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CÍRCULO DE POESÍA

 

Georges Bataille: Y la oscuridad habló…

03 Oct 2012

El poeta y crítico español Antonio Castilla Cerezo, profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona, nos presenta un ensayo en torno al pensamiento de Georges Bataille, a la luz de José Ortega y Gasset. Conmemoramos el 50 aniversario luctuoso de George Bataille (1897-1962) con un dossier crítico que piensa la obra del francés. El dossier fue preparado por Sigifredo E. Marín.

 

Lee otros textos del dossier en estos enlaces

 

 

 

Y LA OSCURIDAD HABLÓ…

Bataille, contrafigura de Ortega.

 

 

Ortega y Gasset gustaba de repetir que la claridad es la cortesía del filósofo; Bataille, por su parte, nos dijo una sola vez, pero con absoluta firmeza, que la oscuridad no miente. Estas dos frases, estrictamente inversas, no son sin embargo opuestas entre sí, lo que significa que cada una de ellas, ubicándose en el punto ciego de la otra, resuena sobre ella y le hace decir su más secreta verdad. Cabe incluso imaginar entre ambas un diálogo, o mejor, un extrañísimo juego de ventriloquia en el que la segunda comenzaría por hacer decir a la primera, por ejemplo, lo que sigue:

– Pero el filósofo, cuando quiere ser cortés, nos miente necesariamente, por más que lo que diga, tomado en su literalidad, contenga algo que pueda ser llamado verdadero.

– Y la oscuridad tal vez filosofa – proseguiría la frase de Bataille, igualmente manipulada por la de Ortega – de tal modo que, al hacerlo, se sirve del filósofo como de un simple medio.

– El filósofo puede, por lo tanto, no ser cortés, la cortesía no es inherente a su pensamiento y, si se decanta por esa opción, lo hará provisto de un buen fardo de reparos y de precauciones, sabiendo que se adentra en una vía cómoda, impropia de su vocación.

– El filósofo no puede filosofar sin el lenguaje y éste, si ha de servir de vehículo a la oscuridad, no puede diferenciarse nítidamente de ella.

– La cortesía es, además, descortés, ya que su ejercicio no resulta posible a menos que se presuponga cierto desnivel cognoscitivo entre el filósofo y su interlocutor, una jerarquía que, aunque se corresponda con una realidad fáctica, no puede figurar entre los presupuestos del pensamiento.

– Nos confundíamos, pues, al hablar del filósofo como de un simple medio. Porque el medio es el mensaje: filósofo, lenguaje y oscuridad no son sino los tres vértices en los que cristaliza la verdad, que de otro modo no podría traducirse…

Abandonemos este diálogo entre los dos Dioscuros que, prolongándose indefinidamente, amenaza con llevarnos demasiado lejos. Dicho de otra manera, regresemos en la medida de lo posible a la cordura. <<En la medida de lo posible>>, sí, porque retornar del todo a la cordura, habitar nuevamente su plenitud, es algo que sólo está al alcance de quien accede a pagar el precio de dar por completo la espalda a la verdad. Y, para quien esté dispuesto a tal cosa, el diálogo entre las dos frases precedentes no será ya algo que deba ser interrumpido, sino algo siempre ignorado o, peor aún, malentendido. Ortega se convertirá entonces en un fenomenólogo de irritante superficialidad, y Bataille en un pobre infeliz al que, más que compadecer, despreciamos con una altivez apenas contenida. La cordura recobrada se revelará, así, como un diablo que nos hace pagar por ella más de lo que en principio creímos: si nos devuelve a la superficie, es a cambio de hacernos perder, no sólo la profundidad, sino el sentido de la superficialidad misma. Cuando esto último sucede, cosa que por desgracia es demasiado habitual, incluso el más entusiasta de los homenajes no pasa de ser un flatus vocis, una mera ilusión que se toma pomposamente en serio a sí misma, la muerte no ya en obra (“la mort à l’oeuvre”, dijo Michel Surya para referirse a Bataille), sino en acto, la palabra sin recuerdo, etc.

Acaso el único modo legítimo de recordar hoy a Bataille sea ligarlo de este modo imposible a sus contrafiguras (y no a Nietzsche, con quien ya sabemos que se identificó), entre las cuales Ortega ocupa tal vez el lugar más insólito y, por ello mismo, también el más fértil. Pero este vínculo oblicuo, susceptible de desplegarse hasta el infinito, no puede ser sino apuntado aquí y por eso nuestro recuerdo termina señalando sus propios límites, de los que por otra parte no sabría ni querría desprenderse…

 

Barcelona, 9 de septiembre de 2012.

 


[1] Poeta, ensayista y catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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