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CÍRCULO DE POESÍA

 

¡No te adornes, no te adornes! de Parménides García Saldaña

10 Jul 2012

En el marco de la serie “Los mejores cuentos mexicanos”, preparada por Mario Calderón, presentamos un cuento paradigmático de Parménides García Saldaña (Orizaba, 1944-Ciudad de México, 1982), del volumen “El rey criollo”. García Saldaña es una figura central de la llamada literatura de la onda. También escribió el libro de ensayos “En la ruta de la onda” y la novela “Pasto verde”.

 

 

¡NO TE ADORNES, NO TE ADORNES!

 

 

HAVE YOU SEEN YOR MOTHER, BABY,

 STANDING IN THE SHADOW?

 

¿Has visto a tu madre, nena, parada en la sombra?

¿Has tenido otra nena, parada en la sombra?

Estoy contento de haberte abierto los ojos.

Los jodidos iban a tratar de congelarte en hielo.

¿Has visto a tu hermano, nena, parado en la sombra?

¿Has tenido otro nene, parada en la sombra?

Yo sólo estaba perdiendo el tiempo.

Estoy completamente solo, ¿no vas a dar toda tu simpatía a la

     mía?

Dame una historia de cómo me adoras,

cómo vivimos en la sombra,

cómo vemos a través de la sombra,

cómo vislumbramos a través de la sombra,

cómo lloramos a la sombra,

cómo odiamos en la sombra y amas en tu vida sombría.

¿Has visto a tu amante, nena, parado en la sombra? ¿Has

     tenido otro, nena, parado en la sombra?

¿Dónde has estado toda tu vida?

Hablando sobre toda la gente que trataría cualquier cosa dos

     veces.

¿Has visto a tu madre, nena, parada en la sombra?

¿Has tenido otra nena, parada en la sombra?

Tú escoges todo esta vez:

El viejo bravo mundo o la lenta caída a los abismos de la

     decadencia.

 

-­­­­The Rolling Stones

 

 

 

 

 

Era sábado. Un sábado tibio por el sol que resplandecía oculto entre unas nubes que avanzaban diagonalmente. Una sombra cubría parte de la casa. El agua de la alberca estaba casi inmóvil. Fernando y Luis jugaban futbol en el jardín. Rodolfo (traje de baño, camisa sport desabotonada, lentes oscuros de burbuja), sentado en una silla playera, con una lata de cerveza en una mano y un cigarro en la otra, estaba en el pórtico, y los miraba. Espera a las golfasgordas que habían subido a cambiarse, y arriba oía la confusión de sus voces y pasos. Estaba agotado (tronadísimo), y nadó como foca. Tuvo que nadar y jugar volibol, hacerle al monje porque el imbécil de Fernando (como siempre, siempre hay un o una imbécil que siempre chinga los planes chingones), aún no podía fajar. En parte, Alma tenía la culpa: le había dicho que invitara a dos de la onda y la que le tocó a Fernando estaba de adornada.

En la carretera, él y Alma medio fajado, besos y cachondeo ligero, una mano en un seno, en un muslo, preparando el terreno, bregando. También Luis en un besuco por aquí y por allá, pero Fernando, elimbecilquesiemprenofalta, nada, cruzado de brazos, mientras su nalga miraba el paisaje de la carretera. Como la vieja que le tocó a Fernando no fajaba, al rato las otras no quisieron. Un plan prometedor se había echado a perder al principio por culpa de una pinche vieja adornada. Fernando era un pendejo, cotorrear aquí y allá, mira gorda esto y lo otro y que aquí y que allá, mira gorda esto y lo otro y que aquí y que allá, lavarle el coco para meterle la onda. Y hubieran llegado a la casa directamente al colchón, unos guapachosos saltos de bienvenida pero ni madre, echando farsa: jugando fut y nadando para-ver-si-la-pendeja-de-la-adornada reaccionaba y entraba en la onda de fajar con Fernando.

Tanatodamadreplanqueteníanypordospendejosselollevabalachingada. Llegando a la casa, unos drinks, y ya que estuvieran medio alumbrados, las viejas cachondas por los alcoholes en el cerebro, a bailar, faje sabroso (mamacita, pero mira nomás qué bien te has puesto, ¡sabor!), guapachoso, y todos al box-spring, él a gozar guapachosamente a Almita, con sabor a mamaíta. Todo así de perfecto y de chingoncísimo. Pero no, el plan se había ido a la chingada por la puta pendeja adornada. Las otras, si ella no jala, pues nosotras no podemos, no aguanta. ¡Pendejadas, pendejadas, flaco! La adornada se adornó cuando Fernando trató de abrazarla en el coche: oyes, no abraces que no somos nada… Cuando llegaron, Alma le dijo que no se preocupara, que al rato convencería a la adornada (o sea exactamente en ese momento cuando se estaba vistiendo), para que se comportara a la altura, que conocía a Lidia, que a veces era muy temperamental y que ya se le pasaría (con el ligero cotorreo que ahora estaba sosteniendo con ella), que jalaría. Pues era lo único que le quedaba a semejante bollo gélido, o si no la agarraría a punta de chingadazos. Pinche babosa de mierda: no me abraces que no somos nada, como si fuera la reina de Inglaterra o qué… Pero si la adornada se seguía adornando… Él había puesto la carne y a la chingada lo demás; si Fernando no podía hacer nada era su onda. Rodolfo estaba como el marqués de bollo gordo. Drinks, su nalguita guapachosa y bullanguera… de pinga, de pinga flaco… aunque por la hawaiana se estuviera prolongando el momento de box-spring. Vamos a esperarnos tantito a que Lidia se anime. Yugoslava crema, pasos apresurados bajando la escalera. Las gordas llegaron. De pantalón ajustado y suéter. Marta corrió hasta donde jugaban Fernando y Luis. ¡Coño; qué buenas nalgas tenía Marta, coño no jodas, pero qué buenas nalgas! Un poco sotacona, pero… ¡qué nalgas! ¡Y esa nalga la tiene que gozá! Como para darle el tremendo beso negro, llegarle por chicuelinas… ¡Olé! ¡Nada más de verla, coño, quieta sin orejas, coño, y qué pitones tiene la hija de su puta madre, una vaca suiza auténtica! La nalga perfecta para Luis. Las vacas suizas lo destrampaban.

Alma y Lidia jugaban pingpong cerca de él. Pingpongpingpong después de unos ostionucos, así te voy a hacer cabrona. Ya te estoy oyendo hija de la chingada: ¡salvaje, salvaje, brujo, brujo maldito! La adornada estaba bien, tenía suave cara, por eso se cree la reina del bollo gordo. Pero lo que es bollazo, almuca, ama-señora-y-maestra-del-cojín, especializada en sesentaynueve, y otros pomos en el cerebro y después a gozar.

-Aí mumi, ¡aí! –le gritó a Alma, con el acento cubano adquirido en cientos y cientos de rumbeadas.

Ligarse a Alma fue fácil. Gorda a dónde vas, que aquí, pues te acompaño, perfecto, vamos a tomarnos un drink, está bien, esto y lotro, y mucho gusto, que yo trabajo de secre y que yo soy el cuerpo de tránsito, que aquí y allá y perfecto, y ya es hora de irme a mi casa, te llevo, un taxi, okey, chao nos vemos mañana, háblame a mi trabajo, hola Almita cómo estás, vamos a bailar; Prado Floresta: un conjunto de rumba y una cantante balín, gallega a morir, pero luces de colores para poner a tono, Almita qué bien estás, unos pomos en el cerebro, cachondeo, vamos a donde te platiqué, pero gorda qué sabrosa estás, sabor, gozando, gózame prieta, gózame, salvaje, gózame, salvaje, y desde hacía tres meses Almita era su nalga. Todo un campeón, rey del colchón.

-¡Aí mumi, aí! –le gritó con acento cubano, casi perfecto. Digno de ser elogiado por el inmortal Beny Moré.

Lidia estaba acostada en el sofá de la sala, fumando. Marta y Alma pensaban que era como ellas, que andaba con cualquier chavo y con cualquiera se besaba y abrazaba, pero no. No. No. Una cosa era que le gustara salir con muchachos a dar la vuelta en sus coches a andar chacualoqueando como ellas, con todos. Más valía sola. Fernando era de lo más aburrido. Aich, no tenía nada de plática. Luego luego la quiso abrazar, como si fuera qué. Era de ésos que le caían mal nada más de verlos. Marta se estaba creyendo la gran cosa nada más porque andaba con Luis, que era el dueño de la casa y del coche. Claro, primera vez (y segurísimo que la última) que andaba con uno de Mustang. Pero Luis no la había escogido, sino que ella de resbalosa se apuntó con él. Cuando llegaron por ellas, rápidamente Marta se subió y se sentó en el asiento de adelante, con Luis.

-Kid Adornos… como la Bella Durmiente –dijo Rodolfo.

Lidia se levantó rápido, como impulsada por un resorte. El resorte la dejó sentada, con los codos sobre las rodillas, las mandíbulas sobre las palmas de las manos, mirando el suelo. Las voces de todo confusas. Entraron.

Rodolfo puso un elepé en el estereofónico: dicen que la cubana tiene fuego en la cintura, bailando nadie le gana cuando repica una rumba, yo sé que en Buenos Aires todo´ lo, pollo´ son bueno´, que no hay na´ comparable con un pollico chileno…

Rodolfo bailaba solo, haciendo pasos de rumba fuite y caliente, como poseído e iluminado por Changó, dirigiendo con las manos a un conjunto rumbero invisible, cantando: dicen que la mexicana tiene nalga parada, que no hay na´ comparable con una araña chicana…

-Flaco –le dijo a Luis-, prepara los alcoholazos, mi cerebro necesita pomos, pomos, flaco, pomos, y ustedes bollos flamencos –le dijo a las tres españolas-. ¿Qué? ¿Les gusto para el negocio aquel que les platiqué? ¿O qué? Estamos en la onda caliente, la onda más caliente del siglo, de-bedá. ¿Qué chupan? No lo que les platiqué, sino… -en tono afectado, como si fuera un verdadero caballero inglés, agregó-: ¿Qué van a beber las francesas?

Yo se´ que la venezolana

tiene la panocha negrita

que la colombiana

el ombligo pa´fuerita

que la peruana… (guess what)

 

Aich, como la miraba el menso de Fernando, como si fuera qué, aich. Y riendo como idiota de las idioteces de Rodolfo mandó a Alma.

-Rumana –le dijo a Lidia-, ven –sacudiendo las manos cerca de la cara de la de Rumania-, vamos a mover el botafogo y el Necaxa –Lidia miraba al suelo, ignorándolo, cero a la izquierda, sorda a sus palabras, totalmente frígida-, no seas checoslovaca –Lidio hizo un gesto como a punto de explotar en cólera y decirle: ya, ya, ¿no?- vamos a bailar, no seas como te dije…

 

Songo le dio a Borondongo

Borondongo le dio a Bernabé

 

Fernando, que estaba en el sillón como un muñeco de trapo abandonado por su dueño o algo así, de pronto se paró y dijo:

-Voy a prepararme un chinguiri –simultáneamente se paró y se dirigió a la cocina, donde, como ya sabemos, Luis, Marta y Alma preparaban drinks. (Aclaración pertinente para el lector olvidadizo, debido a que el autor es muy, como se dice, amable, de-bedá.)

-Anmárgaret… ¿me hace usted el favor de bailar?

Aichhhh. ¡Qué tipo! Era de lo peor, tan plebe, aich. ¿Qué se creía el idiota?

-No seas uruguaya, contesta cuando se te habla…

-No… gracias… es-toy can­­‑sa-da… -dijo Anmárgaret, dejando resbala las sílabas a pausas,  como bolitas de la Lotería Nacional para la Asistencia Pública.

-Ayayayayay, mira, mira… no te adornes, flaca, no te adornes, que no te queda… que para eso estás aquí… ¿O veniste a tomar el sol como inglesa?

-Pues sí –Lidia se acomplejó. [El autor desconoce el motivo, y por tanto lo único que puede decir es: el tono y la actitud al decir la frase (con el cuerpo ligeramente doblado, su mirada de muchacha indefensa y resignada ante un inminente ataque), fueron de ambigüedad.]

-No me vengas con eso, flaca, lo sabes, a mis años… no seas gallega, ten criterio…

Unodostrescuatrocincoseis. Lidia medía su paciencia.

-Baila con Ala… es tu-no-via.

 

Bernabé le pegó a Mochilanga

Mochilanga le echó a Burundanga

Burundanga le jincha lo´pie´

 

-Le jincha lo´pie´… Pero tú, gallega de la Obrera, me alborotas con el cerebro, me guapacheas, anda, no te pongas flamenca, digo, coño, no seas folklórica… ya que el panzón es un punto menos… aquí me tienes para gozarme… ¡Gózame, negra, gózame, mumi! ¡Goza a papaíto!

-¡Aich, ya, ¿no?! –dijo Lidia, y toda enojada se paró y salió al jardín. Rodolfo (que por cierto se llamaba así porque su papá se llamaba así porque su abuelita fue fanática admiradora de Rodolfo Valentino) empezó a bailar solo.

 

¿Por qué fue que Songo

le pegó a Bernabé?

¿Por qué Borondongo

le pegó a Bernabé?

 

Y los que estaban en la cocina regresaron a la sala con drinks y sándwiches. Alma le dio a Rodolfo su gin n´tonic.

-Y ahora a bailar como degenerados rumbita caliente –dijo Rodolfo.

Los guapachosos y superrumberos Lobo y Melón colaboraban desde el estereofónico a la diversión de Luis y Rodolfo y sus golfas (Marta y Alama) con estas líneas con mucho ritmo y sabor tropical:

 

¿Qué es aquello que verdea

en medio de la sabana?

Yo creía que era zacate

y era la maldita iguana

 

Excepto Fernando (que estaba sentado en un sillón bebiendo su drink y comiendo un sándwich) y Lidia (que como veremos después está como reina acostada en el pasto tomando el sol), las parejas bailaban. Luis no hacía caso del ritmo de la música y llevaba a Marta lentamente, como si estuviera bailando una pieza de Ray Conniff: música sólo para enamorados que se bailaba en las fiestas de los sábados ente las presencias de las mamás. Rodolfo derrochando, lanzando, expulsando sus cualidades de rumbero, aventando el estilo que había adquirido en miles de rumbeadas a las que había asistido como invitado o como rumbero, y que perfeccionó, nada menos que el Califa (salón de baile sede nacional del danzón, la guaracha, la rumba, en resumen, de la música tropical de la que Rudolph era uno de los más brillantes exponentes), el Nahual, el Esmeril, el Chamberi, el Naco, el Gato. Alma, tímida –debido a su inexperiencia- y torpemente, le seguía la onda.

-Guerrero –le dijo Rodolfo a Fernando porque así se apellidaba, y agregó-: píntate de colores por la alemana, ora panzón, está en el jardín…

Muy digno, el panzón Guerrero dijo:

-Ni madres… Pinche vieja payasa… India de cagada…

-Ándale, Barrigas, que se me hace que te gusta gozar el chou.

Fernando Guerrero (que no es pariente de Vicente) se acostó en la alfombra. Las parejas bailaban. Luis y Rodolfo cachondeaban a sus viejas de la danza, guerreras del abachobecho y del cojín. Rodolfo, como si estuviera bailando con una puta del cabaré Bombay, con las manos en las nalgas de Alma. ¡Sabor morena, sabor!

Fernando recuerda una anécdota de Rodolfo (el motivo debe ser revelado y aclarado por el psicoanalista de este personaje, pues el autor no se lo explica; lo único que hace es simplemente transcribir en palabras lo que el personaje está pensando en el momento en que se ocupa de él; o sea, cuando el autor del cuento corto o novela larga se introduce en el cerebro del personaje. Gracias).

Para llegar a la anécdota, Fernando tiene la siguiente stream-of-conciousness: el pinche Rodolfo era una ladilla. Desde chavo un piojo pubis, un mevalemadrestodo. Siempre podiendo a todo mundo, a las viejas en las fiestas; en una fiesta, cuando eran chavos, un cuate estaba bailando con su gorda y La Ladilla se acercó al cuate:

-Oye compadre… ¿es tu novia?

-Sí… ¿por qué? –respondió el cuate.

-¿Cómo que por qué?

-¿Tiene algo de malo?

-No compadre, no tiene nada de malo que sea tu novia, lo que tiene de malo es que… respétala…

El cuate sin descifrar el enigma.

-¿Por qué?

-¿Cómo que por qué? Cuando vengas a una fiesta y te pongas como te platiqué, ponte traje de baño… todos te están viendo, compadre, hazlo por ella…

El cuate, sudando como bestia. Y su pobrecita niña muerta de la pena. Una vil ladilla. Lo iba a quemar con sus cuates: el pinche panzón no pudo afincar por pendejo. Nosotros fajando, cogiendo, zabadaba, él cagándola. Pero si no le rogaba a la niña decente, menos le iba a rogar a una pinche corriente, pelada de mierda. Viejas que no cogen a la verga.

 

A gozá, mumi, a gozá

a gozá este guaguancó

que está de pinga, mumi…

 

-Almuca… ya se me paralizó la que te platiqué… Así es que ya sabes… Vamos a donde te conté…

-Espérate… plis…

-No, nada, nada, si no… Pa´ qué te cuento…

Y haciéndose rogar como los toros, Alma dijo:

-Ay, no, Rodolfo… plis…

Luis y Marta en tremendo clinch. Lo que pasaba es que a la adornada le gustaba Luis y por eso estaba de mamona, pero le valía madres. Corriente y adornada.

-Vamos a servirnos otra copa –le dijo Alma a Rodolfo en voz alta para que no sospecharan los demás que en ese preciso momento ella había aceptado ir a la  cama.

Alma y Rodolfo caminaron.

-Se echan uno a mi salud –dijo Fernando.

-¡Ay, cómo eres! –dijo Alma volteando a verlo.

-Los que quieras, flaco, los que quieras…

-¿Qué haces? –peguntó Fernando Guerrero a Lidia Lafontaine.

Lidia se tapó los ojos del sol, alzando un brazo en ángulo. ¿No me ves idiota? Tirada en el pasto-

-Descansando…

-¿Por qué estás enojada conmigo?

-No estoy enojada.

-¿Enton´s?

– Enton´s… ¿qué?

-No me pelas…

Como no contestó la adornada, Fernando continuó su labor de persuasión para que Lidia entrara a la onda, y así, él se divirtiera e hiciera realidad los proyectos configurados desde que salió de sus casa: drinks, nalga: diversión, una onda buenísima. Ondón que hasta ese momento sólo sus amigos gozaban.

-¿Siempre eres así?

-¿Cómo?

-Pues venimos a divertirnos… todos.

-Yo me he divertido… mucho.

-Pues parece que estás aburrida.

-No.

-Entonces… ¿por qué no quieres bailar?

-Porque no sé…

-¿Quieres un drink?

-No bebo… gracias.

-Un trago no es ninguno… te pone en onda…

-No quiero estar en onda. Yo no soy como Alma y Marta… ¿sabes?

-Entonces… ¿cómo eres?

-Diferente, muy diferente, si crees que porque vengo con ellas soy igual… pues, no, yo no soy como ellas…

-Yo no te he dicho que eres como ellas.

-No, pero yo te lo dije.

-¿Qué te pasa?

-A mí… nada.

-¿No te caigo bien?

-¿No tienes un cigarro?

Le dio el cigarro, sacó su encendedor y llevó la llama al cabo del cigarro y luego al suyo. Se quitó el cigarro de los labios y bebió un trago largo de su drink.

-¿Enton´s no te caigo bien?

-No me caes mal.

-¿Por qué no quieres bailar?

-Ya te dije que no sé

-Te enseño…

-No, gracias…

-Desde que veníamos en la carretera no me has pelado.

-¿Por qué?

-Pues, quise abrazarte…

Sólo me abraza mi novio…

-No soy celoso.

-Pero mi novio sí, y yo lo quiero mucho.

-Enton´s… ¿por qué veniste?

-Y no vine a abrazarme con nadie.

-Digo, si quieres a tu novio…

-Alma me dijo que íbamos a venir a Cuernavaca con unos muchachos decentes. Que veníamos a nadar. No sé qué pienses tú.

Fernando se paró. Bebió un sorbo. Muy cool le dijo:

Que-eres-una-pendeja.

Era ya la caída de la tarde cuando Lidia despertó. Se quitó el pantalón y el suéter y quedó en su traje de baño en dos piezas. Se echó a nadar. Al rato salió de la alberca y se acostó en una silla playera. La voz de Javier Solís llegaba hasta ella cantando:

 

Entonces yo daré la media vuelta

y me iré con el sol cuando muera la tarde…

 

(Su vida sería otra cosa, con dinero, podría pensar en casarse con un muchacho rico. Un rico la tomaría en serio y no nada más para divertirse de vez en cuando. Sólo dos caminos: o ser la esposa de uno de la Colonia Obrera: peluquero, obrero, carpintero, tendero; o ser una puta. Tener un amante rico. Ahí estaba su futuro. Y dejar de vivir en un edificio mugroso, oscuro, siempre oliendo a orines y sudor, a los cuerpos de los vecinos, de sus parientes: de sus hermanos, su padre y su madre.)

Pasó el tiempo, y los libidinosos, satisfechos ya, calmados, agotados por el ejercicio, bajaron a preparar unos drinks; gin n´ tonics para recuperar las energías dejadas en la cama, como diría Rodolfo el Guapachoso, en el boxspring o colchón. Cuando todos estaban en la sala, saboreando unos drinks, entró la adornada.

-¿A qué hora nos vamos?

-¿A dónde? –preguntó Rodolfo.

-A México.

-Ah, yo pensé que al guayabo.

-Luego, manita –dijo Marta.

-Ya es tarde.

-Son las ocho –dijo Alma.

-Si llego tarde, ya sabes el tango que me hacen…

-No te pongas flamenca –dijo Rodolfo.

-Vamos. Te dije que venía si regresábamos temprano, Alma.

-Ya, ya, no chingues, que me encabronas –obviamente fue Rodolfo quien dijo tan bellas palabras.

-Ya sabes cómo es mi mamá, Alma…

-¡Puta madre, qué pinche pedo! ¡Voy a guacarear! –dijo Fernando, y obviamente dirigiéndose hacia el baño a vomitar, que es lo que significa “guacarear”.

 

Tienes que tomar una sopa de pichón

tienes que tomar una sopa de pichón

tienes que tomar una sopa de pichón

tienes que tomar una sopa de pichón

 

 -Ay manita, me siento muy mariada para irme orita. Si llego así a mi casa, olvídate –dijo Marta.

-Sí, pero a mí también… olvídate –dijo-la-que-se-quería-ir.

-Orita que salga Fernando del baño, que te lleve en el coche a Cuernavaca, para que tomes un camión… -dijo Luis con su acostumbrada cortesía.

-¡Y ya no chingues hawaiana!

Cuando Fernando regresó del baño y le dijeron que llevara a la Lafontaine a la terminal de camiones, en Cuernavaca, se rehusó y dijo…

-Yo ni madre… me voy a jetear un rato para que se me baje un poco el pedo…

Entonces Luis dijo que él la llevaría. Y así fue. Marta quiso ir, pero Luis le dijo que no. Lidia, por lo tanto, iba en el Mustang, creyéndose la Mamá de los Pollitos o de Tarzán o de cualquier presidente de cualquier país. Y cuando Luis estacionó el coche  a un lado de la carretera, Lidia pensó que el ataque se iniciaría. Su sueño hecho realidad.

-¿Por qué quieres irte? –le preguntó Luis.

-No sabes lo que me hacen…

-¿Qué te hacen?

-Nada más me matan.

-¿Tienes teléfono?

-Sí.

-Pues hablas a tu casa y dices que se descompuso el coche, cualquier cosa.

-Es que… tengo novio… y olvídate si no me encuentra.

-Agarra la onda, apenas está empezando…

-Pero… yo no tomo ni nada,

-¿Quieres irte?

-Este… sí…

-Okey.

Luis encendió el motor de su Mustang. Arrancó. Las llantas patinaron. En la carretera el coche iba a más  de cien. Lidia, realmente emocionada. Además de tener dinero, ser guapo, Luis era buenísimo manejando. ¡Wow! Llegaron a la terminal de autobuses.

-Bueno, ha  sido un placer, chao.

-¿Te pido un favor? ¿Me prestas? Es que con las careras…

-¿Cuánto?

-Espérame tantito, voy a preguntar… ¿sí?

-Hecho.

 

She loves you, yeah, yeah, yeah

She loves you, yeah, yeah, yeah

 

Regresó la que se había bajado. Abrió la portezuela y entro al Mustang. Se sentó. Y dijo:

-Te hice caso, me quedo.

Primera. Las llantas patinan. ¡Wow!

-Que Alma le hable por teléfono a mi mamá.

-Okey.

 

Don´t be fooled by her love

You can never win

You can buy her everything

 

Los Ermitaños de Herman cantaban para ellos. Y como principio de entrada en la onda, Lidia, con voz melosa –como una mezcla de miel y mantequilla-, preguntó ¿Tienes novia, Luis?

-No.

-¿No?

-¿Por qué?

-Porque no.

-Si tienes me imagino que ha de ser muy así…

-¿Tú crees?

-Sí.

-Ah.

-¿La quieres?

-¿Tú qué crees?

-Que sí.

-¿Y tú?

-¿Qué?

-¿Quieres a tu novio?

-Pues no sé… ¿nunca te ha pasado?

-¿Qué?

-Que no sabes si quieres a alguien o no.

-NO.

-¿No?

-No. Digo, me gusta una niña y ya. Si yo le gusto perfecto. Es todo.

-¿Cuántas novias has tenido?

-No sé.

-¿Te cae bien Marta?

-Sí.

-¿Te gusto yo?

-Sí.

-Fernando… no sé, no me cayó bien…

-Es mi amigo… ¿eres virgen?

-¿Qué?

-Que si eres virgen…

-Sí… ¿por qué?

-Nada más.

-¿Te gusta Marta para eso?

-¿Para qué?

-Pues para acostarte con ella.

-Me acosté con ella.

-¿Sí?

-Sí… Después de todo, me caes bien.

-Tú también; no eres como Rodolfo.

-Cada quien tiene su onda.

-¿Quieres que te diga una cosa?

-¿Qué?

-No soy virgen. Una vez me acosté con uno, pero yo no sabía. Era mi jefe. Y me invitó a tomar una copa. Tomé una y perdí la cabeza. Creo que me echó algo en la copa. Perdí la cabeza y me llevó a un hotel. No supe lo que hice. Yo no quería. Pero ya no soy virgen.

-Muy trágico.

-¿No me crees?

-Sí, te creo, es muy trágico.

-Me estas vacilando.

¿Por qué no te voy a creer?

-No sé, lo dijiste no sé cómo. Alma lo sabe. No tenía con quién hablar y se lo dije a ella. Ella por eso cree que soy como ella, que se acuesta con todo el mundo.

-Hacer el amor es lo máximo.

-Pues yo no sé.

-Es lo máximo. No sabes porque lo hiciste en malas circunstancias.

-Pues no sé.

-La onda es el sexo. Es lo máximo.

-¿Tú crees?

-Fernando puede enseñarte.

Cuando entraron a la sala, Marta y Alma hacían strip-tease. La orquesta de Ray Conniff tocaba: “Frenesí”. Rodolfo y Fernando palmotearon al compás de la música. Las strip-tease girls de la Obrera recogieron sus prendas que estaban en la alfombra y fueron al baño.

-Tenía que ser la checoslovaca la que nos chingara la onda. ¿No que te ibas?

Lidia lo castigó con el látigo de su desprecio y le dijo a Luis:

-¿Me acompañas a servirme algo de tomar?

 -¡Sabor, sabor, la rusa va a inflar, sabor!

Música de fondo: Ray Conniff, coros y orquesta. Las parejas (Lidia ya dentro de la onda) fajaban. Rodolfo y Alma, en un sofá. Marta y Luis rumbo a una recámara, por las escaleras, abrazados. Lidia, sentada en la alfombra, recargada la espalda en la pared, al lado del estereofónico, con la vista en el vaso de gin n´ tonic, parecía una marioneta abandonada. Fernando llegó hasta ella.

-¿Quieres otro drink?

-Bueno.

La orquesta de Ray Conniff tocaba ahora: “I´m in the mood for love.” Fernando regresó con el drink, se lo dio y fue a sentarse a un sillón, frente a ella.

-¿Te gusta Ray Conniff?

-Sí-

-¿Puedo poner otro disco?

-Como quieras.

-Fernando hizo una pausa. Un silencio flotaba entre los dos, interrumpido pos los jadeos de Rodolfo y Alma, dentro de la música para enamorados jóvenes de la orquesta de Ray Conniff.

-¿Qué piensas? –preguntó Fernando.

-En nada.

-Te ves triste.

-No, no estoy triste, estoy un poco mareada… Per…

-¿Quieres bailar?

-Bueno.

Fernando secó el sudor de sus manos en el pantalón. Fue hasta ella. Ella se incorporó. Fernando la tomó entre los brazos y empezó a bailar, como si Lidia fuera su novia: suavemente, mejilla contra mejilla, cuerpo contra cuerpo, ojos cerrados. Ella fue quien lo besó. Cuando separó sus labios, en voz muy baja, Fernando preguntó:

-¿Quieres… vamos arriba?

-Vamos –dijo sin verlo.

Entraron a la recámara y él encendió la luz.

-Apágala –dijo Lidia.

Él la apagó.

Preferir a Marta.

Ella fue a la ventana, cerró los ojos. Fernando le puso las manos en los hombros. A los lejos la voz de Alberto Vázquez cantando: …por favor olvídalo.

-Yo me desvisto –dijo-

-¿Por qué?

 

A Elena Poniatowska,

mi hada madrina.

 

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