertido, y encontraba que aquello no era tan importante. No hubo, con todo, ninguna rivalidad entre mi hermano y yo.

Digo esto porque yo aprendí a leer a los ocho años. Todos mis her­manos eran gratos. A todos los quería por igual. Pero él era como quien dice el modelo para mí y, sin embargo, no lo fue. Yo era un muchacho que se demoraba. Aprendí a leer tarde, pero cuando ocurrió lo hice en dos meses. Lo resolví y me di cuenta que nada era difícil. No fui precoz; esto es importante señalarlo. Hay poetas precoces, hay figuras precoces, existe la precocidad. Rimbaud fue un poeta precoz y no pudo serlo más. Neruda mismo, a los quince años ya estaba hacien­do poemas maravillosos. Yo no. Yo fui lentiforme. Me demoré siempre, la impaciencia andaba fuera, no confié. Fui como un hereje, como un disidente de la prisa. Me fastidió la prisa y en toda mi vida ha sido incómoda.

La prisa por la prisa es un aburrimiento. Es la prisa que los yanquis nos impusieron con el proyecto del éxito incesante e inmediato lo que me parece un asco. ¡Qué fastidio la búsqueda del renombre inmediato! El padre me dio el nombre, ¿para qué quería el renombre? Eso no me interesaba y no me interesa.

El aislamiento me afectó porque era un animal libre entre las rocas y el océano

Mi reclusión a los nueve años en ese colegio tan duro y tan hermoso, en ese internado espartano, especie de instituto internacional dentro de la provincia, del que sólo podía salir una vez al mes, me afec­tó profundamente, porque en Lebu yo era un animal libre entre las rocas y el océano, y cuando jugaba entre los animales no me importa­ba más nada.

De modo que llegar a ese mundo de normas implacables, que era pétreo y cruel, supuso un aislamiento que atentó contra mi libertad sil­vestre, pero me dotó de la libertad de la cultura. Ese mundo de grandes patios rodeados de columnas y aulas hermosas me condujo a la gran biblioteca del colegio y a esa área que decía: “Libros prohibidos”. Los leí todos, por supuesto. Empecé a leer corno loco esos cincuenta volúmenes en formato mayor de la Colección Rivadeneira. Leí a los clásicos un poco influido por los jesuitas, aunque el colegio no era jesuita. Leí a los clásicos españoles de los siglos XVI y XVII al mismo tiempo que leía a los griegos y a los romanos -después vine a saber que Darío hizo lo mismo en su plazo-. Me encontré con Safo, Marcial, Catulo, Petronio, Bocaccio, Voltaire, Renán, Zola, lo mismo que con Baudelaire y Séneca. Así como con mi Marco Aurelio y mi Agustín de Hipona.

Tuve algunos profesores de mucha gracia, de mucho dominio en su disciplina. Un profesor alemán -que además era cura- de nombre Guillermo Jünemann me enseñó muchas cosas; era un hombre grande, muy crecido, así como Julio Cortázar, con más de dos metros. Ese pro­fesor sabía griego, romano clásico, italiano, desde luego alemán. Eso influyó en mí. Aún cuando ese profesor no quería influir en nadie, tenía una comunicación distinta. Con él aprendí a leer por dentro a los clásicos. Leímos juntos en clases lo mismo a Garcilazo que a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León que a Miguel de Cervantes Saavedra. Una vez, antes de escribir en el pizarrón, nos pidió excusas, y nos dijo: “Niños, anoche hice algo que quiero contarles: traduje la primera parte del primer canto de La Iliada de Hornero. Ahora voy a poner en griego, en este pizarrón, los dos versos iniciales” —y los puso— “y en este otro (que también había en el aula) voy a poner la traducción”. Era una versión maravillosa. Una traducción casi literal que a mí me admiró por el ritmo y la cadencia. Tanto me gustó que me la aprendí de memoria. Y como soy memorioso, todavía conservo el recuerdo de esas líneas. —Gonzalo Rojas hace una pausa y de un salto comienza a recitar—:

Leí pues a los clásicos, por eso hoy día me parece absurdo que los muchachos crean que ya no es necesario leer o que lean en el destello de la lámpara esa que se llama computadora. No saben, no tienen el olfato de la lectura, no intraleen, no se demoran, no reparan en lo que es una sílaba, en lo que es una vocal. No lo hacen porque no hay tiem­po y todo va deprisa en esa máquina sigilosa y pretenciosa. Y no es que yo tenga nostalgia, sólo sé que tengo otro ciclo en la vida de Occidente y del mundo. Y esa trampa de la globalización… Mi mundo es distin­to, nada más.

Epílogo

Sueños de lluvia y otros tiempos

No es fortuito encontrar en la vida a seres a quienes, de algún modo, buscamos. Para mí, buscar siempre ha sido una necesidad, o al menos esa especie de sentimiento desorientado y torvo al mismo tiempo, que indica el momento de esperar, como si viajara en nuestro hombro el portavoz de palabras precisas, y las deslizara una a una por el caracol, hasta cifrar el mensaje, y ver el contenido develado, el asombro.

En el verano del 2000, llegué a Buenos Aires poco después de la media noche. Horas más tarde, mientras caminaba por un sendero del parque Lezama, me llené de escalofríos, no eran comunes aquellos, en parte se debían a la espera de esos años pero, sobre todo, su origen estaba en la presencia absoluta de Ernesto Sabato. A donde mirara, me encontraba con él. Ceres, aunque ya no en su lugar, me contemplaba, y yo, sin remedio, abrazado, me fui a sentar en aquella banca, deslicé entonces la vista hacia el pasado tan presente en esos instantes de mutación hacia el futuro. Ante mí estaba el destino, las circunstancias se tejían de modo tal, que nadie –sinceramente– hubiera escapado a él, era como estar ante un dador, alguien a quien le está permitido mezclarse en la sangre de uno. Mi silencio duró apenas unos segundos, suficientes para comprender lo dilatado de los años, lo cercano del abrazo. El hado se manifestaba en aquel tono opaco de la tarde e impulsado por el instinto de sobrevivencia, caminé en dirección a San Telmo, todo indicaba me encontraría con algo más que una pista, pero no fue ésa la tarde, mas, si un soplo el oleaje de la brisa. ¿Qué esperar de un presentimiento? Años después volví y encontré lo buscado.

Antes, conversé con mi amigo el poeta Horacio Salas, allá en el barrio de Palermo, frente al zoológico, donde Jorge Luis Borges cuántas veces no habrá mirado los ojos del tigre o el tigre cuántas no habrá visto su ceguera. Allá ellos con sus encuentros, lo mío es esta historia, y las historias están hechas de recuerdos… Miraba a través del cristal de la ventana, la lluvia asomaba por la rendija del relámpago que se abría paso entre las nubes, cuando Horacio me dijo: –Esteban, Gonzalo está al teléfono–. No sabía de quién se trataba, pero reconocí la amistad, había estado allí desde aquel tiempo. Y aunque hoy lo digo con esta calma de tortuga, esperar, no significaba lo mismo. No al menos para mí.

Horacio me dijo: –Para mí, Gonzalo es el poeta vivo más importante de lengua española–, y yo seguía sin entender, y como soy corto de entendederas, al día siguiente me fui a Chile, debía estar a las 10 a.m. de ese domingo en casa de Rojas, y era viernes al mediodía, y viajaba en aquel autobús que por la mañana del sábado dejaría atrás la cordillera de los andes. –De Santiago a Chillán son cinco horas –me había dicho Gonzalo–.

Llegué a la estación del tren; bastó cruzar un par de avenidas. De noche recorrí ciertas calles de Chillán, hasta identificar la casa de Gonzalo, de donde salí después de 30 días de la primera estancia. Nunca le pregunté cómo me abrió su corazón. No fue necesario.

La soledad un rasgo muy suyo. Lo entendí poco a poco, de manera natural y sencilla, como se aprende a pintar siendo niño, respirando el mundo, viajando en ritmos distintos. –Cuando cumplí ochenta años, me vine a festejar aquí, solo y mi alma, en Lebu, y sobre este muelle de fierro, y ante el oleaje de este océano miré las estrellas. Pero más que un nostálgico, soy un desamparado. La nostalgia no me gusta, es venenosa. Y yo digo que nada tengo que ver con la vejez ni con la muerte. ¡Qué hermosura! Mirar desde ese muelle el océano de aquella noche en que el viento se hacía cada vez más fuerte. Me gustó aquello porque ése siempre he sido yo. Ése es mi mundo. Las infancias y adolescencias de un disidente–.

Pronto vi en la figura de ese hombre el portento de lo humano, lo sencillo sin mayor pretensión; el juego auténtico de la verdad. Gonzalo es como esas tardecitas de lluvia donde el tiempo se nos pasa con un libro en la manos, y ya entrada la noche, a pierna suelta, reconocemos el bien que no hizo, la falta que nos hace. Pero eso no es todo, por la mañana husmeaba en los rincones de su casa, cualquier indicio era importante para acercarme a él. Hurgaba su memoria, con algún comentario o alguna duda. Así, fui aprendiéndolo, degustando una copa de vino, con queso, pan y jitomate, no faltaban la carne ni las sopas. A veces en sorbos de café se nos iban las horas, o en un trago de güisqui veíamos el atardecer cubiertos de calma. Cuando la calma parecía un aliado, pero lejos estaba de serlo. Jamás en mis estancias imaginé cuánto lo recordaría.

Reía poco, mas, lo poco que compartimos –estoy cierto–, nos llevaron a la felicidad. Cómo no recordar aquel mediodía con la lente de la cámara en el ojo, y el índice presionando el disparador, y él, luego de echar a un lado las edades, regocijado hacía barra sobre el brazo de aquel árbol. –Apúrate, Ascencio, apúrate, me estoy cansando–, me decía, y yo, todo un profesional de la intromisión en la técnica fotográfica, disparaba y disparaba… Reímos, suficiente fue la risa, suficiente para el resto de los días juntos. Suficiente para mí…

Y ¿Qué hago con estos pedazos de noche y de tarde?, ¿con estos fragmentos de mañana en Lebu? Los guardo aquí, cada mañana en el bolsillo del pantalón, es esta Fe y esta Esperanza por mantener equilibrado el corazón, reinventándolo a diario, con esa reniñez tan suya como nuestra. Porque ese día, no era para quedarse callados, ese día era para reinventarse. Por eso asumí como míos aquellos silencios entre las siete y las ocho de la noche, allí, en el cuarto de música, donde la sinfonía maestro-alumno proponía los primeros movimientos. Pero siendo honesto, jamás se pronunció como tal. –No me llames don Gonzalo, dime simplemente Gonzalo–. Me repitió tantas veces.

Entonces, respirando hondo los rojos y amarillos de las rosas, dialogamos a los sufís, y  nada de andar en los orígenes y fundamentos, nada de eso, bastaba mencionarlos para orientar la búsqueda, para recibir la punta de la madeja, para pensar: “de ti depende llegar al otro extremo”. Pues el hombre es libre de arrojarse a un abismo si así lo desea. Lo mío fue sujetarme a él, al universo cósmico de su espíritu: la palabra. De todos es sabido, cuántas no lo dijo: –El poeta es un animal de palabras–. Si uno observaba en calma, deteniéndose en esas cotidianidades, como aquel mediodía en el mercado de Concepción, preso de sabores, registré la paz del poeta, porque Gonzalo hasta en los gestos lo fue, ningún instante escapaba a su oficio. No necesitaba un motivo para labrar buenos deseos o buenas acciones. Presente el amor en él, el equilibrio estaba dado, y aquél que estuviera cerca, sentía ese respirar verdadero. No me equivoco al decir que Gonzalo Rojas fue feliz, es verdad, conocía las limitaciones, pero recogerse dentro de sí lo fortalecía, de cierto modo, su alma siempre estuvo dispuesta al infinito.

Como la tarde con su San Agustín de Hipona, y su Marco Aurelio, cuando perderse fue necesario, y esa mañana en Lebu, acompañados de su San Juan de la Cruz y de su César Vallejo, mientras comíamos una deliciosa sopa de mariscos, y si este paladar no me miente, nunca he vuelto a probar algo parecido. Me lo había advertido horas antes de mirarnos sopear el caldo, antes de sudar el sabor casi insólito de la verbena que mascábamos. –Cuando lleguemos, te llevaré a comer una sopa de mariscos que no olvidarás–. No sólo no olvidé la sopa, Gonzalo es un terco…

Ahora, la distancia es infinita, y no habrá más viaje juntos. Comparto la mañana gris en que me dijo: –Ascencio, ¿recuerdas cuando hablamos del Retrato del artista adolecente, y de la embarcación en Valparaíso y de la librería La Joya Literaria?–Sí, contesté. –Ojalá pronto hagamos ese recorrido–. Como juntos caminamos por la Universidad de Concepción de Chile, donde sucedieron aquellos encuentros de los escritores, que el mundo conocería como integrantes del boom latinoamericano.

Hoy tan presente y lejano, lo pienso: porque tantas son las enseñanzas, como tantas las Meditaciones de Aurelio, y si la vida no es un sueño, poco se puede esperar de ella. Ahora mismo caminamos por este puerto de Valparaíso, más adelante espera el buque de la Sudamericana de Vapores, llamado Presia. Lo abordaremos y haremos ese viaje de Valparaíso a Ditquen, por casi todo el litoral chileno. Con el libro de Joyce en las manos, nos sorprenderá la brisa y ese aire, testarudo y vital, agitará no sólo las páginas, lo hará también como con el alma nuestra, y con los huesos que descansaremos sobre las literas de tercera clase.

Mi garganta inundada sucumbe ante la nostalgia.

Aquí están, van de un pliegue a otro de mi cerebro. Gonzalo repite: –Demórate, Ascencio, demórate–, al oírme hablar de Ernesto, en esta mañana de invierno. Nunca pensé ver este jardín sin flores, nunca como hoy, sin él… Y el jardín de Ernesto y Matilde, ¿qué habrá sido de él?

¿Alguna vez has mirado el escalofrío?

Yo no voltee esa tarde, no quise, no pude hacerlo. Pero allí quedó mi brazo y mi ojo izquierdo, y desde entonces, conmigo anda corre que corre ese pie y ese ceso vagamundo montado en el brío colorado de la palabra relámpago, y estos papeles y más papeles, de ríos turbios y agitados aires…, y éste, acércate Ascencio, y yo allí, sentado a la orilla de la vieja cama china de espejos, oyendo los versos nacidos de Jerusalén a Madrid, dilatados en lo hueco de la puntualidad larvaria.

Con la botella de tinto en las manos, Gonzalo me dice: –Esteban, escoge tú el queso–, me lo pide a mí, que le debo el último abrazo y no sé cuándo habré de pagárselo, a mí, que nunca le hablé de la adopción de aquella mañana, a mí, que lo sigo desde esa calurosa tarde en Buenos Aires.

Ahora, en este largo corredor de su ataúdica casa, siento cada palabra, cada oleaje de su Lebu, como un aire, un aire, un aire. –Instálate –me dice–, te espero en el estudio–. Ahora, en esta habitación, más feliz que extraviado, corro la cortina y veo en esta fotografía el rostro pálido de Juan Antonio Rojas, en el vertiginoso descenso de su tarde de lluvia, de su Carbón infinito.

Voy a atrapar la voz de Gonzalo, que zumba y zumba, como un granizal sobre el zinc, como el mismísimo eros antes y después de la oralidad, que estremece, y renace. Dos vasos y una botella, tan real que parece un sueño… Pienso en el dador.

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