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CÍRCULO DE POESÍA

 

Premonición, texto de Luis Bugarini

17 Oct 2012

Presentamos un ensayo-relato de Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978) que, con agudo sentido crítico, juega con la ironía, la paradoja y la ruptura de la pertinencia para desvelar el terreno cotidiano del absurdo.  Luis Bugarini es escritor y uno de los críticos literarios más lúcidos en México. Ha colaborado en nexos, Letras Libres y La Tempestad, entre otras publicaciones. Mantiene el blog:http://asidero.nexos.com.mx/

 

 

Premonición

 

 

“Difícil que un sueño no contenga una premonición”, dijo la mujer que me leía, según ella, la fortuna. La dejé hacer porque me sentía inquieto, además de mortificado. Con voz cansina, remató: “los presentimientos se concretan de modo irremediable”. Logré sacudirme su presencia con unas monedas, pero sus palabras no se fueron. Tiendo a concentrarme en las inflexiones del lenguaje. Una vez solo, en la banca de aquel parque anónimo, encendí otro cigarro—segundos antes tuve la percepción insólita de que lo haría. Además, a nada de concluirlo, dudé si debía dar otra calada. Presentí que sucedería y aún así lo hice. Ese último acto, sin saberlo, me condenó. Fue el inicio de verificar, con aprehensión implacable, que los augurios se cumplen. A esta convicción, siguieron otras. Enumero algunas: sospeché que intentaría leer una novela de Manuel Payno y que la juzgaría somnífera. La empecé y apenas pude terminarla. Podría decir, incluso, que no disfruté una sola línea, ya no digamos una página. Y así con el resto de cientos de acciones que emprendía. Los días, de ser el escenario de aventuras, se transformaron en un horizonte para descifrar signos ocultos. No suelo caer en supercherías, pero intuí que cierto lunes me presentaría al trabajo. Esto, a pesar de mi decidida voluntad de no hacerlo. También que elegiría la corbata azul, ilustrada con barcos de vapor. Que usaría loción y me lavaría los dientes. Ya en la mañana, justo después del baño, cuando el tráfico amenaza con el peor augurio, me propuse elegir otra. Haría el intento de llevar la roja, obsequio de cumpleaños. Pero ahí, frente al mueble que atesora la gama insólita de corbatas que he acumulado por años, elegí la azul. No sucedió el viraje. Lo medité sin descanso durante aquel día. Fue un lunes aterrador, acaso el más de los que he vivido. Hoy sé que lo presentí, que así sería y no podría decidir de otra forma. Imaginé cuán razón había en las tesis del mecanicismo, que afirman la ausencia de espacio para la libertad personal, pues reglas inflexibles concurren a dirigir la vida de los hombres. Y más aún: el movimiento de los astros, el fluir de las aguas, la danza de las nubes. Este universo, al final, también es cautivo de una voluntad omnímoda. Los días sucesivos amanecían para ser una larga secuencia de hipótesis por verificar. Si estas premociones, a decir de la adivina, eran provocadas por el sueño—especulé mientras me afeitaba—, optaría por estar despierto la mayor parte del tiempo. Un penoso ejercicio que intenté para refutar la tesis de la gitana. Presentí que no tendría razón, que hablaba al azar, tanteando los límites de su víctima. Así fue y no quedé tranquilo, aunque pude dormir en paz. Disfruto el sueño, cierto, pero ya no padezco la agonía por imágenes que escapan a mi control. Ahora bien, estos presentimientos no sólo incluían aspectos de la vida ordinaria, tales como sacar al perro, tirar la basura o cocer brócoli al punto. Sino, incluso, concernían al ámbito de la vida pública. No fue difícil deducir quién sería elegido para tal o cual cargo de elección popular o, asimismo, que hubo un escándalo de corrupción al interior de la empresa que fue directo a la quiebra. Adivinaba, en tardes de lluvia, qué actriz se inyectó botox y el actor que utilizaba anabólicos para conservar la figura. Tiempo después, alguna revista publicaba la nota, condenando los excesos. Preferí alejarme de la vida pública. Apenas salía por víveres; me dejé la barba; cancelé la suscripción del periódico; el jardín de la casa se volvió una selva. (Lo presentí todo antes, debo decir). Pero en esta rueda de la fortuna nadie queda inmóvil. Recuperé mi libertad al cabo de unos años, cuando recibí un aviso que me exigía el pago de pensión alimenticia. El porcentaje era desproporcionado, aunque los hechos eran irrefutables. Un viaje a la playa, alcohol en exceso, un cóctel químico en forma de pastilla: la versión radical de la joie de vivre. El resto fue una maldad de la biología o de la caducidad del látex—si lo hubo. Sangre nueva para este mundo infeliz. Firmé los papeles, alegre. No hubo necesidad de una batalla legal. Esta sorpresa me liberó del cáncer de presentirlo todo, una degeneración que impide el libre juego de la vida, susurrado alrededor de incógnitas que nos acechan y cautivan. Aquí la epifanía: hay espacio para actos que no se vislumbran. Durante años abrigué el anhelo de planear, tanto por lo que hace a esbozar “proyectos”, como por lo que se refiere a surcar los aires. Un pesado grillete cayó al suelo y jamás he vuelto a decir “lo sabía”. Por las tardes me regodeo en la ignorancia del porvenir y disfruto este rostro de sorpresa, incluso cuando el sol ilumina la mañana. Previo a liberarme del acoso quise escribir esta experiencia y ahora la lees. Pasado el tiempo, quizá, también la leerá el pequeño que me continúa. Aunque es imposible saberlo, por suerte.

 

 

 

Ve y escucha en este link la entrevista que Daniel Barrón hace a Luis Bugarini en Arte Afuera de Rompeviento, televisión por internet.

 

 

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