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CÍRCULO DE POESÍA

 

Nueva narrativa colombiana No. 2: Carolina Cuervo Navia

18 Abr 2012

Carolina Cuervo NaviaEn el marco del dossier Nueva narrativa colombiana, preparado por Federico Díaz Granados, presentamos un texto de Carolina Cuervo Navia (Bogotá, 1980). Editorial Planeta publicó su libro de cuentos “Nueve maneras de morir y otros cuentos”. Ha aparecido, además, en la revista Soho.

 

 

EL PISO 22 (Fragmento)

(Nueve Maneras de Morir)

 

 

Octavo piso

—Piso octavo —dijo la ascensorista.

Un anciano alopécico, de bastón desgastado, que a duras penas se mantenía en pie, me miraba con insistencia. Para evadirlo, miré mis manos y luego al techo. Un instante después volví los ojos y me encontré de nuevo con los del anciano que no había dejado de mirarme. Eran azules. Azules claros. Tal vez por las cataratas. Me miraba como si supiera. Me inquieté. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Un anciano? No. Sacudí la cabeza levemente tratando de quitarme el trastorno. Sin embargo, el trastorno me lo quitó un empujón que recibí por detrás. El hombre de los domicilios de McDonald´s llevaba a cuestas un morral. Un morral caja. Era descomunal. Nunca había visto nada igual. Me dio lástima. Su espalda. En su interior debía llevar la verdadera Big Mac. Como pudo, salió del ascensor. Las puertas se cerraron. Cerré los ojos para distraer un poco la impaciencia. Cuando los abrí, el anciano todavía me miraba. 

 

Noveno piso

Ya había tres menos. Digo tres porque la caja hacía por dos. Miré el reloj y suspiré. Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta. Un celular empezó a sonar y casi todos en un acto reflejo pensamos que era el nuestro. Atrás, casi contra la pared, había una niña y a su lado una señora rubia que buscaba desesperadamente su teléfono entre una enorme cartera de color camel. Cuando por fin encontró el aparato, la llamada se había perdido. De mal genio, oprimió algún botón y luego miró a la niña. La sorprendió escarbando en su nariz y la reprendió con un golpe en la mano. Miré a la rubia con la misma rabia que tenía la niña en ese momento. Yo también sé qué se siente cuando tu padre te humilla en público. Quise decirle a la mujer que si no quería que su hija la odiara por el resto de su vida, hiciera las cosas de otra manera. Por más increíble que parezca, desde niños, odiamos a nuestros padres; odiamos sus pequeños e inconscientes actos. Pero como no sabía si en realidad eran madre e hija, preferí no decir nada para no correr el riesgo de quedar en un ridículo mayor al que ya había sido expuesta la niña. La rubia la tomó de la mano y entre “permiso” y “permiso”, la sacó a trancazos del ascensor. Me pregunté por qué iba a hacer lo que iba a hacer si todavía era capaz de solidarizarme con una niña y su pequeño infierno. El anciano seguía mirándome. 

 

Piso 11

¿Once? No, ¿cómo así? Miré los botones que estaban iluminados y no había ningún piso 11. ¡Maldita sea! Ese piso no estaba oprimido. Las puertas se abrieron y nos encontramos con la cara de estúpido de un sujeto que cargaba carpetas.

—¿Baja?—dijo el cretino casi con un pie en el ascensor.

—No. Sube —le respondió la tetona ronca sin inmutarse. No debía ser la primera vez que le sucedía.

A mí tampoco. Detestaba la estupidez de la gente. El idiota quería bajar, y si quería bajar era tan sencillo como oprimir el botón de bajar, con la flecha que indica hacia abajo y no hacia arriba. El cretino tampoco dijo nada. Ni disculpas ofreció por tanta ignorancia junta, por el estúpido pensamiento de que si oprime los dos botones, el de abajo y el de arriba al tiempo —y entre más veces los oprima, mejor— va a llegar más rápido. O que quizá algún otro ascensor de algún otro edificio identifique el angustioso llamado y venga a recogerlo. Me dio rabia que la tetona tampoco lo reprendiera. Si nadie le explicaba cómo era el mecanismo, lo seguiría haciendo. Así que antes de que las puertas se cerraran, tuve que gritar e interponer mi brazo para que se abrieran de nuevo. No me importó mi urgencia. Me pudo la rabia.

— No es tan difícil. ¿Cuál es la flecha que va hacia arriba? —le pregunté en un tono muy sutil al de las carpetas.

El cretino, mirándome extrañado, me indicó la flecha.

—¿Y cuál es la que va hacia abajo?

El cretino de nuevo me indicó.

—Si usted quiere ir hacia abajo, entonces debe oprimir sólo el botón que tiene la flecha que va hacia abajo. Tenga por seguro que el ascensor de todas maneras va a llegar y va a llegar sólo el ascensor que va para abajo y no el que va para arriba. ¡De esa manera, ningún imbécil como usted hará que otros imbéciles como nosotros tengamos que pasar de nuevo por esto y le juro que no volverá a hacer que lleguemos tarde a nuestros destinos! Por favor no se le olvide. La flecha de abajo, es para bajar, la flecha de arriba es para subir. “Abajo, arriba”. ¡Gracias! Las puertas estaban a punto de cerrarse pero súbitamente se volvieron a abrir.

—¡Ay! ¡Perdón! Me volví a equivocar. ¡Perdón, perdón! —dijo el cretino apenado.

Y las puertas se cerraron. Miré al techo en señal de desespero. Una vez más evidenciaba la estupidez de la gente que tanto detestaba. El anciano sólo me miraba.

 

 

Para leer la introducción que vertebra esta muestra sigue este enlace

 

 

Datos vitales

Carolina Cuervo Navia nació en Bogotá en 1980. Se graduó en Literatura con opción en Estudios Teatrales de la Universidad de los Andes en el 2004. Su obra de teatro ¿Se Siente Usted Bien? fue publicada en el 2008 por la Universidad Distrital Francisco José de Caldas como parte de la Colección Teatro Colombiano.  En el 2001, ganó el tercer puesto del Concurso Internacional Horizontes Literarios en Córdoba, Argentina y en el 2007 fue finalista del Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá. Editorial Planeta publicó su libro de cuentos Nueve maneras de morir y otros cuentos que fue finalista del Concurso Nacional de Cuento “Ciudad de Bogotá” (2007). Dirige la revista Aceite de perro.

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  • Julito

    La verdad ni la leí, me la pasé viendo su fotografía.

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