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CÍRCULO DE POESÍA

 

Un cuento de René Higuera

31 Ago 2012

René HigueraPresentamos un cuento del poeta, narrador y traductor sinaloense René Higuera (Los Mochis, Sinaloa, México. 1982). Es autor de los libros de poesía Circe (La mosca blanca, 2007) y Pálida (Ed. Palabras del Humaya, 2010); de la obra de teatro “Ordinario” (Renovigo: obras teatrales. Ed. Palabras del Humaya, 2008). “Ligera” es  su último libro de poemas, publicado por el ISIC.

 

 

 

Los heliotropos

 

 

 

Ahora que la alegre Dido os recibe en sus brazos,

 en medio de buena carne y de buen vino,

que ella os abrace y os dé tiernos besos;

inspiradle un fuego oculto y hechizadla a través del veneno.

 

Virgilio

 

 

 

La casa está vacía.

Las ventanas cubiertas con pliegos de plástico negro.

Cristales rotos.

Periódicos viejos cubiertos de polvo en el suelo es todo el decorado.

 

–También el tiempo.

 

En el alféizar que da al patio hay un gato. Se relame las patas con cautela, me mira, receloso, da un salto y se pierde en la luz y la hierba reverdecida que se alza victoriosa, insolente.

 

–¿Alguna vez también nosotros, así, renaceremos?

 

Al asomarme al pasillo que da a la parte trasera he visto un hombre.

Recargado contra la pared, recostado.

 

Duerme.

Entre los harapos que le sirven de abrigo sobresale el cuello de una botella.

 

Me acerco y el olor del alcohol y la amarga pestilencia de la carne avinagrada en el sudor me hacen dudar de mi disposición.

 

Muevo al viejo con un pie. Lo piso amablemente.

No responde.

 

En su cabello amarillento se adivinan algunos sesenta años.

En el jirón de cobija con que se cubre hasta la mitad de la cabeza se delata su enfermedad.

La piel mugrienta y agrietada de sus pies termina en callosidades terrosas que al instante son pesuñas y cueros ajados de costras macilentas donde la pus y la sangre se insinúan sin mucho ahínco.

 

Despierta al fin.

Me mira con rencor pero sin sorpresa.

Se descubre y los olores salen despavoridos de su cuerpo.

Toma la botella y da un pequeño trago.

Baja la mirada.

 

Pregunta la hora.

 

Son las tres. Las tres de la tarde.

 

Hace calor, le digo.

 

Levanta la cabeza para verme, me mira, desconcertado, la vuelve a bajar. Enrosca el tapón de la botella lentamente. Empieza a mover la cabeza como quien niega, pero arrecia cada vez más sus movimientos hasta que la sacude violentamente de un lado para otro. Grita algo que no entiendo y finalmente se detiene. Mueve la cabeza de arriba hacia abajo, despacio, hace unas cuantas repeticiones y pone la mirada en mí, de nuevo.

Se coloca una mano a la altura de la frente para ver mejor.

¿La muerte con capucha?

Las tres, pregunta.

Hace calor, vuelvo a decir como por un automatismo.

 

Levanto el rostro y extiendo la mano derecha para señalarle el sol ardiente y blanquecino que cuelga justo sobre nosotros. Las tres, dice, y se levanta con pesadez de su lecho, da un gran trago a su botella, Las tres, repite para sí en voz baja y empieza a cojear hacia la calle.

 

Sin saber por qué he vuelto a buscar el sol; bajo los párpados y todo se vuelve rojo.

 

Meris perdió la voz porque los lobos le vieron primero.

 

–¿Qué?

 

Meris perdió la voz porque los lobos le vieron primero.

 

el cielo está hundido

la propia oración cavila su desierto

 

 

–Es triste esto ¿no?.. Abandonar el paraíso, con palabras, con su labio todavía húmedo esperando una respuesta, aterrada de verme como realmente soy, como ya nunca dejaré de ser. ¡Qué rápido se acaba todo! Hágase la Luz, me dijo, y desde entonces no le entiendo nada. Pero sabemos que es la sombra quien habla, ¿perseguimos, no es verdad? con eso habría de bastar… ¿por qué?

 

 

Cuando he vuelto a abrir los ojos he sentido algo como vértigo, me he detenido con las manos en la pared para no caer, me he deslizado hacia abajo y sin darme cuenta estoy sentado sobre la cobija del indigente.

 

–y ella decía que se podría volver, que era fácil, que nada más había una forma, y estaba dentro de nosotros, ¡imagina, ahora se dice cada cosa! y unos hasta pagan, y dejan sus ropas a la puerta y entran y dicen sí señor he aquí lo que buscaba he aquí que me inclino y van arrojando sus malditas monedas y entonces llega uno y dice: Se ha cumplido.

O: éste es el cuerpo del cordero, que comience la fiesta, que se haga la barbacoa y le mando le mando le mando a la niña 

                                                       y comieron y bebieron cometieron adulterio fornicaron, y al otro día no eran sino cadáveres sobre cadáveres sobre cadáveres envolviendo un puñado de tierra muerta.

 

Dejo pasar un momento, respiro profundamente como para adherirme al ritmo de la tierra, trato de restablecerme y logro quedar sentado con no poca incomodidad. Recojo y cruzo las piernas ¿Por qué estoy diciendo esto? ¿Por qué me repito en palabras cada movimiento que hago? Siento que algo escurre de mi nariz hacia las comisuras de los labios. Me limpio con el dorso de la mano y cuando lo reviso está manchado de sangre. Siento a la sangre salir de mí. Siento al afuera tocando mi sangre. Rompo una hoja de periódico y trato de limpiarme, pero el papel es demasiado liso y no detiene el flujo. Me embadurno el mentón y de inmediato siento la sangre seca y costrosa pegada a mi desesperación. Tomo de una punta el andrajo y me cubro con él la nariz. El olor es espantoso, pero sirve. Me contengo de respirar también con la boca. Cuando me gana la respiración y arrojo un lado la cobija no veo rastro alguno de sangre. Miro el dorso de mi mano y está limpio. Me sorprendo al ver la hora actual. Me levanto y camino apresurado hacia la calle.

 

pero cómo decirles que sí,

que sí hay

que es un solo camino

pero ese único camino

sólo puede alejarnos,

que no hay más que quedarse quieto,

y respirar,

pero despacio,

para engañar a la naturaleza,

esa  puta obsesionada con

la reproducción, con

el dominio del espacio,

se reproduce la piedra, se reproduce

el árbol el polvo que te cae sobre los ojos

y que no te deja ver,

la oscuridad gana terreno,

la maldita luz que me enloquece, Borges.

 

La zona está despoblada. Ni un solo carro o niño o perro. El pavimento bajo mis pies deja subir un humor caliente. Mis pies dentro de los zapatos sudan.

Nadie a quien preguntarle.

Me dirijo a la esquina y me recargo el poste de alumbrado.

Espero al primer transeúnte.

 

La tarde crece

                        y crece

porque está muriendo.

 

Ha pasado un cuarto de hora y nadie aparece.

 

–¿y la razón?

–¿la razón?

–la razón

–puta madre

 

los sucesos en la vida de un hombre, en el recorrido de su acto en prosa, arrojan una moral, se desdoblan. Con un modo de deber hacerse consumado pueden permanecer en la quietud de la transparencia. Pero a un nivel menos eterno, más interno, se combinan y rehacen —un puro flujo holocinético de— los incidentes, nada voluntario, el espacio de un cruce no premeditado; una suma sutil en los desplazamientos, un elemento velado que no se puede despejar, parte el momento en que ella se apaga, parte la sombra que se estira como un gato por debajo de ella y se pierde en otra oscuridad.

Has mudado y tu piel ahora cubre otro cuerpo, lo alimentas, le perdonas la vida y lo dejas crecer; le has puesto un nombre para llamarlo en los silencios largos, para atarlo a ti con un sonido, para que todos sepan que llegó de ti.

 

La desesperación y el desconcierto me hacen regresar a la casa, pienso que alguien podría haber llegado mientras yo en otra parte.

 

Camino fingiendo cierta seguridad, cierta firmeza de propósito y naturalidad.

 

Siento que hay personas que me miran desde sus casas, se preguntarán quién es él, mueven cautelosamente la cortina, clavan el rostro furtivo en el hueco que se abre, se preguntan, sin decirlo, quién es, ése. Quién. Camina casi por el medio de la calle. No es de aquí. No conoce.

 

Pero cómo sacar de la conciencia al paraíso. Deshilacharlo a manos propias, desordenar sus hilos por colores, así tú vuelvas a vivir en una pura distracción aquellas tardes cuando soplaba un sutil invierno desde la azul pantalla del cielo, que se iba apagando. Porque esto empieza con la noche, con un rumor que vaga por la piel como de habernos visto antes, y termina, como todo, con la luz del sol.

 

 

Lo pierden de vista al cabo de unos metros.

Se queda parado frente al domicilio que se duplica con letras verdes en una servilleta de papel. La dobla y la vuelve a meter en la bolsa del pantalón.

 

Meris perdió la voz porque los lobos le vieron primero.

 

Desde algún lugar del cielo, mira hacia arriba, alguien lo observa, no hay pájaros, se dice, y el primero cruza la intemperie blanco y como una flecha. Voltea al sentir otra mano sobre el hombro. Ya es tarde, dice el hombre detrás.

 

 

–¿somos

cada vez

más lentos?

 

Ya es tarde, secunda y rima.

 

Para qué, preguntas extrañado. Tarde para qué, sigues el juego.

 

Tú no eres Martín Saldierna, rompe el indigente sin responder a tu sonrisa.

 

No, yo no soy… Bueno, yo no me llamo así.

 

¿Recogimos a fondo nuestras huellas,

aquella vez, para no ser seguidos,

untamos de otro olor nuestra mirada,

fingimos ante cada espejo una

sonrisa ajena, otra forma, fuimos

por las extrañas calles de uno mismo

hacia lo otro, que aprendía a ser?

 

Porque eres Carolina y eres Lluvia

como lluvia es Mariana y son los tonos

cálidos, menores, mínimo tornado

hojas secas bajo el árbol de durazno,

eres viento que sopló una vez sobre

la negra penumbra y eres los muertos

que decapitó febrero, eres causa,

trigo, aliento, astrolabio, arena

porque sí de la apatía, también eres

Yocasta eres Metis, la furia de Aquiles,

la Furia de Orestes, de Isabel la Furia

el cordón umbilical eres del verbo,

un disparo en el futuro temporal

de aquel que te busca obcecadamente

 

No es el mismo de antes, sin embargo hay algo en sus ojos que reproduce al mirarme la misma lástima que el otro.

 

No sé quién es Martín Saldierna, usted quién es, le pregunto, sonríe, Soy Acteón, le remarco como si no pudiera oír, o fuera un retrasado.

 

Vives ahí, le pregunto señalándole la casa.

 

Quién te dijo que vinieras, interrumpe y su voz me hace crecer un hueco en el estómago.

 

Meris perdió la voz porque los lobos le vieron primero, le digo, pero parece no entender.

 

 

Me dieron esta dirección, rectifico, nervioso, contrariado, ¿ustedes viven ahí?

 

Desperté y era de noche. Los gatos vigilan desde las veredas.

 

Desde algún lugar del cielo, leo.

Todo se cumple al pie de la letra.

 

Espero la señal para el siguiente paso.

El fuego duerme ya en el carbón.

Un hilo de humo dibuja el amanecer.

 

hay una densa capa de nubes rojas en esta llanura, la mente ladra y se desliza entre las motas de luz que el sol desliza en las rejillas de mis dedos

las nubes se deslizan

el sol se desliza

el cielo se desliza

el horizonte se desliza

niega y niega, niega 

y niega

y yo…

 

–Tengo sed– he repetido, pero ella sigue jugando.

 

 

Datos vitales

René Higuera (Los Mochis, Sinaloa, México. 1982). Poeta y traductor. Es autor de los libros de poesía Circe (La mosca blanca, 2007) y Pálida (Ed. Palabras del Humaya, 2010); de la obra de teatro “Ordinario” (Renovigo: obras teatrales. Ed. Palabras del Humaya, 2008). Apareció en las antologías Permanencia del relámpago, de poesía sinaloense; He aquí que estamos todos reunidos, tributo a Jaime Sabines y en publicaciones culturales impresas y electrónicas en México y el exterior.

 

 

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