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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 338: Gustavo Ruiz Pascacio

29 Feb 2012

Gustavo Ruiz Pascacio

Presentamos la poesía de Gustavo Ruiz Pascacio (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1963). Es ganador del IV Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa (2001) con el poemario El amplio broquel de la melancolía, y del Premio Nacional de Ensayo para Crítica de Artes Plásticas Luis Cardoza y Aragón (2003) con el ensayo La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma.

 

 

 

 

De: El Equilibrista y otros actos de fe, Casa Juan Pablos Editores-Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, México, 2000.

 

 

 

Despacho a Patricia

(Fragmentos)

 

II

 

En Patricia hay un mármol tallado en mar.

En su centro el sol calcina recuerdos

de marineros ciegos. También hay un espejo,

ancho como la tarde, que desvanece rostros

cuando pulsan sus voces los desamorosos.

En Patricia, ocurren días, que de las membranas

del sol el viento moldea una garza, un lumínico

fruto, un hiriente costado, ladera de mieles,

poliflor. En Patricia los arroyos cuentan la esencia

de todas las cosas, la magia común de los fidelísimos,

el ubicuo ruego de los pasionarios. Suele Patricia

ser un territorio de inusuales soles.

 

 

IV

 

Es el país de las historias profanas contadas

a contraluz en un rincón gótico. Es la bocanada

de humo más próxima a la hoguera donde serenan

sus almas los errantes y los infaustos. Es el

alivio a la seducción de los claroscuros en un

instante retinal. Es el abismo que llama por su nombre,

Patricia, acantilado de memorias y desvelos.

Es el país de piececillos andantes. Un poco de savia,

un poco de ruina.

 

 

  

XI

 

Creen en la canción de cuna de los árboles

que anuncían el crepúsculo. Confían en la entreluz

de los amantes justo en la cúspide de su minué lunar.

Los habitantes de Patricia tienen la plena convicción

de que el calor anida en las mañanas vecinales de los

bosques de junio. Sus cándidas manos arrullan el terminal

afluente de las aguas creederas, libres del hechizo de

los impíos. Aquí, en Patricia, un eremita saluda

los esteros de cristalino mar, besante de pieles.

Aquí, confieso los límites del fuego y me sorprendo

de véspero ataviado.

 

 

  

Salmo crepuscular del Equilibrista antes de enunciar sus actos de fe

 

Ascendido al brazo de los campanarios,

en la fortaleza del culto de la aguja

que invoca a desatar la lengua de las heridas,

el equilibrista acentuaba su plenitud.

Colgado de las atalayas,

barrido por el aura meridional,

manaba salmos de indeleble memoria,

aprendidos en una lejana ordenanza,

sacratísima estancia de lo improfano y lo despreciable.

“Que me sacuda el espasmo del holocausto,

  que allanen mi mesa los infieles,

  que me desnude la lluvia del sobresalto,

  pero que no me vuelva carne hacia el vacío,

  que no me gane el suelo como último asiento,

  sin antes manar la persistencia

  de lo improfano y lo despreciable”.

 

 

 

 Ad infinitum del Equilibrista

 

Nos ha dado la inaugural sensación de los días,

el postrero territorio de la noche,

la unánime geografía de los fervorosos.

 

Nos ha dado el ufano escenario de la horda,

el persistente tupé exaltado de viento,

el fulgor de la súbita mirada.

 

Nos ha dado la carne en el cálido vitral del encaje,

el espíritu en el clandestino afán de la materia,

los átomos rompientes en el estremecido muelle.

 

Nos ha dado la cenital vigilancia de la jauría,

el mínimo rasgo del cóncavo cielo,

y sin embargo,

todavía nos arraiga

el fantasmal vértigo del vacío.

 

 

 

 

Epitafio del Equilibrista hallado debajo de La Algazara

 

Humana, pálidamente humana,

como el espectral acento de mi padre

al bajar la tierra de los confidentes.

Humana, tímidamente humana,

como el desengaño de los matinales trashumantes

al tocar la puerta del mediodía.

Humana, desgarradamente humana,

como el destino del jinete ciego

de luzcontraluz

en su sitio de encanto.

Humana, extremadamente humana,

como la abierta memoria en turno

del erguido faro

llamándonos la esperanza a cuenta.

Humana, dulcemente humana,

como el lomo de la baranda

besando la anciana

en el descanso del porvenir.

 

 

 

De: El amplio broquel de la melancolía, Colección Biblioteca Popular de Chiapas, No. 7, CONECULTA-Gobierno del Estado de Chiapas, México, 2001, 93 pp.

 

 

La casa donde nació el poeta

(Fragmentos) 

 

I

 

La casa donde nació el poeta

Tiene la arcilla quemada de los siglos,

donde las voces que arañan sus paredes

son la esparcida memoria de lo infausto.

En su admirable batallar de pisos

un terraplén se inunda del orgullo

de poseer, sin mina, el coraje

y la perpetua vigilia de la noche.

 

 

 

III

 

La casa donde nació el poeta

tiene una escala que asciende lo mirífico.

En su prodigio convergen las páginas

devotamente alumbradas por la cima.

Por cada cifra que asiste sus peldaños

Ocurre un ápice indicativo de la victoria,

Y una motriz instancia donde copulan

la fortaleza de Dios y el terco sueño.

 

 

 

 V

 

La casa donde nació el poeta

lleva teñida la afrenta del dolor.

El yermo cobertor de las edades,

la duda cayendo como un rosario a cuestas.

Profunda, a ratos indulgente,

lleva el tiránico ahogo del destino

aferrado del balanceo de la mecedora

y el metálico indicio del adiós.

 

 

  

De: Escenarios y destinos, Colección Hechos en Palabras, No. 24, Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, México, 2008, 97 pp.

 

 

Coda del suplicante al vértigo del hemisferio

 

Del golpe que asume la distancia no te fíes.

Del manto que asila el dolor del crepúsculo.

De la dimensión racional de la lápida cayendo.

No te fíes del alba que rae la hermosura.

Del mártir que ruina su mustio visaje.

De los notables del círculo su cordón anudando.

Del llavero que suena la fe de la puerta no te fíes.

Del alcázar que almacena la orden del látigo.

De la tinta que asoma subrepticia en esta página.

 

 

 

 

 Oración

Agradezco a la diestra solitaria del magnánimo

el punto donde convergen

mis pasos habituales y esa mujer errante.

La noche que me da en las narices

cuando los fantasmas recorren la calle.

El pago del diezmo en los aparadores

que siempre simulan

la bonificación de la ventura.

Agradezco también la ira

del que le pesa la mañana.

Y el rito puntual

del recogedor de basura,

que nos hace sentir

que todo se lo lleva.

Incluso la caricia que hoy sólo nos odia,

y el odio vestido de pulcro lino

despidiéndose al pie de la escalera.

 

 

 

Después de los confines

(Fragmentos)

 

Construimos la ciudad.

En espera quizá de la profusión de las mareas.

Como una alusiva encomienda de lo fehaciente y lo mendaz.

Como quien llega siempre a la hora del preceptor

y hay un criterio de romper filas acechando.

Construimos la ciudad.

En espera quizá del primer nombre de tu cuerpo.

Como una lerda sensación del quebranto de la materia.

Como la presta caricia sin fondo del espíritu.

Construimos la ciudad.

En espera quizá de cierta ocasión para recorrerla.

Con los ojos que siempre quisimos verla.

Con los rostros que alguna vez dijimos nos miraban.

Con los días y las noches que nadie nos dio.

Con la pulpa y la cáscara del Mundo.

Con el tallo y la corteza de lo que nombramos.

Con el Centro y sus afluentes.

Con el ir y venir de nuestras orillas.

 

 

 

 

Como quien fija el domo de los amores invisibles

así te has ido por la pupila de la noche

sobre el descaro de los reflectores

que te secundan con una piel de luna

bajo la pendenciera sensación de los edificios

troca tu busto un lento aroma de canela

continuamente entonces el rumbo de las cosas

sigue tomando su vocación impar

su acento de ciudad alimentada

su impredecible importe de pasiones

yo me pregunto entonces

¿si no carezco de ti, carezco de tu nombre?

te volverá la noche un hilo del cardumen

tal vez sea tu nombre la tela del amor en que no me miro

 

 

 

 

 Cuando en lo alto la ciudad me mira,

sólo me acuerdo de ese sol

que nace después del aguacero.

De cómo rompen los rayos de mi aura

el atavío de los impostores.

De cómo soy el origen y el redoble

del entrecruzamiento de la calma y la resurrección.

Cuando en lo alto la ciudad me mira,

solo me voy por el sendero aural.

La miniatura de mi boca canta.

Soy el origen y el redoble de un sutra.

El abanico que persigue la campana del mantra.

El ora en tierra y su cavidad de cielo.

Cuando en lo alto la ciudad me mira,

no me retiro al borde del aposento después de una salmodia.

No soy la boca.

Ni el tañido de la explosión en la boca.

No soy ni el movimiento de la boca.

 

 

 

Tiramos la casa ayer.

Primero los goznes de las manos en conflicto,

el caramelo del día y la cereza de los pezones.

Luego vino la ganga de las cortinas

y el desprender los pisos de nuestros pasos.

Para las seis de la tarde

ya habíamos arrojado el llanto y la cocina.

Dejamos para la noche

el remedo de los colchones y la catequesis.

El colofón del desahucio fue un cierto dolor de pecho.

Hubiésemos intentado otras acciones.

Arrojarnos sobre la pared del patio por ejemplo.

Pero decidimos tirar la casa.

Quizá porque nunca existió.

 

 

 

Datos vitales

Gustavo Ruiz Pascacio (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1963). Es licenciado en letras latinoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Fue becario del Centro Chiapaneco de Escritores durante el bienio 1993-1994, en el género de poesía; y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FOESCA) en 1996 y 1998, ambos en el género de ensayo. Ganador del IV Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa (2001) con el poemario El amplio broquel de la melancolía, y del Premio Nacional de Ensayo para Crítica de Artes Plásticas Luis Cardoza y Aragón (2003) con el ensayo La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma. Es autor de los libros de poesía: Cualquier día del siglo; El equilibrista y otros actos de fe; El amplio broquel de la melancolía y  Escenarios y destinos; así como de los libros de ensayo: Los fantasmas de la carne (las vanguardias poéticas del siglo XX en Chiapas); Los designios de la Diosa (la poética de Efraín Bartolomé), y La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma.

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  • Gustavo Ruiz Pascacio

    Agradezco a la vasta construcción de la fidelidad poética el espacio aquí otorgado. Un abrazo siempre.

  • Chinca C. Salas R

    Patricia es un mar de maravillas, infortunios, abismos, laberintos y valles de pasiones que lleva a viajar por el meditarraneo con su aroma, con sus sensuales labios, mirad como ella me hace esclavo.

    Que nunca canten las campanas en el momento crucial de los salmos, perdería la alegría, el instante supremo de los enjambre y el correr por el péndulo del tiempo con su florido mundo de cortes de vida, mirad que el mundo comprende que corre el canto dela horas con las mañanitas.

    Con mordaz entusiasmo vemos el equilibrio, mundo espiritual para alcanzar los cielos, admirar el campo, el tiempo y la virtud de saber andar sin redes para mirar al viento y caminar sobre las cuerdas con arte, majestuosidad.

  • Gustavo Ruiz Pascacio

    Gracias, Chinca, por la verticalidad estelar de tu palabra, bienhallada desde adentro.

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