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CÍRCULO DE POESÍA

 

La hiedra de Charles Dickens y un recuerdo de Pessoa

07 Feb 2012

Charles Dickens

Como breve homenaje, en el bicentenario de su natalicio, presentamos “La hiedra”, poema de Charles Dickens (1812-1870). Asimismo, acompañamos esta versión de Mario Bojórquez con unas curiosas notas que el poeta portugués Fernando Pessoa dedica al famoso Mr. Pickwick.

 

 

 

La hiedra

 

Es planta delicada la dulce verde hiedra

que se arrastra solemne en la antiguas ruinas.

De lo que engulle escoge, por su mejor banquete,

—me supongo—, su celda por solitaria y fría.

La pared se derrumba, la piedra se deshace

satisfecha su hambre, su delicado antojo

es el polvo enmohecido que los años deshoja:

es su alegre sustento, su comida feliz.

 

Se arrastra sigilosa donde no existe vida,

es una rara planta la verde antigua hiedra.

 

Y se eleva instantánea aunque no tiene alas

sólo late en su cuerpo un firme corazón.

Cómo se adhiere, enrosca, aferrada a la tensa

inabarcable rama, del negro enorme roble.

Y astuta se desliza, suavemente en el suelo

y sus hojas semejan leves, amables olas.

Alegremente abraza y rastrera rodea

el rico moho fúnebre en la tumba de un muerto.

 

Se arrastra sigilosa donde la muerte es triste,

es una rara planta la verde hiedra antigua .

 

Edades han huido y sus obras decaen

y naciones enteras, dispersadas se alejan;

sin embargo, la hiedra no se marchita, es fuerte

su salud es robusta y su verde abundante.

Vieja y valiente planta en tus días solitarios

te alimenta el pasado y a la memoria nutres:

Por más alto e imponente, un edificio se alce

aunque sea el alimento de la hiedra voraz.

 

Se arrastra sigilosa donde el tiempo se acaba,

es una rara planta la antigua hiedra verde.

 

Charles Dickens

 

The Poems and Verse of Charles Dickens. Ed. F.G. Kitton. New York: Harper & Brothers, 1903.

 

Versión libre del inglés, Mario Bojórquez

 

 

 

The Ivy Green

 

Oh, a dainty plant is the Ivy green,

That creepeth o’er ruins old!

Of right choice food are his meals, I ween,

In his cell so lone and cold.

The wall must be crumbled, the stone decayed,

To pleasure his dainty whim:

And the mouldering dust that years have made

Is a merry meal for him.

      Creeping where no life is seen,

      A rare old plant is the Ivy green.

 

Fast he stealeth on, though he wears no wings,

And a staunch old heart has he.

How closely he twineth, how tight he clings,

To his friend the huge Oak Tree!

And slily he traileth along the ground,

And his leaves he gently waves,

As he joyously hugs and crawleth round

The rich mould of dead men’s graves.

      Creeping where grim death has been,

      A rare old plant is the Ivy green.

 

Whole ages have fled and their works decayed,

And nations have scattered been;

But the stout old Ivy shall never fade,

From its hale and hearty green.

The brave old plant, in its lonely days,

Shall fatten upon the past:

For the stateliest building man can raise,

Is the Ivy’s food at last.

      Creeping on, where time has been,

      A rare old plant is the Ivy green.

 

 

 

 

Un recuerdo de Fernando Pessoa

 

 

 De Charles Dickens— Pickwick papers

 

Mr. Pickwick pertenece, sin duda, a las figuras sagradas de la historia mundial. No se pretenda, por favor, que nunca existió: lo mismo le sucede a la mayoría de las figuras sagradas, y aún así, han sido vívidas presencias de consuelo para un número considerable de desgraciados. Digamos, si un místico puede afirmar su personal cercanía y clara visión de Cristo, cualquier hombre puede, entonces, afirmar su visión clara y cercanía personal con Mr. Pickwick.

 

Pickwick, Sam Weller, Dick Swiveller— han sido presencias personales y cercanas de nuestras mejores horas, irremediablemente perdidas a través de algún truco ilusionista que nada tiene que ver con el tiempo y el espacio. Han pasado de nosotros en una forma más divina que la muerte y los hemos conservado en la memoria de una manera más auténtica que el recuerdo. Las humanas ataduras del tiempo y el espacio no los unen a nosotros, ni deben lealtad a la lógica del tiempo ni a las leyes de la vida ni a las veleidades del azar. Nuestro jardín interior, donde ellos deambulan, está adornado con las flores de todas las cosas que hacen plena y placentera la existencia: la hora después de comer en la cual todos somos hermanos, la mañana de invierno en que juntos caminamos, los días festivos en que los desenfrenados gestos de nuestra imperfección— verdades biológicas, realidades políticas, sinceridad, deseos de aprender, el arte por el arte mismo— descansan en el inexistente más allá de las colinas cubiertas de nieve.

 

Leer a Dickens es obtener una visión mística— pero, a pesar de que él insista que se trata de una visión cristiana, no tiene nada que ver con una visión cristiana del mundo. Es una renovación del viejo festival pagano, la antigua alegría Báquica en el mundo que sigue siendo nuestro, aunque transitoriamente, por la coexistencia y plenitud del hombre en la comunión del bien como parte de la humanidad perenne.

 

Es el trabajo humano, y la mujer no tiene ninguna importancia en él, del mismo modo que en el mundo pagano ocurría y es verdad. Las mujeres en Dickens son de cartón y aserrín para empaquetarnos a sus hombres en el viaje desde el espacio del sueño. La alegría y el entusiasmo de la vida no incluye a la mujer y los antiguos griegos, quienes practicaron la pederastia como una institución de bienestar social, lo supieron desde el principio hasta el fin último.

 

Las mujeres de Dickens son muñecas, pero todas las mujeres, en realidad, son muñecas. Algunos pensadores en el Concilio de Nicea, afirmaron que la mujer no tiene alma. Su existencia es bi-dimensional frente al tri-dimensional psiquismo del hombre. Las mujeres son mero ornamento para la vida del hombre— de su vida como un animal, le sirve al hombre para satisfacer el instinto, de su vida como ser social, le sirve para dar continuidad a la sociedad en que el hombre  vive  y, para el trabajo, creando de nuevo como un ser intelectual, le sirve como parte decorativa del mundo exterior, con paisajes, porcelanas, fotografías, muebles antiguos…

 

…..

 

Su caricatura elevada al supremo arte hace de lo irreal un cierto modo de realidad. Mr. Pickwick tiene más sólida densidad que algunos de nuestros conocidos, existe mucho más que nuestro vecino y es una persona más viva que docenas de ellas, como la Trinidad…

 

En algún lugar seguramente, cuando una mano nos despierte al sacudirnos por los hombros o aún los mismos dioses adelgazados en la mentira, el Destino permitirá un Paraíso para aquellos que comulgaron en Pickwick, aunque no en Cristo, que creyeron en los dos Wellers, aunque no en la divina Trinidad. Vivirán recluidos en la gloria del Cielo y en los tormentos eclesiásticos del Infierno, sin olvidar del todo al viajante tuerto del saco, desdeñando apenas algunas cosas como la ausente camisa detrás de la sucia corbata de Mr. Bob Sawyer.

 

Ese es el destino de las alegres cosas que nunca existieron, de las tristes cosas que pasaron también. Pero las cosas que viven por el mero gesto de su creación— su Ática permanencia… su Báquica permanencia, el dinámico esplendor de la conciencia, la transubstanciación de la normalidad.

 

Fernando Pessoa

 

 

(Los primero cuatro párrafos, tecleados a máquina de escribir por Pessoa, fueron publicados en Páginas sobre Literatura e Estética de Antonio Quadros, Europa-América, Lisboa, 1987. La continuación del texto, escrita a mano en el reverso del mecanoescrito, fue publicada por primera vez en The selected prose of Fernando Pessoa by Richard Zenith, Grove Press/New York, 2001, pp. 217-218.)

 

Traducción del inglés, Mario Bojórquez

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