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CÍRCULO DE POESÍA

 

Retrato de Antonio Cisneros

07 Oct 2012
Antonio Cisneros
 Nacido en la ciudad de Lima el 17 de diciembre de 1942, Cisneros, “uno de los cuatro poetas peruanos más trascendentes de la lengua española”, está de visita en México para recibir el premio Poetas del Mundo Latino “Víctor Sandoval”. A continuación un ensayo de Marco Antonio Campos sobre el poeta peruano con fotografías de Pascual Borzelli Iglesias. 

 

CP-Pascual Borzelli Iglesias©

 

Antonio Cisneros o el Perú sobre los hombros*

 

Gracias a Carlos Henderson, devoto vallejiano, quien vivió en la Ciudad de México a principios de la década de los setenta, leí a poetas como Martín Adán, que me interesó mucho, y a los poetas de la Generación de los Sesenta, a la que él mismo pertenecía. Me regaló de principio un libro colectivo, llamado Los nuestros, que hoy debe ser una rareza, publicado en Lima en la Editorial Universitaria, en el cual figuran seis poetas que aparecen por orden alfabético: Antonio Cisneros (1942), Carlos Henderson (1940), Rodolfo Hinostroza (1942), Mirko Lauer (1947), Marco Martos (1942) y Julio Ortega (1942). Me hablaba mucho de ellos y me prestaba sus libros. Deslumbraban por su precocidad Cisneros e Hinostroza. Con dos libros espléndidos de juventud, El consejero del lobo (1965) y Contranatura (1971), Hinostroza se dio a conocer internacionalmente.

          Frente a la obra de Hinostroza, que abarca apenas las 250 páginas, la de Cisneros es un gran bosque, pero al adentrarse en la multitud de árboles es difícil hallarle hojarasca. Varias son las parcelas en que se divide la obra de Cisneros: adaptaciones bíblicas, recreación de momentos de la historia peruana, poemas testimoniales y políticos, poemas amorosos, una divertida animalia, y desde luego, los viajes numerosos. De esos viajes, a su manera Cisneros ha hecho tres suertes de itinerarios que los hace vivir en su lírica: el viaje por ciudades de América y Europa, el viaje por los tiempos del Perú y el viaje por el arte y los libros. Ha empleado a lo largo de su obra el verso libre, el versículo, el verso blanco, y en su último libro (Un crucero por las islas Galápagos), el poema en prosa.

         En 1961, Cisneros publicó su primer libro, o más bien un pequeño cuaderno, Destierro[1], pero da la impresión de que ha hecho todo lo posible por olvidarlo. Citado en todas partes, no aparece ni en su poesía reunida ni en sus diversas antologías. ¿La razón? Cisneros lo ha repetido en numerosas ocasiones: “Uno a veces no logra decir lo que quiere sino, modestamente, lo que puede”. En cambio, por el que edita el año siguiente (David), Cisneros tiene un apego especial. Breve libro de un límpido lirismo, donde transforma o adapta a su manera los pasajes bíblicos sobre el más célebre de los reyes de la tierra de Canaán, ese rey que venció a los filisteos, unió Judá e Israel en un solo reino, convirtió a Jerusalén en capital, y escribió —o se le atribuyen— los Salmos, y donde no se excluyen la blasfemia y la profanación. Libro en el que a decir de él mismo, comienza en su obra su “visión desmitificadora” y en el que no está excluida desde luego la historia de deslealtad y muerte entre David, Urías y Betsabé: “David deseaba a Betsabé,/ esposa de Urías,/ muerto en batalla./ Su pecado fue histórico./ Todas las tardes sacrificaba un filisteo/ al Señor, vendió su túnica,/ cambió una cesta de peces por el arpa./ Solía cantar a las puertas del templo”. En otros de sus libros hallamos recreados asimismo capítulos bíblicos, por ejemplo, los pasajes de Jonás y “el gran pez” y el de la Susana y los viejos, de los cuales toma lo esencial y con libertad lúdica los traspone en sus propios versos hasta lo jocoso. En la Biblia se lee que Jonás, arrojado al mar por los hombres desde cubierta por juzgarlo causante de una tempestad que hacía naufragar el navío, se salva, o Jehová lo salva, al ser tragado por un “gran pez”, donde viviría tres días y noches en el vientre. La leyenda modifica o exagera los hechos; Cisneros prefiere que ese “gran pez” sea una ballena; Cisneros habita en el estómago del cetáceo, llega a alimentarla hasta doce horas por jornada, mira con un periscopio a las demás ballenas y se ilusiona y sueña que puede morar allí con su mujer, su hijo Diego y “todos los abuelos”.

De izq. a der., Antonio Cisneros, Luis Fernando Chueca, Erminia De Careolis, Emilio Coco, Maritza Cino Alvear y Víctor Rodríguez-Núñez.

De izq. a der., Antonio Cisneros, Luis Fernando Chueca, Erminia De Careolis, Emilio Coco, Maritza Cino Alvear y Víctor Rodríguez-Núñez. CP-Pascual Borzelli Iglesias©

        Otro de los libros del poeta limeño, o mejor dicho una parte de ese libro, que tiene como fuente un pasaje bíblico, o lo que la leyenda lo considera como tal, data de 1986 (Monólogo de la casta Susana). En un capítulo del libro de Daniel, al parecer más soñado que escrito, se cuenta la historia de Susana y los viejos, la cual sirvió de inspiración y fue actualizada numerosamente de manera disímil por grandes pintores del Renacimiento y del Barroco, como, por casos, Rembrandt, Rubens, Van Dyck, Tintoretto, Tiepolo, Alessandro Allori y Paolo Veronese. Pero ¿en qué convierte Cisneros a la casta Susana? Divertida y cruelmente, la vuelve una treintañera chanflona, agridulce, gorda, ex rica, creyente y crédula en Dios, quien se sabe espiada, pero que prefiere ajarse “con ron y coca-cola” antes que ser tocada por un viejo repelente.

          Muy joven el contrahistoriador, el iconoclasta revisionista, el desmitificador que suele echar a la hoguera sagas y símbolos, relata con sequedad y crudeza, con humor negro despreciativo, momentos significativos prehispánicos, de la conquista, de la colonia, de la guerra de Independencia y de la guerrilla fracasada de la década de los años sesenta del siglo XX. Esta suerte de descripciones o exégesis se halla de manera evidente en los Comentarios Reales (1964) y en parte de Agua que no has de beber (1971). Permítaseme ilustrarlo con dos pasajes del primer libro. En uno, en el final de “Paracas”, recuerda la necrópolis incaica de esa ciudad en la costa central del Perú: “Sólo trapos/ y cráneos de los muertos, nos anuncian/ que bajo estas arenas/ sembraron en manada a nuestros padres”; el otro, es esta sañuda profanación (“A Cristo en el matadero”): “lleno de clavos/ tu cuerpo fue enterrado/ junto al vientre/ de las ratas. Tus palabras/ se hicieron estropajos,/ tambores pellejudos/ que anuncian/ negocios y matanzas”. En el libro hay asimismo poemas sobre la guerra de liberación, por ejemplo, sobre la batalla de Ayacucho, que dirigió, con genial estrategia, José Antonio Sucre el 9 de diciembre de 1824. Entre poemas brutales y dolorosos contados por una madre que perdió a sus hijos, hay uno, que en su desdeñosa caricatura, es magistral (“Descripción de plaza, monumento y alegorías en bronce”). El joven iconoclasta hace que la estatua ecuestre del Libertador la acompañen tres muchachas gordas (“Patria, Libertad y un poco recostada la Justicia”), y continúa a lo largo del poema, con humor explosivo, mofándose, a partir de la figura del caballo, de los altos valores políticos, cívicos y religiosos que sustentan al país, y finaliza describiendo la plaza con versos que provocan, primero náusea, y luego escalofrío:

 

Bancas de palo, geranios, otras muchachas

(su pelo blanco y verde): Esperanza,

Belleza, Castidad,

al fondo Primavera, Ficus agusanados,

Democracia. Casi a diario

también, guardias de asalto:

negros garrotes, cascos verdes

o blancos por los pájaros.

 

         Pero la verdadera originalidad de Cisneros nace, creemos, a partir de la publicación de Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968) y continúa en Agua que nos has de beber (1971) y Como una higuera en un campo de golf (1972), donde creemos ver, con una pluralidad de variaciones, una sola línea. En los poemas de estos libros, que parecen escritos por ráfagas, intercala o combina, no pocas veces de manera magistral, hechos que le acaecen en la vida diaria, indicaciones culturales, notas artísticas, apuntes de viajes, grandes apegos familiares, trazos de muchachas de “piernas libres y ligeras”, penosas residencias en sanatorios, instantes de vulgaridad refulgente. Si con una palabra pudiéramos definirlos o reducirlos sería poliédricos. Lo que asombra al lector es cómo logra el montaje —cómo organiza— en el poema lo que en un principio parecería sin ilación. Cómo hojas y ramas, tan extrañamente dispuestas, parecen no colocadas por él, sino por una mano mágica que acaban formando un hermoso árbol que no se parece a nada. Con un raro sortilegio, con irreverente descaro, vuelve espléndida poesía aun la banalidad, la guasa, el despropósito. Poesía sencilla en su lenguaje, pero donde el autor, con un hábil tejido de ritmos, empleando ante todo el verso largo y el versículo, e introduciendo un “yo oblicuo” (la cuña es de Julio Ortega), hace que al lector no le sea fácil a menudo desbrozar la maraña de los contenidos, pero si el lector lo logra, queda admirado o fascinado.

CP-Pascual Borzelli Iglesias©

CP-Pascual Borzelli Iglesias©

          Cisneros parece no haber olvidado nunca la infancia traviesa ni la adolescencia burlona. Numerosos hechos se narran con toda seriedad, pero de pronto surge el escupitajo despreciativo, como cuando dice, o más bien hace decir a otro: “Qué triste ser letrado y funcionario”. O éste, donde describe a Karl Marx en sus desdichas diarias y comenta de la vasta influencia de su obra y de las consecuencias que tuvo, para acabar de súbito diciendo: “Así fue, y estoy en deuda contigo, viejo aguafiestas”.

         Muy poco y muy pocos se salvan de sus dardos envenenados, de sus cubetazos de agua fría, de sus gargajos de fuego: ni historias oficiales, ni héroes en sus estatuas ecuestres, ni ciudadanos de países, ni etnias, ni religiones, y desde luego, ni él mismo. “La suya —escribe en 2008 en el suplemento del diario El Comercial el poeta chileno Oscar Hahn— es una poesía igualadora, por eso el poeta se echa al hombro a medio mundo. Para él los conquistadores pudieron haber sido modernos jefes de la mafia; la bíblica Susana, una vecina quejosa, y el eminente Goethe, primo lejano de la hija del gordo Manrique”. Recordemos dos líneas sobre ciudadanos europeos: ésta, que corre paralela como máxima histórica: “un holandés es malo, peor dos”; o ésta, donde hace una chanza de lo tapados que resultan ciertos pueblos para el aprendizaje de los idiomas: “ah los griegos son duros de la oreja”; todo mundo, dice en otra parte, sabe en Florencia llegar hasta el Duomo, “inclusive los centroamericanos”. ¿Pero cuántas glorias ficticias pululan en cada país, como el poeta Carrillo en el Perú, quien nos recuerda aquella máxima de La Rochefoucauld: “El mundo recompensa antes las apariencias del mérito que el mérito mismo”? Aun en los poemas amorosos de Cisneros hay ligereza, ternura e ironía, en especial en esa breve y deliciosa cátedra de dónde y cómo hacer el amor, titulada “Tercer Movimiento (Affettuoso)”, en la que es acompañado por la flauta emblemática de una muchacha católica. Esa suerte de poesía es inimitable y aun le sería muy difícil, de quererlo intencionadamente, imitarse a sí mismo.

         El peruano César Vallejo decía tener —lo escribió en un poema— un mapa de España en la pared de su cuarto parisiense en los años de la guerra civil; tenemos la impresión de que en sus numerosos viajes Cisneros llevó un mapa del Perú en la imaginación y otro en la memoria. Más o menos por sus poemas podemos saber países donde ha residido o por los cuales ha viajado. Hay huella de sus pasos y correrías por ciudades o puertos del propio Perú, Cuba, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Austria, Hungría, Holanda, Estados Unidos. Vivencias o recuerdos de la utopía cubana de la década de los sesenta; de la residencia londinense, donde se sintió como un adolescente y fue feliz; de los difícil días en los hospitales del sur de Francia donde vivió su temporada en el infierno; de imágenes florentinas; del aire rojo y el polen fresco de los alerces en la noche berlinesa; de la lluvia menuda sobre los peras y los duraznos en una calle de Budapest que acompaña en su sonido la reconversión. (“Porque fui muerto y soy resucitado”)[2], de las colinas plácidas de Southampton o Berkeley, de las vistas de la vida diaria en las islas Galápagos en las navegaciones por el río Nanay. Cisneros recorrió numerosas ciudades europeas y americanas, en las cuales fue feliz o padeció, pero, salvo momentos, no parece haber estado muy apegado a la naturaleza.

Marco Antonio Campos y Antonio Cisneros

Marco Antonio Campos y Antonio Cisneros. CP-Pascual Borzelli Iglesias©

     

 

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