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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 342: Daniel Rodríguez Moya

26 Mar 2012

Daniel Rodríguez MoyaPresentamos el trabajo de uno de los poetas españoles más significativos de su generación, Daniel Rodríguez Moya (Granada, 1976). obtuvo el Premio Federico García Lorca de Poesía 2001. Compiló, para Visor, “La poesía del siglo XX en Nicaragua”. Codirige el Festival Internacional de Poesía de Granada. Es uno de los poetas que integran “Poesía ante la incertidumbre. Antología de nuevos poetas en español”.

 

 

 

El árbol

 

Todavía me duele

la herida de la tierra que anegada

pisabas hasta ayer,

las casas y el olor de la hojarasca.

 

El miedo que a los niños ya no asusta

es un volcán acostumbrado.

 

La noche se convierte en continente

y sabes que a este cielo

le faltan más estrellas que miradas.

 

Si rechazas las voces que amenazan tu sueño

y descubres que ahora

la lluvia sólo sirve de pretexto

para vivir un tiempo con ese diapasón

verás que a las tormentas

yo las miro de lejos,

como se mira a un niño y su tristeza.

 

No temas dar la espalda a las contradicciones,

vivir consiste en eso.

 

Hay un árbol que crece sin temor a la altura.

Abracémoslo.

No impide la maleza acariciar el cielo.

 

(De Cambio de Planes. Visor, Madrid, 2008)

 
 
 
 
 

Guardado en los bolsillos

 

Te dije que el océano
es un minuto azul sobre una eternidad,
un lento respirar,
una brecha en el tiempo del que espera.

Aún llevo en los bolsillos
un fragmento de abrazo y de silencio,
una voz que es tu nombre,
un puñado de arena que escapa entre los dedos.

Te dije que el invierno
es un camino blanco y un andar en luz tibia,
los rumores de un puerto,

el viajero que aguarda las llamadas.

 

Aún llevo en los bolsillos

el sabor de los mangos y el jocote,

la mirada de un niño,

un temblor como un beso, un billete de vuelta.

 

(De Cambio de Planes. Visor, Madrid, 2008)

 

 

 

 

 

 

Reglas del juego

Take it as it comes.

          (The Doors)

 

De las cosas que nunca

tendrán un tacto estéril de ceniza,

un desaparecer inevitable,

prefiero quedar lejos.

 

Me quedo con los días que no niegan

su frágil levedad de calendario,

la luz tenue y antigua de una vela

que sabe que camina hacia lo oscuro

y con todo lo acepta.

El temblor de una torre reflejada en el agua,

las promesas que tienen al tiempo por testigo.

 

 

(De Cambio de Planes. Visor, Madrid, 2008)

 

 

 

 

 

Managua, plaza de la revolución

 

Qué suerte la tuya de estar muerto Carlos Fonseca,

que la tierra te proteja y te ciegue.

(Gioconda Belli)

 

 

Se mira bello el cielo esta tarde de julio.

No amenazan las nubes, nos respeta la lluvia.

 

La vieja catedral en pie como un milagro

ya no sirve de fondo para los noticieros:

Nadie lanza consignas, nadie eleva banderas.

 

Los hombres que descansan bajo los chilamates,

los niños que se acercan para pedir monedas.

El calor y los buses amarillos,

el vendedor de fresco en la parada,

los taxis sempiternos con paciencia de siglos.

Managua sin canciones,

sin himnos que ya son

vencidas partituras de la historia.

 

Pasa un carro a lo lejos y un parlante recuerda

una gran bacanal de aniversario:

Es mejor el silencio que los sueños que un día

parecían posibles.

 

Las palabras que pierden el calor y la vida

no sirven esta tarde.

Digo revolución y me respondes:

No fue más que un destello,

una noche de fuego, tantos años de humo.

 

(De Cambio de Planes. Visor, Madrid, 2008)

 

 

 

 

 

‘La bestia’

(The American way of death)

 

Somewhere over the rainbow
Way up high,
There’s a land that I heard of
Once in a lullaby.

                                                                   E.Y. Harburg.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Dámaso Alonso.

Para Claribel Alegría.

 

Tan filoso es el viento que provoca

la marcha de la herrumbre

sobre largos raíles,

travesaños del óxido…

Y qué difícil es

ignorar el cansancio, mantener la vigilia

desde Ciudad Hidalgo

hasta Nuevo Laredo,

sobre el ‘Chiapas-Mayab’ que el sol inflama.

 

Nadie duerme en el tren,

sobre el tren.

Agarrados al tren

todos buscan llegar a una frontera,

a un norte que a menudo se distancia,

a un sueño dibujado como un mapa

con líneas de colores:

una larga y azul que brilla como un río

que ahoga como un pozo.

 

Atrás quedan los niños y su interrogación,

las manos destrozadas de las maquiladoras

que en un gesto invisible

dicen adiós,

espérenme,

es posible que un día me encarame a un vagón.

 

 

Queda atrás Guatemala,

Honduras, Nicaragua, El Salvador,

un corazón de tierra que late acelerado.

 

Las gentes congregadas muy cerca de la vía

con un trago en la mano,

el olor a fritanga y a tortilla

como si fueran fiestas patronales,

esperando el momento para subir primero,

y no quedarse en el andén del polvo,

montar sobre ‘la bestia’, en el ‘tren de la muerte’

o esperar escondidos adelante,

en los cañaverales,

con un rumor inquieto.

Y esquivar a la migra

para poder entrar

en la parte delgada de los porcentajes,

en el cuatro por ciento que, aseguran,

llega al fin del trayecto

más o menos con fuerza para cruzar un río.

 

Después habrá silencio durante todo el día,

un silencio asfixiante,

como un arco tensado que no escogió diana

y una tristeza

de funeral sin cuerpo

y paz de cementerio.

Es mejor no pensar en las mutilaciones,

en la muerte segura que hay detrás de un despiste.

O en los rostros tatuados

que igual que los jaguares amenazan,

aprovechan la noche y sus fantasmas

y ya todo es dolor y más tragedia.

 

Muchos cuentan historias de los que no llegaron,

de los que no volvieron,

pero no hay deserciones:

No existe un precio alto si al final del camino

se alcanza la promesa de un futuro mejor.

Aunque haya que bajar a todos los infiernos

merecerá la pena.

 

Es tan lenta la noche mexicana…

Bajo la luna inquieta

una herida de hierro y de listones

traza un perfil oscuro,

un reguero de sangre que seguir.

 

El olor de la lluvia sobre la tierra seca

se corrompe mezclado con sudor y gasóleo.

Es agua que no limpia, que no calma la sed,

que sucia se derrama

entre las grietas de la vieja máquina,

una oscura metáfora del animal dormido.

 

Con el amanecer llega el aviso.

Hay que saltar a un lado,

la última estación ya queda cerca.

 

Escrito en un cartel: “Nuevo Laredo,

¡Lugar por explorar!”

Pero no queda tiempo

el coyote ya espera

para cruzar el río,

atravesar desiertos,

y burlar el control, la border patrol,

los perros, helicópteros,

            ¿aquello tan brillante es San Antonio?,

el sol de la injusticia que percute las sienes.

 

Sopla el viento filoso en la frontera

y otro tren deja atrás el río Suchiate,

los niños, las maquilas,

la arena de un reloj que se hace barro.

 

Transitan los vagones por los campos

donde explotan las más extrañas flores.

Pasan noches y días

como sogas del tiempo en marcha circular.

 

Cada milla ganada a los raíles

aleja en la llanura otra estación del sur.

 

Marcha lenta la máquina

con racimos de hombres a sus lados.

El humo del gasóleo

difumina un perfil que se pierde a lo lejos.

 

Ha pasado ‘la bestia’ camino a la frontera.

Avanza hacia el norte

el viejo traqueteo de un tren de mercancías.

(Inédito)

 

 

 

 

El corazón de un hombre fusilado

 

El corazón de un hombre fusilado

se parece a los bosques que crecen hacia dentro

y se vuelven oscuros.

 

Nadie quiere adentrarse,

pisar sus ramas húmedas,

las raíces comidas por el  musgo

en caminos idénticos

que aseguran perderse,

no encontrar la salida.

 

El corazón de un hombre fusilado

es un sendero extraño que otros hombres

alguna vez tendrán que transitar

solos, sin más ayuda

que el latir pertinaz de la memoria.

 

(Inédito)

 

 

 

Datos vitales

Daniel Rodríguez Moya (Granada, 1976) es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada  y periodista. En 2001 obtuvo el Premio Federico García Lorca de Poesía, convocado por la UGR, por el libro ‘Oficina de sujetos perdidos’. Además, ha publicado ‘El nuevo ahora’, en la editorial Cuadernos del Vigía y ‘Cambio de planes’ (Visor, 2008). Forma parte de la antología Poesía ante la incertidumbre (Visor, 2011). Desde 2004 codirige, junto a Fernando Valverde, el Festival Internacional de Poesía de Granada (fundado por ambos). De su obra crítica y de investigación literaria destaca el volumen ‘La poesía del siglo XX en Nicaragua’, publicado por la editorial Visor en 2010.

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