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CÍRCULO DE POESÍA

 

Nueva narrativa colombiana No. 5: Juan David Correa Ulloa

24 Abr 2012

Juan David CorreaEn el marco del dossier Nueva narrativa colombiana presentamos un fragmento de la novela inédita “Los cuerpos” de Juan David Correa Ulloa (Bogotá, 1976). Ha publicado Todo pasa pronto y El barro y el silencio. Mantiene la columna “Ojo a las hojas” en El Espectador.

 

 

Fragmento de Los cuerpos, novela inédita.

 

Sale al pequeño jardín al lado de su despacho y respira una corriente de aire frío que baja por el valle de las montañas a pesar de que hace sol. En la mañana había atendido a una muchacha. En Medicina Legal le habían dicho que su caso no tenía futuro pues se había bañado ahí abajo. Así que no había pruebas fehacientes del hecho. El hecho se llama “acceso carnal violento”, dijo Amanda. Fueron dos hombres. Ella volvía del colegio. Eran las cinco de la tarde, dijo con esa vocecita apagada de las gentes del campo que no saben si sentirse responsables por caminar cuando la luz comienza a irse. Era de noche, casi, dijo. Amanda la tranquilizó. Si quería practicarse un legrado en la Fundación podían hacerlo discretamente. Si quería demandar, en cambio, debían dejar que avanzara el embarazo y ver si podían convencer a algún juez de condenar a los dos implicados. ¿Los conocía?, preguntó Amanda. No, nunca los había visto en el pueblo. ¿Podría describirlos? Cuando Amanda le pidió a la niña que le dijera cómo eran ella solo dijo: eran de tamaño medio, tenían la piel bronceada. Uno llevaba unas botas de amarrar, como las de los soldados. El otro, unos tenis blancos. ¿Los ojos? No lo recordaba. ¿La nariz? Sí, me besaron, dijo la niña, pero no sé cómo era la nariz. No tenía palabras, pensaba Amanda, para describir una nariz. ¿Y cómo es una nariz? ¿Cómo era la de Samuel? Exhausta por la visita del policía le pidió a su asistente que cancelara el almuerzo en el colectivo de abogados.

Regresó a su escritorio. Hacía mucho que no lloraba. Se había mantenido incólumne mostrando una fortaleza mentirosa para proteger a Juan. Pero al hacerlo se había alejado de él irremediablemente. Ser mujer, y madre, y pretender ser padre, y rector, y tener las riendas de la educación de Juan, le costaba, debía admitirlo. Cuando lo de Samuel, y eso es inconfesable, sintió un cierto alivio por no tener que enfrentar lo que se estaba haciendo evidente. Su distancia. Sus ganas de romper esa manera que tienen los días de apilarse como papeles sobre un escritorio. Algo habían hablado. Algo ella le había avanzado. Pero él, como buen hombre, la abrazó, le habló de las crisis pasajeras, de la edad que va corroiendo todo como el óxido, de que siempre había maneras y caminos para reinventar la vida de a dos, o de a tres, como era el caso. Hasta la invitó, unos días antes, a hacer un viaje a la costa: los dos solos, le dijo. Que Juan se podía quedar con su prima, que Juan ya estaba grande. Que Juan era generoso y no iba a hacer un show por quedarse ese puente sin su compañía. A ella hasta ilusión le hizo el viaje. A pesar de eso, Samuel nunca dijo nada más. Después de las lágrimas ante la posibilidad de separarse, Samuel siguió siendo el mismo. Tan ocupado y estudioso y obcecado y terco con sus cosas. Tan inteligente y buen padre y de buen corazón, como siempre. Tan Samuel, después de todo. Tal vez por eso sintió alivio. Se había ahorrado una nueva crisis, esta, pensó, la definitiva. La que resolvería la ecuación. Pensaba decirle que se quedara él con Juan. Que ella estaba en una crisis, otra vez la palabra, muy profunda. Hasta había ensoñado con volver a París y ser ella de nuevo, como si en esa ciudad se hubiera quedado la verdadera Amanda, la que ella había soñado ser y no fue. Hasta había escrito una carta larga, en borrador, a la Escuela de Altos Estudios de América Latina para adelantar una investigación sobre el aborto en Colombia. El borrador se había quedado en el escritorio pues después de lo de Samuel, ella no volvió a abrir el escritorio y todas sus cosas fueron a parar en una bodega junto a los muebles, los libros, los trastos de la cocina, los aparatos eléctricos, los enseres, los adornos, y toda esa carga con la cual los seres humanos creen poder adaptarse mejor a este mundo. 

 

 

Para leer la introducción que vertebra este dossier, sigue el enlace

 

Datos vitales

Juan David Correa Ulloa (Bogotá, 1976) estudió Literatura en la Universidad de los Andes, en Bogotá. Al graduarse trabajó como redactor cultural en El Espectador, durante algunos meses fue corresponsal en París para el mismo semanario y desde 2004 escribe su columna sobre libros Ojo a las hojas. Entre los años 2001 y 2002 trabajó como periodista en la revista Cromos. Fue coordinador de prensa de Fundalectura, una fundación para la promoción de la lectura en Colombia. Ha publicado Todo pasa pronto y El barro y el silencio.

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