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CÍRCULO DE POESÍA

 

Charles Simic según Gustavo Solórzano Alfaro

17 Sep 2012

Presentamos, en versión de escritor costarricense Gustavo Solórzano Alfaro, algunos textos del poeta serbio norteamericano Charles Simic (1938). Simic fue reconocido con el Premio Pulitzer y ha merecido también el Griffin International Poetry Prize. Fue nombrado Poet Laureate por la Biblioteca del Congreso. La revista Poetry de Chicago lo define como “one of the most visceral and unique poets writing today”.

 

 

 

 

Finales de setiembre

El camión del correo va por la costa
con una sola carta.
Al final del extenso muelle
una aburrida gaviota levanta de vez en cuando una pata
y luego olvida bajarla.
En el aire se cierne una amenaza
de tragedias por venir.

Ayer en la noche, creíste escuchar la tele
en la casa vecina.
Estabas seguro de que estaban reportando
sobre algún horror nuevo.
Así que saliste para averiguarlo.
Descalzo, con apenas una pantaloneta.
Era tan solo el mar que sonaba cansado
después de tantas vidas
de pretender apresurarse hacia algún lugar
sin lograr jamás llegar a él.

Esta mañana parece domingo.
El cielo hizo su parte
y no proyectó ninguna sombra en la acera
o en la hilera de cabañas vacías.
Entre ellas, una pequeña iglesia
con una docena de tumbas grises arropadas
como si también tuviesen escalofríos. 

 

 

 

 

Late September

 

The mail truck goes down the coast

Carrying a single letter.

At the end of a long pier

The bored seagull lifts a leg now and then

And forgets to put it down.

There is a menace in the air

Of tragedies in the making.

 

Last night you thought you heard television

In the house next door.

You were sure it was some new

Horror they were reporting,

So you went out to find out.

Barefoot, wearing just shorts.

It was only the sea sounding weary

After so many lifetimes

Of pretending to be rushing off somewhere

And never getting anywhere.

 

This morning, it felt like Sunday.

The heavens did their part

By casting no shadow along the boardwalk

Or the row of vacant cottages,

Among them a small church

With a dozen gray tombstones huddled close

As if they, too, had the shivers.

 

 

 

 

 

En la biblioteca

                                                Para Octavio

Hay un libro llamado
El diccionario de los ángeles.
Nadie lo ha tocado en cincuenta años,
lo sé porque al abrirlo
la cubierta se rompió, las páginas
se desmoronaron. Entonces descubrí

que los ángeles una vez fueron tan plenos
como especies de moscas.
El cielo al amanecer
solía estar repleto de ellos.
Uno tenía que batir ambos brazos
para poder alejarlos.

Ahora el sol brilla
a través de los altos ventanales.
La biblioteca es un lugar tranquilo.
Ángeles y dioses se reúnen
en oscuros libros sin abrir.
El gran secreto yace
en algún estante que la señorita Gómez
revisa cada día en sus rondas.

Ella es muy alta, así que mantiene
su cabeza atenta como si escuchase.
Los libros susurran.
Yo no escucho nada pero ella sí. 

 

 

 

 

In the Library

for Octavio

 

There’s a book called

“A Dictionary of Angels.”

No one has opened it in fifty years,

I know, because when I did,

The covers creaked, the pages

Crumbled. There I discovered

 

The angels were once as plentiful

As species of flies.

The sky at dusk

Used to be thick with them.

You had to wave both arms

Just to keep them away.

 

Now the sun is shining

Through the tall windows.

The library is a quiet place.

Angels and gods huddled

In dark unopened books.

The great secret lies

On some shelf Miss Jones

Passes every day on her rounds.

 

She’s very tall, so she keeps

Her head tipped as if listening.

The books are whispering.

I hear nothing, but she does.

 

 

 

 

Ojos sujetos con alfileres

Cómo trabaja la muerte,
nadie sabe cuán largo es su día. La pequeña
esposa siempre sola
plancha la ropa de la muerte.
Las hermosas hijas
se sientan a cenar a la mesa de la muerte.
Los vecinos juegan
naipes en el patio
o sencillamente se sientan en las gradas
a beber cerveza. La muerte,
mientras tanto, en una extraña
parte de la ciudad busca
a alguien con un mal resfriado,
pero de algún modo la dirección está equivocada.
Incluso la muerte no puede encontrarla
entre todas las puertas cerradas…
Y la lluvia empieza a caer.
Una noche larga y ventosa se aproxima.  
La muerte no tiene ni un periódico
para cubrirse, tan siquiera
una moneda para llamar al elegido,
que se desviste lentamente, somnoliento,
y se acurruca desnudo
en el lado de la cama de la muerte. 

 

 

 

 

 

Eyes Fastened With Pins

 

How much death works,

No one knows what a long

Day he puts in. The little

Wife always alone

Ironing death’s laundry.

The beautiful daughters

Setting death’s supper table.

The neighbors playing

Pinochle in the backyard

Or just sitting on the steps

Drinking beer. Death,

Meanwhile, in a strange

Part of town looking for

Someone with a bad cough,

But the address somehow wrong,

Even death can’t figure it out

Among all the locked doors…

And the rain beginning to fall.

Long windy night ahead.

Death with not even a newspaper

To cover his head, not even

A dime to call the one pining away,

Undressing slowly, sleepily,

And stretching naked

On death’s side of the bed.

 

 

 

 

Mis zapatos

 

Zapatos, la cara oculta de mi vida interior:

dos bocas abiertas y desdentadas,

dos pieles de animales parcialmente descompuestas

que huelen a nido de ratas.

 

Mi hermano y mi hermana, quienes murieron al nacer,

extienden su existencia en ustedes,

y guían mi vida

hacia la incomprensible inocencia.

 

¿Qué sentido tienen los libros para mí

cuando en ustedes es posible leer

el evangelio de mi vida sobre la tierra

y aún más allá, de lo que está por venir?

 

Quiero proclamar la religión

que he diseñado para su perfecta humildad

y la extraña iglesia que estoy construyendo

con ustedes por altar.

 

Ascéticos y maternales, ustedes perduran:

parientes de los bueyes, de los santos y de los condenados,

con su muda paciencia dan forma

al único y verdadero retrato de mí mismo.

 

 

 

 

My Shoes

 

Shoes, secret face of my inner life:

Two gaping toothless mouths,

Two partly decomposed animal skins

Smelling of mice-nests.

 

My brother and sister who died at birth

Continuing their existence in you,

Guiding my life

Toward their incomprehensible innocence.

 

What use are books to me

When in you it is possible to read

The Gospel of my life on earth

And still beyond, of things to come?

 

I want to proclaim the religion

I have devised for your perfect humility

And the strange church I am building

With you as the altar.

 

Ascetic and maternal, you endure:

Kin to oxen, to Saints, to condemned men,

With your mute patience, forming

The only true likeness of myself.

 

 

 

 

El cuarto blanco

 

Lo evidente es difícil

de probar. Muchos prefieren

lo oculto. Yo también, de hecho.

Yo escucho a los árboles.

 

Ellos tienen un secreto

que estaban a punto

de revelarme…

y no lo hicieron.

 

Vino el verano. Cada árbol

en mi calle tenía su propia

Scherezade. Mis noches

eran parte de sus salvajes

 

narraciones. Nosotros

entramos en oscuras casas,

cada vez más oscuras,

abandonadas y llenas de murmullos.

 

Había alguien con los ojos cerrados

en los pisos de arriba,

el miedo, y el asombro,

me mantuvieron despierto.

 

La verdad es dura y fría,

dijo la mujer

que siempre vestía de blanco.

Ella no abandonaba su cuarto.

 

El sol apuntó a una o dos

cosas que sobrevivieron

intactas a la larga noche.

Las cosas más simples,

 

difíciles en su obviedad.

No hicieron ruido.

Fue esa clase de día

que la gente describe como “perfecto”.

 

¿Dioses que se disfrazan a sí mismos

como prensas negras, un espejo de mano,

un peine sin un diente?

¡No! No era eso.

 

Tan solo las cosas tal cual son.

Imperturbables, acostadas y mudas

en esa luz brillante…

Y los árboles que esperan la noche.

 

 

 

 

The White Room

 

The obvious is difficult

To prove. Many prefer

The hidden. I did, too.

I listened to the trees.

 

They had a secret

Which they were about to

Make known to me–

And then didn’t.

 

Summer came. Each tree

On my street had its own

Scheherazade. My nights

Were a part of their wild

 

Storytelling. We were

Entering dark houses,

Always more dark houses,

Hushed and abandoned.

 

There was someone with eyes closed

On the upper floors.

The fear of it, and the wonder,

Kept me sleepless.

 

The truth is bald and cold,

Said the woman

Who always wore white.

She didn’t leave her room.

 

The sun pointed to one or two

Things that had survived

The long night intact.

The simplest things,

 

Difficult in their obviousness.

They made no noise.

It was the kind of day

People described as “perfect.”

 

Gods disguising themselves

As black hairpins, a hand-mirror,

A comb with a tooth missing?

No! That wasn’t it.

 

Just things as they are,

Unblinking, lying mute

In that bright light–

And the trees waiting for the night.

 

 

 

 

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