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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía ante la incertidumbre y sus nuevas ediciones

24 May 2012

La poeta y ensayista colombiana María Gómez Lara reseña “Poesía ante la incertidumbre”, publicada por visor en 2011 y reeditada en Chile, Argentina, Perú y próximamente en Bélgica, Italia y Estados Unidos con las incorporaciones de Federico Díaz Granados, Damsi Figueroa, Carlos Aldazábal y José Carlos Yrigoyen. Gómez Lara está adscrita a la NYU.

 

 

 

Una manera de asentir

 

La patria del escritor es su lengua.

Francisco Ayala

En medio de la incertidumbre, el reto: la pregunta sobre el sentido de esta constancia que inscribe letras en el gran hueco.

Ser boca, a pesar de todo. Una manera de asentir.

Rafael Cadenas

 

A propósito de la antología de nuevos poetas en español, Poesía ante la incertidumbre, publicada por Visor en el 2011, afirma José Emilio Pacheco: “Una nueva poesía transatlántica como no se veía desde hace un siglo en los tiempos del modernismo”. Al establecer un diálogo entre sus distintas voces, estos poetas nos recuerdan que, en medio de la riqueza y la diversidad del español, existe una patria común que no tiene nada que ver con las fronteras: este idioma, nuestra mirada. Así, crean una manera de volver a casa: se congregan alrededor de una lengua como quien se sienta frente al fuego, como quien regresa.

Esta antología reúne a doce poetas jóvenes hispanoamericanos a quienes une, además del idioma, una conciencia de que la poesía comunica y, ante todo, conmueve. Como ellos mismos lo dicen en el prólogo: “creemos en una poesía que además comunique, que diga algo, que porte sentido. Una poesía que conmueva y, en el mejor de los casos, estremezca” (“Defensa de la poesía”, Poesía ante la incertidumbre, 9)

El prólogo, al estilo de un manifiesto, sitúa la antología en una propuesta estética que me parece necesaria justo ahora. No se trata de unificar las voces de estos poetas, pues la riqueza de cada uno está en su particularidad. Se trata, como ellos mismos lo dicen, de recobrar la poesía para el lector, de escribir para “establecer una cercanía más humana, menos artificial” (5).

En otras palabras, la poesía tiene que entenderse. Proponer una escritura comprensible no implica desoír la conciencia fundamental del misterio que subyace toda poesía, al contrario: el lenguaje que cumple su labor de transmitir trasciende, nos señala lo incomunicable, nos recuerda que hay cosas que se nos escapan pero, para llegar ahí, hay que partir de la claridad, hay que tender un puente de sentido entre el lector y su poema, entre el poema y su misterio.

Ellos quieren devolverle a la poesía su labor de conmover, de usar las palabras que ya conocemos de una manera nueva, incluso milagrosa. La poesía abre una grieta en la lógica, la reinventa. A partir de lo más cotidiano, nos lleva al fondo de la condición humana, nos crea mundos al mostrarnos, desde una perspectiva nueva, algo que ya sabíamos. La poesía aviva la luz de las cosas, diría Eugenio Montejo.

Esta Poesía ante la incertidumbre es, para Juan Manuel Roca, ante la incertidumbre y no contra ella, y “esboza un deseo de hacer claridad con la más cotidiana de las herramientas”. La certeza a la que estos poetas le apuntan no es una de conocimiento sino de emoción. Y, a través de la emoción, a través de la capacidad de sentir, reconocemos nuestros límites, miramos de frente nuestra finitud.  Recuperar la certeza de que podemos comunicarnos y, más importante aún, de que podemos conmovernos es lo que nos abre la puerta ante la incertidumbre, sin buscar resolverla.  Estamos incompletos pero tenemos las palabras, tenemos lo que dicen y lo que callan, tenemos la poesía y su silencio, podemos nombrar nuestra vulnerabilidad y, también, nuestra incapacidad de nombrarnos. Como dice Borges en su “Arte poética”, la poesía es inmortal y pobre, el arte es esa verde eternidad que no necesita prodigios, es Ítaca, es volver a casa.

Ahora, a partir de la propuesta estética que plantean, los autores vuelven a los grandes temas de la poesía: la reflexión por la palabra, el silencio, la temporalidad, el amor, entre muchos otros.

En esta antología es recurrente la reflexión por la palabra, el intento de construir una poética. La palabra, entonces, además de ser la herramienta de la poesía, es su tema. Dice por ejemplo Francisco Ruiz Udiel: “Deja la puerta abierta./ Que tus palabras entren/ como un arco tejido por cipreses” (109).  Federico Díaz-Granados también le apuesta al canto, lo privilegia sobre el silencio: “Nunca el silencio / la música siempre” (40).

Sin embargo, la reflexión por la palabra se hace también desde lo que no puede decirse, desde el silencio, la otra cara de la palabra, la condición necesaria para cualquier enunciación. La poesía lleva la palabra a sus límites, el poema reconoce su margen. Dice José Carlos Yrigoyen: “Sólo me salvará llevar el poema hasta sus propios márgenes” (103). Y, a propósito del silencio, afirma Carlos J. Aldazábal: “El silencio es el profeta del olvido” (55). Damsi Figueroa se pregunta cuál sería el cuerpo del silencio: “el cuerpo de un venado que se fuga, / un abrigo con los bolsillos rotos” (74). El silencio, además, puede ser el resultado de un dolor no dicho. En el caso de Ana Wajszczuk se asocia al dolor de la guerra: “ella está sentada / al borde de sus últimos silencios/ […]/ dice que el dolor es en polaco / y todo lo demás sobrevivencias” (64-65).

La conciencia de la temporalidad también resuena en muchos de los poemas y se mezcla, en algunos casos, con la reflexión por la palabra. Fernando Valverde dice, por ejemplo: “Es tarde, / trato de no hacer ruido / y que avancen los versos como pasan los días” (128). Y, a propósito del tiempo que no deja de pasar dice Daniel Rodríguez Moya: “Me quedo con los días que no niegan / su frágil levedad de calendario” (89). Así, los días se hacen humanos, efímeros como sus dueños, los días son frágiles como nosotros.  Alí Calderón, por su parte, reconoce que el ahora puede ser un instante que se prolonga, se pliega: “y a h o r a será un punto en el tiempo / plegado para siempre entre nosotros” (154).

Además de reconocer que somos temporales, muchos de estos poetas encuentran una fuerza en la vulnerabilidad, una estética de la ruina. O, en palabras de Andrea Cote: “la bondad de las cosas/ al exhibir su derrota” (144). Para Federico Díaz-Granados: “Estamos más solos que la ruina” (39).

El amor, por supuesto, es un tema que estos poetas abordan desde distintas perspectivas. Raquel Lanseros, por ejemplo, se refiere a “este fragor mudo en el que todos somos / rufianes, vagabundos, desposeídos y presos” (28). Jorge Galán, por su parte, asocia el amor a la huída permanente y dice, en tono conversacional: “Mira tú, muchacha linda, a quién quisiste amar, / a un obstinado caballo de carreras cuya pista es el mundo” (18).

A pesar de la diversidad de los temas y de las muchas formas de tratarlos que estos autores elijen, los versos de Cadenas que cito al principio son pertinentes para aproximarse a lo que todos los poetas incluidos en la antología proponen. Lo que quieren es ser boca en medio de la incertidumbre, apostarle a la palabra, señalar el misterio a través del sentido, conmover con lo cotidiano, llenar de canto el vacío, inscribir letras en el gran hueco, construir una casa en la poesía y crear entonces, con cada poema, una manera de asentir.

 

Poesía ante la incertidumbre: Antología de nuevos poetas en español. Visor: Madrid, 2011.

 

 

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