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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía boliviana actual No. 8: Oscar Gutiérrez Peña

02 Feb 2012

oscar

En el marco del dossier “Poesía boliviana actual”, preparado por Gabriel Chávez, presentamos el trabajo de Oscar Gutiérrez Peña (1971). Ha merecido el Premio Nacional de Poesía de Santa Cruz. y el año pasado el Premio de Poesía de la Universidad Gabriel René Moreno de Santa Cruz. Está próximo a aparecer su poemario Ciudades interiores.

 

 

 

 

Turismo de vos

 

Quizá comience visitando la plazuela de tu boca

sus mutuas calles

sus ocho esquinas

su doble callejón rosado.

 

Ascenderé luego

sin prisas

hasta el arenal de tus ojos

y me demoraré inventariando

una a una tus pestañas.

 

Descenderé entonces

por la doble vía de tu cuello

hasta trepar a las altas torres de tu pecho

visitaré sus mínimas catedrales

y las sentiré erguirse

como un par de promesas

como un par de duendes

como un par de tempestades

como un par.

 

En mi inexorable viaje hacia el sur

me demoraré

silente y minucioso

en cada una de las siete calles que conducen a tu ombligo

esa mínima rotonda

ese círculo de fuego

ese trémulo mandala

eso sol en miniatura.

 

A estas alturas

supongo

habrán ferias en tu plaza principal

festividades del arroz con leche

lluvias con sol

mares de chilchi

enjuagues de tímido vegetal.

 

Deberé entonces averiguarlo

por mí mismo

es decir

por mi boca.

 

Deslizaré mi lengua

lúbrica y descafeinada

por entre los pliegues de tu centro

desatando

hábil serpiente

desconocidas lluvias privadas.

 

Degustaré el jugo de tu cántaro

ese maracuyá angélico

el cantar de los cantares

ese tujuré bendito.

Luego mi lengua

ya ávida

ya sabia

ya cansada

levantará testimonio de tus piernas

de tus pies

de tus dedos.

 

Finalmente (tengo la certeza)

terminaré tropezando

cara a cara con tu alma

mientras recorro

los suburbios de tu cuerpo.

 

 

 

 

 

Al César lo que es del César

 

Lo primero que quiero agradecerte

son tus pestañas

con las que sembraste manzanas

en el centro del Paraíso

y tus labios

que supieron deletrear

el hermético abecedario de mi cuerpo

y tu ombligo

capital de ese país

que me dio cobijo

tiempo, humor y miel

y el apretado recinto de tu centro

donde enterré

impúdico y alado

todas las urgencias de estos tres inviernos

y tu alma

laberinto insomne

trampa de arena

cadalso sumergido

y

claro

(nadie es perfecto)

tu fe

tu albahaca

tu gesto

tu grito

tu odio

tu adiós.

 

 

 

 

Inevitable

 

Podríamos hablar de política

o de arte

o del esquivo amor

pero

a lo sumo

ésas solo serían bellas palabras vacías.

 

Podríamos citar a Borges

o a Sábato

o a Saramago

pero esos antídotos contra la estupidez

tampoco servirían de nada.

 

Podríamos disimular

entonces

bebiendo cerveza Huari (bien fría)

o adormecernos frente a la pantalla

o escribiendo poemas como éste

y eso tampoco cambiaría las cosas.

 

Afuera está la muerte

mi muerte

acercándose a la casa

lenta

decidida

inexorable.

 

Y se va a entrar.

 

 

 

 

Infancias

 

En algún rincón de mi alma sigue llorando

inconsolable

el niño que fui.

 

Ése al que le mintieron

que en su tercer cumpleaños

su madre volvería.

 

Juro que hay noches

en las que aún escucho su llanto.

 

 

 

 

La noche del alma

 

Ojeroso

temblando

tieso de saudade

él cierra los ojos

vanamente invoca el nombre secreto

del Padre de todos los dioses que en el mundo han sido.

 

Y en eso también nos parecemos

porque atronador le responde

el devastador eco

del silencio de Dios.

 

 

 

 

Adentro

 

Adentro mío hay un país al que viajo constantemente.

 

Cuando el mundo extiende sus alas

y éstas son de repentino murciélago

rápido emprendo la ruta

hacia la ciudad sin nombre

de mi silencio interior.

 

Allí está la cordillera del deseo

la planicie del olvido

la bruma del encuentro

el altar de mi fuego.

 

Allí hay hondonadas y cicatrices

selvas, soles y tundras

y como 365 razones para volver

una

y otra

y otra vez.

 

 

 

 

Teología doméstica

 

Si Dios es ese viejito barbado y neurótico

que desperdicia su eternidad

contabilizando mis faltas y pecados

entonces no

no gracias

no creo en él.

 

Y si su hijo es ese cadáver

eternamente sangriento

eternamente roto

eternamente derrotado

entonces

disculpen

tampoco creo en él.

 

Pero como yo intuyo

o —a lo mejor—, sé

que entre ambos son culpables

de la existencia de las mariposas

y el arco iris

de la simplicidad de una galaxia

o del esplendor de una uña

de la imposible fiesta que es un pavo real

un atardecer en el trópico

o los ojos de Danáe

entonces

no me queda otra

y me inclino

reverente y agradecido

ante el más grande

soberbio

y loco

par de artistas.

 

 

 

 

Al futuro cadáver

 

Alguno me dice

“pariente

su poesía es muy feliz.

Vos sos un optimista

lo que escribes no es real”.

 

Yo miro entonces al futuro cadáver

huelo su descomposición inevitable

escucho los inútiles rezos

las fatuas novenas

y sonrío

(en estos

y en tantos otros casos

lo inteligente es callar)

 

De todos modos,

¿qué podría decirle?

¿Qué ya lo sé?

¿Qué no lo he notado?

¿Qué yo mismo reniego de mí?

 

Pero no

para qué.

 

Mi único mérito consiste

en saber que nos estamos muriendo

y en actuar

como si eso no importara.

 

 

 

 

Credo urbano

 

Creo en el color padre todopoderoso

y en la palabra que nos acerca.

 

Creo en la primavera y otros milagros.

 

Creo en los domingos

en la pedagogía secreta de un abrazo

sobre todo

creo en el Ser Humano.

 

Abandono las ciudades de la queja

las urbanizaciones del espanto

las catedrales de la melancolía.

Dejo atrás el traje de la tristeza

los zapatos del quebranto

el maquillaje del desánimo

las sonrisas de utilería.

 

Vestido de indulgencias

abandono el paraje de lo huraño

el oprobio

la angustia

y la ceniza de los años.

 

Ataviado de colores

ensombrerado de cariños

hoy

simplemente vivo.

 

y la tristeza (esa perra hambrienta)

y los famélicos roedores del invierno

y los pálidos suchas del insomnio

ésos

que esperen sentados.

 

Hoy no comerán de esta carne.

 

He resucitado. 

 

 

 

Certeza póstuma

 

No morirá realmente

quien sea capaz de sonreír

en la solemne hora de su muerte.

 

El que no se arrodille.

El que no maldiga.

El que conserve la lucidez.

 

El que tenga el coraje suficiente

como para mantener los ojos abiertos

y compruebe así que

al otro lado del telón

a la izquierda de la muerte

ése a quien llamamos Dios

es apenas un impredecible niño azul

jugando a ser

—muy seriamente—

el Creador del Universo.

 

 

 

Datos vitales

Oscar Gutiérrez Peña (1971)  Poeta boliviano. En el año 2007 su poemario Sobrevuelo en la ciudad de los anillos fue elegido ganador del Premio Nacional de Poesía de Santa Cruz. Ha publicado después Sobrevuelo 2.0 (2008) y poemas en antologías nacionales. En 2011 ganó el Premio de Poesía de la Universidad Gabriel René Moreno de Santa Cruz con Ciudades interiores, de próxima publicación.

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