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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 343: Geraldine Mac Burney

29 Mar 2012

Geraldine McBurney

Presentamos algunos poemas de Geraldine Mac Burney (Gaiman, Argentina, 1984). Sobre su poesía ha escrito Marcelo Eckhart que “sugiere, amigable, leer las tribulaciones, los adioses, los naufragios, las orillas, las primaveras para exhalar vida”. Su primer poemario “Vestal de luna” está por publicarse. Forma parte del grupo “Palpita el barro”.

 

 

 

Entre dos tierras 

 

“Pero los verdaderos viajeros sólo parten

por partir; corazones livianos, como globos…”

Charles Baudelaire. 

 

 

I.

De pronto, sientes un croar de ojos burbujeando,

granadas,

sobre tu espalda.

Es la noche

con sus labios

abrazada a tus venas.

 

Se abre el cielo

-sarcófago de fresca turmalina-.

 

Despiertas con la luna en tu espalda,

vastas lenguas de plata,

mejillas  al sol,

falanges  florecidas:

has llegado a la corteza.

 

Tus uñas tiemblan versos hasta henchirse de carmines.

El cielo es un retazo encriptado en tus manos.

 

Mañana la luna se cerrará en tus pupilas.

Mañana será    tiempo de eclipses.

 

 

 

II.

 

Como un desvarío de antorchas en penumbra

duermes

con los ojos abiertos

de batallas

te anudas.

 

 

Afuera   la tinta se escarcha entre relojes   que no saben de auroras.

La rueca rueda cicatrices.

Este cielo

huele a derrota.

 

No  es un croar de ojos.

Es el tiempo temblando en tus manos

como granadas.

 

Tus huestes aguardan piel adentro.

 

Adentro

hay una guerra.

 

 

 

 

 

Frente al cementerio caminan  errantes.
                                                        Llueve.  El hombre que sabía volar

llora abrazado a una niña perdida.

I.

                 Buenos Aires  me besa las entrañas.
         Las palomas se estrellan contra los ventanales.
           
                             Entre tumbas llueve.
                El agua corre como limosna. Lame
                     los cuerpos fríos, en jirones,
        los dedos, que alguna vez fueron,
               y las palabras asidas en los huesos.

                               Así, corre el agua
                 con los párpados de los muertos,
              con la lengua profana de los mudos
hasta leer tribulaciones, naufragios, orillas, primaveras
          y el instante incierto de exhalarnos la vida.

                 Así, corre el agua hacia nosotros
                    para lamer nuestros párpados
                      con el amor de los muertos.

 

 

II.

                            Entre tumbas, llueve
                  y nosotros estamos tan muertos
                            que ya no tememos.

 

 

  -Estrellados de ceguera, morimos, como palomas, hace un tiempo-.

                                            El agua cesa
                            pero la piedra de destiempo
                                          gotea

y gotea.

                           De pulsiones estamos,    hacia el desierto.

                                 Queríamos   lavarnos de deseo,
                               escurrirnos hasta desangrar arena
                                       hasta esta madrugada…

                             Nos sobran las yemas de los dedos,
                                    los pies de niebla y astillas,
                                       las manos mutiladas.
                             ¡El tiempo! Nos sobra el tiempo.
                        Nos sobra el silencio de tanta herida.
  
                           Sólo nos queda      morir de carne.

 

 

 

 

Hypnopaedia

 

No son las muñecas vudú con listones de alfileres en sus espaldas

ni la impericia de derramar saleros

ni la puntual congregación de lechuzas  afuera de casa.

No son las líneas de estas manos

ni los dígitos de nombre y natalicio

ni copas dadas vuelta evocando invisibles.

No son cartas ni  runas

ni calendario maya, ni ratas chinas ni centauros

que marcan su señal en mi alborada.

Nada de esto preside mis días.

Es el mismo rigor  uterino

que desteje soles con guantes de luna,

señala el ocaso de los pájaros,

escurre fauces de cielo,

avienta la tierra con besos de agua,

circunda de luceros la oscuridad de tanta piedra transitada.

Ese mismo rigor,

traza  este apetito  incesante de acunarte,

juega a postergaciones de arena con  tu nombre.

Mientras

me desgajo como carne de res.

Las heridas que me cruzan se agigantan.

El cenit de la espera, éste cielo crucificado, mi vientre.

 

 

 

 

Inventario

 

Media docena de besos en cuarto menguante,

un manojo de caricias,

un billón de abrazos diluidos,

dos cucharadas soperas de dulzor.

 

Quinientos kilómetros de rabioso viento encorvado de silencios,

dieciséis calendarios abatidos por álamos en combate.

 

Un par de rugientes roperos aceitados de disfraces y muñecas.

Un coro de ranas, siete gnomos, un batallón de norias adormecidas de invierno,

cinco metros de estanterías rociadas de dulceras.

Seis años de despertar con el clamor del pan recién horneado

y dos abuelos  –cosmologías de mi universo-.

 

Dos hermanos –luz solar de mis días-,

una madre, mi madre –matriz de pentagramas que bombean mis latidos-

y un padre ultramarino que me acompaña.

 

Todo lo que queda – y lo que no- es lo que somos.

Y a menudo dejamos buena parte en el olvido

mientras el cielo se va cerrando y sin darnos cuenta

los días pasan con sus ojos de vidrio y su cuerpo de acuarelas.

 

Me asomo a la ventana y un campanario  derrama su voz de agua en la meseta.

Más allá un estrépito de pájaros acomoda su vuelo en el viento.

El pueblo está más lindo que nunca. Los jardines despiertan lentamente del letargo.

Me despido del río, de las norias, del túnel,

del último atardecer incendiando flores en el cielo

y emprendo el camino obligatorio.

Sólo queda la arcilla que enraíza mis pies en esta tierra.

 


 

 

 

Paraguas

  

Uniformada de mar

a dentelladas de Dios

cae la lluvia.

Lame la tierra hasta desgranarla

baja en torrentes

a besar sequías en tus pies.

Pero antes que toque tu cabeza

izas la guerra  en conjuros de inanición.

 

De tanto correr,

de tanto temblar por callar

te abovedas

arrancando raíces.

 

Todo es desierto

en el grito del niño desandado.

 

 

 

“¿Cómo levitar

con la sangre encapsulada?”

y  discreto

desplumó ángeles enloquecidos

abrió sus ojos de plástico azul

desperezó la mirada

y eligió   depositar su fe

cuesta abajo.

 

Sin resistencia

desbordado de besos Hiroshima

se encogió hasta dormir

bajo tierra

próximo al cielo

relamiendo el ombligo al sol

siempre caníbal

siempre dando guerra.

 

 

 

Datos vitales

Geraldine Mac Burney (Gaiman, Argentina, 1984) creció en una colonia galesa situada en el Valle Inferior del Río Chubut. Culmina sus estudios de Derecho y Notariado en la Universidad Católica de Córdoba. Está en prensa su primer libro “Vestal de Luna” que saldrá en el mes de mayo/junio. Integra el grupo literario “Palpita el barro”.

 

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  • Mónica

    El vuelo voraz de una pluma elegida..
    Poesía de vanguardia sólo para exquisitos ávidos de lírica subliminal.
    Gracias Geraldine por tu creativa entrega de alto vuelo

  • Federico Hirsch

    “No son las líneas de estas manos

    ni los dígitos de nombre y natalicio

    ni copas dadas vuelta evocando invisibles.

    No son cartas ni runas

    ni calendario maya, ni ratas chinas ni centauros

    que marcan su señal en mi alborada.”

    Me recuerda a Borges en “Buenos Aires”, y en “Las cosas” Transmite pasiones y una atrapante exactitud en sus palabras. Gracias por compartirlo!

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