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CÍRCULO DE POESÍA

 

El lugar del corazón, cuento de Juan Tovar

03 Ago 2012

En el marco de la serie “Los mejores cuentos mexicanos del siglo XX”, preparada por Mario Calderón, presentamos un cuento de Juan Tovar (Puebla, 1941). Es traductor, guionista, narrador y dramaturgo. Mereció el primer premio del Concurso de Cuento, convocados ambos por la revista La Palabra y el Hombre (1966). Recibió el Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón que otorga el INBA a escritores con una valiosa obra de creación dramática

 

 

 

EL LUGAR DEL CORAZÓN

 

Aquel día les dejó un trabajo aún más laborioso que de costumbre, las regañó por platicar en clase, hizo sarcasmos a costa de un maestro admirado por ellas —cualquiera de estas cosas o todas juntas. (‘Fue hace mucho’ dice Neli), el caso es que la reunión para hacer la tarea estuvo dedicada a planear venganzas. Podían hundir clavos en las llantas de su coche, pero sería necesario conseguir permiso para salir a la calle durante el recreo y eso las haría las primeras sospechosas. Podían ir a romper los vidrios de su casa: —Yo sé dónde vive —dijo Aurora—, vamos ahorita —pero a Cecilia y Neli les daba miedo y no sabían tirar piedras. Se pusieron a resolver ecuaciones. Cecilia salió; al regresar traía un folleto sacado de la biblioteca de su padre.

            —Miren.

            Vieron: el título Hechicería y unas manos clavando alfileres larguísimos en un muñeco de trapo con ojos humanos. Y Neli vio en esos ojos los de Guillermo Suárez Esponda.

            Era el maestro de literatura: un hombre de estatura mediana, cincuentón, robusto pero pálido; usaba trajes con chaleco, corbata de moño y zapatos enormes. Se había educado en Alemania y sólo faltaba que nos hiciera marchar a paso de ganso —ése era su apodo, a causa de su teutonismo y de sus pies grandes. Se le hacía fácil decir: para la semana entrante leen Fausto y me traen un trabajo sobre él, diez páginas mínimo. Se indignaba cuando le pedían repetir, explicar con más detalle o traducir una cita; también si algún muchacho se atrevía a despatarrarse en el pupitre o si un cuchicheo mellaba el silencio absoluto que debía servir de fondo a su voz seca y precisa. Su arma era la humillación, esgrimida con profesionalismo.

            —¿No sabe usted quién escribió Los Bandidos, señor Villalobos? Pero hombre, sólo un perfecto imbécil sería capaz de ignorarlo, ¿no cree usted? Responda. Sí ¿verdad? Sólo un perfecto imbécil. ¿Qué es usted entonces? Más fuerte, que lo oigan todos sus compañeros. Eso. Y para que no se le olvide, va a traerme cie frases: soy un perfecto imbécil. Es mi destino, estar en un país de imbéciles tratando de educar imbéciles.

            El folleto sobre hechicería se vende aún en las librerías de barato, entre consejos del enamorado y colecciones de chistes. Es sólo una revisión apresurada de sistemas y propósitos a través de los tiempos, pero en la página 38 Aurora, Cecilia y Neli deben de haber descubierto un párrafo clave. Sobre una estatuita de cera confeccionada lo mejor posible, de modo que recuerde a la persona a quien se quiere hacer daño, se fijan cabellos, un diente de la víctima, o raspaduras de sus uñas, después cada día y a hora determinada se traspasa la efigie con un alfiler en el lugar del corazón, pronunciando palabras para multiplicar la intención de hacer mal, incluso hasta determinar la muerte. Neli quedó en buscar más informes: su nana decía ser de un pueblo de brujos y la muchacha le hizo repetir la historia de un alcalde impopular muerto a los seis meses de haber ocupado su cargo sin que ningún médico pudiera definir la enfermedad que lo desgastaba.

            —¿Y qué tenía, nana?

            —Qué iba a tener. Chico trabajote que le hicieron.

            —¿Y cómo?

            —Pues como los hacen, niña.

            —¿Cómo?

            —Uh, hay tantos modos.

            —¿Tú sabes algunos?

            —De saber sí, pero con eso mejor ni meterse. Luego viene el coletazo. Los espíritus te ayudan pero te cobran.

            —Se hacen cosas con muñecos ¿verdad?

            —Sí, muñecos o retratos.

            —Uñas o cabellos.

            —Mjú. O así, cualquier cosa de la persona. Ropa sin lavar, algo de su puño y letra.

            —¿Y alfileres?

            —Alfileres donde se le quiere meter la dolencia.

            —¿Y qué más?

            —Agua serenada. Tierra. Luego entierran todo para fijar el trabajo. ¿Pero por qué quieres saber?

            —No, por nada.

            Cecilia encontró entre los libros de su padre Las Raíces Medievales del Romanticismo Alemán por Suárez Esponda, con retrato del autor como frontispicio, y Aurora, no tuvo que seguir batallando con el trozo de cera que consiguió. El poder usar una muestra de escritura en vez de uñas, dientes o cabellos también facilitó las cosas. Después de una clase las muchachas se acercaron al maestro para pedirle un autógrafo en sus Raíces.

            —¿Piensan leer esto? —sonrió Esponda—. No creo que le entiendan mucho.

            —Haremos lo posible, maestro.

            —Deberían decir más bien lo imposible, si sus posibilidades son las que demuestran en clase —Esponda se caló los anteojos y probó su pluma fuente—. ¿La dedicatoria es para tres?

            —Sí maestro.

            Esponda escribió con letra recta de trazos gruesos: ‘A mis estimadas alumnas (aquí los tres nombres completos sin que preguntara ninguno)  esperando que el camino del saber sea para ellas un sendero de rosas’. A continuación una cita en latín y la firma garigoleada. Le dieron las gracias luchando por asimilar la reacción provocada por la frase cursi: Sentí no sé qué; se me hizo feo pensar en lo que íbamos a hacer con su libro. Pero Esponda deshizo la pugna:

            —No crean que por comprar mis libros voy a pasarlas de año. Si lo hicieron con ese fin, considérenlo una inversión perdida.

            Cerca de la casa de Aurora había una zona poco poblada: lotes baldíos, construcciones y una construcción abandonada que fue el lugar elegido. Cada una, apoyada por las otras, dijo a sus padres que en la escuela iba a ponerse una obra de teatro (era cierto pero ellas no participaban) y que los ensayos eran nocturnos. La primera reunión fue bajo la luna llena a eso de las nueve. Neli llevaba una pala de jardinería y Cecilia una cantimplora de plástico llena de agua serenada; en el camino compraron un peso de alfileres. A la luz de la luna recorrieron con leve pavor la estructura frustrada por si algún limosnero estaba instalado allí. Olía a excremento —la noche siguiente Cecilia llevó un desodorante con aroma de pino. Despejaron un sector en el espacio que habría sido la estancia. Cavaron una fosa pequeña para la dedicatoria y el retrato. Cecilia jugueteaba con los alfileres.

            —¿Dónde los clavamos?

            —En las piernas —dijo Aurora—; que le den reumas.

            Faltaba la invocación: Neli decidió improvisarla. Sin duda la importante eran la intención y la intensidad —ella misma nunca se sentía tan cerca de Dios repitiendo padrenuestros como hablándole directamente en una combinación de fórmulas respetuosas y súplicas amplificadas por la repetición: Dios omnipotente, haz que pase la prueba de álgebra, tú que todo lo puedes haz que pase, haz que pase la prueba de álgebra, la prueba de álgebra, Dios misericordioso. Aquí era algo como: llévale, llévale, llévale este daño, espíritu grande y fuerte, te invocamos, te rogamos, espíritu poderoso, llévale este daño —una y otra vez todas juntas, el sonsonete triple acumulándose hasta que la materialización de la energía multiplicada parecía inminente: Neli abrió de pronto los ojos al sentir (“Te juro”) que algo, una forma basta hecha de luz de luna, un gigante sin facciones estaba allí entre ellas con u pie a cada lado de la fosa. Y su mirada encontró la de Aurora, fija en el mismo punto: golpe de terror casi placentero porque también  era conciencia de poder. Neli bajo la cara y abrió los brazos en forma de cruz y alzó la voz y las otras la imitaron —tres muchachas de quince o dieciséis años arrodilladas alrededor de un hoyo donde Guillermo Suarez Esponda, en una biblioteca con chimenea, miraba sereno hacia las estrellas. Ya no había necesidad de consultar nada, de ponerse de acuerdo: estaban de acuerdo, cumplían un ritual bien aprendido. Cecilia tomó sus alfileres y pasó los demás. Los clavaron por turno en las pantorrillas de retrato. Neli roció el agua serenada, Aurora empezó a tapar la fosa. Cuando el retrato quedó cubierto Neli dijo: amén, dijeron Aurora y Cecilia y después silencio, acaso chirriar de grillos. Las tres aún de rodillas alrededor del pequeño montículo. Lo apisonaron un poco. Pusieron encima una piedra grande. Dejaron la pala y la cantimplora tras unos yerbajos junto al muro de ladrillo y salieron: en silencio.

            —Mañana hay que traer una lámpara —dijo Cecilia.

            Pasaron los días sin que Esponda se desmejorara: el ritual nocturno se repetía con insistencia algo desesperada, con rabia de posible inutilidad, con anhelo sórdido. Una de las últimas noches se frotaron tierra en la cara, en el pecho rasgando las blusas, en las piernas, invocando siempre. A la mañana siguiente Neri lloró mirando un arañazo que se había hecho al prender con alfileres la blusa —lloró sin saber por qué, con deploración demasiado grande para venir de remordimiento. ‘Como que ya no era juego’ dice ‘era —no sé, como masturbarse, no sé si me entiendas’. Invocar impulsos vergonzantes, dejarnos poseer por ellos y cuando la posesión termina el monstruo sigue allí, tarda en regresar al centro oscuro donde habita y uno lo mira y dice: ¿este soy yo? Pero además era masturbarse en complicidad, frente a espejos. Cecilia fue la primera en ceder a la tensión: faltó una noche y sus compañeras la esperaron un rato y luego volvieron a sus casas sin quedar en verse otro día. Poco después hubo vacaciones de semana santa; todas salieron de la ciudad con sus familias. Y de regreso en la escuela, la presencia de un nuevo maestro de literatura: Suarez Esponda estaba enfermo. Ulceras en las piernas. No comentaron nada entre sí, se hicieron desentendidas. De hecho, ya casi ni me hablaban; a la salida cada quien se iba por su lado y las reuniones para hacer la tarea eran con otras amigas.

Tras una de esas reuniones, Neli pasó cierta noche frente a la casa que Aurora había identificado una vez como la de Esponda: grande, gris y vieja, con señales de descuido ausentes sólo del jardín. Miró un rato las ventanas iluminadas antes de cruzar la calle y llamar. Acudió una mujer rubia y gruesa, la esposa alemana del maestro.

            —Ah, viene viene ver profesor, él dará gusto. Pase. favor.

            Esponda estaba en la biblioteca, tras su escritorio. La saludó por apellido, la invitó a sentarse e hizo una seña a su mujer, quien empujó la silla de ruedas hasta dejarla, obedeciendo otro ademán, delante de la chimenea que aparecía en el retrato sepultado. Esponda miró a Neli y alzó levemente las cejas como si estuviese en clase y acabara de hacerle una pregunta.

            —Vine a ver cómo seguía, maestro.

            —Te lo agradezco mucho, aunque habrías podido venir a mejor hora.

            —Es que estaba por aquí.

            —Sí, sí, te lo agradezco. ¿Qué dice la escuela?

            —Pues… como siempre. ¿Va a regresar pronto?

            —No lo creo. Esto no cicatriza.

            Esponda señaló despectivo la manta a cuadros que cubría sus piernas. Luego suspiró. Luego miró a Neli con sorna.

            —Les dará mucho gusto ¿verdad?

            —No maestro —protestó ella débilmente—, cómo cree.

            —¿Cómo? Fácil: me doy cuenta de las cosas. Los imagino a todos felices: el Paso del Ganso está fuera de combate.

            Neli se ruborizó. De pie junto a su marido, la alemana escuchaba con sonrisa afable, mirando de uno a otro.

            —Así me dicen ¿no?

            —Algunos… pero.

            —Tendrán que buscarme un apodo más coherente. No les será difícil. El Tullido. El Ganso Tullido. El… pero ustedes tienen más inventiva que yo para esas cuestiones.

            —Maestro, no es cierto.

            —¿Qué? ¿No es cierto qué?

            Esponda golpeó los brazos de la silla y adelantó bruscamente el cuerpo como para levantarse. Hizo una mueca de dolor y se echó para atrás con un gemido atorado en la garganta. Su esposa gritó: —¡Willi! y se inclinó sobre él hablándole aprisa en alemán. Él contestó algo, rechazándola. Su cara brillaba de sudor.

            —Mira hija, yo sé cómo son las cosas —dijo con voz cansada—. Pero ni modo. O se es un maestro popular o se es un buen maestro. Yo soy, creo ser un buen maestro. No en balde.

            Hizo un ademán incompleto y dejó que su esposa le enjugara la frente. Neli miró los diplomas sobre la chimenea, los estantes llenos de libros, el busto de Goethe sobre el escritorio y de nuevo a Esponda y su mujer.

            —En Europa pude lograr 100 veces más de lo que es posible aquí —dijo él—. Y sin embargo aquí estoy. Idealismo estúpido, patrioterismo, llámalo como quieras. Pero no hay por qué hablar de eso. Tú viniste a saludarme y te lo agradezco mucho. De veras. Y perdóname que te despida ahora, pero es tarde y tengo trabajo.

            Neli caminó largo rato, con una urgencia indefinida que se aclaró frente a la construcción abandonada. Todo estaba en su sitio. Neli apartó la piedra y empezó a cavar con rapidez. La dedicatoria deslavada, el retrato carcomido por manchas negras —Esponda de pie en su biblioteca, mirando al frente con un alfiler clavado en el corazón. Neli lo vio con espanto incrédulo, lo arrancó cautamente como una astilla encajada en carne viva. Quitó los alfileres de las piernas. Recogió la foto húmeda y alzó al cielo los ojos cerrados. Dios, haz que sane, Dios de bondad, haz que sane. Pero no era Dios quien escuchaba sino la forma sin rostros y el retrato era un trozo de carne amputada en las manos de Neli. Lo dejó caer y huyó.

            Esponda murió unos días más tarde: falla cardiaca. El intento salvador de Neli no dio resultado —o bien Aurora o Cecilia, la que clavó el alfiler en el corazón, volvió más tarde a proseguir el rito. ‘O a lo mejor todo fue casualidad’. Si es cierto algo tiene que ser cierto todo ¿no? Y no hubo coletazo; que yo sepa, a ninguna de nosotras le ocurrió nada. El año pasado vi a Aurora y Cecilia en una reunión de exalumnas; están bien, están contentas, se casaron también. Claro que a lo mejor más adelante, Dios no lo quiera. ‘Te juro, no sé todavía qué pensar de todo eso’. Yo tampoco, pero creo saber cómo terminar esta transcripción: con la imagen de una muchacha sola ante la fosa del ritual en el centro de aquel edificio inconcluso, dilapidado, apestoso a excremento; en el lugar oscuro de la pasión a la que algo en ella ha cedido —una sola voz pronunciando plegarias ominosas, una sola posesión realizando los gestos frenéticos que ya ninguna otra refleja, una entrega libre a una vergüenza solitaria. Casi no importa cómo llegó allí esa muchacha —si obsesionada largamente por el regusto de un poder ejercido, de un abandono violento, o si inspirada por la idea de reparar los efectos de haber cedido a la tentación que la aguardaba, que la avasalló de nuevo al contacto con los instrumentos de poderío y entrega. No sé por qué siempre me imagino esta escena veo a Neli con su cabello corto, con su cara dulce mirar la foto del maestro y quitarle de las piernas (despacio, casi con ternura) un alfiler oxidado y luego hundírselo en el lado izquierdo del pecho. No sé por qué la veo a ella. Sin duda porque no conozco a las otras dos.

 

 

 

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