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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía costarricense No. 6: Mauricio Vargas Ortega

30 Ago 2012

Presentamos, en el marco del dossier de poesía costarricense, preparado por Gustavo Solórzano Alfaro, el trabajo de Mauricio Vargas Ortega (Santa Ana, 1971). Ha publicado, entre otros, poemarios como Desfigurando sombras (1994), El Valle de las Ventanas (1995), Preguntas para inviernos (1996), La ceniza de los péndulos (2001), Entre Nieblas (2001) y Retratos al anochecer (2006).

 

 

Lee la introducción a este dossier aquí

 

 

Credo

 

Captar el sonido de una noche silenciosa.

Ver, en la total oscuridad,

las siluetas que tendrán las imágenes futuras.

Dormir sin sueño,

caminando por las calles conocidas.

Evadir los mismos diálogos

con distintos comensales.

Manifestar mi insatisfacción fingida

por este cuerpo físico.

No confesar nunca el origen real de este flagelo.

Invocar a Dios cada mañana

con la imagen de mi madre en el espejo.

Este es mi credo,

mi profesión en tiempos de sequía.

Detener en la visión de los florecidos árboles

la esencia de estos ojos y esta dicha.

 

 

 

 

Antes de amarte

 

Exploraré el silencio

sin más ruta que la de tus manos.

Estorbaré el advenimiento de la sombra

cuando el cuervo acuda

a profanar tus labios.

Desataré los lobos

en el rojo espejo de la tarde.

Volverás a mí con tus pies heridos.

Los abrazaré sin fin antes de amarte. 

 

 

 

 

 

Sin amuletos

 

Tomaré temprano la autopista

sin obedecer las advertencias.

Sortearé los riachuelos,

bordearé sin temor tantos abismos,

pediré un sincero perdón hasta a los muertos.

No quisiera partir tan solo

sin amuletos.

La libreta donde escribo los viajes

no tiene espacios ya.

Consumidos están por el invierno.

 

 

 

 

 

No querás desangrar a París entre mis venas

 

No querás desangrar a París entre mis venas.

Ha pasado el desliz de los lobos

en la noche de los azules y las golondrinas.

No pretendás que todos los silencios

en el Sena amontonados

sean tuyos como decir mis manos.

Y el silencio que se gesta entre linternas

como decir mis ojos.

El toro moribundo atravesó una noche de París

que nunca viste.

Tan lejos estabas que los gritos de mi amor

buscaron en su propia sangre la cicuta.

No querás desangrar a París entre mis venas.

 

 

 

 

 

París

 

Será entonces París una libélula,

una gruta sin mar,

un espejismo.

Será entonces París

la aspereza de los cisnes,

los incensarios,

la muerte de los que ya

no están dormidos.

Será todos los viajes compartidos

y los naufragios solos,

la persistencia de los astros

y las golondrinas.

Será la barba de Monet ante el espejo,

su boina, pictóricamente imposible

y su desierto.

Llovió mientras dormía

y los charcos profetizaron

la algarabía de tu amor en sus espejos.

Hay una bestia más

en el delirio de los trenes

que me alejarán de vos.

Hay una daga y un dolor.

La primavera.

Todas las linternas

que hundidas en el Sena

lo eternizan.

Será entonces París como una llaga

en la pradera más volátil de los ojos.

Será entonces París

una ilusoria respuesta

y una huida.

 

 

 

 

Agalariept

 

La Segunda Legión atravesó la noche.

La luna era una roja presencia de retratos.

Todo el pueblo lloraba en las inciertas sombras.

La Segunda Legión llegó apresurada y en la noche.

Los grillos, presintiendo la tragedia, se callaron.

Las ventanas, otrora cerradas, son abiertas

y en los dinteles adorna la sangre fresca de las dagas.

La Segunda Legión rasgó la luna.

Los lagos transversales rompieron las palabras.

Los que habrían de morir salieron en la lluvia

y los condenados bebimos el veneno de la nada.

La Segunda Legión aplastó la oscuridad con sus caballos:

ciento veinte mil incendios postergados.

Murieron las ranas del diluvio,

murieron los juegos del verano.

La Segunda Legión marcó la noche con sus manos.

El temible general entró en los sueños,

se cumplieron uno a uno los presagios.

La Segunda Legión de los infiernos

buscaba los secretos del pasado;

buscaba la razón de las libélulas;

buscaba la razón de los abrazos.

La Segunda Legión, en su tragedia,

vio a Dios dormir sin decir nada,

vio los brazos del valor contra su fuerza

y las cruces de la fe en las miradas.

La Segunda Legión se fue en la noche

y nos dejó tan sangrantes con su marcha

que toda oscuridad ha sido herida

con hogueras que evocan la nostalgia. 

 

 

 

 

 

Usulután

 

Había soñado con Usulután

sin saber su nombre.

Sospeché su presencia

en las listas negras de los militares

en las cartas perdidas de los muertos

en los llantos sin consuelo de sus madres.

Soñé con Usulután en la calma de mi pueblo

en mi Santa Ana sin balas ni masacres.

 

 

 

 

 

Quizás

 

Quizás porque un día me fui

siguiendo el supuesto misterio de la luna.

Quizás porque mi padre lloró al despedirse:

—No estaré aquí cuando volvás.

Quizás porque mi hermano me abrazó tan fuerte

o porque los muertos me miraron partir

y me amaron tanto en esa ausencia.

Quizás porque iniciaba un paso

que nunca más desandaría

o los perros ladraron

o los soles en Madrid eran más fríos.

Quizás porque Alejandra estaba lejos

y ella también fue mi mejor camino.

Quizás en el océano está el recuerdo

y en la distancia el mar.

Quizás porque el viento de mi amor está tan lejos

y los trenes me devuelven al dolor y a la vigilia.

Quizás porque todo lo que amaba

resolvió ser polvo de otro cuento

los temores de un Dios tan avezado

los besos de una muerte tan distinta.  

 

 

 

 

 

En el desierto

 

Hay marchas que nos obligan a romper todos los cristales de la sangre.

Recorridos rojos que atentan contra el amanecer y envejecen las manos.

Hay pasos que detienen el día con su hambre

y tormentas de sal que lo iluminan todo.

Pero a veces la sombra que persigue el desierto se detiene en nosotros.

Los espejos se quedan como lloviendo dentro

y no vemos nada… nada,

mientras las rosas insisten en doblegar la memoria.

A veces el destino juego a la ruleta rusa con la primavera

y nos quedamos dormidos para que todo pase.

Hay momentos irrefutables cuando también la muerte es una fiesta

y las arenas nos llaman por la razón y la duda de entender nuestro llanto.

Yo he pisado el desierto cuando anochecía en las cosas.

Los fieles se postraban ante aquel Dios antiguo.

Todo, todo era una ventana entonces: las voces de mi hermano,

su abnegado silencio, las últimas luciérnagas que incendiaban el viento,

el beso de la roca en cada frente.

El Cairo está tan lejos como toda esperanza.

Con la noche y el hambre nos volvemos desierto.

 

Son desierto las manos; los ojos adquieren el color de las dunas;

la lengua te maldice con la aspereza dormida,

pero húmeda en la noche la palabra se quema.

Todo deja de importar o todo importa.

El camino es tan largo como nuestra esperanza.

Hay fieras en el horizonte que se insinúan siempre.     

 

 

 

 

Ante el muro

 

El niño está esperando una puerta en el muro.

Sabe que el hermoso jardín de negras sombras no es más que un espejismo.

Sabe que Dios está muy lejos y en El Cairo hace frío.

Sabe que los sueños son tan a menudo redondos,

que no importa patearlos hasta llegar al alba.

El niño piensa que en las mezquitas los otros convocan los milagros,

que en El Nilo las danzas nos llegan desde lejos,

desde el tiempo o el sueño.

El niño está ante el muro y a sus espaldas la nada se reparte las formas.

El muro de la batalla próxima está esperando en la tarde.

Todas las sombras se incorporan en su adversidad de espejo

y los niños retratan con los pétalos frágiles del amor una rosa distante.

Ante el muro miramos la ciudad del olvido. 

 

Inéditos

 

 

 

Datos vitales

Mauricio Vargas Ortega (Santa Ana, Costa Rica, 1971). Escritor, investigador y profesor. Estudió filología española en la Universidad de Costa Rica (UCR), donde obtuvo una maestría en literatura latinoamericana. Representó a Costa Rica en el Tercer Encuentro Hispanoamericano de Jóvenes Escritores (Alcalá de Henares, España, 1995) y en el IX Festival Internacional de Poesía de El Salvador 2010. Ha publicado los poemarios Desfigurando sombras (1994), El Valle de las Ventanas (1995), Preguntas para inviernos (1996), La ceniza de los péndulos (2001), Entre Nieblas (2001) y Retratos al anochecer (2006); el relato Para que la patria no sea el silencio. Memorias de Alberto Lorenzo Brenes. Una historia íntima de la Revolución del 48 (2010) y el ensayo Fito Páez y la construcción nostálgica de la ciudad (2012).

 

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